lunes, 31 de enero de 2011

Luis Rosales. "El contenido del corazón"

 
"...Pero lo verdadero es el conjunto, la levadura de cansancio, la contracción que se va haciendo cada vez más personal y permanente, revelando la urdimbre de la vida. Andando el tiempo la expresión de los ojos se apaga; la expresión de la boca se concentra. Los labios cumplen años, y hay gestos que en cierto modo los hacemos, y gestos que en cierto modo los tenemos, se van quedando escritos en nosotros..."

Pág. 540
El contenido del corazón
Luis Rosales

sábado, 29 de enero de 2011

El señor Ibrahim y las flores del Corán


"A los trece años, rompí mi cerdito y me fui de putas."

Así comienza el libro que terminé de leer la otra noche. El libro que volveré a leer muchas veces. Porque hacía tiempo que no me gustaba tanto ningún otro. Os estoy hablando de "El señor Ibrahim y las flores del Corán" de Eric-Emmanuel Schmitt.

Aparentemente es una pequeña historia, comienza en la página 9 y termina en la 95. Se lee muy rápido claro, pero es tan intensa, tan poética, tan sencilla y tan profunda al mismo tiempo que te va calando dentro, dentro, como la lluvia fina de estos días atras,  mojándote de buenos sentimientos.

Cuánto me ha gustado.

Momo, un niño que vive con su padre en un piso oscuro de la calle Azul de París, se encuentra muy solo. Hasta que conoce al señor Ibrahim, el tendero arabe de su calle. Entonces comienza una amistad que está por encima de religiones, de edades, de sexos, de tristezas. La calle Azul no es Azul, el arabe no es arabe y la vida, dice el libro, no es tan triste...

-Eso no importa -decía el señor Ibrahim-. Tu amor por ella es todo tuyo, eso no te lo quita nadie. Te pertenece. Aunque lo rechace, ella no puede cambiarlo. No lo aprovechará, eso es todo. Todo aquello que des Momo, será tuyo para siempre; lo que guardes ¡estará perdido para siempre!

Sí también habla de amor. Porque son muchos los temas que aborda el libro, ya lo he dicho:  la diversidad, ya sea en edad, en religión... El amor, la soledad, los viajes, la amistad, sobre todo trata de la amistad, que ayuda a sobrellevar y superar lo demás.

Teníamos un montón de juegos. Él me hacía entrar en los templos religiosos con una venda en los ojos para que yo adivinara la religión por el olor.
- Aquí huele a velas, es una iglesia católica.
-Pues sí, es San Antonio.
-Aquí huele a incienso, es ortodoxa.
-Sí, es Santa Sofía.
-Y aquí huele a pies, es una mezquita musulmana. ¡Oh, en serio, aquí apesta...!
-¿Qué? ¡Pero si es la Mezquita Azul! ¿Un lugar que huele a persona no es lo suficientemente bueno para tí? ¿Qué pasa, es que a ti no te huelen nunca los pies? Es un lugar de oración que huele a hombre, que está hecho para los hombres, con hombres en su interior, ¿eso te da asco?..."

Está contado en primera persona, lo cuenta Momo, desde su punto de vista de adolescente. Pero está salpicado de diálogos entre él y el señor Ibrahim, que hacen la narración mucho más ágil y entretenida.

La verdad es que seguiría y seguiría contandoos cosas del libro de tanto cómo me ha gustado. Vamos que os podría hacer un comentario casi tan o más largo incluso que la historia misma. Pero claro eso no es.

Hay que leerlo, dejarse transportar, volar a la calle Azul y vivir con ellos dos para sentirlos. Y yo, lo pienso volver hacer cualquier día. Pero mientras voy a intentar ver la película, protagonizada por Omar Sharif y que también debe estar muy bien. Aunque no sé, no sé, ya os contaré, porque el libro me ha gustado tanto...


jueves, 27 de enero de 2011

Un lugar nuevo donde recalar: "Tenía que contarte que está nevando en Madrid"


Hay un blog con un nombre especial:

"Tenía que contarte que está nevando en Madrid..."

http://teniaquecontarte.blogspot.com/

Y en ese blog hay poemas tan originales y bellos como éste:



Nota autobiográfica

En la vida:
cinco punto cero.

Aprobado en tristeza.

Insuficiente en estabilidad,
necesita mejorar en besos en la espalda.
Progresa adecuadamente en voluntad y optimismo.

Notable alto
                    en echarte de menos.

En la vida:
cinco punto cero,
                             sobresaliente en el resto.



Jaime Cacharrón


¿A que apetece pasarse por ese blog?
¿A qué va a apetecer hacerlo a menudo?


domingo, 23 de enero de 2011

"Cuentame un poema y te rimo un cuento" un 21 de enero mágico...




Queríamos hacer una lectura a dos voces.

Queríamos hablar en ella de cómo pasa el tiempo sobre las personas, la vejez, la madurez, la adolescencia, la infancia... De cómo al ir pasando el tiempo nos vamos haciendo literatura.

Queríamos que en la primera parte comenzara Javier con sus poemas y yo le siguiera con un relato. Nos alternaríamos a la hora de recitar: poemas-relato-poemas-relato-poemas-relato. Y fuimos haciéndolo al reves de cómo es  la vida. Comenzamos con la vejez en el primer bloque, luego madurez-adolescencia, y por último la infancia.Queríamos que cada uno ofreciera la voz que él tiene contando...

Y por último queríamos inventar una historia entre los dos. Y así surgió el relato titulado: "Poemas sin ruido y sin remite" donde se alternaba la prosa con la poesía. Lo habíamos escrito entre los dos, a fuerza de escribir uno y pasárselo al otro que entonces escribía su parte, volvía después al anterior, reescribía si quería de nuevo su parte y continuaba la historia... y así hasta el final.  De uno a otro, de uno a otro... Lo hemos escrito y reescrito muuuuchas veces.  También lo hemos hablado mucho, ha estado de verdad muy trabajado.

Porque Javier decía que lo nuestro tenía que ser una lectura dialogada, presentar primero cada uno su propia voz en la literatura y después lo que eramos capaces de inventar y recitar juntos...

He pasado muchos nervios toda la semana anterior a la lectura, preocupada por si la historia estaba bien, o  mal, si estaban bien engarzadas la prosa y la poesía, si el personaje realmente cambiaba, si  lo contábamos de ésta o aquella forma. Y después preocupada por si la lectura sería así o asá, por si el público estaría bien, preocupada si iba a venir mucha gente a ver cómo se hacían sitio, si se escucharía desde todas partes,  preocupada por si habría poca gente, porque se aburrieran, porque fuera largo, porque fuera corto... Yo que sé, preocupada por todo.

En fin...





Comenzastéis a llegar, los conocidos, los amigos de los conocidos, los desconocidos.... Madre mía... Muchísimas gracias a todos. A los que intentasteis venir y no pudisteis,  y por supuesto a los que vinistéis y estuvisteis ahí, tan cerquita, acompañándonos.

Muchas gracias también por vuestras palabras tan cariñosas, por esos halagos, después del acto y ahora.

Javier, coincidía que acababa de sacar un libreto con dos poemarios, y ahí le teneis venga a firmar y firmar...





Alberto Ramos Díaz, un narrador de lujo, nos hizo una presentación natural y entrañable.



Qué gozada fue. Qué publico más calladito, más atento, más concentrado. De 10. Que gusto veros ahí, riendo, llorando, escuchando. Qué gusto teneros.

Me encanta esta foto. La ha hecho Piluca Martinez de Velasco. Me encanta.

Yo no tengo ya ninguna duda de cual es mi pasión: contar. 

Gracias por dejarme hacerlo, por estar.


jueves, 20 de enero de 2011

Un microrrelato para el jueves: "CírCULOs de aceite" de Rocío Díaz Gómez




 
Mañana, viernes 21 de enero, el gran público español podrá volver a presenciar literatura gracias a Los Diablos Azules, que ofrecerá en abierto, gratuitamente y para todos los espectadores, el combate por el título mundial de los pesos medios “Cuéntame un poema y te rimo un cuento”.

En un lado del ring, tal y como se ha explicado en la entrada anterior, y vestido de poema corto calienta el púgil Javier Díaz Gil.

Y al otro lado del ring, y en el capítulo femenino, en la modalidad de narrativa, la peso pluma y prosista: Rocío Díaz Gómez se prepara también para una combativa exhibición frente al lince de Getafe de brillante palmarés Díaz Gil.


La narradora madrileña, de taytantos años de edad, había estado retirada de los círculos pugilísticos públicos en literatura desde el verano pasado, pero el lince de Getafe Javier Díaz Gil la sacó de su retiro para este título en juego.

Los contendientes han declarado que esta velada es muy importante para ellos porque significa recuperar y devolver al público una literatura que en nuestro país está muy viva, con gran cantera y que tiene potencial para grandes figuras.

Tras las declaraciones, la peso pluma Rocío Díaz Gómez salta al ring dando comienzo esta atractiva velada mixta con su microrrelato: “CírCULOs de aceite”



CírCULOs de aceite

Doctor, cómo se lo explicaría yo... Claro, claro por el principio: Pues mire de niño tenía lombrices, unas lombrices enormes que picaban una barbaridad las cabronas, perdone, perdóneme usted este lenguaje tan ordinario pero es que es acordarme y es como si me picaran otra vez a puro rabiar. Lo pasaba tan, tan mal, que hasta sangre me hacía de rascarme y rascarme, un horror. Entonces mi madre me echaba sobre sus rodillas boca abajo y untaba con sus dedos mágicos aceite en mis partes, ya sabe, alrededor de todo el orificio anal... suavecito, suavecito, haciendo círculos y círculos, suavecito y más círculos, redondito, redondito hasta que salían las condenadas y entonces mi madre podía agarrarlas por su pescuezo de lombriz y se acababa instantáneamente el picor, ese picor tan horrible que me tenía destrozadito por dentro y por fuera.

En el parque, en el parque doctor, eso dijeron que debió ser producto de algún tipo de infección jugando en la calle... Bueno pues lo que le iba contando, duró tanto la infección, tanto, que me dieron los dieciocho con el temita del aceite y lo suavecito a cuestas. Con el tiempo y al fin el enemigo abandonó, pero a mí ya se me quedó esa cosa de los circulitos... Y madre no hay más que una. Una madre te unta hasta los ochenta si es necesario si a su hijo eso le calma los nervios...

Pero doctor el mes pasado, se murió mi madre, noooo tranquilo, ley de vida, que los noventa no los cumplía ya la pobre, Dios la tenga en su gloria. Y bueno pues que yo venía porque... ésto es un efecto secundario de aquel largo tiempo de enfermedad, doctor, es como otra enfermedad que me ha tocado a mí, compréndalo, una enfermedad como otra cualquiera y entonces si usted fuera tan amable de firmar algún documento para que la asistencia médica del barrio se ocuparan de mi problema… Yo no soy más que un enfermo, doctor, un enfermo cualquiera, un enfermo más, que necesita atención facultativa... Entonces, bueno, pues si fuera posible que me pudieran mandar a casa a una enfermera o a alguien de maneras delicadas… en fin ya sabe, una enfermera preparada y cuidadosa para mi tratamiento diario…

©Rocío Díaz Gómez




martes, 18 de enero de 2011

Poema de martes: Javier Díaz Gil "La trampa"




Noche histórica para los amantes de la literatura que comenzará a las 20.30 de la noche hora de España del día 21 de enero en las instalaciones del mítico "Diablos Azules" entre el peso pesado de la poesía Javier Diaz Gil y la peso pluma de la prosa Rocío Díaz Gómez.

Gran velada para todos los aficionados a la literatura.

Y a este lado del ring, sin parar de moverse para calentar y vestido de poema corto, el contendiente de brillante palmarés ¡¡Javier Díaz Gil!! abriendo el primer round...

Ya saben ustedes que el contendiente no podrá rapear, sino en este caso rimar, aunque sea con verso blanco. Que será. No se permite ganarse al público con jamones y golosinas. Solo con la palabra.

Y en este clima de diversión y amor a la literatura comenzamos... Salta al centro del ring ¡Javier Diaz Gil! con su poema: "Trampa":


TRAMPA

El ratón distraido de tu boca
mordisquea la capucha del boli.

Tus ojos felinos inmovilizan
mi corazón domado.

Sé que caeré.
Me asomo a la trampa de tu escote.


© Javier Díaz Gil
21 de abril de 2010
 
 
http://javierdiazgil.blogspot.com/2010/05/un-poema-de-javier-diaz-gil-para.html

viernes, 14 de enero de 2011

Javier Díaz Gil y Rocío Díaz "Cuéntame un poema y te rimo un cuento"




Bueno como ya os habréis imaginado la constante aritmético-literaria que os escribí ayer: 21-20-2 era simplemente un juego de palabras que nos ayudara a recordar algo.

Lo que yo quería que recordárais era una fecha: 21 de enero, una hora: las 20 horas y un número de personas: 2.

A veces ocurre que las cosas cambian, la vida cambia, en fín, que os voy a contar... Y nunca mejor dicho.Cuando yo me examinaba del carné de conducir me aprendí de memoria la palabra: car. Sí :coche en inglés. Era mi forma de que en los exámenes no se me olvidara nunca, atacadita de nervios y con el examinador detras, colocarme el cinturón, el asiento y el retrovisor, antes de arrancar. CAR. Lo aprendí que vamos no se me olvidará en la vida. Porque me examiné unas cuaaaantas veces. Pero luego como las cosas cambian, la vida cambia, en fín... qué os voy a contar (y nunca mejor dicho) no he vuelto a conducir en la vida.

Pero a lo que íbamos. Pues que resulta que un término de la progresión aritmético-literaria ha cambiado, y ahora lo que me gustaría que recordaráis es:

21 de enero

a las 20,30 de la tarde

2 personas leeremos juntas y unidas
nuestros textos


¿Dónde?

En Los Diablos Azules (C/ Apodaca, 6)


Mi amigo y maestro Javier Diaz ha preparado éste cartel que encabeza la entrada.

Ahí lo tenéis todo.

Ah el título...

Cuéntame un poema y te rimo un cuento


... conversaremos de cómo vivimos, y nos enfrentamos a los años, de cómo, en fin, nos vamos haciendo literatura.

Os aviso de que Javier Díaz está a puntito de publicar un nuevo libro de poemas, y ya van, ya van ¡unos cuántos!

Y yo... si viniérais, intentaría de verdad, de verdad, hacerlo lo mejor posible...

y que os fuérais con la sensación de que efectivamente

estamos haciendo literatura...



Así que ya sabéis:

21 de enero a las 20.30 en Los Diablos Azules

"Cuéntame un poema y te rimo un cuento"


Os esperamos...


21-20-2

 
21-20-2



Este es el primer recordatorio:

Progresión aritmético-literaria: 21-20-2

O lo que es lo mismo,

El día 21 de enero, a las 20 horas, quedamos 2.

Recordar:

21-20-2

21 de enero, a las 20 horas, quedamos 2.

21-20-2

21 de enero
20 horas
Quedamos 2

2 (a los que dicho sea de paso se nos dan infinítamente mejor las letras que la aritmética...)

Seguiremos informando.




No os olvideis
21-20-2

jueves, 13 de enero de 2011

Aniversario de la muerte de Ángel González



Ayer hizo años de la muerte del poeta Ángel Gonzalez.

Como yo ya había preparado una entrada sobre el que libro que había terminado no os quise decir nada.

Pero es uno de mis poetas preferidos, y no quiero dejar pasar la ocasión de recordarle.

Aquí os dejo con uno de sus poemas. El que dedicó a Juan Ramón Jiménez, que yo le escuché en una lectura que hizo en la Residencia de Estudiantes. Ya sabéis que siempre se ha dicho que Juan Ramón Jiménez corregía y corregía y volvía a corregir sus escritos, y no paraba hasta que ya les ponía las iniciales MPS (Meditado para Siempre), creo que ésto ya os lo he contado en otra entrada.

Va por el Maestro.




J.R.J.


Debajo del poema

-laborioso mecánico-,

apretaba las tuercas a un epíteto.

Luego engrasó un adverbio,

dejó la rima a punto,

afinó el ritmo

y pintó de amarillo el artefacto.

Al fin lo puso en marcha, y funcionaba.



-No lo toques ya más,

se dijo.

Pero

no pudo remediarlo:

volvió a empezar,

rompió los octosílabos,

los juntó todos,

cambio por sinestesias las metáforas,

aceleró...

mas nada sucedía.

Soltó un tropo,

dejó todas las piezas

en una lata malva,

y se marchó,

cansado de su nombre.
 
Ángel González

miércoles, 12 de enero de 2011

"La forja" de Arturo Barea



El último libro que me he leído ha sido "La forja", la primera parte de "La forja de un rebelde" de Arturo Barea.

Supongo que habréis oído o incluso muchos lo habréis leído. Bueno quizás también recordeis la serie de televisión que hicieron. Pero como yo ni vi la serie ni la había leído,  y había oído tantas veces hablar de él,  pues ya le estaba tocando el turno porque tenía muchísima curiosidad.

Se trata de una novela autobiográfica del autor que nació en Madrid en 1897.

Por tanto el primer libro se corresponde con su infancia y adolescencia en ese Madrid de la primera mitad del siglo XX. Está contado en primera persona a través de los ojos de un niño, por eso es una visión muy particular, muy sugerente, que me ha gustado mucho.

El argumento es el de la vida de un niño, hijo de una lavandera de Lavapies que va a lavar al Manzanares. Como es viuda y no puede hacerse cargo de sus hijos, los tiene repartidos entre los distintos familiares. El protagonista está  viviendo con unos tíos que tienen una situación social mucho más holgada y cuya casa está por la zona del Palacio Real. Tendrá gracias a ellos una educación mejor que la de sus hermanos que le envidian. 

Es un libro que refleja muy bien las desigualdades sociales que existían en ese Madrid de principios de siglo. Es un retrato de la sociedad, y de la época, impecable. 

Cuando el protagonista crece, no quiere estudiar una carrera y comienza a trabajar primero como dependiente y luego como empleado en un banco. Y ahí se va despertando su conciencia social. 




"Yo sería socialista de buena gana, pero la cuestión es saber si soy un obrero o no. Esto parece muy sencillo pero no lo es. Indudablemente, si cobro por trabajar soy un obrero, pero no soy un obrero más que en esto. Los mismos obreros nos llaman "señoritos" y no quieren nada con nosotros" (pag. 233).

A mi me ha gustado mucho. Es uno de esos libros que lees por el  placer de cómo está contado. Me gustan mucho también los párrafos donde dice como era aquel Madrid, cómo eran los itinerarios para ir a cualquier parte, la vida cotidiana. Os dejo con algun texto donde lo cuenta, para que veis lo que han cambiado las cosas...

"...Bajamos por la cuesta de la calle Segovia chirriando el coche: la cuesta es tan pina que los frenos aprietan hasta que no giran las ruedas, y aun así el coche se echa encima de las mulas. Algunas veces ha volcado en mitad de la calle y no se ha podido hacer el viaje. Al final cruzamos el puente de Segovia y empezamos a subir la carretera de Extremadura que también es muy pendiente. En el puente de Segovia termina Madrid y empieza el campo. Esto del campo es una manera de decir, porque no hay más, a los lados de la carretera, que unos arbolitos secos, sin hojas, llenos de polvo, unos campos de hierba amarilla con manchones negros de lumbres, y unas cuántas casitas de traperos, hechas de chapa, con montones de basura a la puerta, que huelen hasta la misma carretera..." Pág 38

"...Enfrente de mí va el hombre gordo. Ha sacado una libreta con una tortilla dentro que huele muy bien. Va cortando trozos con la navaja y se los va comiendo, a y a mí, de verle, me entra un hambre feroz. De buena gana le pediría un cacho. Vuelvo a pedir  la merienda a mi tía, pero ahora en voz alta. Si no me da de merendar seguro que este hombre me da un cacho de tortilla. Quiero enfadarla y que no dé la merienda, porque lleva pan y chocolate y lo que yo quiero es tortilla. Mi tia se enfada, me da un pellizco en el muslo y no me da de merendar. El hombre gordo corta una rebanada de pan muy grande y un cacho de tortilla que parece medio ladrillo, y me los da. Mi tío que los coja y, además, le regaña a mi tia: "Siempre tienes que hacer el ridículo". Entonces mi tía saca el pan y el chocolate, pero ahora no los quiero. La tortilla está estupenda, y el hombre me da además unas rajas de chorizo. Me sabe mejor porque me he salido con mi iedea, y además me ha dado la razón mi tío..." Pág. 39

Y no me resisto a copiaros uno de los diálogos, pero con ésto termino:

-Mira hijo, eso no se hace. Es un pecado y además es muy malo. Los niños se vuelven tísicos y se mueren.
Nos mandan rezar unos padrenuestros de penitencia y en paz.
Pero el padre Vesga es distinto:
-¿Tú sabes lo que dice el sexto mandamiento, hijo mío?
-Sí, padre. El sexto, no fornicar.
-Explícame lo que es fornicar.
-No sé, y no puedo explicarlo. Sé que es una cosa mala entre hombres y mujeres, pero no sé más. -El padre Vesga comienza a ponerse serio.
-No se puede mentir en el santo tribunal de la penitencia. Me dices que sabes lo que es el sexto mandamiento y ahora te desdices, diciendo que no sabes lo que es fornicar.
-Fornicar, padre, es... cosas que hacen los hombres y las mujeres y que es pecado.
-¡Hola, hola! Cosas que hacen los hombres y las mujeres. ¿Y qué hacen los hombres y las mujeres sinverguenza?
-No lo sé padre, yo no he fornicado nunca.
-¡Estaría bonito, mocoso! No te pregunto si has fornicado o no; pregunto si sabes lo que es fornicar.
-No lo sé. Los chicos dicen que fornicar es hacer hijos los hombres a las mujeres. Cuando están casados no es pecado; cuando no están casados sí lo es.
-Pero yo lo que necesito saber es que me digas cómo hacen los hijos los hombres y las mujeres.
-¡Yo qué se! se casan, duermen juntos y tienen hijos. Pero no sé más.
-No sabes más ¿eh? El niño es un inocentón , no sabes más. Pero sí sabrás tocarte tus partes.
...
...Sigue y sigue durante media hora, y me habla de pelos sueltos, de senos temblantes, de caderas lascivas, del rey Salomón, de bailes obscenos, de las mujeres de las esquinas, en un torrente de palabras furiosas del que resulta que la mujer es un saco de porquería y de maldad y que los hombres se acuestan con ellas y van al infierno. Cuando me separo del cura para rezar la penitencia no puedo rezar. Tengo la cabeza llena de mujeres desnudas y de curiosidad por saber lo que hacen con los hombres..."
Pág 132

lunes, 10 de enero de 2011

Pelagatos


Supongo que no os descubro nada, si os digo que a veces me obsesiono con las palabras.

Hay varias entradas en este blog sobre ello.

Hoy os quería hablar de la palabra: Pelagatos. Me gusta mucho. La verdad es que todas las palabras coloquiales me gustan bastante, me parece que tienen una carga semántica que no se le escapa a casi nadie y dotan al lenguaje de mucha agilidad, lo hacen más vivo. Es como si bajáramos a la tierra a conversar cuando sacamos estas palabras a pasear entre nuestro discurso.

Bueno supongo que la mayoría sabréis que pelagatos pues es eso, un donnadie (me gusta también un montón esta palabra), un pobrecillo... Buscamos en el diccionario de Real Academia  Española el significado y efectivamente nos dice:


Pelagatos.

1. m. coloq. Persona insignificante o mediocre, sin posición social o económica.


 Se trata efectivamente de una palabra compuesta. Pero me he vuelto loca intentando encontrar la etimología de la palabrita y nada que no ha habido manera. Como veis el diccionario de la RAE no lo explica. El María Moliner dice lo mismo. No os lo vais a creer, pero esta tarde que he estado en el Corte Ingles, me he molestado en buscarlo (cuando os digo que me obsesiono...) en el diccionario etimológico de Corominas, un clásico, y no viene, quizás porque es compuesta... He buscado en otros diccionarios etimológicos y tampoco. He navegado por internet y nada.


A lo único que he llegado es que se trata de una palabra compuesta del tipo Verbo+Nombre. 

Pero resulta que luego los lingüistas no se aclaran si "pelagatos" se trata de una palabra endocéntrica, es decir que el nucleo estuviera en el interior del compuesto, tienen una motivación semántica, lo que les hace tener un significado casi transparente, significaría lo que significan ambas palabras que la forman; o una palabra exocéntrica, es decir que procedería de una transformación de una oración anterior (como aguafiestas, cantamañanas, matasanos... que parece que proceden de una oración anterior). 

Bueno no os quiero liar... El caso es que os quería hablar de esta palabra.  Muchas veces he pensado que está ya en vías de extinción, pero sin embargo  ultimamente me he dado cuenta de que aún la utilizan algunas personas, aunque no esté nada claro de donde procede...

Qué pena me falta su historia.

¿O alguien me lo sabría decir? Me gustaría mucho que me iluminárais...

domingo, 9 de enero de 2011

¿Por qué escribo? Cont. al artículo de la entrada anterior



Una amiga me ha dejado un comentario a propósito de la entrada anterior, la que se refería al artículo "¿Por qué escribo?" de El País del 2 de enero, que también dejé en el facebook. Quería dejároslo aquí porque me parece una síntexis de dos respuestas de autores a la pregunta  de ¿Por qué escribo? con las que estoy muy de acuerdo.

No voy a decir el nombre de la amiga que me ha dejado el comentario porque no sé si le gustaría.

Pero vaya por delante que me alegro de que os pareciera interesante, y gracias desde aquí por vuestros comentarios. 


"Voto por Tabucchi e Hidalgo Bayal. 
El primero: (¿Por qué escribo?)"Porque estamos aquí, pero queremos estar allí".
El segungo porque sin darme cuenta le preplagio: (¿Por qué escribo?") "Por afición o por aflicción". 
Ayer o anteayer no más, yo le decía a mi amigo Georges: La ficción es la afición a la aflicción. Muy interesante este artículo, Rocío. Besos."

sábado, 8 de enero de 2011

"¿Por qué escribo?" Un artículo de El País del 2 de enero



Cuando lo he leído me ha gustado. Después he pensado que seguramente a vosotros también os gustaría, y me he dicho rápidamente que lo pegaría en el blog para que lo disfrutarais. A continuación he pensado: Pero ... probablemente es muy largo. Entonces lo siguiente ha sido: ¿Y que quito?... Bueno, bueno, bueno: Horrible. Un buen rato, pero un buen, buen rato que he estado ahí eligiendo ésta contestación, ésta también, bueno vale y ésta, ésta, ésta...

¡Qué lío..! Al final me he dicho: ¿Pero qué estoy haciendo? Vale sí, es largo. Pero ¿y qué? ¿Quién soy yo para escoger éste o aquel párrafo? ¿Porque es largo? ¿Es que no leen novelas? ¿Y qué es ésto al lado de una novela? Cinco minutos de lectura... no más.

En fín...Que nada, que os lo copio entero.

Ah sí claro. Se trata de una artículo. Un artículo de El País del 2 de enero.

Y vosotros ¿Por qué escribís...?


EL PAÍS, 2 de enero de 2011

Por qué escribo

Algunos llegaron a la literatura por vocación, por el placer de la lectura y para emular a los autores que admiraban. ahora crean por necesidad vital o simplemente lo hacen por dinero. cincuenta autores de renombre nos desvelan los secretos de su obra, los motivos por los que dedican sus vidas a la escritura
JESÚS RUIZ MANTILLA 

En el principio fue el verbo... Así lo recoge San Juan en su Evangelio. La palabra que conforma el mundo, el nombre que lo explica todo. Puede que no fuera tal, puede que antes del verbo existieran cielos, mares, noche, día, estrellas, firmamento. Pero si nadie sabía cómo nombrarlos, no eran nada, absolutamente nada. Así que al principio fue el verbo, como bien dejó escrito Juan. Y a ese verbo bíblico le siguió la épica de Homero, la duda de los filósofos, la intemperie y el poder de los dioses, el amor y la guerra que nos relata la Iliada y después el delirio del Quijote y luego la soledad de Macondo.
Puede que después de episodios narrados como aquellos no hiciera falta nada más. Pero a los clásicos, que montaron todos los cimientos del templo, siguieron más generaciones -"el eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición", de la que alerta Vila-Matas-, algunas nuevas preguntas para cada era, nuevos problemas y por tanto conceptos nuevos, palabras nuevas. Detrás de su registro se escondía un escritor. ¿Por qué?
¿Por qué escribir? ¿Para qué nombrar? ¿Para qué contar? Para entender. Para amar y que te amen. Para saber, para conocer. Por miedo, por necesidad, por dinero. Para sobrevivir, porque no todo el mundo sabe bailar el tango, ni jugar bien al fútbol. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir las propias. Por dar testimonio, porque no se sabe bien escribir, confiesa John Banville. Porque leyeron, padecieron y miraron cara a cara a la muerte.
Porque el verbo provoca desasosiego en Nélida Piñón, porque no se elige, como un amor, añade Amélie Nothomb. Por ser el masoquista que uno lleva dentro, aduce Wole Soyinka, por los arroyos y los torrentes de los libros leídos, cuenta Fernando Iwasaki, como forma de existencia, según Elvira Lindo. "Una manera de vivir", que dice Vargas Llosa parafraseando a Flaubert. Para sentirse vivo y muerto, proclama Fernando Royuela, igual que uno respira, suelta entre interrogaciones Carlos Fuentes. O para sobrevivir a ese fin, "a la necesaria muerte que me nombra cada día", testimonia Jorge Semprún.
La escritura es dolor y placer. Como el cuento, como la retórica aristotélica, se arma, se aprende. Principio y fin. Antes que nada vino el verbo, lo deja claro San Juan. También lo sabía Kafka. Pero el escritor checo pregunta: ¿Y al final? Quizás silencio, como interpreta de su obra George Steiner, con buen tino, oliéndose el apocalipsis de la destrucción europea.
Como testimonio también se mete uno entre papeles. Por el mismo motivo que Ana Frank comenzó a organizar su diario. O que la poeta rusa Anna Ajmatova, cuando se pasó 17 meses en las filas de las cárceles de Leningrado para ver a su hijo, respondió a una mujer que la reconoció y le preguntó si podría describir aquello que sí, que lo haría. "Entonces", dice Anna en Réquiem, "una especie de sonrisa se deslizó por lo que alguna vez había sido su rostro". Eso fue suficiente motivo. La emoción de la verdad, la justicia de dejar constancia. Para que otros quizás lo apliquen a su presente, para que no se vuelva a repetir.
Pero Anna Ajmatova confesó además que escribía por sentir un vínculo con el tiempo. También lo hizo por amor, por miedo al amor, por desgarro. En honor a las musas, como Shakespeare, "ese goloso de las palabras", a juicio de Steiner, en sus Sonetos: "Mi musa por educación se muerde / la lengua y calla mientras se compilan / elogios que te visten de oropeles/ y frases que las otras musas liman". Una pieza que acaba con toda una declaración de intenciones y una respuesta al gran asunto de la escritura: "Si a otros por sus dichos los respetas, / a mí, por lo que pienso, que es mi letra".
Al principio fue el verbo. Pero Shakespeare o Cervantes lo enaltecieron, lo igualaron a la medida de Dios. Porque exploraron todos los delirios y las pasiones de sus criaturas. ¿Por qué escribir? Para emularlos, sin más, podría ser. "Para parecerme a Espronceda", como suelta Caballero Bonald. Escribir porque se medita, como Descartes, como Chesterton, cuya obra nos envuelve en una paradoja sin fin. Para adentrarse en los laberintos y no necesariamente querer salir de ellos, como Borges. "Porque estamos aquí, pero querríamos estar allí", dice Antonio Tabucchi. Por emular la infancia, cuando la niña Almudena Grandes enmendaba la plana a los finales que no le gustaban, por volver a inventar historias de indios, vaqueros y pitufos, dice David Safier, porque a la hora de hacerlo, "disfrutar es una palabra que se queda corta", confiesa Ken Follet.
Para fijar la memoria, una forma de "hacer surgir los recuerdos y las imágenes", cuenta Álvaro Pombo. Para volver a vidas anteriores, a las lecturas y los tumbos que cada uno lleva en la mochila, según Arturo Pérez-Reverte. Como vicio solitario, describe Héctor Abad Faciolince, porque uno no se encuentra bien, asegura Juan José Millás. Por afición o por aflicción, que dice Gonzalo Hidalgo Bayal. O porque le gustaban las redacciones en el colegio, como descubrió Antonio Muñoz Molina. Y hasta hoy.
La palabra es agua y cada historia, el río que las lleva. El escritor es quien domina la corriente, como hicieron Dostoievski, Balzac, Galdós, Clarín, Dickens, Flaubert, Tolstoi, que siguió la estela épica de Homero como nadie. O contracorriente, como luego vinieron a hacerlo Marcel Proust, James Joyce, Valle-Inclán. Sin duda, hay que enfrentarse a ello, como dice Josep Pla en su Diccionario de Literatura, "con temperamento". O con el empeño de conocerse, a la manera de Montaigne y los grandes memorialistas posteriores del siglo XVIII, entre la verdad y la exageración pero con talento, como Casanova.
El juego, la tortura de la palabra también es lícita. Pero eso es más cometido de los poetas, como admitía Jaime Gil de Biedma. Para él, escribir era "erosionar el idioma en la forma que el idioma lo admite". Es decir, maltratar el verbo, fustigarlo, estrangularlo. Pero para resucitarlo después, como el Evangelio. A lo largo de la historia, el escritor ha visto crecer Babel y ha contribuido a entenderlo. Pero hubo también un tiempo, en el siglo XX, que lo aniquiló, que se arrojó al apocalipsis con la II Guerra Mundial. Disfrutemos en esta nueva era. Todos los motivos, todas las respuestas que se les ocurran a quienes deben contar nuestra historia son válidas.
Héctor Abad Faciolince
Porque mi cerebro se comunica mejor con mis manos que con la lengua. Porque el papel es un filtro, una coraza, entre mis palabras y los ojos del otro. Porque me odio menos escribiendo que hablando. Porque mientras escribo puedo corregir, escoger una por una las palabras y nadie me interrumpe ni se desespera mientras las encuentro. Por un ameno vicio solitario.
John Banville
Escribo porque no sé escribir. Un periodista le preguntó una vez a Gore Vidal por qué escribió Myra Breckinridge, a lo que contestó: 'Porque no estaba ahí'. Fue una buena respuesta. Poner algo nuevo en el mundo es un privilegio que no se le concede a mucha gente. Y además, la realidad no es real para mí hasta que no se haya pasado por el tamiz de las palabras. Por eso, supongo que escribo con el fin de imaginarme la realidad totalmente real. El arte crea la vida, dice Henry James, y así es.
Felipe Benítez Reyes
Si a alguien le preguntan por qué escribe, lo normal es que recurra a una frase más o menos ingeniosa, y casi todas las frases ingeniosas contienen un grado oscilante de falsedad, porque el ingenio suele implicar una ligera alteración del sentido en beneficio de la formulación misma. No sé por qué escribo, ni tampoco tengo demasiado interés en saberlo. En este caso, me preocupa más el cómo que el porqué. La pregunta me parece ociosa, de modo que cualquier respuesta posible no pasaría de ser una pirueta truculenta en el vacío. Aunque -quién sabe- a lo mejor escribe uno para eso: para obtener respuestas sin el requisito de una pregunta previa y, sobre todo, para ensayar piruetas truculentas en el vacío, que es un territorio literario bastante fértil.
John Boyne
Como la mayoría de los escritores, no escribo porque lo haya elegido; escribo porque tengo que hacerlo. Escribo porque estoy tratando de entenderme a mí mismo, mi vida, la razón por la que nací, la explicación de por qué moriré, y descubro que solo puedo hacerlo entrando en un universo habitado por personajes que nacen de mi imaginación. Escribo porque las historias entran en mi mente y me niego a irme hasta que no escribo 26 letras en el teclado y las envío a una pantalla ante mis ojos. Escribo por Charles Dickens. Y por George Orwell. Y John Irving. Y Colm Toibin. Escribo porque me encanta la sensación de tener un libro en mis manos y un libro en mi cabeza. Escribo porque me encantan las palabras. Escribo porque leo. Escribo porque siempre quiero saber qué ocurrirá a continuación.
José Manuel Caballero Bonald
Empecé a escribir porque quería parecerme a Espronceda. Ya lo he contado por ahí alguna vez. Un día encontré en mi casa familiar una biografía del poeta y quedé fascinado por alguien que murió con 33 años y había vivido las grandes aventuras: fundó una sociedad secreta, sufrió persecuciones y cárceles, anduvo exiliado en Lisboa y Londres, combatió en las barricadas de París, fue guardia de corps y diputado, vivió amores difíciles, luchó heroicamente contra el absolutismo, etcétera. Pues bien, como yo no podía emular a Espronceda en tantas y tan singulares hazañas, elegí lo que me resultaba más factible: ejercer de insumiso y escribir poesía. Luego, con los años, la afición por la lectura me fue activando una discontinua dedicación a la escritura. Y así hasta hoy.
Andrea Camilleri
Escribo porque siempre es mejor que descargar cajas en el mercado central.
Escribo porque no sé hacer otra cosa.
Escribo porque después puedo dedicar los libros a mis nietos.
Escribo porque así me acuerdo de todas las personas a las que tanto he querido.
Escribo porque me gusta contarme historias.
Escribo porque me gusta contar historias.
Escribo porque al final puedo tomarme mi cerveza.
Escribo para devolver algo de todo lo que he leído.
(Traducción de Carlos Gumpert)
Luisa Castro
La escritura para mí es una rendición. No soy una escritora con método; se me caen muchas cosas de las manos. Solo progresa la escritura que previamente se ha ido gestando dentro de mí, a veces contra mí. Escribo para conocer esos relatos, para descubrirlos. Me los cuento a mí misma. Me asombro, me indigno, me río, lloro y pataleo. No me siento dueña de mis relatos, tienen vida propia, son autónomos y más poderosos que yo. No me identifico con ellos, no comparto sus ideas, ni su visión del mundo. Se producen en mi cabeza sin mi permiso, y cuando los suelto es porque me han vencido. No hay otra razón.
Lucía Etxebarria
1. Para que me quieran más como Bryce Echenique. 2. Porque cada vez que alguien me dice " tus libros me han ayudado mucho, por favor sigue escribiendo", me da una razón para hacerlo. 3. Para entenderme a mí misma. 4. Porque disfruto mucho haciéndolo. 5. Porque al colocar a personajes en situaciones que simbólicamente pueden representar aspectos de mi vida, y conseguir que salgan airosos de ellas, de alguna forma me salvo a mí. 6. Para darles voz a personas cuyas historias nadie escuchaba 7. Porque es como enviar un mensaje en una botella: creo que quizá le llegue a alguien a quien no conozco, pero que lo entenderá. 8. Porque siempre lo he hecho, porque es natural en mí, y porque es de las cosas que mejor hago, amén de dibujar, cocinar, hacer el amor y organizar fiestas. 9. Porque es una forma rentable y efectiva de exorcizar neurosis. 10. En parte, porque me pagan. Escribo por amor, publico por dinero. Por esa razón, no publico ni la mitad de lo que escribo.
Umberto Eco
Porque me gusta.
Ken Follet
Cuando me levanto por la mañana en lo primero que pienso es en escribir la próxima escena de mi libro. Es con lo que más disfruto. Es fantástico dedicarse a algo que uno sabe hacer bien. Disfruto escribiendo pero "disfrutar" es una palabra que se queda corta. El acto de escribir me apasiona. Envuelve todo mi intelecto, mis emociones y comprende lo que sé del mundo y de cómo funciona el ser humano. Todo forma parte del reto de hechizar a mis lectores. Mi trabajo me absorbe de forma total.
Carlos Fuentes
¿Por qué respiro?
Almudena Grandes
Cuando era pequeña y leía un libro que me gustaba mucho, me inventaba a solas, para mí sola, otro final, la continuación que su autor no había querido escribir. Todavía ahora, cuando no puedo dormir, me cuento historias, las pienso, las repaso, las describo en silencio, con los ojos cerrados, hasta que me quedo dormida.
No estoy muy segura -dudo que alguien pueda estarlo-, pero creo que escribo porque siento una necesidad insuperable de escribir. Para mí, la escritura es un impulso que no se define por sus resultados, sino por su naturaleza necesaria, algo parecido al hambre o la sed, que pueden proporcionar mucho placer, si se sacian, o mucho sufrimiento, si persisten, pero nunca dejan de ser dos necesidades, el hambre y la sed.
Mark Haddon
Ficción, poesía, teatro, pintura, dibujo, fotografía... en realidad eso no importa .
Un día que no consigo hacer alguna cosa, por pequeña que sea, me parece un día desperdiciado.
Una semana sin crear algún tipo de arte me resulta sumamente dolorosa.
A veces puede parecer una bendición ser así, saber con tanta certeza lo que quiero hacer.
Pero a menudo es un sufrimiento porque saber lo que quieres no es lo mismo que saber cómo hacerlo.
Podría haberme dedicado a cualquier otra cosa salvo que no me siento en condiciones para ello.
Odio que me digan lo que tengo que hacer y cuándo tengo que hacerlo y, aunque disfruto en compañía, necesito pasar varias horas al día solo, únicamente pensando.
Por eso nunca he conseguido conservar un "auténtico" trabajo durante más de seis semanas.
¿Por qué escribo? La única respuesta es porque no puedo hacer otra cosa.
Gonzalo Hidalgo Bayal
"Por afición, por aflicción", escribí alguna vez. Por afición, porque es inclinación, necesidad, perseverancia y distracción. Por aflicción, porque solo el dolor y sus numerosas circunstancias proporcionan suficiente materia literaria in hac lachrymarum valle. En la afición se centra la relación con el lenguaje, que es, cuanto más intensa, más grata y divertida. La aflicción obliga, en cambio, a la búsqueda del sentido, si es que algún sentido tienen las desventuras de los hombres. Y, en fin, como antídoto contra el sinsentido y las sinrazones de la trama, tal vez también para no caer en las vanidades de la trascendencia, el virtuoso ejercicio de un séptimo sentido: el sentimiento del humor.
Fernando Iwasaki
Escribo porque leo y gracias a la lectura nacen arroyos y afluentes del torrente de libros leídos. Escribo porque creo en la austera inmortalidad de la palabra escrita y en las bibliotecas como paraísos laicos. Escribo porque es el más poderoso acto libertario que conozco. Escribo porque el hechizo de la literatura es fulminante y a mí me hace ilusión ser aprendiz de aquellas magias. Escribo porque mis padres y mis hijos se alegran cada vez que alguien les cuenta que ha leído algo mío. Escribo porque contar historias es el oficio más antiguo del mundo. Escribo porque dedico todos los libros de ficción a mi mujer y así -mientras siga escribiendo- ella sabrá que la sigo queriendo.
Use Lahoz
Es una pregunta trampa en cuya respuesta se funden el placer y la necesidad. Supongo que escribo porque adoro las sorpresas y vivir con intensidad. Nada hay más inalcanzable que lo vivido, y la escritura incluye a veces la quimera de atrapar el pasado junto a la posibilidad de soñar despierto. Trae implícita la aventura de revivir, de combatir el paso del tiempo. Escribir ayuda a comprender y a ordenar el desorden. Escribir equilibra. Escribo para encontrar sentido al sinsentido, y porque me permite sentir el placer de contar la realidad y lo que imagino. Y también porque en el acto de escribir interviene la memoria, la experiencia y la imaginación, bienes a proteger. Escribo para reflexionar y pensar y darle vueltas a la vida de personajes siempre más interesantes que la mía. Y disfrutar del placer de la ficción, que es adictivo y que, como la realidad, no tiene límites. Escribo por supuesto para combatir el aburrimiento y pasarlo en grande. Para un escritor vivir, fundamentalmente, es escribir. Escribo para estar en paz conmigo mismo, por aquello que decía Machado de "yo vivo en paz con los hombres y en guerra con mis entrañas". Escribo porque conmueve y perdura, cada novela es la primera. Además es bastante barato. En fin: escribo porque aprendo, y así, a veces, parece que siga estudiando.
Donna Leon
Al principio, con los primeros libros, escribía para ver si podía hacerlo. Nunca había escrito un libro antes. Se me ocurrió la idea de escribir uno y por eso lo intenté. Después de todo, había leído muchos libros, por eso me parecía que el siguiente paso era escribir uno. Al final, resultó ser bastante más que un paso, pero a lo largo del proceso, resultó que escribir un libro era muy divertido. Y por eso ahora, después de 20 años haciéndolo y de 20 libros, lo hago porque es divertido. Los personajes hacen lo que les digo que hagan; la realidad se puede cambiar para adaptarla a mis necesidades; si alguien muere, lo puedo resucitar al día siguiente; si hay un problema social que me indigna, puedo hacer que un personaje exprese una opinión. No es necesariamente mi opinión pero normalmente es una opinión firme. Supongo que también hay un elemento de vanidad en ello. En una cena, todos queremos que presten atención a nuestras ideas, ¿no es cierto? Pero los buenos modales mandan que compartamos la conversación con los demás. Pero en un libro, nuestro libro, nosotros los escritores podemos seguir -bla, bla, bla- sin parar, y nunca tenemos que interrumpirnos para dejar hablar a nadie más.
Elvira Lindo
"Escribo desde los nueve años. Desde muy joven empezaron a pagarme en la radio por guiones, cuentos y sketches. A los 31 años comencé a escribir libros. Pensé que escribir era mi oficio hasta que me di cuenta de que se trataba de algo más. Es un oficio pero también una forma de vida. No sabría vivir sin escribir. Todo lo que hago al cabo del día, lo que veo y escucho, lo que me provoca asombro, alegría o desdicha es material para ser contado. Y esa actitud vital, la de formar parte de la comedia humana pero la de ser también espectadora de ella, ese estar fuera y dentro a la vez, me ayuda a asimilar la experiencia de una manera enriquecedora. Escribo todos los días. Cuando no escribo me siento una inútil, así que he llegado a una conclusión radical: nunca podré dejarlo. No sé hacer otra cosa, no sabría vivir de otra manera".
Alberto Manguel
Porque no sé bailar el tango, tocar un instrumento musical como la celesta o el glockenspiel, resolver problemas de matemáticas superiores, correr una maratón en Nueva York, trazar las órbitas de los planetas, escalar montañas, jugar al fútbol, jugar al rugby, excavar ruinas arqueológicas en Guatemala, descifrar códigos secretos, rezar como un moje tibetano, cruzar el Atlántico en solitario, hacer carpintería, construir una cabaña en Algonquin Park, conducir un avión a reacción, hacer surf, jugar a complejos videojuegos, resolver crucigramas, jugar al ajedrez, hacer costura, traducir del árabe y del griego, realizar la ceremonia del té, descuartizar un cerdo, ser corredor de Bolsa en Hong Kong, plantar orquídeas, cosechar cebada, hacer la danza del vientre, patinar, conversar en el lenguaje de los sordomudos, recitar el Corán de memoria, actuar en un teatro, volar en dirigible, ser cinematógrafo y hacer una película, en blanco y negro, absolutamente realista de Alicia en el País de las Maravillas, hacerme pasar por un banquero respetable y estafar a miles de personas, deleitarme con un plato de tripas à la mode de Caën, hacer vino, ser médico y viajar a un lugar devastado por la guerra y tratar con gente que ha perdido un brazo, una pierna, una casa, un hijo, organizar una misión diplomática para resolver el problema del Medio Oriente, salvar náufragos, dedicar treinta años al estudio de la paleografía sánscrita, restaurar cuadros venecianos, ser orfebre, dar saltos mortales con o sin red, silbar, decir por qué escribo.
Javier Marías
Como ya he dicho en muchas ocasiones, escribo para no tener jefe ni verme obligado a madrugar.
También porque no hay muchas más cosas que sepa hacer, y lo prefiero y me divierte más que traducir o dar clases, que al parecer sí sé hacer. O sabía, son actividades del pasado.
También escribo para no deberle casi nada a casi nadie ni tener que saludar a quienes no deseo saludar.
Porque creo que pienso mejor mientras estoy ante la máquina que en cualquier otro lugar y circunstancia.
Escribo novelas porque la ficción tiene la facultad de enseñarnos lo que no conocemos y lo que no se da, como dice un personaje de la novela que acabo de terminar. Y porque lo imaginario ayuda mucho a comprender lo que sí nos ocurre, eso que suele llamarse "lo real".
Lo que no hago es escribir por necesidad. Podría pasarme años tan tranquilo, sin escribir una línea. Pero en algo hay que ocupar el tiempo, y algún dinero hay que ganar. También escribo para eso.
Luisgé Martín
Cuando escucho a algún escritor explicar las razones por las que escribe pienso que yo también comparto esas razones. Todas. Me siento como un compendio, como uno de esos hipocondríacos que encuentran en sí mismos todos los síntomas de los que oyen hablar. Escribo como terapia psíquica, para ordenar el mundo y comprenderlo, para explicar el mundo a los demás tal como yo lo veo, para cambiar el mundo, para vivir vidas que no he podido vivir, para enmendar la vida que sí he vivido, para curar mis culpas, para pasar a la posteridad, para sobrevivir a la muerte, para sentir, al menos durante un instante, que soy Dios. Pero hace poco, leyendo el discurso de Pamuk en la Academia Sueca cuando recibió el Nobel, encontré una razón que nunca había escuchado así formulada y que me parece formidable: "Escribo porque puede que así comprenda la razón por la que estoy tan, tan enfadado con ustedes, con todo el mundo".
Luis Mateo Díez
Escribo para disimular la incapacidad de hacer cualquier otra cosa. Escribir no solo me entretiene, también me apasiona y me hace sentir dueño de algo que se contrapone en mi existencia a una cierta inclinación de inutilidad. También escribo, igual que leo, para conocer gente, quiero decir que me siento haciéndolo inmerso en aquel callejón lleno de gente desconocida al que se refería Nemiroski. Siempre hay alguien esperándome, y solo en el relato de la vida encuentro lo más complejo del sentido de la misma. Además, los días en que me quedo satisfecho con lo que acabo de escribir, tengo la convicción de no haber perdido el tiempo.
Eduardo Mendicutti
También a mí, como a Vargas Llosa, me dicen montones de veces que lo único que sé hacer es escribir. A lo mejor por eso acaban dándome el Nobel. Para todo lo demás, estoy convencido, soy un desastre: para poner ladrillos, para cultivar tomates, para imponer el orden, para correr a pie o en bicicleta aunque sea dopado, para condenar a delincuentes -con lo que a mí me gustan algunos delincuentes- sin que se me parta el corazón, o para defenderlos sin contagiarme... Cierto que, desde hace 30 años, soy bastante bueno como secretario general de una patronal de empresas consultoras, pero con algo tengo que redimirme. Así que escribo. Para inventarme inventando historias, para disfrutar del lenguaje, para compensar la timidez, para sacar los pies del plato, para que me lean. Claro que, según algún crítico y algunos colegas, puede que también para escribir sea una calamidad, pero de eso aún no he llegado a convencerme.
Eduardo Mendoza
Sinceramente, no lo sé. Nunca me lo he preguntado, ni al principio, que fue espontáneo, ni a lo largo de todos estos años. Hacerlo a estas alturas no creo que tenga interés, ni para mí ni para nadie. No es una respuesta bonita, pero es la que más se aproxima a la verdad.
Ricardo Menéndez Salmón
Escribo por insatisfacción. Si estuviera satisfecho, me limitaría a "vivir la vida", no a intentar comprenderla mediante la escritura. Claro que al intentar comprenderla, es decir, al escribirla, me doy cuenta de que en realidad la vida resulta incomprensible. Lo cual genera una nueva insatisfacción, la de comprobar que el intento por comprender la vida mediante la literatura lo único que ilumina es la imposibilidad de alcanzar esa comprensión. Pero entonces sucede algo curioso, y es que el hecho de descubrir esa imposibilidad me conmueve, admira e impulsa a escribir más y más. Así, lo que nace como un gesto decepcionado, insatisfecho, acaba convirtiéndose en un acto agradecido, admirativo. De modo que una dolencia (escribo porque soy infeliz; escribo porque soy inconsolable; escribo porque no entiendo lo que me rodea) se acaba convirtiendo en una necesidad (escribo porque no me resigno a ser infeliz, inconsolable e ignorante).
Juan José Millás
Escribo por las mismas razones que leo, porque no me encuentro bien.
Rosa Montero
Escribo porque no puedo detener el constante torbellino de imágenes que me cruza la cabeza, y algunas de esas imágenes me emocionan tanto que siento la imperiosa necesidad de compartirlas. Escribo para tener algo en qué pensar cuando, en la soledad tenebrosa del duermevela, por la noche, en la cama, antes de dormir, me asaltan los miedos y las angustias. Escribo porque mientras lo hago estoy tan llena de vida  que mi muerte no existe: mientras escribo soy intocable y eterna. Y, sobre todo, escribo para intentar otorgar al Mal y al dolor un sentido que en realidad sé que no tienen.
Luis Muñoz
Se me amontonan las razones. Son muchas más de lo que luego rinden. Creo que puedo distinguir razones de tipo general y razones particulares.
Entre las particulares:
-Por darle forma a una emoción concreta, por ejemplo a un pinchazo de belleza que me deja desorientado; el poema es en ese caso un intento de orientación, es la confección de un mapa que sitúa ese pinchazo con sus coordenadas y todo.
-Por hacerle un hogar de palabras a uno de esos pensamientos que uno cree que pueden ser salvadores; es como ponerle casa al pensamiento para hacer que viva allí, abrir ventanas, instalarle una cama, un baño, una cocina.
-Por ser vulnerable al contagio de otro poema que creo admirable y hacerme la ilusión de que puedo responderle, conversar con él o seguir alguno de sus hilos sueltos.
-Por enseñarle a un amigo algo de lo que me sienta medianamente orgulloso; es cómo decirle mira, he encontrado este trozo de vida, lo he trabajado así, le he hecho esto, aquello, a qué no soy tan desastre.
Entre las razones generales, que funcionan sobre todo cuando no estoy escribiendo, o sea, antes y después:
-Por querer sentir mi tiempo, el rabioso presente, en el lenguaje.
-Por estar enamorado de la capacidad de las palabras por volver a decir la verdad.
-Porque escribir es el modo más fiable que conozco para distinguir lo que importa.
-Por el sentimiento de libertad que produce, toda esa explanada inmensa que significa escribir.
-Por darle forma a seres informes: embriones de voces, sentimientos, sensaciones, ideas.
Antonio Muñoz Molina
Creo que nunca he pensado mucho en por qué escribo, salvo cuando me han hecho esa pregunta y he tenido que improvisar una respuesta que sonara convincente. Escribo, sobre todo, porque me gusta mucho hacerlo, y me ha gustado casi desde que tengo recuerdos. Me gustaba inventar cuentos, escribirlos y dibujarlos cuando era niño. Me gustaba escribir redacciones en la escuela. Luego empecé a leer novelas de aventuras y me enteré de que todas ellas tenían un autor, que solía ser Julio Verne, y por primera vez me imaginé practicando ese oficio. Después me aficioné a leer poesía y por imitación me puse a escribir versos, siempre muy malos. Cuando tuve una máquina de escribir se me iban las tardes improvisando lo que fuera, por el puro gusto de golpear las teclas: diarios, poemas, obras de teatro. Escribo por gusto y porque me gano la vida escribiendo. Algunas veces disfruto mucho y otras preferiría estar haciendo cualquier otra cosa. Pero en ocasiones en que me he puesto a escribir contra mi voluntad y casi a la fuerza he encontrado cosas que de otra manera no se me habrían ocurrido. También escribo por quitarme la mala conciencia de no haber escrito, o para tener el alivio de haberlo hecho. Me puedo imaginar no publicando, al menos durante largos períodos, pero no me imagino no escribiendo. En el fondo es un vicio, un hábito cotidiano, o una manera de estar en el mundo, como tener afición por la lectura o por la música.
Julia Navarro
Para mí, escribir es una oportunidad de viajar al mundo de los sueños y de la imaginación; de inventar personajes y de vivir otras vidas; pero también de asumir compromisos, aunque a veces vayan envueltos con el papel del entretenimiento.
Andrés Neuman
Escribo porque de niño sentí que la escritura era una forma de curiosidad e ignorancia. Escribo porque la infancia es una actitud. Escribo porque no sé, y no sé por qué escribo. Escribo porque solo así puedo pensar. Escribo porque la felicidad también es un lenguaje. Escribo porque el dolor agradece que lo nombren. Escribo porque la muerte es un argumento difícil de entender. Escribo porque me da miedo morirme sin escribir. Escribo porque quisiera ser quienes no seré, vivir lo que no vivo, recordar lo que no vi. Escribo porque, sin ficción, el tiempo nos oprime. Escribo porque la ficción multiplica la vida. Escribo porque las palabras fabrican tiempo, y tiempo nos queda poco.
Amélie Nothomb
Me preguntan por qué elegí escribir. Yo no lo elegí. Es igual que enamorarse. Se sabe que no es una buena idea y uno no sabe cómo ha llegado ahí pero al menos, hay que intentarlo. Se le dedica toda la energía, todos los pensamientos, todo el tiempo. Escribir es un acto y al igual que el amor, es algo que se hace. Se desconoce su modo de empleo, así que se inventa porque necesariamente hay que encontrar un medio para hacerlo, un medio para conseguirlo.
Arturo Pérez-Reverte
Escribo porque hace 25 años que soy novelista profesional, y vivo de esto. Es mi trabajo. Igual que otros pasan en la oficina ocho horas diarias, yo las paso en mi biblioteca, rodeado de libros y cuadernos de notas, imaginando historias que expliquen el mundo como yo lo veo, y llevándolas al papel a golpe de tecla. Procuro hacerlo de la manera más disciplinada y eficaz posible. En cuanto a la materia que manejo, cada cual escribe con lo que es, supongo. Con lo que tiene en los ojos y la memoria. Muchas cosas no necesito inventarlas: me limito a recordar. Fui un escritor tardío porque hasta los 35 años estuve ocupado viviendo y leyendo; pateando el mundo, los libros y la vida. Ahora, con lo que eché en la mochila durante aquellos años, narro mis propias historias. Reescribo los libros que amé a la luz de la vida que viví. Nadie me ha contado lo que cuento.
Nélida Piñón
Yo creo con la esperanza de que la narrativa jamás me abandone, de que siga estando en todas partes. De que como compañera de mis días, irradie los caprichos humanos, los intersticios del misterio, frecuente en los puntos cardinales de mi existencia.
Escribo porque el verbo provoca en mí desasosiego, afila los mil instrumentos de la vida. Y porque, para narrar, dependo de mi creencia en la mortalidad. Con la fe en que una historia bien contada me arrebate las lágrimas. Sobre todo cuando, en medio de la exaltación narrativa, menciona amores contrariados, despedidas hirientes, sentimientos ambiguos, despojados de lógica. Escribo, en conclusión, para ganar un salvoconducto con el que deambular por el laberinto humano.
(Traducción de Carlos Gumpert)
Álvaro Pombo
Pienso en el pequeño cementerio de Londres, a unos diez minutos a pie de Paddington Green, donde robé un perro feo, de cemento, del sepulcro de una dama ahí enterrada. Al venir a Madrid, abandoné ese perro a su suerte en el Flat A, que era el top flat con una cocinita y un cuarto de baño. Escribir esto, ¿es escribir, o no? Es, desde luego, un modo de hacer surgir los recuerdos y las imágenes distinto del modo normal: un modo prefabricado, artificiado, que desea causar un efecto imborrable al menos en mi alma y luego en la de un lector o un millón, si es posible. Y también es un intento de expresar el ser, el Dios, en la claridad del ser-ahí que era yo en aquel entonces, al borde de la nada. Querer decirlo era querer estar más cerca del ser que lo corriente. Aún no sé si estoy en lo cierto. Hablar es inmediato, como respirar. Escribir, mediato como el respirar del pranayama.
Benjamín Prado
Yo escribo por una sola razón: para divertirme, para entretenerlos, para aprender, para enseñarles, para que sea cierto que "escribir es soñar / y que otros lo recuerden / al despertar", para que no me olviden, para que no nos callen  y, en primer lugar, porque no podría no hacerlo.
Soledad Puértolas
Las alegrías de la vida te desbordan. El dolor y la pérdida te superan y  hunden. El tedio y la monotonía pueden resultar aniquiladores.
Cuando escribo, estoy fuera de esa realidad. He entrado en otra donde sí es posible buscar un sentido, incluso vislumbrarlo.
La soledad, que tantas veces se ha hecho insoportable, se hace ligera y deseable. El estado perfecto.
Hay metas, humanidad, sentidos. Hasta cabe la risa, el gran regalo.
En la vida, el dolor ahoga y la risa es efímera. En el texto, se produce una transformación que la inteligencia no puede explicar. Nos sumergimos en el dolor sin llegar a morir, conquistamos la distancia. Observamos, podemos emocionarnos,  escoger, aventurarnos. La incertidumbre de la narración resulta más segura que las certezas de la vida. La palabra se hace enteramente nuestra.
Santiago Roncagliolo
Debería decir que escribo porque no sé hacer nada más: no sé montar bicicleta, llevo un año tratando de sacarme el carné de conducir, no entiendo las declaraciones de Hacienda y, cuando se estropea el ordenador, la única solución que se me ocurre es llorar hasta que se arregle solo. Pero intentaré una respuesta más profunda: 
Creo que la realidad no tiene ningún sentido. Las cosas pasan a tu alrededor de una manera errática, a menudo contradictoria, y un día te mueres. Las cosas en que creías dejan de ser ciertas de un momento a otro. En cambio, las novelas tienen un principio, un medio y un desenlace. Los personajes se dirigen hacia algún lugar, la gloria, la autodestrucción o la nada, y sus acciones tienen consecuencias en ese camino. Escribo historias para inventar algo que tenga sentido.
Pero además, escribir -como leer- te devuelve a la realidad mejor equipado para vivirla, con una comprensión mayor de lugares, personajes o sentimientos que no habrías visitado de otra manera. Y en ese sentido, no hace que la realidad sea más sensata, pero sí la vuelve un poquito mejor.
Fernando Royuela
Escribo por perplejidad. Tengo serias limitaciones para entender al ser humano y mediante la escritura las intento mitigar. La literatura es un vehículo fantástico para observar la realidad y descifrarla. Las palabras son los ojos del escritor. Escribir es saber mirar. Escribo para explicarme un universo inexplicable. Escribo para crear y descreer. Mediante la escritura invoco a los hombres y sacrifico a los dioses. Me río. Busco la belleza, también el horror porque escribir es descender a los infiernos y no salir indemne. Escribo para seducir, para subvertir, para sentirme vivo y muerto, para llorar, amar y maldecir. Escribo para no tener que aguantarme, para negar el mundo, para huir. Escribo porque me da la gana y me lo puedo permitir.
David Safier
¿Se acuerda de cuando era niño y jugaba? ¿Inventando historias disparatadas con figuritas de indios, vaqueros o pitufos? ¿O simplemente imaginando en la bañera que era el capitán de un barco pirata que buscaba un tesoro en medio de la tormenta? ¿Se acuerda de cómo se sentía cuando jugaba con otros niños en la calle y vivían increíbles aventuras haciendo de exploradores, cazadores o agentes secretos, luchando contra dinosaurios, monstruos o supermalos que querían destruir la tierra con rayos mortales? Pues bien, todo eso es lo que yo hago todavía. Jugar con mi imaginación. Cada día de mi vida. Y lo seguiré haciendo hasta que me muera. O me vuelva loco. Es lo que me gusta. Y por eso escribo. ¡Hay alguna otra cosa mejor!
Jorge Semprún
Si lo supiese, tal vez no escribiría. Quiero decir, si lo supiera con certeza, si a cada momento pudiese proclamar taxativamente, sin vacilar, por qué escribo, y para qué, para quién o quiénes, si así fuera, tal vez no escribiría. O sea, que escribo, en cierta medida, para encontrar respuestas al porqué. Escribir no es un acto reflejo, ni una función natural. No se escribe como se come o se ama. No se agota en el hecho de escribir el portentoso, o doloroso, o lo uno y lo otro, milagro de la escritura. No se agota, al escribir, el deseo inagotable de la escritura. Tal vez porque sea ésta la mejor forma de sobrevivir. ¿Por qué escribo? Tal vez para sobrevivir a la muerte, la necesaria muerte que me nombra cada día.
Wole Soyinka
Hace varios años, participé en esta misma experiencia con el periódico francés Libération. En aquella ocasión contesté: "Supongo que por el ser masoquista que llevo dentro de mí". Desde entonces, no he tenido ningún motivo para cambiar mi respuesta.
Antonio Tabucchi
Preferiría formular la pregunta así: ¿Por qué se escribe? Hace tiempo, cuando era joven, escuché a Samuel Beckett responder: "No me queda otra". Las respuestas posibles son todas plausibles pero con un punto de interrogación. ¿Escribimos porque tememos a la muerte? ¿Por qué tenemos miedo de vivir? ¿Por qué tenemos nostalgia de la infancia? ¿Por qué el tiempo pasado corrió deprisa o porque queremos detenerlo? ¿Escribimos porque a causa de la añoranza sentimos nostalgia, arrepentimiento? ¿Por qué queríamos haber hecho una cosa y no la hicimos o porque no deberíamos haber hecho algo que hicimos y no debíamos? ¿Por qué estamos aquí y queremos estar allá y si estuviéramos allá nos hubiese resultado mejor quedarnos aquí? Como decía Boudelaire: la vida es un hospital donde cada enfermo quiere cambiar de cama. Uno piensa que se curaría más deprisa si estuviera al lado de la ventana y otro cree que estaría mejor junto a la calefacción.
Andrés Trapiello
¿Para que escribe uno? Para responder sin afectación algún día esta pregunta. Lo natural es hablar, incluso cantar, pero no escribir. Poner las palabras por escrito en un libro es, decía Unamuno, una "tragedia del alma", y acaso se escriba por miedo a quedarse uno a solas con su dolor, como si escribir fuese un remedio, y no un veneno. Así lo siento yo también.
Kirmen Uribe
En noviembre de 2007 tuve la suerte de asistir como escritor invitado a la clase de escritura creativa de Anthony MacCann, en el CalArts de Los Ángeles. Anthony me contó que los mejores de cada promoción son fichados por las grandes productoras para trabajar como guionistas de series de televisión. Se hacen ricos. Los "peores", por el contrario, se dedican a la poesía.
Uno empieza a escribir en la tierna adolescencia por mímesis, porque quiere crear algo parecido a aquello que ha leído. Más tarde, en su juventud, cree que escribir puede hacer mejorar el mundo. Luego se convence de que el suyo es, al fin y al cabo, un oficio. Sin embargo, ahora mismo me doy cuenta que escribo, sencillamente, porque disfruto mucho haciéndolo. Me encanta quedarme solo y escribir. "Un solitario impulso de delicia" me lleva a escribir, como diría Yeats en su poema Un aviador irlandés prevé su muerte. Disfruto casi tanto como los "peores" de CalArts, que tumbados en el césped del campus con un libro en las manos, levantaban la mirada para ver pasar las nubes. Yo, en la clase de Anthony, sería, sin duda, del grupo de los poetas.
Mario Vargas Llosa
Escribo porque aprendí a leer de niño y la lectura me produjo tanto placer, me hizo vivir experiencias tan ricas, transformó mi vida de una manera tan maravillosa que supongo que mi vocación literaria fue como una transpiración, un desprendimiento de esa enorme felicidad que me daba la lectura.
En cierta forma la escritura ha sido como el reverso o el complemento indispensable de esa lectura, que para mí sigue siendo la experiencia máxima más enriquecedora, la que más me ayuda a enfrentar cualquier tipo de adversidad o frustración. Por otra parte, escribir, que al principio es una actividad que incorporas a tu vida con otros, con el ejercicio se va convirtiendo en tu manera de vivir, en la actividad central, la que organiza absolutamente tu vida.
La famosa frase de Flaubert que siempre cito: "Escribir es una manera de vivir". En mi caso ha sido exactamente eso. Se ha convertido en el centro de todo lo que yo hago, de tal manera que no concebiría una vida sin la escritura y, por supuesto, sin su complemento indispensable, la lectura.
Juan Gabriel Vásquez
Escribo porque me irrita y me entristece el desorden del mundo, y descubrí hace mucho tiempo que en la buena ficción el mundo tiene un orden o su desorden tiene un sentido. Escribo porque mi inteligencia es limitada y sólo soy capaz de entender lo que viene en palabras. Escribo, por lo tanto, porque no entiendo o porque ignoro: "escribe sobre lo que conoces" me parece el consejo más idiota del mundo, porque se escribe, precisamente, para conocer. Escribo porque no he encontrado otra manera de vivir varias vidas, de ser varias personas, sin hacer daño o poner en riesgo a los que me rodean (y aun así les he hecho daño muchas veces, muchas veces los he puesto en riesgo). Escribo porque, como leí en alguna parte, la imaginación transforma la experiencia en conocimiento.
Manuel Vicent
Si esta pregunta se me hubiera formulado hace muchos años, cuando empecé a escribir, mi respuesta habría sido más romántica, más literaria, más estúpida. Probablemente habría contestado que escribía para crear un mundo a mi imagen, para poder leer el libro que no encontraba en mi biblioteca, para no suicidarme, para enamorar a una niña, para influir en la sociedad o tal vez cínicamente porque no servía para nada más, ni siquiera para arreglar un enchufe. Sin olvidar lo que este oficio tiene de vanidad y de narcisismo, a estas alturas de la profesión creo que escribo porque es un trabajo que me gusta, que unas veces me sale bien y otras mal, pero en cualquier caso la literatura ya forma parte de un mismo impulso vital que me sirve para sentirme a gusto todavía en este mundo, sin que espere gran cosa de su resultado.
Enrique Vila-Matas
Ah, ya veo, vuelve la vieja y pérfida pregunta. Pero también podrían ustedes preguntarme por qué acabo de hacer una lazada en mis zapatos. Y también por qué no me he contentado con un nudo que, para el caso, me habría servido igual. Este tipo de habilidades no nos llaman la atención, por ser muy familiares. Pero, en algún tiempo remoto, un antepasado hizo la primera lazada. Nosotros no somos más que sus imitadores, un eslabón en la cadena ininterrumpida de la tradición. De modo que a quién habría que preguntarle por qué escribo es a ese antepasado, preguntarle por qué quiso ir más allá del nudo.
Juan Eduardo Zúñiga
El jardincillo parece envejecido con los fríos de noviembre y el suelo está cubierto de las hojas caídas de una acacia. Dejo de mirarlo desde la ventana, estoy solo en el cuarto vacío donde tengo los juguetes y los cuentos, en las paredes sujetas con chinchetas hay dos láminas referentes a un país extranjero y extranjero es el autor de un libro que cojo, y me aprendo su nombre: Michel Zevaco. Leo el final del segundo capítulo: un hombre busca sin parar en un cofre lleno de joyas y no encuentra lo más importante para él. Me extraña esto ¿más valioso que joyas ? Tengo al lado un cuaderno y lápiz, sin pensar escribo: "Él buscaba algo entre las joyas ..." y sigo escribiendo, sigo así hasta hoy.