Cuando era pequeña vivía en un pueblo de Barcelona.
A mi madre le gustaba la repostería y, a menudo, para desayunar nos hacía rosquillas, bizcochos y demás dulces caseros, si se estaba acabando ya la caja de galletas Príncipe, que, al por mayor, comprábamos, o los dulces de la fábrica de Bimbo. Pero cuando, por lo que fuera, no había nada rico para llevarme al recreo de mi Colegio de Monjas ,me dejaba ir a la Pastelería de Tomás, un amigo de mi hermano mayor a comprarme algo.
Vivíamos en un bloque muy delgado que sobresalía del resto de la hilera de casas. Nosotros ocupábamos el segundo piso. Cuando yo ya estaba en la acera, mi madre salía al balcón para mirar a un lado y a otro, esquivando los árboles, si venía algún coche y me gritaba desde arriba: ¡Ahora!. Y yo corría como una flecha hasta la pastelería Colomer, situada unos poquitos números más arriba y en la otra acera. Allí vendían unos cruasanes crujientes y dulces que me encantaban y, siempre con una sonrisa, me lo envolvía la madre de Tomás para llevármelo. Cuando salía de la pastelería, con mi botín, mi madre todavía estaba en el balcón esperándome para volver a gritarme: "¡Ahora!" Y yo volvía a correr para alcanzar, de nuevo, mi acera donde tres o cuatro manzanas más arriba estaba el cole. Le decía a mi madre adiós con la mano y ella me tiraba un beso: ¡Ten mucho cuidadito!
Nuestra calle se llamaba "Generalísimo", pero al poco tiempo lo cambiaron por "Joan Prim". Sin embargo, no llevaría más de un año, si acaso, con aquel nuevo nombre cuando tuvimos que mudarnos y allí quedó mi acera, mi cole, la Plaza de la Montaña donde me columpiaba mientras mis hermanos jugaban al futbol, la pastelería de Tomás, y mi infancia.
¡Cuánto habremos añorado aquella geografía! Nunca más volvimos a tener un pueblo, en Madrid solo había barrios que no tenían nada que ver con el lugar de dónde veníamos.
Una semana atrás, nos dijo mi hermano que un Tomás pastelero, que siguió los pasos familiares, cierra la pastelería Colomer. Se jubila. Algo imperceptible, muy íntimo, pellizcó mi interior y me envolvió de pronto el aroma de aquel lugar. Aquella niña que no tenía ni diez años, vestida con falda gris a tablas y jersey azul marino de pico, todavía se columpia bien, bien alto, en la Plaza de la Montaña. ¿Dónde irá ahora a por su dulce cruasán?











