Ayer conocí a un
virus y se vino a vivir conmigo. Ya sabía yo que íbamos demasiado rápido, pero
al final que si jiji, que si jaja, tonta de mí, me convenció.
Me prometió compañía
leal y un finde excitante. Todo fuegos artificiales. Un vendehúmos. Esta convivencia
me está costando horrores, se ha hecho dueño de mi nariz y de mi garganta, de
mi cama y mi ánimo.
No hago más que
tomar bebidas calientes, a ver si le escaldo, un poquito solo, lo suficiente
para que se encuentre a disgusto y tenga ganas de irse.
Además, me
muestro desganada, apática y silenciosa, a la espera de que se aburra conmigo y
más ganas tenga de irse.
Y, sobre todo,
con la nariz colorada y sonándome todo el rato, con los consiguientes ruidos y
secreciones, me he convertido de la noche a la mañana en la anti lujuria, y no
lo disimulo nada, ya sabéis, para ver si así TIENE AÚN MÁS GANAS DE IRSE.
Y por si no se
ha dado cuenta, en cuánto puedo, le soy infiel con el Bisolgrip, que ahora
mismo me hace mucho más feliz que él.
¡Ay! Si yo solo
quiero recuperar mi nariz, mi garganta y mi ánimo.
Esta convivencia
ha sido un error. Yo ya me he dado cuenta, ahora se la tiene que dar él.
Se la dará.
¿Verdad?
Esto me pasa por
hacerme caso de los virus, ni uno bueno, ni uno.






