¿Os apetece leer uno de mis relatos?
Pues os dejo con "Mamá era una sirena" que fue premiado con el 1º Premio en el Certamen de Relato Corto Luis Sancho 2024 organizado por el Ayuntamiento de Villaviciosa de Odón en colaboración con la Asociación Cultural Acua de Villaviciosa de Odón en octubre 2024.
Le tengo mucho cariño.
Ojalá os guste.
Mamá
era una sirena
Nos dimos cuenta el día que papá no llegó a tiempo de rescatarla.
Acostumbrados a su melena mojada, a que se duchara más de dos y tres
veces diarias, a su piel ligeramente húmeda y sus querencias acuáticas, no nos
llamaba la atención que, en días lluviosos, mamá abriera el balcón de par en
par, y se sentara en la barandilla con las piernas colgando. Balanceándolas despreocupadamente,
disfrutaba viendo cómo las gotas iban empapándoselas despacio.
Nos acostumbramos también a que comenzara a cantar, muy quedo, mientras se
mecía bajo la lluvia. Cada vez más mojada, cada vez más feliz.
Aún me pregunto si brillaba más su mirada o la piel de sus piernas
estampada de gotas balanceándose al ritmo de aquella música acariciante.
—Vuestra madre es más traviesa que todos vosotros juntos -decía entonces
mi padre corriendo a rescatarla del balcón- Cuando en un rato tenga fiebre y se
queje no la vamos a hacer caso. ¿Verdad? -Apostillaba, buscando tanto nuestra
distracción, como nuestra sonrisa cómplice.
Y al acercarse, desde detrás la besaba con infinito cuidado en el cuello.
Y con ese lenguaje en voz baja, que compartían y solo entendían ellos, la convencía
para que bajara de la barandilla y se metiera en casa, mientras la vestía con
una enorme toalla, a modo de larga falda de felpa.
La princesa más elegante de todas las aguas era mi madre enrollada en esa
enorme toalla que, al caminar, arrastraba con elegancia, mientras mi padre la llevaba
casi en volandas hasta la ducha donde terminaban todos sus episodios acuáticos.
Si creces viendo esa húmeda coreografía que bailaban mis padres, salpicada
de complicidad y cariño, no te extraña. Quizá muy pequeños, cuando se imitan
todas las conductas, alguno de nosotros pretendimos encaramarnos al balcón.
Pero aquella barandilla siempre estuvo demasiado alta y oportunamente muy llena
de floridos y pesados tiestos.
Mamá era una sirena.
Y un día que ya nunca olvidaremos papá no llegó a tiempo de rescatarla.
Era una tarde especialmente gris y la lluvia comenzó a caer mansa. Papá
no estaba. En unas horas el cielo se deshacía en un mar de agua que iba
cubriendo las aceras y las fachadas, las barandillas y a las madres que cantan
sobre ellas despreocupadamente.
A medida que las piernas de mamá iban
empapándose, se recubrían de una pelusilla plateada y áspera, que, al seguir
mojándose, se convertía en una capa de escamas, tupida y fría, que cuánto más
la inmovilizaba, más la contagiaba de una felicidad que mojaba a mamá de fuera
adentro, alejándola de nosotros y nuestra seca realidad.
No sé cuánto tardamos en advertir en la lejanía su canto cada vez más
alto y nítido, melodioso y dulce.
Y aunque corrimos a su cuarto, ya era tarde.
Una fuerte y preciosa cola plateada cuajada de escamas había sustituido por
completo a sus piernas y por más que tiramos de ella hacia dentro de casa no logramos
hacerlo. Quizá fuera porque pesaba mucho más, o porque ella no ayudaba
demasiado, quizá porque no sabíamos del lenguaje íntimo y cómplice de mis
padres, o porque la lluvia al fin había ganado y conseguía a quién tanto había
pretendido.
Pero nuestras fuerzas se agotaron sin conseguir entrar a mamá. Entonces
ella, tirándonos un beso, se deslizó por la fachada, y resbalando, alcanzó con
suavidad la acera, y siguió deslizándose sobre los charcos calle abajo hasta
perderse en la lejanía, delante de su canto.
—Iba feliz, papa.
Dijimos para consolarle.
—Ojalá hubieras visto lo feliz que iba.
Y él asentía, una vez y otra, mientras las lágrimas no le permitían
contestarnos.
Desde entonces, los días grises los pasamos cerca del faro, a orillas del
mar. Entre las olas siempre vuelve mamá. Sonríe al vernos más altos, sin algún
diente de leche, sanos. Nos tira un beso, dos, tres, y de pronto ya solo vemos
su cola plateada zambulléndose tras ella. En esos días grises también nosotros
volvemos más contentos a casa, sabiéndola en el agua, feliz, sabiéndola sana y más
sirena todavía.
@Rocío Díaz Gómez




























