De las gasolineras parece que solo saben los que se peinan en un retrovisor. Los que comen frente a una enorme rueda. Aquellos cuya piel no guarda más aroma que el intenso de la gasolina.
Pero miles de vidas se cruzan bajo los letreros de las excelencias de la estación de servicio. Mientras el precio del combustible está al nivel de las nubes, nuestras existencias se mueven a ras del asfalto.
Cada vehículo acarrea, al menos, una vida. Cada vida desplaza su historia sobre cuatro ruedas. Cuando se detiene para estirar las piernas, la saca al sol, la airea, sigue con ella o la deja allí olvidada.
Miles de historias abandonadas aún palpitan en las estaciones de servicio de las carreteras. Algunas se perdieron solas, a otras y adrede, las despistaron allí.
Si necesitas otra historia pásate, quizá te cuadre llevarte alguna. ¿Qué puedes perder? Pruébatela, mira si te queda bien de mangas, de hombros, si es del tejido vital que tu alma necesita.
Del turismo de las gasolineras parece que solo saben los que se peinan en un retrovisor, pero también saben los que necesitan cambiar de vida.



