Un blog de literatura y de Madrid, de exposiciones y lugares especiales, de librerias, libros y let

lunes, 25 de febrero de 2013

"Telaraña" una columna de Manuel Vicent en El País



Mi hermano pequeño, que es "mu grande", el otro día me leía esta columna de Manuel Vicent.

Os la copio porque me gustó mucho. Pero mucho.

"El hombre sin cobertura..."

Telaraña

Se trata de un ser que, adonde quiera que vaya, nunca tiene cobertura y permanece a salvo de cualquier basura mediática

 
 
He aquí la versión actual del hombre nuevo, aquel que, de una u otra forma, ha sido siempre el sueño de todas las revoluciones. 
 
Se trata de un ser que, adonde quiera que vaya, nunca tiene cobertura y por tanto permanece incontaminado, a salvo de cualquier basura mediática. Después de un esfuerzo heroico ha logrado eludir el humillante destino de llegar a este mundo con la única misión de ser un hombre-antena, un repetidor humano solo apto para recibir y trasmitir llamadas, mensajes, correos electrónicos. Este hombre nuevo se niega de raíz a contribuir a la contaminación del espacio con una cháchara idiota, como un insecto más en la telaraña. 
 
Las personas privilegiadas, como esta, son todavía escasas, ya que en ellas se realiza el mito platónico de la invisibilidad, un don de los dioses. Ya no hay playas desiertas ni existen parajes preservados. Todo el planeta ha sido conquistado y sometido a la red social. Es inútil buscar un lugar inaccesible donde refugiarse. La jodida telaraña lo envuelve todo, desde la gélida estratosfera hasta el íntimo sudor del petate y a través de la almohada penetra en el subconsciente desguarnecido de los humanos. 
 
Pero el individuo sin cobertura no tiene necesidad de huir, puesto que él es su propio refugio. El mito del hombre invisible, ese sortilegio que llenaba la imaginación de nuestra niñez, que te confería el poder de atravesar las paredes, de estar a la vez en todas y en ninguna parte, equivale a esa invisibilidad platónica que ostenta hoy el hombre sin cobertura. 
 
Se acerca el día en que lo más snob será que digan de ti: no ha llegado todavía, ya se ha marchado, no se le espera, no lo llames, nunca contesta, está y no está, no existe, esa es su naturaleza. ¿Qué ha hecho este individuo preclaro para merecer el privilegio de estar envuelto en una atmósfera intangible y ser absolutamente real?. Su móvil vibraba cada minuto reclamando más papilla. Ese aparato se había convertido en un testigo de sus miserias, en un delator al servicio de sus enemigos. 
 
 De pronto un día se sintió perseguido y acorralado en la red por una multitud de seguidores y amigos que trataban de devorarlo. 
 
Cortó por lo sano, arrojó el móvil a un pozo y comenzó a vivir por dentro como un hombre nuevo, no como un insecto capturado.
 
 
 

viernes, 22 de febrero de 2013

Edward Gorey un ilustrador hoy en el doodle de google





Me ha gustado mucho el doodle de hoy de google. Ya sabéis que "doodle" es una palabra inglesa que significa garabato. Google de vez en cuando para celebrar acontecimientos o aniversarios transforma su logo y lo hace más creativo versionándolo en función de lo que quiere celebrar.

De vez en cuando me gusta dedicar alguna que otra entrada a la labor de los ilustradores de libros.



En esta ocasión Google celebra el 88º aniversario del nacimiento de Edward Gorey, un dibujante bastante curioso e inquietante del siglo XX. Es reconocido por sus libros ilustrados de un tono macabro pero con cierto sentido del humor.

Nació en en Chicago el 22 de febrero de 1925. Fue a varias escuelas primarias locales entre 1944 y 1946, estuvo en el ejército en Dugway Proving Ground, en Utah y, más tarde, en Harvard, (de 1946 a 1950), donde estudió francés y compartió habitación con el futuro poeta Frank O'Hara.

Desde 1953 hasta 1960, Edward Gorey, vivió en Nueva York y trabajó para el Departamento de Arte de Doubleday Anchor, ilustrando portadas de libros, como por ejemplo: 'Drácula' de Bram Stoker, 'La guerra de los mundos' de H. G. Wells o el 'Libro de los gatos habilidosos del viejo Possum' de T. S. Eliot.

La influencia de Edward Gorey puede encontrarse en algunos artistas contemporáneos como Tim Burton, innegable deudor de la obra del estadounidense.


Os dejo con algunas de sus ilustraciones:


 







jueves, 21 de febrero de 2013

Artículo "Un cuarto propio lleno de fantasmas"




Hoy os quería dejar con un artículo. En otras ocasiones hemos dedicado alguna que otra entrada del blog a las casas de los escritores. Hoy vamos a dedicar este espacio a los cuartos donde trabajan. Ese es el tema de este artículo que os copio, que a mi me resultó interesante.

A ver que os parece.

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/escritorios-de-los-escritores_0_862713747.html

Un cuarto propio lleno de fantasmas

¿Por qué nos fascinan los escritorios de los poetas y narradores? Es como si en esos refugios privados, donde se escribieron los grandes libros, se escondiera un secreto para develar. El efecto que nos produce conocerlos puede ser motivador o paralizante.

POR Andrés Hax


El 24 de diciembre de 1910 Franz Kafka escribió en su cuaderno: “He examinado mi escritorio con más atención y he visto que nada bueno se puede hacer sobre él. Hay tanto desparramado, un desorden sin proporción y sin la compatibilidad de las cosas desorganizadas que hace que, de otra forma, el desorden sea tolerable. Que reina el desorden no más sobre su tapete verde no más, lo mismo pasa en las orquestas de los viejos teatros. Pero que bollos de viejos periódicos, catálogos, postales, cartas, todos se asomen por debajo de los cajones, en forma de escalera, este estado indigno de las cosas, arruina todo...” Y sigue un larguísimo párrafo de descripción del escritorio, como si Kafka fuera un viajero relatando el paisaje hostil de una tierra desconocida.

El escritorio del escritor es un lugar arquetípico, como el ring de boxeo, el diván de un psicoanalista, la cabina de un avión de combate, la mesa de cirugía de un doctor o la celda de un monje. Es un poco romántica esta descripción, lo admitimos, pero qué le vamos a hacer. Escribir es una ocupación romántica. Si el escritor es de verdad, si –como Kafka– está buscando algo así como la liberación del alma o, por lo menos, la transubstanciación de la experiencia a algo más duradero (algo con las características de la eternidad), el escritorio es el lugar donde esa transubstanciación se elabora. Puede ser un lugar de serenidad y de triunfo, de superación y de goce; pero también puede ser un lugar de derrota, de humillaciones y de catástrofes que –uno siempre piensa– podrían haber sido evitables. 

Para los que piensan que estamos exagerando, consideren algunos casos. Philip Roth, el año pasado, decidió dejar de escribir de una vez por todas. Sobre la pantalla de su computadora pegó un post-it con la frase “la lucha con la escritura ha terminado”. Lo mira todas las mañanas con un alivio gigante. David Foster Wallace, derrumbado espiritualmente porque no logra terminar una novela (había dicho que era como intentar armar una casa de paneles de madera con un fuerte viento) se suicida. Se ahorca en el garaje donde estaba su escritorio. Primero puso en orden los infinitos papeles de esa novela inconclusa. Jonathan Franzen escribió su primera gran novela, Las correcciones , en un cuarto cerrado, con tapones en los oídos, y con el puerto de red de su computadora sellado con pegamento. Hemingway escribía parado, como un boxeador. La carrera de Stephen King dio un giro cuando su esposa, harta de sus adicciones, vació los contenidos del cesto de basura debajo de su escritorio sobre el mismo: una pila gigantesca de latas de cerveza. Debajo del último escritorio de Herman Melville (sobre el cual escribió su último gran cuento, Billy Budd ) se encontró un papelito que decía: “Sé fiel a los sueños de tu juventud”. Proust escribía de noche en su cama, en un cuarto con las paredes encorchadas para crear un capullo de silencio. 

Sin embargo, los escritorios no tienen que ser necesariamente lugares privados. Sartre y Cortazar escribían en cafés. El Marqués de Sade, Cervantes y Jean Genet, en celdas de una prisión. Balzac, en su juventud, escribía desde la prisión de la pobreza. Dijo una vez: “Amaba mi prisión, porque la había elegido yo mismo.” Faulkner se despertaba de noche y escribía sobre las paredes de su dormitorio. 

Podríamos seguir y seguir. 

¿Puede ayudar en la comprensión de una obra conocer el escritorio donde fue escrita? Para algunos lectores, es necesario meditar sobre las dificultades de la creación literaria. Acercarse lo más posible a su autor querido conociendo cómo fue que escribió su libro. No sólo cómo organizó su material y cómo se organizaban sus días de trabajo sino ver, aunque sea en una foto o a través de una descripción (como la del diario de Kafka) el lugar de trabajo. El escritorio. Conocer el escritorio de un escritor, ver la habitación donde él o ella escriben, es algo parecido a conocer la cara de ese escritor. No nos explica la obra de una manera directa pero sí de una forma oblicua. Uno no puede desasociar la obra de Beckett con su austera cara con esos ojos azules de gaviota. Cuando uno relee los cuentos de Borges, inevitablemente tiene en mente su cara, con esa particular mirada de falsa humildad, o de sabiduría (según cómo te caiga Borges). 

Lo mismo pasa con los escritorios. Si has visitado Arrowhead , la casa de Herman Melville, y te has parado en su escritorio, con tu mano sobre su escritorio, mirando por la misma ventana que él miraba mientras escribía Moby Dick , nunca vas a poder volver a esa novela sin imaginarte a Melville encorvado sobre ese escritorio escribiéndola. Lo mismo con los poemas de Neruda y sus casas en Santiago, Valparaíso e Isla Negra. O la torre de William Butler Yeats en Irlanda. Hay un libro maravilloso sobre la pequeña cabina de Heidegger en la Selva Negra y cómo ese lugar influyó en su escritura. ( Heidegger’s Hut , Adam Sharr. MIT Press, 2006).

T. S. Eliot escribió en La canción de amor de Alfred Prufrock : “Tendría que haber sido un par de garras rotas / corriendo sobre los pisos de mares silenciosos.” Si el escritor, en su silenciosa producción, es una criatura fantástica, algo así como el cangrejo o langosta de Eliot, su escritorio es su caparazón.


¿Donde escribe usted?
En algún momento del siglo XX la figura pública del autor se hizo más compleja. Aparte de su obra misma, empezaron a cobrar importancia cosas externas a los libros mismos. Ciertas preguntas, específicas al proceso de escribir, se convirtieron en habituales: ¿Dónde escribes? ¿A qué hora? ¿En cuadernos o hojas sueltas? ¿En una máquina de escribir o con pluma? 

El principal culpable de esta tendencia es la revista The París Review , que desde los años cincuenta ha publicado excepcionales entrevistas con los grandes autores del mundo. Además de la foto del autor, publican una reproducción de una hoja de un manuscrito. Algo fundamental en estas entrevistas son las interrogaciones sobre “el taller” del escritor. Hoy, ser entrevistado por el Paris Review da un sello de prestigio quizá comparable con ganar un Pulitzer. Y todos los periodistas culturales que entrevistamos autores estamos, conscientemente o inconscientemente, imitando el modelo de esta revista legendaria.
¿Es legítimo este interés sobre los detalles físicos y externos de la praxis de los creadores de literatura? ¿Se entiende mejor la obra conociendo cómo se hizo, materialmente? ¿O es mero cholulismo, comparable con las notas de ¡Hola! que muestran las casas de veraneo de nobles menores de Europa?
Hay muchos autores que huyen de este tipo de preguntas, pero la verdad es que a la mayoría les encanta. No solo eso, ellos mismismos fomentan esta mística del escritorio del escritor.

En el 2008 y el 2009 The Guardian publicó una serie de notas llamada Writers’ Rooms . Aún está online. Allí, el fotógrafo Eamonn McCabe hizo retratos de los cuartos de escritores (sin los escritores presentes) y los autores mismos contribuyeron con un breve texto presentando sus aposentos. A diferencia de Kafka, el tono es fresco y orgulloso. Como el de un agente inmobiliario mostrando una joya de departamento. Figuran, entre otros, Eric Hobsbawm, Martin Amis, John Banville, Hanif Kureishi, Seamus Heaney, Jonathan Safran Foer, Richard Sennett y J. G. Ballard. Póstumamente están los de Charles Darwin, Virginia Woolf, Rudyard Kipling, Charlotte Bronte. En total son 116 sujetos. 

Sobre su trabajo fotográfico, McCabe dijo: “Siempre me ha gustado fotografiar a gente solitaria. Cuando era más joven fotografiaba a boxeadores. Ahora que estoy más viejo me gusta retratar a escritores, poetas y artistas. Una cosa que tienen en común, es que trabajan solos”. Pero sobre los retratos en sí, McCabe dijo: “Por más que no esté el escritor en el cuarto, aún es un retrato. Sus cuartos los reflejan...” Una crítica que se le hizo a McCabe es que todos sus retratados son gente acomodada de clase media. O sea, escritores comercialmente exitosos. Y aquí yace un problema muy importante en todo este lío. Es muy lindo, y no totalmente mentiroso, hablar de boxeadores y monjes y pilotos de guerra al buscar un corolario para el escritor en su cuarto. Pero también hay un fenómeno burgués de consumo y –más peligroso aun– de autoengaño. ¿Cuántos aspirantes a escritores ven estas fotos y se proyectan a sí mismos en esos cuartos, como si fueran ellos los escritores? Si es así, el fenómeno de la fascinación con los cuartos y los escritorios de los escritores tiene algo vacío y hasta pornográfico. Es como el fenómeno de las Moleskine. ¡Escribir en el mismo cuaderno que usaba Pablo Picasso, Ernest Hemingway o Bruce Chatwin!
Uno no tiene que ser escritor para ser parte de la literatura. Es suficiente con ser lector. Sin embargo, hay legiones de jóvenes (y viejos también) que alimentan una falsa vocación de escritura. Cuando esta ya no se puede realizar, la conclusión puede ser aniquilante. Un autoexilio de la literatura por razón de envidia y amargura. En este estado frágil y vulnerable de deseo sin intento, de fantasía sin trabajo, ver los escritorios de los escritores puede ser contraproducente. 

La literatura es extremadamente simple y compleja a la vez. Es muy fácil leer una gran novela, pero casi imposible escribirla. Ver los escritorios de los escritores (al fin, tan parecidos a los nuestros, dentro de todo) alimenta la idea que está a nuestro alcance, también, ser escritores. Esto puede ser un gran incentivo o la semilla de una gran mentira. 

En la novela Crossing to Saftey, de Wallace Stegner, asistimos a la larga vida de cuatro personajes, uno de los cuales quiso ser escritor y anduvo toda su vida más o menos en eso. En la última escena, la hija de este personaje entra al escritorio de su padre junto al mejor amigo de él. Es un lugar perfecto. El problema es que nunca escribió nada. Su hija dice: “Prepararse ha sido el trabajo de su vida. Prepara y después ordena”. ¡Que no te pase lo mismo!

lunes, 18 de febrero de 2013

"Amargo despertar" de José Mª Herranz. Presentación en la Casa Castilla La Mancha





Mañana martes 19 de febrero, a las 19:30, se presenta en la Casa de Castilla La Mancha, de Madrid, el disco de poesía sinfónica "Amargo despertar", de José María Herranz, en el marco de la tertulia literaria "Eduardo Alonso" dirigida por Manuel Cortijo y Juan Pedro Carrasco. 

Jose María Herranz es poeta, miembro del Círculo de Bellas Artes de Madrid, del Ateneo de Madrid y de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles y además, director de la editorial “Poeta de Cabra (2) Ediciones”.

Además de este CD "Amargo despertar”, ha publicado los libros: “Donde no habite el olvido”, Legados ediciones, 2011 (antología poética de 41 voces españolas seleccionadas por José María Herranz). “Las razones del lobo” y “Sofismas”, Poeta de Cabra Ediciones, 2009. “Oráculo de la amistad”, Ediciones Vitruvio, 2004.“Hijos de la miseria", Taller de poesía VOX, 1980.

De la poesía de José María Herranz se ha dicho que es una poesía mística, barroca, dionisíaca....

"Amargo despertar" que se presenta mañana, es un trabajo poético-musical conjunto con el compositor Andreu Jacob y cuenta con la colaboración de los poetas Luis Antonio de Villena y María Esperanza Párraga Granados. 

Presentará el acto el poeta Javier Díaz Gil, coordinador de la tertulia "Rascamán"  de Madrid. 

El poeta recitará los poemas del disco sobre las bases musicales.
 
PRESENTACIÓN "AMARGO DESPERTAR"
LUGAR: CASA DE CASTILLA LA MANCHA, C/ PAZ, 4 (MADRID), SALÓN DE ACTOS
METRO SOL
FECHA: 19 DE FEBRERO DE 2013,  19:30 HR.

domingo, 17 de febrero de 2013

Presencia de ánimo




Hoy vamos a hablar de una expresión, de la que he hablado con un amigo ultimamente por lo curiosa que nos resulta. Una expresión que, aunque es de toda la vida, tampoco yo creo que se utilice mucho. Me estoy refiriendo a la expresión: Presencia de ánimo.

¿Nunca habéis escuchado eso de...? Fulanito tiene mucha presencia de ánimo...

Viene en el diccionario de la Real Academia, cuando buscamos la palabra "presencia".

Presencia de ánimo, conservar el ánimo ante cualquier situación.

presencia.
(Del lat. praesentĭa).
1. f. Asistencia personal, o estado de la persona que se halla delante de otra u otras o en el mismo sitio que ellas.
2. f. Asistencia o estado de una cosa que se halla delante de otra u otras o en el mismo sitio que ellas.
3. f. Talle, figura y disposición del cuerpo.
4. f. Representación, pompa, fausto.
5. f. Memoria de una imagen o idea, o representación de ella.
~ de ánimo.
1. f. Serenidad o tranquilidad que conserva el ánimo, tanto en los sucesos adversos como en los prósperos.


Presencia viene del latín "praesentia": cualidad de estar adelante.
Ánimo viene del término latino "ánimus", el carácter, el coraje, el valor... 

 Es curiosa la expresión ¿verdad? Rastreando por internet he encontrado que hay una frase célebre donde la nombran e incluso hay un cuento de Oscar Wilde que se titula así. Copio a continuación ambos. También hay algún que otro libro incluso con ese título.

Pero a vosotros que os parece ¿Se utiliza a menudo? Yo creo que no mucho. Pero está bien, es elegante, es una expresión con clase. 

Ya, ya lo sé, hemos oído mucho más, también con la palabra "presencia", la de "... en presencia de mi abogado". Ay la tele, la tele...



Presencia de ánimo y valor en la adversidad valen para conquistar el éxito más que un ejército.
John Dryden



Presencia de ánimo

Mi joven amigo el actor interpretaba el papel principal de una obra extremadamente popular. Durante meses no había quedado una sola localidad libre en el teatro, y en el momento mismo de la representación las colas para la platea y la galería se extendían varias millas; de hecho, llegaban hasta Hammersmith (aunque debo agregar que la obra se representaba en Hammersmith).
Una noche, durante la representación, en el terriblemente tenso momento en que la pobre florista rechaza con desdén las detestables propuestas del malvado marqués, una enorme nube de humo se extendió por los costados del escenario, que fue sitiado por grandes lenguas de fuego.
Aunque el telón descendió de inmediato, el público estaba aterrorizado y se precipitó hacia la salida. Se desató un pánico horroroso: los hombres comenzaron a gritar y a empujar, las mujeres daban alaridos y se tiraban de las ropas. Había el grave riesgo de que varios espectadores murieran pisoteados y, de hecho, algunas faldas se ensuciaron y varias camisas de vestir quedaron arrugadas.
En el clímax del estruendo apareció por la puerta de la orquesta mi joven amigo el actor -que en la obra ama y es amado por la florista-, contempló la situación de un vistazo y trepó al escenario. Allí parado, ante el telón de hierro, erguido, con la mirada destellante y el brazo levantado, ordenó que se hiciera el silencio con una voz que resonó en todo el teatro, como una trompeta. El público conocía bien esa voz y se sintió reconfortado: el pánico remitió de inmediato.
Les dijo entonces que el fuego ya no era peligroso, que ahora estaba bajo control. Sin embargo, explicó, el miedo de todos constituía un peligro muy real y, dado que sus vidas dependían de que mantuvieran la calma, era necesario que regresaran de inmediato a sus asientos.
Todos hicieron lo que se les dijo, sintiéndose muy avergonzados. Y cuando las salidas quedaron despejadas y todos los asientos fueron ocupados de nuevo, el actor dio un ligero salto sobre las candilejas, alcanzó la platea y se esfumó por la primera puerta a su alcance. Entonces el humo saturó el auditorio, las llamas irrumpieron a cada lado y ninguna otra alma salió con vida del lugar.
Es así como podemos apreciar la utilidad de la presencia de ánimo.

Oscar Wilde

jueves, 14 de febrero de 2013

Un carta de amor para el día de San Valentín



No es que yo sea devota de "San Valentín" ni nada por el estilo. Cualquier día es bueno para demostrar los sentimientos o para hacer un regalo a quién uno quiere. Pero sí que es verdad que aprovechando la circunstancia me parece un buen día para dejaros con uno de mis relatos. Y qué mejor para este día que una carta de amor.

El año pasado os dejé con otra carta, os copio el vínculo por si os apetece leerla o releerla.


Pero hoy quiero colgaros otra muy diferente en el tono de la narración. Para que podáis tener dos visiones muy diferentes sobre cómo se puede abordar la escritura de una carta de amor. Cartas de amor que en el fondo son relatos en forma epistolar.

Bueno, pues lo dicho, aquí tenéis un par de cartas de amor para un día como hoy, una en el vínculo de arriba y otra aquí abajo.

Espero que os gusten. Ambas fueron premiadas en Certámenes de Cartas de Amor, la del año pasado (la del vínculo) fue premiada en Roquetas de Mar, y ésta de aquí debajo en Rivas Vaciamadrid.





Como críos chicos...

Quesinotehagocasoquesinotehagocasoquesinotehagocaso... Todo el santo día con la misma cantinela colgando de los labios... Atronadas me tienes las orejas... ¿Qué no te hago caso mujer? Pues el mismo caso de siempre ¿no? Pero mira que estás temosa... cada día repitiéndome trescientas veces lo del que notehagocaso... Como críos chicos... Y por más que yo intento pillarte en un renuncio y sacarte otro tema todo nos lleva a lo mismo... Erre que erre. Sesenta años casi, los que llevamos juntos, que se dice pronto, y requetebién que hemos estao para que ahora andes penando todo el santo día con esa monserga... Nos ha tocao sufrir lo nuestro, y juntos. Nadie se puede figurar la de cosas feas que ha querido el demonio que nos pasaran... y juntos. Años muy puñeteros, pero siempre juntos, lo sabes, siempre juntos. Juntos y juntos. Te he cuidao la vida entera todo lo que he podío todo, todo lo que he sabío, la verdá, y yo no creía haberlo hecho tan mal... ¡Pa chasco...! ¿Qué sabemos los hombres de cuidar a nadie...? Porque bien malita te tuve el tiempo que te duró la preñez, no una, sino siete veces me parece que fueron, aunque se te malograron algunos... pobres... Sí, lo pasaste mal, mal, mal, y no te me quejabas ni una mijina siquiera y yo... bien sabe Dios que te cuidaba... ¿O no? Conseguiste, porque tozuda eres un rato, mantener a cuatro dentro, y cuatro que tuviste... aguantaste el tirón... porque eso de la hora corta tú nunca has sabido lo que era... aguantabas hasta que te ponían al niño en brazos y después ya... parecía que no tenías ni fuerzas para hablar... pero has tenido salero para eso y para todo lo que se te ha metío entre ceja y ceja... Para todo. Menuda has sido tú siempre. Iba para largo hasta que superabas lo de la cuarentena, has sido siempre tan recogidita de carnes, que te me quedabas en muy poquita cosa... tanto, que luego le costaba arrancar de nuevo a la vida pero ¡vaya si espabilabas! ¡vaya...! y yo pendiente de ti, cuidándote lo que sabía, lo que podía también... Qué mal lo pasamos... qué mal... pero tiramos p´alante... y tan felices siempre... juntos. Siempre juntos.



Y ya sé lo que pensarás cuando me leas. Que yo nunca he sido muy besucón a la hora de arrimarnos, bueno ni a la de arrimarnos ni a la de separarnos... Pues no, no lo he sido, pero yo pensaba que tú me querías tal cual soy... y que sabías también que a mi manera yo te tengo una ley que nunca tuve a nadie... Pero al cabo de sesenta años resulta que no es bastante... Mira tú por dónde. Y no debe serlo, porque ahí te tengo, penando, cientos y cientos de veces con la musiquita, repitiéndome lo de Quesinotehagocasoquesinotehagocasoquesinotehagocaso, cientos y cientos con lo mismo... y qué tostón mujer... que tostón. Y es que además yo te veo rápido las intenciones, no te voy a engañar, y ya te temo, cuando te acurrucas y te me pones ñoña... porque te veo que empiezas a darle a la cabeza y a la cabeza, que se te va a hacer agua de tanto darle... y sé de fijo que vas a acabar con lo de siempre: quesinotehagocasoquesinotehagocasoquesino... ¡Pero mira que son raras las mujeres...! porque ¡Ahora! ¡A la vejez viruelas! Que nunca he tenido queja de ti, ni tú de mí, que yo sepa... y ¿Ahora? Que estamos más tranquilos, más descansaos, con más tiempo, más solos... ¿Ahora quesinotehagocasoquesinotehagocasoquesinotehagocaso...? Que yo se lo he contao a los de la partida, y tampoco lo entienden, mujer, tampoco, como yo... Si es que ¿quién va a entender esto...?


Pero esta noche pasada te he sentío, aunque tú no lo sepas, te he sentío darte mil vueltas en la cama y levantarte, y Dios no lo quiera, pero hasta me ha parecío sentirte que llorabas y todo... Y eso no mujer, eso no, que a mí se me parte el alma de escucharte, y total por la tontuna esa del quesinotehagocasoquesinotehagocaso... ¿Dónde se vió? Por eso me he decidío a escribirte esta carta. Esta carta de tontos, ya ves, porque ¿qué necesidad tenemos nosotros de esto...? Toda la vida juntos y requetebién. Dime tú a mí... con cartitas a estas alturas... Que cómo se enteren en la partida se van a reír pero bien a gusto de nosotros, se van a reír sobre todo de mí... Pero es que yo ya no sé qué hacer contigo, mujer. Ya no sé. No sé cómo quieres que te haga caso, porque yo no sé hacer las cosas de otra manera de cómo las hago... No sé... Pero que me llores... que me llores no, eso no. Que me llores con esos ojos verdes tuyos de siempre, mismamente los de ahora, verte triste esa misma cara también de siempre, solo que ahora un poquito más arrugá, arrugaíta solo por aquí, por el derredor de los ojos... solo por ahí y con unas arrugas chiquititas de reírte, porque tú toda la vida has llevado la risa colgando de los labios, toda la vida... y no esa letanía que me llevas ahora... No señor, no, que yo escribo esta carta de tontos y lo que sea necesario, pero que tú no me llores, mujer, no me llores que a mí me rompes el alma de escucharte... ¿Qué no te hago caso? Pero mujer si yo sin ti no soy nada, nada de nada, un terreno baldío, un cero a la izquierda, eso soy yo. Que yo no me sé explicar, que lo de hablar, y más lo de escribir, siempre se me dió muy requetemal, pero si ahora es febrero y se estila esto de las cartas, pues allá va esta carta para ti, para ti mujer, que te la mereces más que nadie en el mundo... mucho más que nadie.

©Rocío Díaz Gómez


Si os apetece seguir leyendo alguna más de mis cartas de amor, podeis hacerlo pinchando en el link que lleva a esa pestaña en mi blog, donde cada febrero desde que abri el blog he colgado alguna:

http://rociodiazgomez.blogspot.com.es/search/label/Cartas%20de%20amor%20escritas%20por%20Roc%C3%ADo%20D%C3%ADaz