domingo, 20 de septiembre de 2020

"Casas y tumbas" de Bernardo Atxaga. Reseña literaria



No leía a Bernardo Atxaga desde aquella novela suya "El hijo del acordeonista". Ya hace unos cuántos años.

Así que me dije que ya era tiempo de volver a este autor que tiene un universo propio y una prosa cuidada y rica, y lo he hecho con su última obra: "Casas y tumbas". 

En primer lugar quiero destacar que me gusta cómo ha estructurado el autor la novela, repartiéndola en seis partes, seis historias, de alguna manera relacionadas. Cada una de estas historias a su vez está subdividida en capítulos. Para finalizar con un epílogo con forma de alfabeto que me ha encantado.

Sin embargo os tengo que decir que me ha parecido una novela desigual. Hay relatos que me han llegado bastante, que me han atrapado y entretenido y quería todo el rato volver a ellos. Como me ocurrió con el primero y los dos últimos. Y en cambio hay otros a los que yo hubiera quitado bastantes páginas.  

El tema que podríamos decir que une todas las historias, el germen que subyace, es la amistad y el paso del tiempo.

En cuánto al argumento pues depende de la historia. En la primera se nos cuenta de la llegada de Elias a un pueblo del norte, Ugarte. Elias es un niño que vuelve sin habla, tras pasar una temporada en un internado del sur de Francia aprendiendo francés. En la segunda historia estaremos con unos jóvenes que prestan el servicio militar en el cuartel de El Pardo... Y así con varias historias más de las que no quieros desvelaros mucho para no destriparos la novela.

Está ambientada en España, en el norte, y cuando arranca la novela estamos en el año 1972. A medida que discurran las historias iremos saltando de año, 1970, 1985, 2012, 2017. 

Los personajes están bien perfilados, de algunos solo sabremos en alguna ocasión y de varios sabremos en más de una historia, como de los gemelos con los que entabla amistad aquel niño, Elias, el niño sin habla que os contaba del primer cuento. En unas nos fijaremos en ellos porque tienen un papel más protagonista y en otras casi de refilón, pero eso nos ayudará a no perderlos de vista.

Yo resaltaría de esta novela la forma en que está estructurada, tal y cómo decía son varias historias que forman todas juntas una novela, se ensamblan de tal forma que todas juntas forman un mundo, una historia más grande, la novela. Porque aunque no se sigan, consiguen que sobrevueles un espacio durante un período de años y veas como el paso del tiempo ha repercutido sobre los distintos personajes.

Además está muy bien ambientada, muy logradas sus coordenadas espacio temporales, reflejándose las señas de identidad del autor. Los espacios, además del rural del norte, del País Vasco, que por supuesto está muy bien trasladado al papel, nos llevan también a unos universos pequeños donde los personajes tienen que interrelacionarse mucho, donde el tiempo pasa lento, donde pasan muchas cosas o apenas nada. Me estoy refirieron al colegio, al cuartel, al hospital, y lo que pasa dentro de ellos, siempre tan intenso.

Y, cómo os comentaba, me ha gustado especialmente el epílogo que Atxaga le ha puesto a esta novela-libros de cuentos, en forma de alfabeto. Un curioso y distendido alfabeto donde el autor nos cuenta a los lectores el porqué de muchos asuntos que atañen a él mismo y a la novela. Me ha parecido muy especial este epílogo. Muy acertado.

En general, me ha gustado volver a este autor y su mundo literario.


martes, 15 de septiembre de 2020

"El futuro recordado" de Irene Vallejo. Reseña Literaria



"...Los ojos, la frente, los pómulos saben hablar quedamente y así se expresa el carácter, porque cada persona guarda silencio a su manera -tensa, quejosa, exigente, comprensiva o relajada-. También hay formas de callar con un corazón hospitalario. Una antigua leyenda cuenta que, cuando un nuevo ser humano va a llegar al mundo, Dios le pone el índice sobre los labios para animarlo al sigilo. Así se explica el pequeño surco que tenemos entre la nariz y el labio: es la impronta dejada por esa primera iniciación al silencio, mientras esperamos nacer."

Pág. 74
El futuro recordado
Irene Vallejo


Uno de mis mejores descubrimientos de este año raro, por no decir terrible, ha sido descubrir la escritura de Irene Vallejo.

Ya os conté en otra entrada que me había leido "El infinito en un junco" de esta autora (Premio El Ojo Crítico de Narrativa 2019 y Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción2020) y me encantó. Yo, que soy de novelas, de historias, resulta que me vi atrapada por ese ensayo sobre libros y escritura. Cuánto se aprende con ese libro, y de qué forma más amena.


Pues bien, me he leído también de esta autora "El futuro recordado". Son muchas menos páginas, ciento y pico, pero igualmente de instructivas y entretenidas. Aunque por supuesto si tuviera que elegir me quedaría con las cuatrocientas de "El infinito en un junco".

"El futuro recordado" es una recopilación de columnas que la autora ha escrito y publicado en el periódico "Heraldo de Aragón". En ellas volvemos de su mano a los clásicos, paradójicamente tan actuales. 

En cada página encontramos una reflexión, un pedacito de conocimiento, donde une el pasado y el presente más actual, del cual se sirve para comenzar y para mostrarnos como siempre estamos dando vueltas a los mismos temas. Por el libro vemos desfilar a Safo, Tucídides, Séneca, Montesquieu, Wilde... por nombrar a algunos, que son muchos más.

Nos cuenta de mitos, leyendas, en definitiva, historias clásicas más modernas que nunca y que todavía nos pueden enseñar tanto. Y tal y como os comentaba, su estilo es ameno, a veces ensayo, a veces narrativa, e incluso algo de poesía, de lirismo, de imágenes varias. Es un estilo muy atractivo.

Está incluído también, en este libro, el discurso que dió en el año 2019 para inaugurar la Feria del Libro de Zaragoza, y la verdad es que me ha resultado de lo más interesante:

“Tengo que zambullirme a diario en el océano de las palabras, vagar por los anchos campos de la mente, escalar las montañas de la imaginación”.
 
Venga, no tienes por qué leerte este pequeño pero importante libro de un tirón, sino que se puede degustar como es, a sorbos de cultura. 

Yo os lo recomiendo. Merece la pena.




Atraída desde la infancia por las leyendas de Grecia y Roma y por el luminoso mundo mediterráneo, Irene Vallejo Moreu (Zaragoza, 1979) estudió Filología Clásica y obtuvo el Doctorado Europeo por las Universidades de Zaragoza y Florencia. Fruto de su labor investigadora y periodística son un ensayo dedicado al poeta Marcial y dos recopilaciones de las columnas que publica en el periódico Heraldo de Aragón, muestra de un singular periodismo filosófico que trenza los temas del presente y las enseñanzas del mundo antiguo: El pasado que te espera (2010) y Alguien habló de nosotros (Contraseña, 2017). Ha publicado hasta la fecha dos novelas: La luz sepultada (2011), en la que relata la irrupción de la guerra en las vidas particulares y cómo vuelve irreconocible lo cotidiano, y El silbido del arquero (Contraseña, 2015), una peculiar novela histórica con ecos homéricos y virgilianos. También ha publicado dos libros infantiles (en 2014, El inventor de viajes, con ilustraciones de José Luis Cano, y en 2015, La leyenda de las mareas mansas, con ilustraciones de Lina Vila) y, en colaboración con la poeta Inés Ramón, La mañana descalza (2018), en el que se ofrece una mirada actual sobre el mundo de la mitología clásica. En 2019 se publicó su ensayo El infinito en un junco (Premio El Ojo Crítico de Narrativa 2019 y Premio Las Librerías Recomiendan de No Ficción 2020). Actualmente es columnista de Heraldo de Aragón y de El País Semanal.

domingo, 13 de septiembre de 2020

La piscina de todos los veranos en un año raro



La piscina de todos los veranos ha cerrado hoy la temporada.

Que yo recuerde ningún año estuve en tan señalado día, siempre coincidió con uno de esos largos viajes "al extranjero", que dirían mis abuelos que me encanta hacer en septiembre. 
Sin embargo en este año raro todo es posible, hasta cerrar la temporada piscinera.

La piscina de todos mis veranos huele a arizónicas y bronceador. Y suena a "Marco-Polo" en las horas ruidosas y al murmullo del agua en las tranquilas. Es "hermosa" como dirían en el pueblo, y está rodeada de un cesped verde mullido donde apenas yo me tumbo, pero que me gusta pisar con los pies descalzos. Es agradable sentir como el acolchado cesped amortigua mis pisadas.

La piscina de todos mis veranos tiene moscas tan pesadas como las de Machado y chicharras que en los días de más calor te acompañan en las horas de siesta, mis preferidas para frecuentarla.

Es mi biblioteca de estío, mi otro lugar elegido para leer en silencio, es la calma, el asueto.

Aunque en este año raro también era diferente. Cuadricularon la hierba con el cortacesped para que no nos moviéramos de nuestro cuadrado, guardando la obligada distancia. No nos han dejado sentarnos en el borde de la piscina, con las piernas dentro del agua, donde acostumbrábamos a juntárnos a charlar. Y cuando abrías el grifo de la ducha, o tocabas las escaleras para subir y bajar, te llevabas también, de regalo, un leve pero persistente olor a lejia con el que las desinfectaban. Pero no importaba nada, tan contentos de que pudiéramos ir.

La piscina de todos mis veranos ha cerrado hoy la temporada. Echaré de menos una de esas sensaciones más placenteras, dejar que mi piel mojada se seque al sol despacito, calentándome de fuera adentro, dorándome sin darme ni cuenta, calentándose hasta mi corazón.

A modo de saludo se repetía hoy la misma frase: "hay que aprovechar, ¡es el último día!". El sol también nos lo decía con su cielo azul y raso, sin una nube en el horizonte. Nos susurraba a su manera que aprovecháramos, que nos llevarámos en la piel, como sibilinos ladrones, los últimos rayos de la temporada.

Pero, entre el olor de las arizónicas y el bronceador, hoy se sentía el de la despedida. 

En un momento dado alguien, con cara de circunstancias y atuendo piscinero, se levantó de su toalla o su silla, y empezó a cantar con voz profunda aquello de "Llegaaaado ya el momeeeento de la separacioooón...", entonándolo con piel de gallina, mientras se le escapaban las lágrimas por debajo de las gafas de sol. Al escucharle, todos, uno a uno, como fichas de un dominó "fin de temporada", nos fuimos poniendo de pie, todos a una, en bañador y con idéntica emoción, terminamos a grito pelado junto a él, cudrícula de cesped a cuadrícula, como si fuera codo a codo, cantando la conocida canción. Desde el primer bañista hasta el último, más los dos socorristas, la señora que toma la temperatura del agua y el chico que recoge los carnés. Todos. Cantando. Con tanta intensidad, tanta, que nuestras voces se colaron por todas las ventanas y balcones hasta conseguir que el barrio entero supiera de nuestra pena, ay, nuestra pena piscinera.


Increible. Hubiera sido increible ¿eh? Inolvidable, habría sido, no me digáis que no. 
Pero por supuesto no ha pasado. 
Una lástima.
No ha pasado, no, y eso que éste, hasta en la piscina, es un año raro.





viernes, 11 de septiembre de 2020

11 de septiembre de 2001

Fotografía de Paloma Madruga Alonso-Vega


El primer día de aquel viaje visitamos Ankara, vimos el Mausoleo de Atatürk y el Museo Hitita de las Civilizaciones. 

Acababa de empezar el circuito, y no había sido demasiado espectacular, pero nos quedaban por conocer lugares realmente preciosos como las chimeneas de las Hadas de la Capadocia o las cascadas de algodón de Pamukkale, con ese acento invisible en la ú. 

En aquel país, cinco veces al día, las voces de todos los Imanes de cada mezquita llamaban al mismo tiempo a la oración, sobrecogiéndote de pronto.

Aquel eco impresionante al atardecer, aún sobrevuela mis recuerdos, como lo hacen las imágenes de sus ciudades antiguas. Toda la vida las recordaré como las mejores ruinas que he visto en mi vida: Afrodisias, el teatro de Aspendos, la famosa biblioteca de Effeso. Tan bien conservadas que, inevitablemente, siempre volverán a mi memoria cuando visite otras en distintos países.

Pérgamo y aquel paseo al atardecer entrando y saliendo con Serkán, nuestro guía, de los baños turcos, las tiendas de antiguedades, las de comida, disfrutando de la vida cotidiana de ese lugar remoto y especial. Estambul y su Mezquita Azul, Santa Sofía y aquella Cisterna, enorme y en penumbra, medio cubierta por el agua bajo la ciudad.

En aquel país donde la hospitalidad se derramaba en gotas de colonia sobre nuestras manos todas las mañanas, y se caldeaba por la tarde ante un humeante té de manzana, devolviéndonos uno de los mejores viajes que he hecho en mi vida. Un viaje donde conocí a buenísimos amigos, de Zaragoza, de Santiago, amigos con quienes volveríamos a viajar siempre que tuviéramos oportunidad y ya nunca dejaron de estar presentes en mi vida.

Ay.

Quién nos lo hubiera dicho, cuando aquel primer día del circuito, aquel que habíamos visitado Ankara y volvíamos cansados al hotel para cenar y dormir, vimos esas imágenes en las televisiones del vestíbulo mientras esperábamos las tarjetas para subir a nuestras habitaciones.

Unos aviones se estrellaban, a cámara lenta, contra las torres gemelas. 
¿Qué película es? preguntó alguien. 

Las imágenes se repetían una y otra vez: aquellos aviones, la humareda, el estupor. 
Se repetían, y nosotros, hipnotizados por ellas, no dejábamos de contemplarlas, aunque no entendíamos qué decían los subtítulos. 

Vaya si nos enteramos después.

El horror había golpeado Nueva York, pero se había sentido en todo el mundo, mientras nosotros estábamos en Turquia, ajenos a todo, comenzando un viaje que duraría quince días. 

Y allí seguimos. Paradójicamente disfrutando de aquel país,  mientras mi madre en casa, preocupada, pensaba: "Con lo que ha pasado y esta chica por esos mundos, tan lejos...", deseando verme aparecer de nuevo.  

Qué largos le debieron parecen esos quince días que a mí se me fueron volando felices por el Bosforo.

Inevitablemente los olores de las especias y del interior de las mezquitas, las puestas de sol y los madrugones, las risas y fotos de aquel viaje, permanecerán trenzados, también, a aquel primer día, aquella noche de estupor, de incompresión y pena.


Nunca olvidaremos ese vestíbulo de hotel y aquellas televisiones.

Porque todo el mundo recuerda dónde estaba cuando ocurrió, cuando se enteró.

Aquel 11 de septiembre de 2001.




martes, 8 de septiembre de 2020

"La melodía de la oscuridad" de Daniel Fopiani



Se me había quedado sin reseñar una novela. Ainssss. Y ya tengo dos más esperando su turno... Ainsss otra vez.

Bueno vamos a poner orden.

"La melodía de la oscuridad" de Daniel Fopiani.

Cuando en julio iba a viajar unos días a Cádiz y Málaga, me quise leer un par de novelas que transcurrieran en estas ciudades.

Ambientada en Málaga me leí "El paseo de los Canadienses" de Amelia Noguera, cuyo reseña la escribí el pasado 12 de agosto:

Pues bien ambientada en Cádiz me leí "La melodía de la oscuridad" de Daniel Fopiani.

¿Qué nos cuenta el argumento? "Adriano es un hombre acabado, nada queda de aquel aguerrido sargento que sufrió un atentado en Intxaurrondo que le dejó ciego. La explosión le reventó las cuencas oculares y la vida entera: ahora es un monstruo desfigurado, invidente, que vive en Cádiz dependiente de su mujer, Patricia, que apenas soporta la rutina y que, a pesar del profundo amor que siente por su marido, no puede dejar de estar angustiada, además, por el dolor incesante de no haber tenido hijos."

 Sí, es una novela policíaca donde buscaremos a un asesino en serie que va cometiendo homicidios por la ciudad de Cádiz.

Tengo sentimientos encontrados con esta novela. 
Mientras la leía me parecía muy entretenida. Me atrapó con su historia, la intriga está bien dosificada, y mantiene el interés. También es cierto que no es un asesino cualquiera el que nos vamos a encontrar, es peculiar, es bastante interesante. Por otra parte, os debería decir que los crímenes no son ninguna tontería, la verdad, son un poco, bastante, truculentos, salvajes... no nos vamos a engañar, son duros.

Pero el autor ha creado un personaje, el asesino, que va a despertar nuestro interés. Porque además nos lo va a ir presentando en una segunda línea argumental a medida que se van sucediendo los asesinatos. Lo cual también aumenta la intriga.

Luego por tanto el autor creo que ha acertado, en general, en unos casos con más acierto que otros, en la creación de los personajes. Me parece que está bien perfilado el asesino y también el protagonista, ese Adriano, es un personaje potente. Un sargento retirado, invidente, a causa de una explosión en el País Vasco. Con una existencia un poco penosa por sus circunstancias, que está acompañado, permenentemente dependiente, de su mujer Patricia, a quién le salpica obviamente toda la situación, y de su perro guía. Creo que es un personaje que tiene fuerza, que está bien creado, que transmite y con el que vamos a empatizar bastante. 

También creo que el autor ha acertado con la estructura de la novela, no es muy larga, con capítulos cortos, con un estilo muy ágil, directo, sencillo, donde cómo os decía, la intriga está bien dosificada. Despierta el interés y lo mantiene.

¿Y por qué digo que me provoca sentimientos encontrados? Pues porque el final me despistó. Yo creo que no está muy bien cerrado. En mi opinión lo ha cerrado demasiado deprisa, ha dejado flecos, que despiertan dudas. En mi opinión.

Pero eso no quita para que en general me pareciera una novela muy entretenida, y que si más delante hay otros casos con este sargento Adriano al frente y yo topara con ellos, sin duda los leería. 

Cuando estuve en Cádiz fui visitando alguno de los escenarios de la novela, para refrescarlos.  El primer cadáver el asesino lo deja delante del Hércules de Farnesio en el Museo de Cádiz.





En el segundo homicidio tendrá mucha importancia  y está relacionado con "El Árbol del Mora", esos dos ficus históricos, enormes, que se plantaron en el año 1903.




 Ay que ganas de volver pronto a Cádiz.





#reseña
#novela

domingo, 6 de septiembre de 2020

Palacio de Cristal de Madrid. Exposición de Petrit Halilaj



No sé vosotros, pero a mí, de siempre, me encanta el Palacio de Cristal de Madrid. 

Ese lugar amplio y luminoso.

Si además lo reconviertes en un enorme nido con flores impresionantes y patas de pájaros,
Si le pones un guardian blanco y un cielo azul,

casi te sientes alegre y libre dentro,

casi, casi,
como si pudieras echar a volar.



Se titula:
“A un cuervo y los huracanes que, desde lugares desconocidos, traen de vuelta olores de humanos enamorados”  

Y es de:

Del artista kosovar Petrit Halilaj (Kostërrc, Skendaraj-Kosovo, 1986).


 


 










viernes, 4 de septiembre de 2020

Juzcar, la aldea azul...



Donde todos los pueblos eran blancos, en medio de la montaña, había uno de color azul.

Y era en ese pueblo, donde podías ir menguando con cada paso que dabas, hasta creerte del tamaño de un pitufo.

Y cuando tu cabeza llegaba a la altura del pomo de las puertas, tus piernas cobraban vida y comenzaban a corretearlo buscando sus huellas.

Tuvo que ser más nuevo, más llamativo, más azul.

Pero sus latidos aún se podían escuchar, en el sopor de la siesta, si acercabas la oreja con infinito cuidado, a sus murales y paredes.

Júzcar, el primer pueblo pitufo del mundo aún está en Málaga.

Y que sepas que es mágico.

Aunque tú no quieras, 
hace sonreír.