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domingo, 18 de febrero de 2018

Entrega de Premios del XXXI Certamen Nacional de Cartas de Amor de la Asociación El Timón de Puertollano



Como os decía en la entrada anterior, este viernes 16 de febrero me hice un viajecito relámpago a Puertollano, para regalarme una tarde literaria. 

Me dieron el 3º premio por una de mis cartas de amor en el XXXI Certamen Nacional de cartas de amor que organiza la Asociación El Timón de Puertollano. Un premio es un premio.

Mereció mucho la pena el viaje porque lo disfruté mucho, aunque yo era la tercera me sentí muy bien tratada. Todo el acto fue muy variado y completo, las tres ganadoras leímos nuestras cartas de amor y fue la entrega correspondiente. Habló después la Presidenta de la Asociación. A continuación hubo un pregón por parte de un escritor, poeta y Alcalde de La Solana Luis Díaz-Cacho Campillo. Y después habló la Alcaldesa de Puertollano, Mayte Fernández. Para finalizar hubo dos actuaciones por parte del grupo de danza "José Granero" que me encantaron, originales y entretenidas, qué bien lo hacían estas chicas. Lástima que no lo pude ver terminar del todo (aunque me dijo Pilar, la secretaría de la Asociación, que ya debía quedar muy poquito) porque me tenía que ir corriendo al Ave. 

Quiero dejar memoria de la tarde aquí, porque ya va a formar parte de mi biografía literaria por méritos propios. 

Por último volver a dar la enhorabuena a mis compañeras premiadas: Raquel Gómez Castellanos, de Puertollano, con el trabajo “Mi amor es un poema" con el que ha obtenido el primer premio y a Angeles del Blanco, de León, con “Carta inacabada”que obtuvo el segundo premio. Y muchas gracias siempre al jurado que entre tantísimas cartas quiso que la mía estuviera entre las tres premiadas y a Pilar, la secretaría de la Asociación, y a Manoli, otra compañera de la Asociación, creo que se llamaba así porque con tantos nombres a la vez dudo, por estar pendiente de mí y ser tan amables.

Con muchas señoras de la Asociación, la Alcaldesa, el jurado, el Pregonero, las premiadas...

El presentador, que la verdad es que lo hacía muy bien

De dcha a izda. La Presidenta de El Timón, La Alcaldesa de Puertollano y el Alcalde de la Solana y poeta

Pilar, la secretaria de la Asociación El Timón

Las tres premiadas en nuestro sitio

En el momento de la entrega de mi premio

La ganadora del 2 premio: Angeles del Blanco

La ganadora del 1 premio: Raquel Gómez



Y por último dos momentos de la actuación. Estuvieron fenomenal.





sábado, 17 de febrero de 2018

"Esa mancha de harina de tu frente" Relato de Rocío Díaz Gómez

La preciosa foto está tomada de internet. Chuerrería Madrid 1883

Ayer, 16 de febrero de 2018, me dieron el tercer premio en el XXXI Certamen de Cartas de Amor de la Asociación "El Timón" en Puertollano.

En otra entrada os contaré la entrega de premios, que mereció mucho la pena, pero hoy quería dejaros con mi Carta de Amor que se titula "Esa mancha de harina de tu frente" y dice así:


Esa mancha de harina de tu frente 
Rocío Díaz Gómez

Princesa,
Una vez escuché que en un desierto había nevado. Durante unas horas solo, pero bastaron para que la nieve cubriera toda la arena, como si la arropara, deshaciéndose después sobre ella, empapándola despacio, como si la mimara. Cuando lo escuché, cerré mis ojos, y sin querer sonreí, porque si eso había ocurrido, también ocurriría nuestra historia. Aunque fuera la más difícil del mundo porque nunca estábamos al mismo tiempo en el mismo lugar. Aunque en ese mismo lugar pasáramos ambos seis meses al año, pero siempre esos seis justo que el otro no estaba. Ya era mala suerte. Pero una vez en un desierto nevó. Y tú eras puro arrope.  

Todos los años cuando llegaba junio y el calor picaba a traición en el cuello y el alma, apetecía de postre una rajita de melón. Y para eso estaba yo, para venderlos, para convencer a las señoras de que los míos eran puro azúcar. “Puro arrope María” les decía a todas: “Puro arrope y no esos pepinos que os venden en el mercado” decía con desparpajo y naturalidad a las clientas porque era la pura verdad. “¡Anda zalamero! no eres tú negociante ni nada...” me contestaban con una sonrisa. Pero se los llevaban porque era verdad y me creían. Yo era de los auténticos del ramo, de los genuinos meloneros de la Asociación de vendedores de melones y sandías de la Comunidad. Y allí estaba, como un clavo más de mi puesto, todos los junios en la misma esquina. Año tras año. En esa misma esquina donde tú todos los octubres, una vez que yo me había ido, colocabas la churrería. Porque cuando llega el otoño y ellas se ponen la rebequita que parece que refresca, con esa brisa que se cuela por el escote poniendo piel de gallina hasta en la etiqueta de la ropa, llegaban tus churros y llegabas tú. Y yo sin saberlo…

Hasta que aquel bendito año, mediaba junio cuando me acerqué por el barrio a echar un vistazo. Me gustaba pasarme unos días antes por los alrededores, por aquello de ir tomando contacto. Mediaba junio y encontré que aún la esquina estaba ocupada. Junio claro y fresquito para todos es bendito. Y a mí me bendijo Cupido, vaya si me bendijo, aquel junio que remoloneaste para estirar más el negocio aprovechando aquellas tardes que aún se dejaban acompañar por un cafetito con leche y unas porras. Porque allí te encontré, allí subida en tu torreón de caravana móvil, manchada la frente de harina, que ¡ole que mancha!, ya hubieran querido los indios saber pintarse así para sus guerras. Allí subida, con los colores dibujados por el calor que desprende la máquina de amasar en tus mejillas, con la pala mezcladora de madera en tu mano, como una hechicera mágica revolviendo pócimas. Allí, mezclando la harina de trigo con el aceite de oliva, la sal marina con el agua, mezclando requetebién todos los ingredientes con tus manos sabias de churrera. Sabias, tenían que ser. Porque desde ese mismo momento que te vi allí en mi esquina, la deseé nuestra. Y lo que hubiera dado por ser la masa de tus churros, sentir tus manos moldeándome, sujetándome en los malos días para no dejarme caer al aceite, acariciándome en los buenos para dejarme sentirte.  

“Buenas tardes señorita” dije todo lo educadamente que supe. “Buenas ¿Cuántos le pongo?”, dijiste sin apenas mirarme. “No, tartamudeé, si yo, yo no quiero churros...”. Tartamudeé, con el desparpajo que gastaba yo con mis clientas.

Ya hace mil años de aquello, y aún hay momentos, muchos, que me haces tartamudear. Ahora que hace mil años que compartimos nuestra esquina porque no paré hasta que cambié mi puesto por tu torreón Princesa. Yo que era de los genuinos dejé el gremio para estar contigo. Y jamás me he arrepentido. Bendito aquel junio fresquito y benditos todos los años que llevamos juntos. La nuestra era la historia más difícil. Pero nada más verte supe que todos los días de mi vida tenía que mirar esa mancha de harina de tu frente, ole qué mancha. Porque una vez en un desierto nevó y bastaron solo unas horas para que la nieve lo arropara. Porque tú eras puro arrope y yo solo un insignificante melonero, pero uno que si de algo sabía, era de arrope.

Febrero 2018
Rocío Díaz Gómez

viernes, 30 de diciembre de 2016

Mi última carta de amor premiada: "Bajo la bonanza del anticiclón"



En la reseña de los grandes momentos literarios de este año, me queda dejar memoria del último premio que me han dado.

Ha sido en este mes de diciembre del año 2016. Se trata del 2º Premio de Cartas de Amor en el XXI Certamen de Covibar de Cartas de Amor de Rivas Vaciamadrid, y ha sido con una carta a la que yo tengo mucho aprecio: "Bajo la bonanza del anticiclón". Por eso tenía ilusión por compartirlo.


 
XXI Certamen de Covibar de Cartas de Amor

  • Primer premio al trabajo “Señora” de Álvaro Martín García.
  • Segundo premio al trabajo “Bajo la bonanza del anticiclón”, de Rocío Díaz Gómez.
  • Tercer premio al trabajo “En la sala 27”, de Nazaret Romero González.
 La entrega de premios fue el pasado martes 20 de diciembre y no pude asistir porque me había comprometido con la presentación del poemario de Javier Díaz Gil, así que me lo recogió mi hermano Alberto. 


Quería compartir también la carta premiada con vosotros. Y por supuesto dedicársela a las personas que quiero de la AEMET.

Aquí la tenéis.

 

Bajo la bonanza del anticiclón

La piedra de enamoramiento de mayor tamaño recogida hasta la actualidad en mi vida sentimental cayó un primero de julio de 2005 en mi localidad, en mi habitación y en las aguas cálidas de mis propias sábanas. No hay lugar más exótico que el cotidiano, ni más cercano que esta cama mía, que siento nuestra.

Aunque la velocidad con que impactan los enamoramientos en las personas dependen de su tamaño, el enamoramiento al caer se ve impulsado por fuertes corrientes de aire descendente, procedentes del olor de una piel, de su tacto y su temperatura, procedentes también de una boca y su voz, de su humedad y su tibieza, de tal forma que podemos multiplicar los grados por dos, de ahí su alta peligrosidad. Cómo decirte que en aquella ocasión sus dimensiones fueron tales en diámetro y circunferencia que aún no me he recuperado.

Nuestro tornado se formó por la rotación violenta de nuestros cuerpos descolgándose desde la nube en la que llevábamos instalados unos meses, quizás años, al calor del trato diario y las confidencias. Nuestro tornado en su parte más estrecha alcanzó el suelo, fue desplazándose y nos llevó, siempre intentando no provocar grandes destrozos a nuestro paso, hasta donde nos encontramos ahora. 

Muchas veces me he preguntado en qué lista de huracanes, de esas que elabora la Organización Meteorológica Sentimental, alternando nombres de hombre y de mujer, y por orden alfabético, estamos nosotros. De lo que no me cabe la menor duda, es de que si nos vemos envueltos en una pertinaz sequía de encuentros, en nuestros días sopla más el levante que el poniente, por mucho que digan que aproximadamente soplan el mismo tiempo. Si estamos separados, el levante es más impetuoso y alcanza rachas de muchos días llegando incluso hasta la ciclogénesis explosiva. 

No exagero, cada vez que te alejas he podido anticipar el sonido de los truenos después de ver rayos en el horizonte de nuestras palabras y nuestros gestos. Por definición una ciclogénesis puede calificarse de explosiva siempre y cuando la presión afectiva en el centro del corazón implicado disminuya drásticamente. El resultado es la formación en poco tiempo de una profunda borrasca en los sentimientos, lo que siempre lleva asociado un fuerte temporal de emociones y precipitaciones destacadas en los ojos. En los tuyos y en los míos. Porque cuando la humedad relativa de tus ojos alcanza el 100%, por simbiosis, me empapa entero a mí, cubriendo tanto mi tierra que tiemblo de frío y nada temo más que de nuestras bocas al juntarse solo salga vaho,  un gélido vaho, que no podría soportar.

En mi corazón solo cabe una certeza: He aprendido a resguardarme de todas las galernas en el cielo de tu boca.

Porque, pasen los días que pasen, si me acerco a ti sigo impregnándome de ese conocido olor a tierra mojada que solo tu piel sabe exhalar. Y nada siento que me temple más que su temperatura suave, que no es lo suficientemente baja como para darme frío ni lo suficientemente alta como para darme excesivo calor. Cuando tu piel y la mía aciertan a encontrarse en este océano complicado de los días, el aire cálido que nos envuelve, se torna más ligero y disminuye mi densidad y tiende a ascenderme de manera natural en pura flotabilidad. 

Dejemos pues querida, como aquel lejano día que en las aguas cálidas de mis propias sábanas acertó a caernos este enamoramiento, que el anticiclón nos encuentre siempre lo más cerca posible al uno del otro, que nos abrace y nos mantenga unidos impidiendo el paso de todas las borrascas. Bajo la bonanza del anticiclón alcanzaremos las temperaturas más altas. Dejemos que la humedad relativa del aire alcance el 100% de encanto, se sature de vapor de deseo y comiencen a formarse minúsculas gotitas. No me preguntes de qué, lo realmente importante es que tu olor y mi calor actuarán, no tengo la menor duda, como núcleos de condensación de la pasión. Está pasión que nos acuna a golpes de calor. Esta pasión marítima que nos salva de la monotonía y la rutina. 

En mi corazón solo cabe una certeza: He aprendido a resguardarme de todas las galernas en el cielo de tu boca. Y es ahí donde quiero seguir. 

Tu hombre del tiempo.

©Rocío Díaz Gómez

miércoles, 24 de septiembre de 2014

"Desde que llegaste" una carta de amor de Rocío Díaz Gómez


Ayer entró el otoño y hoy cuando nos hemos levantado, al menos en Madrid y para que nos diéramos buena cuenta del cambio de estación, el día amanecía gris y lluvioso.

A mí me gusta el otoño. Invita a la nostalgia, es cierto. Pero también junto a sus gotas nos suele traer buenos própósitos para encarar el "nuevo curso" y nos hace reencontrarnos con quiénes somos y con quiénes estamos la mayor parte del año. Por supuesto que seguimos siendo los mismos cuando nos vamos de vacaciones, pero yo creo que somos más "nosotros" en el día a día y en la rutina... aunque sí, es cierto, ésto que acabo de decir podría ser objeto de una larga conversación.

Hoy, que ya es otoño, os quería dejar con una de mis cartas de amor. Este verano, a primeros de agosto, me han dado en el XX Concurso Epistolar de Calamocha una "Mención especial a la originalidad" por ella. 

Espero que os guste.


Desde que llegaste


Se fue el mozo y dije: «Ojalá».
«Ojalá qué».
Me di cuenta de que había conseguido desorientarla.
«Ojalá fuéramos inseparables».
Ella entendió que era algo así como una declaración de amor.
Y era.

Puentes como liebres. Benedetti.



Mi querida compañera,

Cuando nos conocimos confieso que tenerte allí, cada mañana, tarde y noche, a mi lado, pegada a mí, me incomodaba. Te sentía tiesa y altiva. Es más, agradecía en el alma cada vez que me dejaban de espaldas a ti, porque así no tendríamos que pasar horas de frente, en este espacio tan pequeño, que hasta llegué a detestar. Qué ridículo.

Al menos, pronto caí en la cuenta de que tu llegada venía acompañada de otros cambios beneficiosos, y hasta agradables. Sobre todo, agradables. Desde que llegaste, al perro se le olvidó ladrar, salvo de alegría cuando veía como le sacaban a sus horas, sin faltarle ni una sola. El gato tenía siempre comida en el plato y dormía con ronquidos de mascota gorda y feliz el resto del tiempo. Los trastos estaban en su sitio y ordenados. La casa se veía más limpia y olía mejor. Y él… él cada noche y con ella, se iba en silencio y despacio a la cama como alma que levitando asciende hasta el paraíso, y después, cada mañana, se levantaba tarareando o incluso cantando a voz en grito un repertorio que nunca le conocí. Daba gusto verle. Es cierto, tengo que admitirlo. Y sobre todo, y lo que es mejor, tengo que admitir que desde que llegaste con ella, a mí nunca me faltó mi dentífrico. Y es muy de agradecer. Eso y que mi vaso brillara de puro limpio, se lavara y enjuagara cada vez que se utilizara y mi tubo de pasta no se acabara jamás, porque antes de hacerlo ya tenía repuesto esperando a su lado. Sí. Era una novedad importante. Este cuarto de baño, ayer, tan triste, tan caótico y desordenado, parecía otro. Es otro. Porque al principio fueron todos aquellos cambios a nuestro alrededor, pero después llegaron las palabras.

Una mañana, cuando terminó de arreglarse, él, que se levanta primero, le dejó escrito a ella, en el espejo del baño y con la espuma de afeitar, unas palabras de un tal Ángel González: “Si yo fuese Dios y tuviese el secreto, haría un ser exacto a ti”. Nosotros, tú y yo, desde nuestra posición privilegiada, desde nuestro vaso, vimos extrañados como iba escribiéndolo. Yo, que nunca le había visto hacer nada semejante, solo acerté a sorprenderme y a calibrar cuánto ella se enfadaría. Tú, en cambio, sentiste piel de gallina en tu corazón de plástico, se te erizaron todos tus pelitos, y si hubieras podido hablar habrías dicho muy bajito: “Jo, quién fuera ella...”. A la mañana siguiente él, cuando terminó su aseo, volvió a escribirle a ella, otras palabras, de nuevo con la espuma de afeitar y esta vez de un tal García Montero: “Yo te estaba esperando, más allá del invierno, en el cincuenta y ocho, de la letra sin pulso y el verano de mi primera carta...”. Nosotros, de nuevo desde nuestro palco de cristal, fuimos espectadores de excepción. Yo, que nunca le había visto tan entregado a nadie, empecé a verle con otros agujeritos. Tú, de color rojo, además de ver erizados todos tus pelitos, parecías aún más encarnada de puro bochorno, como si aquellos versos de amor fueran para ti. A la mañana siguiente, él se despertó muy temprano, y volvió a escribir, está vez firmando como un tal Galeano pero siempre con la espuma de afeitar: “No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta”. Yo, aún sorprendido de que tuviera tantos amigos que le pudieran chivatear esas palabras tan bonitas para decírselas a ella, sentí en mi pecho de plástico un cierto orgullo de ser su cepillo. Tú, dejando escapar una especie de suspiro por entre tus pelitos, sobrecogida, emocionada, casi te abrazaste a la pasta de dientes de tanto como te juntaste a ella. Y ahora creo que fue ahí, justo ahí, cuando sin darme cuenta, deseé con toda mi alma dental ser ese tubo de pasta, cuando casi muero de celos y de ganas por sentirte tan cerca de mí. Yo, que no te quería a mi lado…

Mi querida compañera, yo sé que solo soy un viejo cepillo de dientes, al que pronto desecharán porque ese solterón ahora cantarín, nunca me trató muy bien. No hace falta más que ver mi mango desgastado y el poco lustre que tienen mis escasos, desordenados y ásperos pelitos. Antes era de color blanco, ahora solo parezco canoso. Tú en cambio, luces espléndida con ese rojo brillante, aún conservas todos tus pelitos y casi brillan de puro nuevos. Sí, solo soy un viejo cepillo, pero si tú supieras lo que yo daría por ser la boca de ella y sentirte pasear despacito por entre mis dientes, mis encías, deslizarte sobre mi lengua. Si tú supieras lo que yo daría ahora por estar siempre de frente a ti, por poder tocarte teniéndote aquí tan cerca, lo feliz que me siento de poder compartir mi humilde vaso contigo. De verdad, si lo supieras... Es tan triste estar aquí tan cerca de sus palabras y no poder decírtelas… Porque mi amor, si  yo tuviera esa maravillosa capacidad de poder decirte las cosas, y de hacerlo cómo lo dicen estos humanos, te diría lo que le ha escrito hoy: “Ojalá...” Y si tú pudieras contestarme entonces me preguntarías: “¿Ojalá qué...?” y entonces yo me armaría de valor y casi acariciando las palabras, casi susurrándotelas por entre estos pelillos ralos, te respondería con las palabras de ese tal Benedetti tan sabio: “...ojalá fuéramos inseparables...”. 

Tuyo siempre, el otro cepillo de tu vaso.


©Rocío Díaz Gómez