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miércoles, 15 de febrero de 2017

Artículo sobre Manuel Rivas de Juan Cruz









Hoy os quería dejar con un Artículo de los que me gustan.




Es del periódico El País, escrito por Juan Cruz, sobre Manuel Rivas.


Espero que os guste.










EL PAÍS, 9 de febrero de 2017



La poesía emigrante de Manuel Rivas



El autor lee en Madrid versos de su nuevo libro, 'A boca da terra'



Juan Cruz. Madrid                                        Foto: Lola Larumbe


Manuel Rivas, durante su recital en Madrid. Manuel Rivas cumple 60 años en otoño de 2017; si lo miras con cierto detenimiento verás en él al muchacho que venía a EL PAÍS hace cuarenta años vestido como un marinero, aún con el temblor que sienten los periodistas cuando todavía creen que el monte no es orégano. Ese muchacho ya escribía poemas y redactaba crónicas a partir de palabras inconexas que le llegaban a la Redacción del periódico gallego en el que empezó a trabajar a los 14 años.


Ese muchacho luego hizo la guerra del periodismo (en EL PAÍS, por cierto) y de la literatura, batallas incruentas pero terribles de las que puedes salir lisiado del alma; algunos se revuelcan luego de heridas supremas de la autoestima o de excesos de autosatisfacción. Rivas ha sobrevivido a diversos éxitos literarios, y sigue por el mundo como si fuera el cartero del niño que fue, repartiendo versos en sobres como aquellos que remitían los parientes de los emigrantes gallegos o canarios.


Con esos sobres sigue repartiendo el interior de sus libros. Y los trajo anoche a la Librería Alberti de Madrid, donde fieles de su poesía (y de su manera de ser) lo fueron a escuchar recitar sus propias traducciones de A boca da terra, que apareció primero en gallego y que ahora aparece como La boca de la tierra en Visor. Rivas iba vestido como un leñador irlandés, con un toxo en la mano (la flor amarilla de los inviernos gallegos), que depositó en una botella de agua; llevaba también aquellos sobres de avión con sus poemas, dentro de un envoltorio en el que había dibujadas unas mazorcas, y empezó a leer como un cura laico. El libro tiene una cubierta negra, como todas las de Visor, pero él le ha puesto la luz (la alegría) de una foto obra de su hija Sol (Sol Marilño) en la que se ve a una mujer brasileña que ofrece su teta al aire, su pecho lleno de inscripciones milagrosas.


El pelo de Rivas ya es blanco; pero él sigue siendo el que llevaba panes y lápices de colores a las presentaciones de los libros; en tiempos su madre le guardaba el pan, hasta que él terminaba de recitar; ahora ya no está la madre, pero el poeta sigue siendo un hijo, como si llevara consigo no sólo toda la familia, los antepasados, la hermana María, la novia, la mujer, los hijos, el perro (O Rivas pequeno lo llamaba el padre)… y la propia tierra en la que nació, O Monte Alto de A Coruña.


La suya es una poesía emigrante, que se fija en la música y en el dolor y que él la habla como si hubiera sido concebida para que también saliera de su voz, y de su arte, el olor de la tierra. Hay básculas de la infancia, las espinas de la historia colectiva, el invierno de Galicia, las ganas de vivir y también la compasión que despierta el sentimiento de injusticia que queda en el alma de un niño que aparece y se sienta como un hombre de casi sesenta años pero que cuando empieza a recitar, como si parara el mundo y la edad, es otra vez el muchacho de menos de veinte años que emigraba a Madrid a ver si le renovaban el pasaporte para seguir en EL PAÍS.

martes, 7 de febrero de 2017

"El padre de Rapunzel" de Arturo Pérez Reverte









Me ha gustado mucho este artículo, así que lo comparto con vosotros. Es de Pérez Reverte.

El padre de Rapunzel



Acabo de darme una vuelta por la cuesta Moyano de Madrid, deteniéndome a charlar con los viejos amigos de las casetas, y camino sin prisas, dando un paseo con el botín de la jornada en una bolsa de lona. La mañana de caza no ha estado mal: un par de libros útiles para documentar un episodio de la segunda novela de Falcó, que va por su quinto capítulo sin problemas dignos de mención, y también, aunque ya están en mi biblioteca, El asesinato de Rogelio Ackroyd, de Agatha Christie, Las hazañas del brigadier Gerard, de Conan Doyle, y el volumen de obras completas de Wodehouse sobre Bertie Wooster y su mayordomo Jeeves; libros estupendos que cada vez que me tropiezo con ellos compro para regalar a algún amigo. Total del gasto, y eso que el de Jeeves es caro, 59 euros. Para que luego vengan diciendo los que nunca leen –y no sé cómo lo consiguen– que los libros cuestan demasiado y que la perra vida no tiene analgésicos.


Paseo, como digo, con mi biblioteca portátil en la mano, camino de la terraza de un café para echar un vistazo tranquilo a las alforjas, cuando me cruzo con un grupo de niños de ambos sexos acompañados por algunos padres y madres. Los críos tendrán entre los seis y los ocho años. Debe de haber alguna fiesta escolar cerca, porque todos llevan disfraces. No soy nada ducho en iconografía infantil, pero reconozco a alguno de los personajes homenajeados: uno va de Mario Bros y otro de Bob Esponja, emparedado entre dos cartones pintados de amarillo. Me los quedo mirando con una sonrisa, porque incluso esos días en los que uno se levanta, oye la radio, hojea los diarios, mira el mundo y piensa que no habría nada más grato que olor a napalm por la mañana, los niños y los perros siempre se salvan. Los dejas aparte. Lo de los críos es más discutible porque luego crecen, se parecen a los padres y se convierten, a su vez, en buenos candidatos al napalm. Pero de momento, a esa edad, aún te remueven cosas. Como los perros, ya digo. Los niños, con su lógica implacable y su honradez intelectual, aún están a la altura de esos chuchos nobles y leales. Todavía te ponen blandito por dentro.

El caso es que estoy viendo pasar el grupillo de enanos, y hay una niña que viene algo más retrasada, junto a uno de los padres. Lleva un vestido violeta y una larga peluca rubia de Rapunzel, y camina algo entorpecida por el ruedo de la falda. Y de pronto, otro de los críos se vuelve y le grita: «Venga, Carlos, que llegamos tarde». Entonces veo que Rapunzel hace ademán de acelerar el paso, le miro bien la cara y descubro, o comprendo, que no es una niña sino un niño. Ignoro si la sorpresa se me refleja en la cara o no, pero lo cierto es que lo miro –la miro– con discreta curiosidad. Y en ese momento, mi mirada se cruza con la del padre que camina a su lado. Es un hombre todavía joven, bien vestido. Nos observamos durante unos segundos. Ignoro si me reconoce o no, pero acto seguido tiene una reacción rápida, casi brusca. Extiende una mano, coge la de su hijo y me sostiene la mirada con aire desafiante. Sigo mi camino, y él y su hijo siguen el suyo. Y me alejo dándole vueltas a la mirada de ese padre, entre otras cosas porque, a partir de cierta edad y con ciertas cosas en la mochila, uno sabe interpretar miradas como ésa. Y la que el padre de Rapunzel me dirigió era elocuente. Atrévete a sonreír, decía sin palabras, y te arranco la cabeza.


Y oigan. No tengo ni idea de pedagogía, ni de aficiones a tal o cual disfraz, ni de hasta qué punto un crío de ocho años disfrazado o travestido de chica entra en los cánones convencionales de la normalidad de sexos, o se sale de ésta. Ni idea. No sé si eso es bueno o malo para él, e ignoro si un padre que accede a que su hijo se disfrace así hace lo correcto, o no lo hace. Opinar sobre ello no es asunto mío. Todo ser humano es un mundo; y cada familia, un laberinto de afectos y esperanzas, un territorio complejo que resulta estúpido juzgar de forma superficial, desde fuera. De lo que sí estoy seguro es de que hace falta mucho amor y mucha entereza para acceder a que un hijo tuyo, nacido varón, vaya a una fiesta escolar cumpliendo su ilusión de vestirse de niña. Y, lo que es aún más importante, acompañarlo con paso firme y la cabeza bien alta, dándole la mano, protector, cuando temes que alguien pueda mirarlo con burla o desprecio.


Así que rectifico. No sólo críos y perros. También, si uno se fija, hay adultos que se salvan y nos salvan. Porque no me cabe duda: si yo fuera un niño al que le hiciera ilusión vestirse de Rapunzel, querría tener un padre como ése.
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Publicado en XL Semanal el 5 de febrero de 2017.

domingo, 15 de enero de 2017

"La trastienda de los premios literarios" de José Blasco del Alamo


"... ¿Qué nos queda entonces? Pues nos quedan los premios medianos y pequeños, y las personas buenas (“en el buen sentido de la palabra”): como Antonio Machado, jurado del Premio Nacional de Literatura que ganaría un joven desconocido, Rafael Alberti. Ya vencedor, hojeando el manuscrito que acababa de recoger, Alberti encontró un papelito amarillento escrito con letra trémula: “MAR Y TIERRA. Es, a mi juicio, el mejor libro de poemas presentado al concurso”."


Quería compartir con vosotros este artículo sobre los premios literarios.

Espero que os guste. A ní me ha parecido interesante.

Es de José Blasco del Álamo.




EL ESPAÑOL, 5 de enero de 2017
La trastienda de los premios literarios
José Blasco del Álamo                                                                                        Foto: Dani Pozo
Periodista y Escritor


César González-Ruano, que tenía fama de cleptómano de libros y relojes de mesa, quiso robarle el primer Nadal a Carmen Laforet. El paquete que llevaba Nada, hojas tan desnudas, sensibles y poéticas, llegó de Madrid horas antes de que el plazo expirara. Venía lleno de sellos de urgencia, como si aquella novela tuviera prisa por inaugurar una era. Atardecía. Ignacio Agustí abrió el paquete, leyendo las primeras páginas... “Así se empieza un libro”, pensó. En menos de veinticuatro horas lo había acabado, convencido de que “nadie había hecho una radiografía de los años medio vacíos, medio angustiados, extrañísimos de la posguerra como Carmen Laforet”, a quien no conocía.
Al día siguiente de la entrega del premio, para darle una explicación, Agustí acudió a la casa de Ruano en la calle Mayor de Sitges. César estaba tan indignado que hizo como si no le conociera, tratándole de usted. Cuando oyó el argumento de que había triunfado la democracia, repuso: “Hemos hecho una guerra para acabar con la democracia y ahora la democracia se proclama desde un pequeño premio literario. ¿Es que no sabéis que en España los premios se han dado siempre a los amigos? ¡Dónde se ha visto que un premio sea para el que nos parezca mejor!”.
Cuadro de texto: Cuando le dieron el Nobel a Echegaray en 1904, Valle-Inclán recorrió los cafés madrileños gritando: “¡Viejo imbécil!”La polémica en los concursos es casi tan antigua como la propia literatura: cuando le dieron el Nobel a Echegaray en 1904, Valle-Inclán recorrió los cafés madrileños gritando: “¡Viejo imbécil!”. Siguiendo el criterio de Ruano, podríamos decir que Valle no obtuvo ningún premio importante porque apenas tenía amigos: a un joven escritor que le ofrecía, dedicado, su primer libro, el manco le respondió a voz en grito: “¡Déjeme usted en paz, imbécil!”, al mismo tiempo que le amenazaba con el bastón. También lo enarboló frente al Palacio Real, también gritando: “¡Usurpadores austriacos, levantaos y dejad ese trono a Don Carlos, su verdadero dueño! ¡O venid a luchar con el Marqués de Bradomín, que aquí os espera!”.
Cansinos Assens, en esa hoguera de las vanidades que es La novela de un literato, cuenta su visita a Daniel de Cortázar, unos de los jurados del Premio Fastenrath que concedía la Real Academia Española: “Yo no leo literatura. Yo soy sólo matemático. Cuando me nombran jurado, delego en mi hija… y casi siempre doy mi voto en contra”.
Del mismo premio, Cansinos Assens cuenta otra anécdota: “Se comenta con asombro la concesión del Fastenrath a la novela de un autor cuyo nombre suena por primera vez. ¿Quién es Díaz Caneja…? Bóveda nos explica el triunfo: Caneja es empleado de Correos y está destinado en la estafeta del Senado. Conoce a todos los senadores, entre los cuales hay varios académicos. En vísperas de otorgarse el premio, situose al pie del ascensor del Senado y fue pidiéndoles su voto a todos los académicos de la casa. ¿Quién iba a negárselo, al hombre encargado de cursar sus misivas?”.
Cuadro de texto: Concha Espina decía que para ganar el Nobel se debía hacer una campaña no menos laboriosa que la de un candidato a la presidencia de Estados UnidosConcha Espina sostenía que el escritor que quisiera ganar el Nobel debía realizar una campaña no menos laboriosa que la de un candidato a la presidencia de Estados Unidos. Ella no lo ganó por un solo voto, pero finalmente alcanzó la fama por una senda inesperada: da nombre a la avenida del Santiago Bernabéu. Antes, violando el secreto de los lemas, envió a Cansinos Assens —jurado del Premio Zozaya a la mejor crónica— una carta de recomendación a favor de su hijo.
Y Pío Baroja, en su casa de Ruiz de Alarcón (donde no le aguardaba el Nobel sino la muerte), le decía a Josefina Carabias: “En eso del Premio Nobel supongo yo que también habrá mucho caciquismo, mucha política. Fíjese usted en que siempre suelen dárselo a países que por unas cosas u otras están de moda. Creo que ahora, tras ganar la guerra, los anglosajones son los que tienen más posibilidades”. Sesenta años después los tiempos cambiaron: con Obama, los estadounidenses ganaron la paz y Dylan el Nobel de Literatura, aunque se había unido al pacifismo para tener más público.
Cuadro de texto: Rosa Montero me aconsejó que no me presentase a los premios grandes porque suelen estar manipuladosRompiendo la frialdad digital con esa calidez que la hace tan especial, Rosa Montero me aconsejó que no me presentase a los premios grandes porque suelen estar manipulados. Y mi primer editor, Francisco Villegas, me confesó que una autora consagrada (cuyo nombre omitiré porque ya no está entre nosotros) había ganado el Azorín sin haberse presentado.
En sus memorias, Carlos Barral nos da una clave para entender cómo funcionan hoy en día los premios literarios: a mediados de los 70, “de pronto todas las conversaciones derivaban a asuntos relacionados con el éxito y el dinero. Sin ningún pudor por parte de sus practicantes y de los aspirantes, la literatura era una cuestión de mercado… Los nuevos escritores aspiraban a triunfar y no a escribir. Probablemente había nacido un atroz desequilibrio en la cotización de los derechos de autor, provocado por la selectiva eficiencia de los agentes literarios y por el mercadeo desenfrenado de los grandes premios literarios”.
Cuadro de texto: Para Vargas Llosa el vacío dejado por la desaparición de la crítica lo ha llenado la publicidadVargas Llosa abunda en esa idea en su lúcido ensayo La civilización del espectáculo: “El único valor es el comercial… El vacío dejado por la desaparición de la crítica ha permitido que, insensiblemente, lo haya llenado la publicidad”. A don Mario, sin embargo, le reprocho dos cosas: que no deje de aparecer en la revista Hola, a pesar de que en dicho ensayo asegura que es uno de los productos periodísticos más genuinos de la civilización del espectáculo; y que aceptara el Premio Planeta, otro producto igualmente genuino.
A los que han ganado premios grandes a sabiendas de que estaban manipulados y luego se pasean por los medios de comunicación criticando las corruptelas de los políticos, les pediría que no nos dieran lecciones morales.
Cuadro de texto: Nos quedan los premios medianos y pequeños, y las personas buenas... como Antonio Machado y     Miguel Delibes¿Qué nos queda entonces? Pues nos quedan los premios medianos y pequeños, y las personas buenas (“en el buen sentido de la palabra”): como Antonio Machado, jurado del Premio Nacional de Literatura que ganaría un joven desconocido, Rafael Alberti. Ya vencedor, hojeando el manuscrito que acababa de recoger, Alberti encontró un papelito amarillento escrito con letra trémula: “MAR Y TIERRA. Es, a mi juicio, el mejor libro de poemas presentado al concurso”.
Personas como Miguel Delibes, a quien un delegado de Planeta le propuso que se presentase al premio con una novela que tenía recién empezada. En la propuesta estaba implícito el triunfo. “¿Qué pensarán de mí?”, preguntó Delibes al delegado. “¿Quién?”. “Los que han presentado sus novelas al premio y se encuentran con que está dado antes”. “Eso qué importa. Pensarán que su historia era la mejor, sin duda”. “A mí me importa, y mucho”. Y con esta respuesta don Miguel perdió tantos millones como dignidad ganó.

miércoles, 5 de octubre de 2016

Un artículo sobre Valle Inclán



Me ha gustanto tanto este artículo sobre Valle Inclán (este año se conmemora el 150 aniversario de su nacimiento) de Xosé Carlos Caneiro, en el periódico La voz de Galicia, que he querido compartirlo con vosotros. 

A ver qué os parece.






A VOZ DE GALICIA, 24 de septiembre de 2016

Valle-Inclán y el país mezquino

Xose Carlos Caneiro
 
Era carlista por estética, decía. Después quiso ser revolucionario. Coincidió este tránsito con la escritura de una de sus obras magnas: Luces de bohemia. No fue la única. Sus textos están escritos con pluma de ruiseñor, armónica y rutilante. Era y es gallego, aunque nadie lo recuerde. Al final de su vida decía ser comunista y no me extraña. En aquella España, cuando la República no era menos mediocre que la dictadura de Primo de Rivera, huir de las mayorías otorgaba un hálito distinguido. Algún día habría que hablar de la idílica república que tantos recuerdan con afán reivindicativo. No fue para tanto. Pero hoy no escribo de política: corro el riesgo de convertirme en ellos, ser como ellos, parecerme. Son los héroes del presente. Se habla más de Pablo Iglesias, Rivera, Sánchez y Rajoy que de la gente verdaderamente importante. Y menos, casi nada, de los imprescindibles. Este año se conmemora el 150 aniversario del nacimiento de Valle-Inclán, el centenario de Cela y los 400 años de la muerte de Cervantes. Qué importa. Aquí lo que se celebra es la política. Y así nos va.

Dejémoslo. Hoy quiero escribir de un genio mayúsculo. Probablemente uno de los escritores más importantes de la historia de la literatura universal. Digo otra vez que era gallego. Escribía tan bien que a uno, y no lo niego, le han dado ganas de ponerse a aplaudir después de leerlo. En sus principios escribía desde la nostalgia. Pero terminó siendo el crítico más áspero de los tiempos que le tocó vivir. La realidad no le agradaba y por eso la distorsionó en el Callejón del Gato, donde todo se veía como en realidad era: deforme y grotesco. Fue antiburgués porque fue libre. Y carlista, también. Y comunista. Pero qué importa eso. Nada de lo que fue puede menguar la grandeza de su obra. Sus párrafos son de una exquisitez inaudita. Comenzó escribiendo las Sonatas y terminó redactando novelas que son poemas (¿Ha leído usted La corte de los milagros? Es tan espléndida que en verdad comprendemos el significado exacto de la palabra maravilla). Después de Valle-Inclán todos querían ser Valle-Inclán, aunque ninguno lo ha conseguido. El modernismo literario tiene en él la cúspide. Con Joyce y Proust. Lo demás son sombras a su lado. En ninguno de sus libros falta el talento.

Escribía de oído: eso que no saben hacer la mayoría de los redactores de historias con los que nos castiga el presente. Escribía teatro, pero en realidad solo escribió poemas que eran novelas (los personajes dialogaban para matar el tempo narrativo).

Valle-Inclán es tan formidable que en esta columna solo quiero reivindicarlo. Reivindicarlo frente a la bajeza política. Frente a la literatura de la bajeza. Frente a esta contemporaneidad que niega lo sublime y ensalza a los necios y majaderos. Era gallego, insisto. Y español. Que este 2016 pase de largo sobre Valle-Inclán y su obra es el síntoma evidente del país que somos: mezquino y gris.