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viernes, 28 de agosto de 2026

La cucaracha triste

 



Una cucaracha quiso asistir a nuestras tertulias de agosto. Al descubrirla, pregunté a José Antonio si estaba viva o muerta. “Esta triste” contestó. Miré a la cuca y parecía alicaída, quieta, pero sin duda vivía. ¡Mátala! Le dije sacando a pasear esta inquina que guardo para las de su especie desde que una antepasada suya quiso investigar entre mi pelo rizado. ¿Por qué? Me preguntó. Y se me ocurrieron millones de respuestas, porque tenemos derecho de admisión, porque las cucarachas no escriben, porque donde hay una ni se sabe las que hay cerca, porque me dan un asco que me muero… Mientras barajaba la respuesta, vino un operario y ¡zas! se la llevó, y yo casi le abrazo.

 Así comenzaron las tertulias “de guardia” que hemos compartido en agosto. Nos prestaron una salita pequeña en una biblioteca, nos cedieron una mesa grande de color azul, y a su alrededor poemas y relatos nos han sobrevolado, felices, cada semana. Hemos sido los héroes que, contra el calor infame de las 5 de la tarde, de este Madrid agostado, llegábamos a nuestra cita con la creación literaria. Hemos corregido y comentado nuestros escritos. Hemos conversado de libros y películas. Hemos sido cómplices, como dice Javier, de nuestros afanes con las letras y esta pasión por inventar un mundo mejor con ellas.

 Se despide agosto y se lleva bajo el brazo nuestras tertulias “de guardia”. Echaré mucho de menos ese oasis literario que inventamos. Volveré a la soledad de la que escribe, mientras llega un nuevo curso literario para compartirlo.

 Quizá la cucaracha, a pesar de sus seis patitas, no escribía, pero soñaba con un taller de lectura. O quizá ya lo tenían, estaban en él y cuando encendimos la luz no fue tan rápida escondiéndose porque se quedó colgada de una asonancia. O quizá tenía razón José Antonio, estaba triste, pensaba en aquella frase sobre un mortífero insecticida que tanto la había conmovido.  Y tuvimos que entrar José Antonio y yo.