Una cucaracha quiso asistir a
nuestras tertulias de agosto. Al descubrirla, pregunté a José Antonio si estaba
viva o muerta. “Esta triste” contestó. Miré a la cuca y parecía alicaída, quieta,
pero sin duda vivía. ¡Mátala! Le dije sacando a pasear esta inquina que guardo
para las de su especie desde que una antepasada suya quiso investigar entre mi
pelo rizado. ¿Por qué? Me preguntó. Y se me ocurrieron millones de respuestas,
porque tenemos derecho de admisión, porque las cucarachas no escriben, porque donde
hay una ni se sabe las que hay cerca, porque me dan un asco que me muero… Mientras
barajaba la respuesta, vino un operario y ¡zas! se la llevó, y yo casi le abrazo.
Así comenzaron las tertulias “de
guardia” que hemos compartido en agosto. Nos prestaron una salita pequeña en
una biblioteca, nos cedieron una mesa grande de color azul, y a su alrededor poemas
y relatos nos han sobrevolado, felices, cada semana. Hemos sido los héroes que,
contra el calor infame de las 5 de la tarde, de este Madrid agostado, llegábamos
a nuestra cita con la creación literaria. Hemos corregido y comentado nuestros
escritos. Hemos conversado de libros y películas. Hemos sido cómplices, como dice
Javier, de nuestros afanes con las letras y esta pasión por inventar un mundo mejor
con ellas.
Se despide agosto y se lleva bajo
el brazo nuestras tertulias “de guardia”. Echaré mucho de menos ese oasis literario
que inventamos. Volveré a la soledad de la que escribe, mientras llega un nuevo
curso literario para compartirlo.
Quizá la cucaracha, a pesar de
sus seis patitas, no escribía, pero soñaba con un taller de lectura. O quizá ya
lo tenían, estaban en él y cuando encendimos la luz no fue tan rápida escondiéndose
porque se quedó colgada de una asonancia. O quizá tenía razón José Antonio, estaba
triste, pensaba en aquella frase sobre un mortífero insecticida que tanto la
había conmovido. Y tuvimos que entrar
José Antonio y yo.
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