"Cuando murió Franco, el desconcierto fue grande [pausa]: no había costumbre». Ese era el dictamen certero de Julio Cerón Ayuso en la tribuna de la II Lección Conmemorativa Pascual Madoz que, bajo el título «España le sienta bien a Europa; ¿le sienta bien Europa a España?», dictó en Madrid el 3 de diciembre de 1984. Efectivamente, ese desconcierto grande que reinaba cuando murió Franco tenía como causa la falta de costumbre: durante cuatro décadas se había instalado la convicción de su inmortalidad.
En aquel Madrid de aquellos tiempos, no se hablaba en público nunca de la salud y de la edad de Franco, ni siquiera con ocasión de su cumpleaños, el 4 de diciembre, efeméride que pasaba inadvertida, sin rastro de celebración alguna. Tan sólo en octubre de 1969, de vuelta del veraneo reglamentario, al iniciarse el curso político, surgió algún leve comentario entre los «pardólogos», o en el círculo de quienes estaban en «la pomada», es decir, de los bien conectados con el entorno del Generalísimo, acerca de que durante una cacería había tenido una lipotimia sin consecuencias, de la que le atendió su médico personal desde los tiempos de la Guerra Civil, el doctor Vicente Gil García, quien hacía compatible esa tarea al lado de Su Excelencia el Jefe del Estado con la de presidente de la Federación de Boxeo. De otra cacería por esos mismos días se contaba que en esa ocasión los afectados por lipotimias habían sido dos de los ojeadores. Parece que llegada la hora del almuerzo Franco se interesó por saber qué tenían los ojeadores que se habían desvanecido y el doctor Vicente Gil, con el laconismo propio de su estilo, le respondió: «Hambre, Excelencia, tenían hambre».
Y de oca en oca reseño porque me toca: "No había costumbre. Crónica de la muerte de Franco" de Miguel Ángel Aguilar.
A veces los libros llegan de forma azarosa. Esta vez llegó de la mano de una de mis compañeras, habían estado hablando de él en un desayuno porque lo había escrito su tío, periodista. Y mi compañera se presentó a los pocos días con el libro para que me lo leyera yo también. Y la verdad es que fue una sorpresa.
El autor, Miguel Ángel Aguilar, cuenta en este ensayo los últimos días de Franco en noviembre del 1975, caracterizados por la desinformación con respecto a su precaria salud y el ambiente internacional revuelto. Hay capítulos dedicados en exclusiva a la Revolución de los Claveles, a los últimos fusilamientos ocurridos en aquel septiembre del 1975 y la Marcha Verde del Sáhara.
A lo largo de toda esta crónica podemos observar como era la práctica del periodismo entonces, siempre pateando la calle, buscando un teléfono para poder ponerse en contacto con la Redacción del Periódico. Nos cuenta de las tensiones entre los médicos cercanos al Caudillo, por un lado su médico de toda la vida desde la Batalla del Ebro y por otro su yerno. Así como todo el periplo que sufrió una vez muerto, teniendo en cuenta las disposiciones que había que cumplir y que se habían dejado claras, aunque algunas después no se pudieron seguir a rajatabla como, por ejemplo, los metros bajo tierra a los que habría que estar el ataúd.
Son temas de los que yo no suelo leer, sin embargo, además de porque no tiene más de 160 páginas, me lo he leído rápido pues está salpicado de anécdotas y escrito con un tono distendido, a veces jocoso, que te lo hace entretenido.
El autor Miguel Ángel Aguilar (Madrid 1943) ha sido periodista en el diario Madrid, corresponsal en Cambio 16, fundador de la revista Posible, director de Diario 16 y El Sol, director de la Agencia EFE... Y ha vivido todos los acontecimientos que narra en su libro en primera persona.



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