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domingo, 18 de febrero de 2018

Entrega de Premios del XXXI Certamen Nacional de Cartas de Amor de la Asociación El Timón de Puertollano



Como os decía en la entrada anterior, este viernes 16 de febrero me hice un viajecito relámpago a Puertollano, para regalarme una tarde literaria. 

Me dieron el 3º premio por una de mis cartas de amor en el XXXI Certamen Nacional de cartas de amor que organiza la Asociación El Timón de Puertollano. Un premio es un premio.

Mereció mucho la pena el viaje porque lo disfruté mucho, aunque yo era la tercera me sentí muy bien tratada. Todo el acto fue muy variado y completo, las tres ganadoras leímos nuestras cartas de amor y fue la entrega correspondiente. Habló después la Presidenta de la Asociación. A continuación hubo un pregón por parte de un escritor, poeta y Alcalde de La Solana Luis Díaz-Cacho Campillo. Y después habló la Alcaldesa de Puertollano, Mayte Fernández. Para finalizar hubo dos actuaciones por parte del grupo de danza "José Granero" que me encantaron, originales y entretenidas, qué bien lo hacían estas chicas. Lástima que no lo pude ver terminar del todo (aunque me dijo Pilar, la secretaría de la Asociación, que ya debía quedar muy poquito) porque me tenía que ir corriendo al Ave. 

Quiero dejar memoria de la tarde aquí, porque ya va a formar parte de mi biografía literaria por méritos propios. 

Por último volver a dar la enhorabuena a mis compañeras premiadas: Raquel Gómez Castellanos, de Puertollano, con el trabajo “Mi amor es un poema" con el que ha obtenido el primer premio y a Angeles del Blanco, de León, con “Carta inacabada”que obtuvo el segundo premio. Y muchas gracias siempre al jurado que entre tantísimas cartas quiso que la mía estuviera entre las tres premiadas y a Pilar, la secretaría de la Asociación, y a Manoli, otra compañera de la Asociación, creo que se llamaba así porque con tantos nombres a la vez dudo, por estar pendiente de mí y ser tan amables.

Con muchas señoras de la Asociación, la Alcaldesa, el jurado, el Pregonero, las premiadas...

El presentador, que la verdad es que lo hacía muy bien

De dcha a izda. La Presidenta de El Timón, La Alcaldesa de Puertollano y el Alcalde de la Solana y poeta

Pilar, la secretaria de la Asociación El Timón

Las tres premiadas en nuestro sitio

En el momento de la entrega de mi premio

La ganadora del 2 premio: Angeles del Blanco

La ganadora del 1 premio: Raquel Gómez



Y por último dos momentos de la actuación. Estuvieron fenomenal.





sábado, 17 de febrero de 2018

"Esa mancha de harina de tu frente" Relato de Rocío Díaz Gómez

La preciosa foto está tomada de internet. Chuerrería Madrid 1883

Ayer, 16 de febrero de 2018, me dieron el tercer premio en el XXXI Certamen de Cartas de Amor de la Asociación "El Timón" en Puertollano.

En otra entrada os contaré la entrega de premios, que mereció mucho la pena, pero hoy quería dejaros con mi Carta de Amor que se titula "Esa mancha de harina de tu frente" y dice así:


Esa mancha de harina de tu frente 
Rocío Díaz Gómez

Princesa,
Una vez escuché que en un desierto había nevado. Durante unas horas solo, pero bastaron para que la nieve cubriera toda la arena, como si la arropara, deshaciéndose después sobre ella, empapándola despacio, como si la mimara. Cuando lo escuché, cerré mis ojos, y sin querer sonreí, porque si eso había ocurrido, también ocurriría nuestra historia. Aunque fuera la más difícil del mundo porque nunca estábamos al mismo tiempo en el mismo lugar. Aunque en ese mismo lugar pasáramos ambos seis meses al año, pero siempre esos seis justo que el otro no estaba. Ya era mala suerte. Pero una vez en un desierto nevó. Y tú eras puro arrope.  

Todos los años cuando llegaba junio y el calor picaba a traición en el cuello y el alma, apetecía de postre una rajita de melón. Y para eso estaba yo, para venderlos, para convencer a las señoras de que los míos eran puro azúcar. “Puro arrope María” les decía a todas: “Puro arrope y no esos pepinos que os venden en el mercado” decía con desparpajo y naturalidad a las clientas porque era la pura verdad. “¡Anda zalamero! no eres tú negociante ni nada...” me contestaban con una sonrisa. Pero se los llevaban porque era verdad y me creían. Yo era de los auténticos del ramo, de los genuinos meloneros de la Asociación de vendedores de melones y sandías de la Comunidad. Y allí estaba, como un clavo más de mi puesto, todos los junios en la misma esquina. Año tras año. En esa misma esquina donde tú todos los octubres, una vez que yo me había ido, colocabas la churrería. Porque cuando llega el otoño y ellas se ponen la rebequita que parece que refresca, con esa brisa que se cuela por el escote poniendo piel de gallina hasta en la etiqueta de la ropa, llegaban tus churros y llegabas tú. Y yo sin saberlo…

Hasta que aquel bendito año, mediaba junio cuando me acerqué por el barrio a echar un vistazo. Me gustaba pasarme unos días antes por los alrededores, por aquello de ir tomando contacto. Mediaba junio y encontré que aún la esquina estaba ocupada. Junio claro y fresquito para todos es bendito. Y a mí me bendijo Cupido, vaya si me bendijo, aquel junio que remoloneaste para estirar más el negocio aprovechando aquellas tardes que aún se dejaban acompañar por un cafetito con leche y unas porras. Porque allí te encontré, allí subida en tu torreón de caravana móvil, manchada la frente de harina, que ¡ole que mancha!, ya hubieran querido los indios saber pintarse así para sus guerras. Allí subida, con los colores dibujados por el calor que desprende la máquina de amasar en tus mejillas, con la pala mezcladora de madera en tu mano, como una hechicera mágica revolviendo pócimas. Allí, mezclando la harina de trigo con el aceite de oliva, la sal marina con el agua, mezclando requetebién todos los ingredientes con tus manos sabias de churrera. Sabias, tenían que ser. Porque desde ese mismo momento que te vi allí en mi esquina, la deseé nuestra. Y lo que hubiera dado por ser la masa de tus churros, sentir tus manos moldeándome, sujetándome en los malos días para no dejarme caer al aceite, acariciándome en los buenos para dejarme sentirte.  

“Buenas tardes señorita” dije todo lo educadamente que supe. “Buenas ¿Cuántos le pongo?”, dijiste sin apenas mirarme. “No, tartamudeé, si yo, yo no quiero churros...”. Tartamudeé, con el desparpajo que gastaba yo con mis clientas.

Ya hace mil años de aquello, y aún hay momentos, muchos, que me haces tartamudear. Ahora que hace mil años que compartimos nuestra esquina porque no paré hasta que cambié mi puesto por tu torreón Princesa. Yo que era de los genuinos dejé el gremio para estar contigo. Y jamás me he arrepentido. Bendito aquel junio fresquito y benditos todos los años que llevamos juntos. La nuestra era la historia más difícil. Pero nada más verte supe que todos los días de mi vida tenía que mirar esa mancha de harina de tu frente, ole qué mancha. Porque una vez en un desierto nevó y bastaron solo unas horas para que la nieve lo arropara. Porque tú eras puro arrope y yo solo un insignificante melonero, pero uno que si de algo sabía, era de arrope.

Febrero 2018
Rocío Díaz Gómez

domingo, 4 de febrero de 2018

Los Goya y uno de mis relatos: "Aquel mágico proyector naranja" de Rocío Díaz


Anoche, 3 de febrero, fue la gala de entrega de los Premios Goya de nuestro cine. En la gala se quería reivindicar el papel de la mujer en el cine. De hecho finalmente ha ganado mejor película y mejor dirección una mujer, Isabel Coixet.

Yo quería poner mi granito de arena con uno de mis relatos. Muchos ya lo conoceis, pero yo le tengo cariño. Lo premiaron en el año 2015 en el XXV Certamen Literario Frasquita Larrea en Chiclana.

Aquí os lo dejo, porque como nos querían decir en la gala de los Goya, también las mujeres quieren, pueden y deben hacer cine. Lo hacen muy bien.





Aquel mágico proyector naranja

Durante tres años seguidos en mi carta a los Reyes Magos pedí un Cinexin. Me trajeron la Nancy azafata, la cocinita completa con  batería de acero inoxidable y hasta la Magia Borrás, pero del Cinexin ni rastro. Ni tan siquiera con uno de aquellos fantásticos trucos de la Magia Borrás conseguí verlo. Mi frustración fue en aumento hasta que el tercer año solo anoté ese juguete en toda mi carta. En mayúsculas y en el centro del folio, remarcado con rotuladores de distintos colores y entre admiraciones. ¡QUERÍA UN SÚPER CINEXIN! Del mismo modo que en mi lista habían pasado tres años, para el objeto de mis deseos también había pasado el tiempo y se había modernizado. Ahora era más “Súper” que nunca.
Pero aquel año mis padres, por oscuras razones, decidieron contarme la verdad sobre la existencia de los Reyes Magos. Y en consecuencia hasta se sentaron a discutir conmigo la conveniencia o no de echarme el ansiado Cinexin: ¿No era ya un poco mayor para eso? ¿No era un poco masculino? ¿No sería mejor un set completo de maquillaje? Las actrices están muy guapas requetepintadas. O bueno quizás si mi timidez no me dejaba ser actriz podría dedicarme a ser maquilladora de películas, ya que ese mundo del celuloide parecía gustarme tanto.
Como aún no había conocido al entrañable ET,  juro que en ese momento vi a mis padres colorearse de verde, transformándose en auténticos extraterrestres.  ¿De qué me hablaban? ¿Qué tenía que ver un maquillaje con el Cinexin? No entendía nada de nada. ¿Cómo explicarles que yo no quería estar delante de aquel mágico proyector naranja sino detrás? Yo no quería salir en las películas, yo quería hacerlas avanzar, detener o congelar sus imágenes. Yo no quería salir en las películas, quería re-pro-du-cir-las: con ese verbo de cinco sílabas que decían en los anuncios de aquel juguete que nunca logré que me echaran los Reyes Magos.
Pero lo cierto es que, frustración de más o frustración de menos, una sigue creciendo.
Y llega un momento que piensas que quizás era verdad, que quizás te vendría mejor el set completo de maquillaje, y toda ayuda iba a ser poca, porque empiezan a gustarte los chicos y te parece ver en una excursión del Instituto a uno calcadito al Harrison Ford  de Indiana Jones ¿Cómo no querer estar más guapa para las aventuras que sin duda alguna viviremos juntos? O te cruzas en aquella discoteca de los viernes con el chulo Danny Zuko de turno haciéndose el dueño de la pista y no puedes despegar los ojos de sus piernas mientras rememoras aquella escena final en la que, de negro y adornado de una gran sonrisa, se acercaba y sacaba a bailar a la protagonista de Grease. Una protagonista con  la que coincides de sobra en ese aire arrebatador de chica modosita del montón que en cuánto él se acerque se va a transformar mágicamente, y ríete de aquella Magia Borrás, en la única a quién él quiere: “Ai cachú, ai guont chu player” cantábamos destrozando la canción en aquel espanglish imposible. Y así sucesivamente hasta que un buen día, mira qué suerte, te termina besando el Richard Gere del barrio. Ese desgarbado galán de cazadora de aviador y flequillo, a quién le haces repetir una y otra vez la secuencia del primer beso porque por más que lo intentas no consigues escuchar de fondo la banda sonora del que tendría que ser el gran amor de tu vida y que al final no lo fue tanto. Porque lo cierto es que ni él era Richard Gere ni yo Debra Winger por mucho que tuviera el pelo negro, largo y rizado.
Toda la vida me he empeñado en querer formar parte de una película, cuando lo que hacía no eran más que cameos. Casi sin darme cuenta, escena tras escena, he querido emular a Patricia Arquette en Amor a quemarropa, he querido vivir historias pasionales y violentas, y he elegido tan bien en el casting a los  protagonistas masculinos que he terminado interpretando Tesis o Te doy mis ojos. Quise hacer cine de autor y resulta que muchas veces he tenido una vida de serie B.  Más me valía haber aparcado el género romántico y haberme dedicado a Los Cazafantasmas, a juzgar por cuántos he conocido.  Hasta que la Thelma que había en mi interior decidió hacer un fundido en negro con su historia y escapar hacia delante sin mirar atrás. 
Porque ¿Qué les voy a contar que ustedes no sepan? La vida es una road movie. Y  lo cierto es que yo necesito dotar a la mía de efectos especiales porque si no la rutina me aplasta,  necesito imaginar el clac de una claqueta cerca para ponerle mi mejor perfil al destino, y tal y cómo está este país todos terminaremos con un papel en Full Monty. Por eso la voz en off de mi interior me dice que, mientras llega ese día, al menos haga lo que me gusta, me deje de argumentos inventados por otros y dirija yo mi propia historia.
Que a mí, señores Académicos, y ya, ya termino, lo que me gusta es el cine. Claro que sí. “Juro por Dios que nunca más volveré a pasar…” hambre de cine. Me muero de amor por él, por eso no pueden ni imaginar lo agradecida que me siento por este premio a la mejor dirección. Tanto, que no tengo ni tiempo para terminar de agradecérselo a todos lo que han hecho posible que esté hoy aquí recibiéndolo. Así que, perdónenme, pero utilizaré hasta los créditos de este discurso para seguir haciéndolo.
Pero por favor, antes de que suban a quitarme el micrófono, por favor déjenme que haga un flash back y se lo vuelva a agradecer sobre todo a aquella niña que fui, a aquella que bien pronto supo en qué lado de la cámara yo debía estar, a aquella que durante años apuntó el mismo regalo en su carta a los Reyes Magos. Ese regalo escrito en  mayúsculas en el centro del folio, remarcado con rotuladores de distintos colores y entre admiraciones, era el único regalo que quería, que quiso siempre y que aún quiere. Por ello, y se lo vuelvo a pedir por favor señores Académicos ¿No podrían ustedes cambiarme el Goya por un Cinexin? Que Goya ni que Goya… ¡Un Cinexin señores Académicos, un Cinexin de color naranja! Eso es lo que realmente le haría feliz a aquella niña que fui. ¿No creen ustedes que es hora ya de otorgárselo?

©Rocío Díaz Gómez

domingo, 19 de noviembre de 2017

Primer premio en el I Certamen de Relatos "Cuarto y Mitad" de la Biblioteca Mario Vargas Llosa de Madrid




Y ocurre que te escriben diciéndote que estás entre los diez finalistas de un certamen de relato al que te has presentado. Y ocurre que te dicen que tienes que ir un viernes a las 18 horas y en ese momento se dirá quiénes han ganado de esos diez finalistas.

Y tú que a veces te cuesta ser positiva, piensas que no tendrás premio porque te parece que no te lo dicen con mucha ilusión, que no llevas muy buena racha en esto de la literatura, que ya verás como no... en fin todas esas cosas que te dices a ti misma para salvarte un poco, solo un poco, de la desilusión. 

Y ocurre que tampoco quieres animar mucho a nadie para que te acompañe, porque total si no vas a ganar... Pero aun así tus compinches que creen más en ti que tú misma se apuntan. 

Y estás ahí y empiezan a nombrar a los finalistas del décimo al primero, y van nombrando y no eres tú, y siguen nombrando y no eres tú, y nombran y nombran y no te dicen a ti. Pero aún así piensas que qué raro, que a ver si además es que se están olvidando de nombrarte porque no sabes ya ni qué pensar. Y décimo, noveno, séptimo, quinto... cuarto, y nombran a los siete finalistas que van saliendo a por su diploma, y madre mía que ya no hay más finalistas y comienzan los premiados, y ya nombran al tercer premiado y ¡tampoco te nombran! y comienzas a ponerte cada vez más nerviosa y más nerviosa, tan nerviosa, porque te estás acercando, porque casi no quedan ya finalistas y parece mentira pero a ver si... Y nombran al segundo premiado y ¡tampoco eres tú! y ya dices que a ver si esta vez, que quién sabe, que por qué no, y entonces oyes a una de tus compiches decir ¡bravo! porque va a ser que sí, que las rachas regulares llegan un día que se terminan y das por buenas todas las horas sentadas y todas las peleas con las frases, das por bueno todo el tiempo, todo tu tiempo, inventando historias.

Esas historias que no puedes evitar imaginar y luego escribir. Esas historias que son, ni más ni menos, lo que más que te llena en este mundo, esas historias, pedazos de ti, que tienes que sacarte de dentro, de muy adentro para hacer que comiencen a latir con vida propia.

Y ocurre que hay tardes que traen alegrías literarias.

Porque decían las bases que había que escribir un relato que no llegara a las 1000 palabras y que incluyera la frase "cuarto y mitad".

Y tú, o sea yo, lo conté así:




Calderilla en mi monedero

Rocío Díaz Gómez

 

Cuando usted me habla me mira a los ojos. Después aún espera a que yo termine de hablar y al contestarme, lo vuelve a hacer mirándome a los ojos. Sin cambiar el canal de la televisión, sin hojear ninguna revista, sin repasar la correspondencia acumulada. Le basta conversar conmigo.

En otro tiempo hubiera pensado que estas atenciones no son más que calderilla en el monedero de los afectos. Pero ahora que el resto del mundo vive como si dispusiera de menos tiempo que yo, teniendo mucho más; ahora que todo mi horizonte es el pedazo de vida que está enmarcado por esta misma ventana que me separa de ella; ahora que mi cordón umbilical con el mundo se bifurca entre el cordón del teléfono y el cable de la televisión; ahora que malvivo de la pensión, nada es calderilla en mi monedero.

¿Y a quién ofendo si le llamo cada semana? Si me esfuerzo por vestirme con ropas que un día lejano alguien dijo que me sentaban bien. Si me peino con cuidado, si me perfumo y rebusco en el pastillero una sonrisa polvorienta que se quedó allí olvidada. ¿A quién ofendo si le espero? Si me siento cerca de la puerta para no demorarme hasta que llego con pasos torpes a abrirle. Si miro y miro por la ventana hasta que aparece. Si mi corazón también se pone de pie y se empina con saltos como asomándose a ver, desde el balcón de mis pupilas, si ya llega usted de una buena vez.

Cuando le veo aparecer, no tengo que buscar más, porque de pronto encuentro aquella sonrisa que perdí, encuentro las ganas que tenía de conversar, encuentro el buen humor y salgo a recibirle haciendo malabares con todos ellos.

Cuando llegan mis hijos a casa, traen olor a prisa. Mientras les pregunto cómo están y les cuento si la vecina se cayó o me llamó aquella prima, sus dedos ágiles revisan la correspondencia a su nombre, destapan ollas para ver que hice de comer y aprovechan en el móvil para hacer todas aquellas llamadas que tenían pendientes. Como si escucharme no fuera suficiente.

Sin embargo cuando usted llega viene envuelto en olor a naranjas y despliega atenciones. Me mira, me sonríe, me pregunta: ¿Cómo está hoy Josefa? Así lo dice, con mi nombre al final. Con familiaridad, con cercanía. Y espera hasta que le contesto para seguir conversando. Y hasta que yo no le digo “Pase, pase déjeme por favor todo en la cocina que ahora ya lo colocaré yo sin prisas en la nevera”, usted no deja de mirarme y preguntarme y esperar atento mis palabras, sin hacer nada más que escucharme.

Por eso le he dicho a la enfermera hoy, que me hiciera el favor de no darme cita el martes. Si el médico y sobre todo este corazón mío aguanta hasta el martes, aguantará un día más. Que los martes son domingos en mi calendario. El martes es el día que yo revivo, el día que viene usted, que viene el frutero.

Por eso le estoy escribiendo. Le estoy escribiendo este pedido no sé si de amor, bueno sí por qué no decirlo, de amor. Este pedido en forma de kilos de plátanos o de tomates, de acelgas o un ramito de perejil, aunque no necesite nada. Porque cómo usted me atiende, señor frutero, cómo usted me saluda, y me pregunta, y después me trata, ya no siento que lo haga nadie más. Necesito verle cada semana, necesito su aire fresco y atento, su olor a naranjas envolviéndome.

“Pues en un ratito estoy ahí Josefa”. “Muy bien. Me sentaré entonces ya cerca de la puerta a esperarle”. Nos diremos cuando yo le llame por teléfono para leerle el pedido. Y ahí estaré, ahí esperándole, porque cuando usted venga y me hable me mirará a los ojos, sí, y no sabe cuánto es eso para mí.

1 kilo de plátanos, 1 kilo de tomates, 2 kilos de kiwis, otro de chirimoyas... y nada más, ah sí, y cuarto y mitad de cariño. Eso le diría, sí eso mismo: tráigame cuarto y mitad de cariño. Pero solo leeré en voz alta lo que está escrito: Plátanos, tomates, chirimoyas… y nada más; ah sí, qué cabeza tengo, sí todo eso y…
…cuarto y mitad de cariño, diré en voz muy baja mientras cuelgo el teléfono.


©Rocío Díaz Gómez


Mis compinches que se merecen todo


miércoles, 8 de marzo de 2017

"los juegos de las niñas sabias" Uno de mis relatos para el 8 de marzo "Día de la Mujer"






Os dejo con uno de mis relatos sobre mujeres en este 8 de marzo "Día de la Mujer".

En el 2011 fue 2º premio de relato corto del X Certamen de Narrativa Breve "Mujeres en el arte" que había convocado la concejalía de Bienestar Social del Ayuntamiento de Valencia. 

Por nosotras.
 

Los juegos de las niñas sabias


Rocío Díaz







Cuentan que en algún lugar, a salvo del tiempo y el espacio, están jugando unas niñas.

A la pequeña Safo jugando al escondite siempre le toca contar. Pero no suma diez, ni treinta, no suma cuarenta ni cincuenta. Ella cuenta en endecasílabos, cuenta hasta once, y vuelve a comenzar. Safo tamborilea con sus dedos, inventa versos que algún día descubrirán escritos en papiros que nos la devolverán inmortal.

A la niña Isadora, en cambio, el mar la tiene hipnotizada. Le gusta jugar descalza en la arena, le gusta mirar las olas durante horas. Sola, y en silencio, con el pelo suelto y sus vestidos vaporosos de finas telas envolviéndola, juega Isadora durante horas a mover sus manos y sus pies siguiendo el vaivén de aquellas ondas...

La pequeña Frida, que no puede moverse de su cama, juega a vivir más que las demás. Juega a mezclar los colores, juega a despistar con la pintura un destino de animal eternamente herido.

Las tres niñas solitarias tampoco juegan al escondite. Solas con su padre en aquel páramo las niñas Brontë inventan mundos de fantasía al que escapar. Miopes e inteligentes, cultas y pobres las niñas quieren relatarlos, quieren transformarlos en palabras escritas, aunque “las mujeres no debieran hacerlo”.

Mientras tanto, la niña Camille juega con la arcilla. La niña coja pero bella, la niña de carácter fuerte y voluntad tenaz se recrea en esculpir con fuerza y sentimiento. Esculpe con pasión piezas delicadas pero impresionantes, bellas en sus rasgos, intensas en su profundidad.

¿Y la pequeña Alma? Alma ya es una niña artista que juega a componer música. Y lo hace muy bien. La niña Alma tiene el adorno del talento, pero además es muy guapa y pasional. Y cómo juega con la música, cómo compone, aún tan pequeña ella.



Pero cuentan que hay ocasiones en que los cuentos de hadas no terminan bien para las niñas que esconden una pasión. Las niñas que crecen y se convierten en mujeres queriendo bailar, queriendo componer música, queriendo escribir, queriendo esculpir. Queriendo alejarse de lo considerado “normal”, de lo establecido. Y llegará un día que esas niñas tendrán que defender lo que les apasiona. La poesía, la danza y la pintura. La literatura, la escultura y la música. La vida para con esas mujeres mostrará sus garras y colmillos. La vida tendrá una punta afilada llena de ponzoña que se les clavará donde más les hiera, donde a punto esté de acabar con ellas.

Y quizás Safo vivió con sus compañeras en un clima demasiado distendido y propicio a todos los comentarios. Safo mujer quizás entendía la vida de forma diferente... quizás más femenino, quizás solo femenino.

Y esa forma revolucionaria de bailar y de vivir, esos temas de las danzas, la muerte o el dolor, tan alejados de los clásicos de duendes y trasgos, a Isadora años después le haría cosechar abucheos y polémicas.

Y nunca podrá jugar a correr Frida Khalo, en un principio dolorida por la polio y después por un accidente salvaje y cruel. Pasará casi toda su vida en la cama, pintando y pintando, mientras la enfermedad y los dolores van ganándole terreno a sus ganas de vivir.

Y las hermanas Brontë jugaron a imaginar, a escribir historias. Pero hubieron de hacerlo con disfraces, con opacos seudónimos y  malas críticas.

Y a Camile Claudel la vida fue resquebrajándole su interior de escultora. Se esforzaba por ser reconocida, por vivir de su arte, pero una sociedad conservadora, un amor demasiado amargo, unas críticas despiadadas por su condición femenina, fueron enloqueciéndola poco a poco

Y demasiado pasional, la joven y brillante Alma se enamoró de aquel maduro Gustav Mahler. Por apoyarle a él dejó a un lado su talento, esa carrera que tanto prometía en la música. Y después de Gustav, llegaron otros, pero también se volcó en el talento de cada uno de ellos, olvidándose del propio.

Y cuentan, siempre cuentan que aquellas mujeres terminaron por penar su pasión.



Hubo que dejar pasar el tiempo. Dejar que el poso de los años fuera transformando a la sociedad y su moral. Dejar que subiera a la superficie lo que realmente importa.

Porque Safo en su isla se recreó en su vocación y en la belleza.
Porque Isadora, mito y carácter, rompió con las tradiciones y revolucionó la danza.  
Porque la fuerza de voluntad de Frida y sus ganas de vivir las fue plasmando en cada uno de sus pequeños autorretratos surrealistas.
Porque las hermanas Brontë escribirían obras maestras de la literatura universal.
Porque finalmente Camile y Alma serían reconocidas por su escultura y su música, independientemente  de las de sus amados.



 Cuentan que en algún lugar, a salvo del tiempo y el espacio, siempre están jugando unas niñas. Niñas sabias a quiénes el arte rescató del olvido.

©Rocío Díaz Gómez