Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS ROCÍO DÍAZ. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta RELATOS ROCÍO DÍAZ. Mostrar todas las entradas

miércoles, 8 de marzo de 2017

"los juegos de las niñas sabias" Uno de mis relatos para el 8 de marzo "Día de la Mujer"






Os dejo con uno de mis relatos sobre mujeres en este 8 de marzo "Día de la Mujer".

En el 2011 fue 2º premio de relato corto del X Certamen de Narrativa Breve "Mujeres en el arte" que había convocado la concejalía de Bienestar Social del Ayuntamiento de Valencia. 

Por nosotras.
 

Los juegos de las niñas sabias


Rocío Díaz







Cuentan que en algún lugar, a salvo del tiempo y el espacio, están jugando unas niñas.

A la pequeña Safo jugando al escondite siempre le toca contar. Pero no suma diez, ni treinta, no suma cuarenta ni cincuenta. Ella cuenta en endecasílabos, cuenta hasta once, y vuelve a comenzar. Safo tamborilea con sus dedos, inventa versos que algún día descubrirán escritos en papiros que nos la devolverán inmortal.

A la niña Isadora, en cambio, el mar la tiene hipnotizada. Le gusta jugar descalza en la arena, le gusta mirar las olas durante horas. Sola, y en silencio, con el pelo suelto y sus vestidos vaporosos de finas telas envolviéndola, juega Isadora durante horas a mover sus manos y sus pies siguiendo el vaivén de aquellas ondas...

La pequeña Frida, que no puede moverse de su cama, juega a vivir más que las demás. Juega a mezclar los colores, juega a despistar con la pintura un destino de animal eternamente herido.

Las tres niñas solitarias tampoco juegan al escondite. Solas con su padre en aquel páramo las niñas Brontë inventan mundos de fantasía al que escapar. Miopes e inteligentes, cultas y pobres las niñas quieren relatarlos, quieren transformarlos en palabras escritas, aunque “las mujeres no debieran hacerlo”.

Mientras tanto, la niña Camille juega con la arcilla. La niña coja pero bella, la niña de carácter fuerte y voluntad tenaz se recrea en esculpir con fuerza y sentimiento. Esculpe con pasión piezas delicadas pero impresionantes, bellas en sus rasgos, intensas en su profundidad.

¿Y la pequeña Alma? Alma ya es una niña artista que juega a componer música. Y lo hace muy bien. La niña Alma tiene el adorno del talento, pero además es muy guapa y pasional. Y cómo juega con la música, cómo compone, aún tan pequeña ella.



Pero cuentan que hay ocasiones en que los cuentos de hadas no terminan bien para las niñas que esconden una pasión. Las niñas que crecen y se convierten en mujeres queriendo bailar, queriendo componer música, queriendo escribir, queriendo esculpir. Queriendo alejarse de lo considerado “normal”, de lo establecido. Y llegará un día que esas niñas tendrán que defender lo que les apasiona. La poesía, la danza y la pintura. La literatura, la escultura y la música. La vida para con esas mujeres mostrará sus garras y colmillos. La vida tendrá una punta afilada llena de ponzoña que se les clavará donde más les hiera, donde a punto esté de acabar con ellas.

Y quizás Safo vivió con sus compañeras en un clima demasiado distendido y propicio a todos los comentarios. Safo mujer quizás entendía la vida de forma diferente... quizás más femenino, quizás solo femenino.

Y esa forma revolucionaria de bailar y de vivir, esos temas de las danzas, la muerte o el dolor, tan alejados de los clásicos de duendes y trasgos, a Isadora años después le haría cosechar abucheos y polémicas.

Y nunca podrá jugar a correr Frida Khalo, en un principio dolorida por la polio y después por un accidente salvaje y cruel. Pasará casi toda su vida en la cama, pintando y pintando, mientras la enfermedad y los dolores van ganándole terreno a sus ganas de vivir.

Y las hermanas Brontë jugaron a imaginar, a escribir historias. Pero hubieron de hacerlo con disfraces, con opacos seudónimos y  malas críticas.

Y a Camile Claudel la vida fue resquebrajándole su interior de escultora. Se esforzaba por ser reconocida, por vivir de su arte, pero una sociedad conservadora, un amor demasiado amargo, unas críticas despiadadas por su condición femenina, fueron enloqueciéndola poco a poco

Y demasiado pasional, la joven y brillante Alma se enamoró de aquel maduro Gustav Mahler. Por apoyarle a él dejó a un lado su talento, esa carrera que tanto prometía en la música. Y después de Gustav, llegaron otros, pero también se volcó en el talento de cada uno de ellos, olvidándose del propio.

Y cuentan, siempre cuentan que aquellas mujeres terminaron por penar su pasión.



Hubo que dejar pasar el tiempo. Dejar que el poso de los años fuera transformando a la sociedad y su moral. Dejar que subiera a la superficie lo que realmente importa.

Porque Safo en su isla se recreó en su vocación y en la belleza.
Porque Isadora, mito y carácter, rompió con las tradiciones y revolucionó la danza.  
Porque la fuerza de voluntad de Frida y sus ganas de vivir las fue plasmando en cada uno de sus pequeños autorretratos surrealistas.
Porque las hermanas Brontë escribirían obras maestras de la literatura universal.
Porque finalmente Camile y Alma serían reconocidas por su escultura y su música, independientemente  de las de sus amados.



 Cuentan que en algún lugar, a salvo del tiempo y el espacio, siempre están jugando unas niñas. Niñas sabias a quiénes el arte rescató del olvido.

©Rocío Díaz Gómez


viernes, 30 de diciembre de 2016

Mi última carta de amor premiada: "Bajo la bonanza del anticiclón"



En la reseña de los grandes momentos literarios de este año, me queda dejar memoria del último premio que me han dado.

Ha sido en este mes de diciembre del año 2016. Se trata del 2º Premio de Cartas de Amor en el XXI Certamen de Covibar de Cartas de Amor de Rivas Vaciamadrid, y ha sido con una carta a la que yo tengo mucho aprecio: "Bajo la bonanza del anticiclón". Por eso tenía ilusión por compartirlo.


 
XXI Certamen de Covibar de Cartas de Amor

  • Primer premio al trabajo “Señora” de Álvaro Martín García.
  • Segundo premio al trabajo “Bajo la bonanza del anticiclón”, de Rocío Díaz Gómez.
  • Tercer premio al trabajo “En la sala 27”, de Nazaret Romero González.
 La entrega de premios fue el pasado martes 20 de diciembre y no pude asistir porque me había comprometido con la presentación del poemario de Javier Díaz Gil, así que me lo recogió mi hermano Alberto. 


Quería compartir también la carta premiada con vosotros. Y por supuesto dedicársela a las personas que quiero de la AEMET.

Aquí la tenéis.

 

Bajo la bonanza del anticiclón

La piedra de enamoramiento de mayor tamaño recogida hasta la actualidad en mi vida sentimental cayó un primero de julio de 2005 en mi localidad, en mi habitación y en las aguas cálidas de mis propias sábanas. No hay lugar más exótico que el cotidiano, ni más cercano que esta cama mía, que siento nuestra.

Aunque la velocidad con que impactan los enamoramientos en las personas dependen de su tamaño, el enamoramiento al caer se ve impulsado por fuertes corrientes de aire descendente, procedentes del olor de una piel, de su tacto y su temperatura, procedentes también de una boca y su voz, de su humedad y su tibieza, de tal forma que podemos multiplicar los grados por dos, de ahí su alta peligrosidad. Cómo decirte que en aquella ocasión sus dimensiones fueron tales en diámetro y circunferencia que aún no me he recuperado.

Nuestro tornado se formó por la rotación violenta de nuestros cuerpos descolgándose desde la nube en la que llevábamos instalados unos meses, quizás años, al calor del trato diario y las confidencias. Nuestro tornado en su parte más estrecha alcanzó el suelo, fue desplazándose y nos llevó, siempre intentando no provocar grandes destrozos a nuestro paso, hasta donde nos encontramos ahora. 

Muchas veces me he preguntado en qué lista de huracanes, de esas que elabora la Organización Meteorológica Sentimental, alternando nombres de hombre y de mujer, y por orden alfabético, estamos nosotros. De lo que no me cabe la menor duda, es de que si nos vemos envueltos en una pertinaz sequía de encuentros, en nuestros días sopla más el levante que el poniente, por mucho que digan que aproximadamente soplan el mismo tiempo. Si estamos separados, el levante es más impetuoso y alcanza rachas de muchos días llegando incluso hasta la ciclogénesis explosiva. 

No exagero, cada vez que te alejas he podido anticipar el sonido de los truenos después de ver rayos en el horizonte de nuestras palabras y nuestros gestos. Por definición una ciclogénesis puede calificarse de explosiva siempre y cuando la presión afectiva en el centro del corazón implicado disminuya drásticamente. El resultado es la formación en poco tiempo de una profunda borrasca en los sentimientos, lo que siempre lleva asociado un fuerte temporal de emociones y precipitaciones destacadas en los ojos. En los tuyos y en los míos. Porque cuando la humedad relativa de tus ojos alcanza el 100%, por simbiosis, me empapa entero a mí, cubriendo tanto mi tierra que tiemblo de frío y nada temo más que de nuestras bocas al juntarse solo salga vaho,  un gélido vaho, que no podría soportar.

En mi corazón solo cabe una certeza: He aprendido a resguardarme de todas las galernas en el cielo de tu boca.

Porque, pasen los días que pasen, si me acerco a ti sigo impregnándome de ese conocido olor a tierra mojada que solo tu piel sabe exhalar. Y nada siento que me temple más que su temperatura suave, que no es lo suficientemente baja como para darme frío ni lo suficientemente alta como para darme excesivo calor. Cuando tu piel y la mía aciertan a encontrarse en este océano complicado de los días, el aire cálido que nos envuelve, se torna más ligero y disminuye mi densidad y tiende a ascenderme de manera natural en pura flotabilidad. 

Dejemos pues querida, como aquel lejano día que en las aguas cálidas de mis propias sábanas acertó a caernos este enamoramiento, que el anticiclón nos encuentre siempre lo más cerca posible al uno del otro, que nos abrace y nos mantenga unidos impidiendo el paso de todas las borrascas. Bajo la bonanza del anticiclón alcanzaremos las temperaturas más altas. Dejemos que la humedad relativa del aire alcance el 100% de encanto, se sature de vapor de deseo y comiencen a formarse minúsculas gotitas. No me preguntes de qué, lo realmente importante es que tu olor y mi calor actuarán, no tengo la menor duda, como núcleos de condensación de la pasión. Está pasión que nos acuna a golpes de calor. Esta pasión marítima que nos salva de la monotonía y la rutina. 

En mi corazón solo cabe una certeza: He aprendido a resguardarme de todas las galernas en el cielo de tu boca. Y es ahí donde quiero seguir. 

Tu hombre del tiempo.

©Rocío Díaz Gómez

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Certamen Literario Raphael



Yo tenía pendiente compartir con vosotros un momento muy grato. Me estoy refiriendo a la entrega del premio del Certamen Literario Raphael de este año 2016, en el que gané el primer premio.

La entrega fue el día 25 de septiembre de 2016 y yo, con todo el dolor de mi corazón, no pude asistir porque ese día estaba en los EEUU. 

Estuvimos comentándolo la organización y yo, y ni ellos podían cambiarlo a otro día porque es un evento preparado con muchos meses de antelación, para empezar tienen que tener en cuenta la agenda del cantante Raphael y demás, y no se podía atrasar; ni yo tampoco podía hacer mucho porque ya tenía también desde hacía tiempo mis billetes de avión y hoteles y demás. 

Pero tuve la gran suerte de que pudiera ir a recogerlo mi hermano Alberto, que también tuvo muchos avatares con el día de la entrega, pero finalmente fue acompañado de un amigo nuestro de toda la vida.

Y qué bien, porque disfrutaron muchísimo con la celebración. Vinieron encantados con el trato que recibieron por parte de la Asociación Raphaelista organizadora del certamen, y me comentaron lo majos que habían sido todos, por supuesto incluído Raphael, con el que jugaron incluso a las películas con los títulos de sus canciones. Muy divertido debió ser.


Quería dejaros con algunas fotos de la entrega de premios, y ya también con mi relato por si os apetece leerlo.

El tema del certamen era suspense. Y yo me acordé de este relato mío que ya tiene un montón de años, pero que si algo tenía, era suspense.







Nadie había muerto, todavía

 Nadie había muerto, todavía. Eso lo sabía bien, porque cuando alguien se muere, la persona que está con él grita. Grita con un grito largo, larguísimo, hasta que se queda sin respiración y luego dice: “No, no…” Dos veces seguidas lo dice. “No, no, (otras dos) Fulanito, no, no te mueras… Fulanito”. Y repite el nombre que ya había dicho, el del muerto, para que el muerto esté seguro de que le están hablando a él y no a otro muerto cualquiera. Eso dice la persona que está con el muerto cuando se acaba de morir. Lo había visto en millones de películas. Pero eso pasa si no es el asesino el que está con el muerto. Porque si es el asesino, entonces lo que hace es mirar al muerto, y cuando está seguro, segurísimo de que ya no vive, siempre, siempre, echa a correr. Muy deprisa, y casi siempre dejando la puerta abierta y corriendo escaleras abajo. Casi siempre hay escaleras. Pero corre muy deprisa para que nadie le pueda ver con el muerto y pensar que él lo ha matado. Eso también lo ha visto en millones de películas. Así que como no había escuchado ningún grito ni a nadie corriendo por las escaleras, estaba seguro de que nadie había muerto. Pero todavía.

Lo malo es que iba a morir en cualquier momento: el muerto. Porque llevaba ya mucho rato escuchando ruidos y quejas y muebles. Y cada vez los ruidos eran más grandes. A esas horas de la noche como todo el mundo duerme no se tiene que oír nada. Nada de nada o como mucho los coches y los ronquidos. Lo malo es si se oyen otras cosas. Porque si es de noche y se oyen cosas raras solo pueden pasar tres cosas:
1. Que sea la noche de Reyes, ese día siempre hay ruidos, pero no pasa nada porque es la noche de Reyes y son ruidos buenos.
2. Que alguien se haya puesto malo en su casa, pero él no ha oído ni a su padre, ni a su madre que estén malos, porque su “hermanoto” no cuenta, él aún no anda, ni casi se mueve, esté malo o no, no hace esos ruidos.
Y 3. Que pase algo, algo malo, algo como que haya asesinos y muertos. Y eso es lo que él creía que estaba pasando…
Pero ni su padre ni su madre ni su “hermanoto” los escuchaban, no podía entender como con esos ruidos seguían durmiendo tan felices. Los tres, y encima los tres juntos. Y él ahí solo, oyendo todos esos ruidos. Y ellos tres juntos, su padre, su madre y el hermanoto, que no necesitaba verle para saber cómo estaría: durmiendo con el chupete incrustado en su boca como una ventosa.

Lo que más le gusta en el mundo a su hermanoto es el chupete, así que cuando a veces pasa por su lado y no sabe por qué le entran esas ganas de darle un pellizco, un pellizco muy pequeño, pequeñísimo, que casi ni es pellizco ni es nada, y se lo da, muy rápido, rapidísimo para que nadie le ve, con la otra mano libre, que no le ha dado el pellizco y que ya tiene preparada muy cerca de la boca, le mete el chupete a cien por hora para que no le puedan oír como quiere llorar. Que no ha sido nada… nada de nada… un pellizco muy pequeño, pero es un quejica. Menos mal que tiene el chupete, porque con él casi siempre, casi siempre, lo consigue. Que llore muy poco, o casi nada. Es un chupete mágico. Por eso él, en cuánto se le cae al “hermanoto” de la boca, como un hermano muy bueno lo coge del suelo y lo pone debajo del agua del grifo como hace su madre, porque así siempre está preparado, porque así su madre le da un beso por hermano bueno, y porque él sabe con una seguridad aplastante que eso es lo que más le gusta en el mundo a su “hermanoto” y le hará callar cuando le dé el pellizco que no sabe por qué siempre tiene ganas de darle.

Pero en la casa de al lado, nadie tenía un chupete-ventosa puesto en la boca, porque seguía escuchando las quejas. Y si casi no respiraba podía escuchar unos golpes contra la pared que es la misma que la suya, porque eso se lo ha dicho su madre que no dé golpes contra esa pared porque al otro lado está la habitación donde duerme su vecina. A él su vecina le gusta. Porque no es una de esas vecinas que cuando está en el portal dice que cuidado con las plantas no las vaya a aplastar, sin que él las haya aplastado ni esté cerca de ellas. Ni tampoco es una de esas vecinas de las que dicen que a jugar mejor a la calle que está haciendo mucho ruido, sin que él haga ruido ni nada. Ni tampoco es una de esas vecinas que le dice cosas al “hermanoto” siempre, y a él solo cuando está su madre delante. No, no es ninguna de esas vecinas que huelen a repollo o a cristasol. La vecina de al lado le gusta porque siempre huele muy bien, y siempre le sonríe a él, esté su madre delante o no, y siempre después de sonreír le dice: “Hola Javi, ¿Cómo estás?” Ninguna de las otras vecinas dice su nombre y ninguna le pregunta “¿Cómo estás?”. Por eso él siempre le sonríe también y le dice “Bien gracias” cómo le ha dicho su madre que hay que responder.

No sabía qué hora era. Pero debía ser muy de noche, porque todo estaba muy oscuro en la calle y en casa. Solo se oía muy lejos algún coche que pasaba por debajo de su ventana, y solo se oían en casa los ronquidos de su padre, que son tan grandes, grandísimos, que retumban por toda la casa, todo el bloque, todo el barrio y seguro que por toda la ciudad. Por eso su madre se pone esas cosas en las orejas para poder dormir, por eso cuando a él le duele la tripa ella le tiene dicho que ya es mayor y tiene que ir hasta su cama, con los ojos medio cerrados para no morirse de miedo, y darle en el brazo un buen rato hasta que se despierte porque no le podría escuchar desde su cama aunque él diera un grito tan largo como si hubiera un muerto.

Pero aunque ya hacía mucho rato desde que empezaron las quejas y los ruidos, él no iba a ir a despertar a su madre porque ni le dolía la tripa, ni nadie había muerto todavía. Además y sobre todo es que estaba demasiado oscuro. Al otro lado de la pared seguían los ruidos, cada vez más ruidos, en la casa de su vecina favorita. Y le parecía que abrían y cerraban un cajón, aunque de eso no estaba muy seguro, y también le parecía que escuchaba la voz de su vecina diciendo: “Porque no” con esa voz suya de vecina favorita. Y también le parecía que se oía otra voz, la de un hombre, la de ese señor que vive a veces con su vecina, y que dice su madre que es su marido, aunque a él no se lo parecía porque no es como su padre, que es el marido de su madre. Y a lo mejor ese señor que dice su madre que es el marido de su vecina estaba diciendo: “Y yo que digo que sí…” pero eso no lo podría prometer, porque se seguían escuchando los golpes en la pared y no podía escuchar bien, y a lo mejor uno de ellos tenía hipo, porque le parecía oírlo, y si estuviera allí y fuera su vecina la del hipo le daría un vaso de agua como le da a él su madre, para que se le quitara porque se está muy mal cuando se tiene hipo, pero si fuera ese que dice su madre que es el marido de su vecina favorita, el del hipo, entonces le dejaría que siguiera teniéndolo horas y horas hasta que tuviera agujetas en la boca, en la garganta, en el pecho y en todas partes de su cuerpo porque ese hombre ni es su vecino favorito ni nada.

Un día él estaba sentado en los escalones jugando con los cochecitos a hacer un circuito como el del Jarama y ese vecino que dice su madre que es el marido de su vecina favorita vino de trabajar y no saltó por encima de él como había hecho el hijo de la vecina del tercero, ese que tiene una moto y una novia muy flaca con la que se besa en el portal. Ni tampoco ese que dice su madre que es el marido de su vecina favorita le dijo que si se podía apartar un momento, como le dijo el marido de la vecina del cuarto, ese que siempre va fumando. No, que va, no le dijo nada, sino que le pisó los dedos para pasar y ni le dijo perdona ni nada de nada, sino que además le tiró uno de los cochecitos por el hueco de la escalera. Por eso a él no le gusta, aunque su madre diga que es un vecino muy amable el marido de la vecina del segundo derecha, porque la deja pasar delante de él en el ascensor.

Por eso él cruzaba los dedos para que el que tuviera hipo fuera el marido de la vecina de al lado, no ella. Y seguía cruzando los dedos para que no se le quitara nunca jamás. Pero seguía siendo muy de noche, mucho, y seguían durmiendo su “hermanoto”, su madre y su padre como si no pasara nada de nada. Su “hermanoto” seguro que con el chupete-ventosa en la boca. Ahí, al lado de su madre que dormía con esas cosas en las orejas y al lado de su padre que no dejaba de roncar con esos ronquidos monstruosos. Como si no pasara nada de nada. Y sí pasaba, claro que pasaba, porque al otro lado de la pared las voces no se callaban, ni tampoco los hipos que ahora ya no sabría decir de quién eran porque parecían de él y parecían de ella, ni paraban los ruidos que eran muchos y distintos, ni paraban los golpes en la pared que cada vez eran más rápidos, ni se callaban las voces que cada vez eran más difíciles de no oír, él que sí y ella que no.

No era la primera noche que oía esos ruidos al otro lado de la pared, en casa de su vecina favorita, no era la primera vez, porque algunas veces, algunas noches ya se había despertado con ellos. Pero nunca habían sido tan grandes, ni tan seguidos, ni durante tanto tiempo... Pero él no iba a ir hasta la cama de sus padres a decírselo porque estaba muy oscuro y ya fue alguna vez y ellos le dijeron que no pasaba nada, que era una pesadilla… y no le hicieron hueco en su cama y tuvo que volver a la suya y ya no se acuerda de más. Y otra vez también fue hasta la cama de sus padres a decírselo y entonces lo dijo tantas veces que al final se levantaron y fueron hasta su habitación y entonces le dijeron que eso no era nada, que eran cosas de mayores... Y le dieron un vaso de leche pero ni le dejaron ir a su habitación, ni le hicieron hueco en su cama. Le gusta dormir con sus padres en su cama, él en medio de los dos y su “hermanoto” fuera. Pero ya nunca le dejan quedarse...

Al otro lado de la pared cada vez se escuchaban más ruidos, muchos, muchos ruidos y las voces eran más fuertes, y los golpes, los golpes, los golpes, no paraban. Y a él le parecía que su vecina se estaba quejando, y diciendo “por favor, por favor para…” seguía siendo muy de noche, mucho y él lo que tenía era cada vez más sueño, mucho, muchísimo sueño, bueno y un poco de miedo también. Se le abría la boca y los ojos no querían, no podían abrirse, si no fuera por los ruidos... se dormiría...

Y de pronto se pararon. Dejó de escuchar los golpes. ¿Se habían parado? Dejó de escuchar las palabras. Intentó no respirar para oír mejor, pero solo alcanzó a escuchar una puerta y a alguien que corría por las escaleras.

Y entonces sí, entonces quiso ir hasta la cama de sus padres, decirles que algo había pasado, que primero hubo muchos ruidos, y voces y quejas y que de pronto se habían callado, pero alguien había corrido muy deprisa, mucho, escaleras abajo... Como en las películas, en las películas en las que es de noche y se oyen ruidos y todo está muy oscuro y la persona que está con el muerto es el asesino. En los millones de películas en las que ya ha muerto alguien.

Quiso ir, darle a su madre en el brazo para despertarla, decírselo, ver si a su vecina favorita le pasaba algo, algo malo. Porque tenía que ser muy malo, pero... el silencio y el sueño pudieron al fin con él y sin querer se durmió.

Y no se volvió a acordar hasta que dos días después la policía llamó a la puerta de casa para preguntar si alguien había escuchado algo dos noches atrás. “¿Algo de qué?” había preguntado su madre. Y el policía mirándole a él y al hermanoto que, cómo no, tenía su chupete puesto, y se estaban asomando desde la puerta del comedor, le dijo a su madre: “¿Puede salir un momento aquí al rellano para contestar unas preguntas?” Y mamá dijo: “Me está asustando… ¿Qué ha pasado?” Pero también volviéndose a nosotros, al hermanoto y a mí, dijo: “Javi cuida de tu hermano cinco minutos, que tengo que hablar con este señor de cosas de mayores…”

Y como siempre, nadie me preguntó a mí, y yo sí, yo sí que había escuchado algo.

©Rocío Díaz Gómez



video

Os dejo con este pequeño vídeo del día de la entrega.

Y ya solo me queda, desde aquí, volver a darle las gracias al niño protagonista de mi relato, a Javi, al que yo sí que le hice caso y le mandé a que lo contara y me ha traído esta buena noticia; a la Asociación Raphaelista por considerar que mi relato se merecía el premio y por su amabilidad en todo momento; y a mi hermano Alberto por aparcar sus responsabilidades y tareas para recogérmelo.