Si alguna vez no sabes que regalarme,
ofréceme una isla.
Una con casas menudas y blancas
como dientes de leche,
una con la piel negra
y dura de la lava de los tiempos,
una que protegen faros tanto de verdad
como de mentiras.
Ofréceme esa isla
donde las veletas enloquecen de amor a sus vientos.
Donde la espuma y los peces
brincan entre las mareas verdes y azules.
Una isla de molinos y volcanes.
De Manrique y Saramago.
La de los museos en castillos, bitácoras y exposiciones.
Si alguna vez no sabes que regalarme,
acuérdate de esa isla que te cuento,
la del café leche-leche,
la que se deja pasear de pueblo en pueblo,
la que a mis pies no se le acaba,
ni a mis ojos, ni a mis ganas.
Y olvídame allí una vez, dos, tres veces
permíteme que aún siga descubriéndola,
que se derroten mis días sobre ella,
que Lanzarote no se me acaba.





