Tenía 12 años cuando adopté una hermana. No me sobraban ni uno solo de los que tenía, todos chicos, pero será que necesitaba una niña, bajita y miope, de la que fiarme en asuntos a los que mis hermanos no prestaban ninguna atención. Íbamos a la misma clase de séptimo, pero nos sentábamos lejos. Hasta el día que, por hilar una conversación con otra sin descanso, me cambiaron de mesa y fui a caer detrás de ella. No era muda, pero también conseguí que hablara y dos años después compartiríamos ya siempre pupitre en el Instituto. Así crecimos, bueno ella menos que yo, compartiendo palabras, clases y amigos.
Su espíritu práctico revolotea cerca de mi querencia por las nubes, lugar donde se tejen las historias, hasta que me olvido de bajar y su mano regordeta tira de mí hacia el suelo. Ella es mi cable a tierra.
La mejor amiga de compras y viajes. Mi compinche de vida cultural, amigos y confidencias. Solo a ella le cuento de aquel o éste que roza mi piel, del nombre y la voz masculina que suena en mi cabeza, que habita mi cama y mi corazón. Y ella, siempre tan curiosa, acompaña mis zozobras, pero no pregunta. Qué bien elegía yo a los 12 años.
Dice el calendario que cambiamos de década, que entramos en la que nos permitirá jubilarnos jubilosas. ¿Cómo pasaron tantos años? ¿Dónde están? ¿Cuándo nos convertimos en estas dos señoras que me chiva el espejo? Un año más dejaré que cambie de dígito seis días antes que yo porque es mayor y...
Que levanten el vuelo todas las palomas de Madrid, que lleven sus mensajes por cielo, mar y tierra, que hoy mi hermana cumple años, los sopla fuerte y con pasitos breves y seguros sigue adelante.

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