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lunes, 20 de julio de 2026

"Despedida y cierre para un entrañable cadáver" Relato de Rocío Díaz Gómez

 



Y este es otro de mis relatos, otro tono y otro premio. 

Como leeréis no tienen nada, pero nada que ver, el de la entrada anterior que el de hoy, pero los disfruté mucho cuando los escribí. Mi amigo Alberto dirá que si os dejo dos relatos vais a comparar. Bueno, son para momentos distintos del día.

Se titula: "Despedida y cierre para un entrañable cadáver" y obtuvo el 1º Premio en el Certamen XXX Certamen Literario Villa de Ermua. Junio 2024.

Espero que os guste. 


Despedida y cierre 

para un entrañable cadáver


   Nunca antes me había deshecho de un cadáver. Pero tenía que hacerlo, y ya.  Corrí a la habitación, a despertar a mi mujer.

—Lola, Lola, levántate, deprisa, levántate…

—¿Qué pasa? ¿Estás malo?

—No, no, qué va. Venga, vamos, levántate…

—Me estás asustando ¿Qué pasa?

—Nada, calla, ven.

 

 Allí seguía el muerto. Dónde yo lo había dejado. Lola nada más verlo se echó las manos a la boca ahogando una exclamación.

—Pero ¿Qué ha pasado? -cuchicheó.

—Ha palmado ¿no lo ves?

—¿No lo voy a ver? Pobrecillo... Pero ¿Por qué?

—No le he preguntado…

—No seas idiota.

—¿Y cómo lo voy a saber entonces? Lo único que sé es que me he levantado, he entrado en el comedor como cada mañana, me he acercado a saludarle, y ahí le he encontrado. Ahí. Tieso. Cómo le ves, vamos.

—Pobrecillo…

—No me digas que vas a llorar. Tanto pobrecillo, pobrecillo, si estabas siempre quejándote…

—Ya… pero, hombre, tampoco quería que se muriera.

—Ley de vida.

—Insensible...

—¡Pero bueno! Cualquiera diría… No te entiendo. Te pasabas la vida echando pestes de él, que te daba mucho trabajo, que menuda carga, que a este paso iba a durar más que nosotros... Y ahora te pones así.

—Pero eso son cosas que se dicen, no que se piensan.

—¿Y todas esas veces que me dices “piensa antes de hablar”?

—Pero ¿Qué tiene que ver eso ahora?

—Pues que me acabas de decir que tú también hablas y no piensas.

—Mira que eres idiota, con la que tenemos encima y que tonterías dices...

—Lola, van dos veces que me llamas idiota y no hace ni cinco minutos que te has levantado.

—Si es que parece mentira... Tenemos aquí a este pobre, ahí mismo, muerto. Que no sabemos ni lo que habrá sufrido el pobre. No me digas... Aún podía haber vivido unos cuántos años más, porque bueno era mayor, sí. Pero cómo para morirse... Pues no.

—Venga mujer, venga, no te lo tomes así... Anda, ven, ven a la cocina, te pongo un vaso leche calentito y tú tranquila que yo me ocupo...

 

Nadie se imagina lo duro que es ser un pez. Sobre todo, si no naciste en cautiverio. Ves la luz y te acostumbras a hacer largos y más largos allí donde vives. Te acostumbras a que el mar o los ríos son inacabables. Sin embargo, un mal día te pescan y acabas encerrado entre unas paredes de cristal, intentando que te cundan dos litros de agua. ¿Verdad pez? Sí ya lo sé yo, ya lo sé que es duro. Pero entiéndelo, es bueno que los chavales tengan una mascota, se responsabilicen, aprendan a cuidarla...Y puestos a elegir entre un perro al que hay que andar sacando tres veces al día, no fastidies, con la rasca que hace en invierno... Ahí con el perrito a ver si se decide o no se decide a hacer los deberes. Vamos como que no, que yo ya soy muy mayor y muy hombre como para esas mariconeces... Esto, entre tú y yo, pez. ¿Un gato? Pues mira bien mirado el gato es independiente, no está ahí todo el día saltando a tu alrededor, además no hay que sacarle. Todo ventajas. Pero... Lola tenía miedo de que el gato arañara a los chavales. Ya ves, como si el perro no les pudiera morder. Eso dije yo. Y me salta con que además luego huele toda la casa a gato. Y ahí claro le contesté, que yo no me callo: “Pues ¡anda! que no huele mal ni nada un perro mojado.”. Porque de toda la vida en casa de mis padres ha habido gato, y oye ya me estaba hiriendo... Pero nada que no nos poníamos de acuerdo de si perro o gato, días y días que si uno u otro. Total, que coincidimos en “pez”.

 

—¿Dices algo?

—Nooo

—Parecía que estabas hablando.

—Sí, hombre, con el pez...

—O sea que no le podías ver cuando estaba vivo y ahora vas y conversas con él. No me digas que no es para llamarte idiota...

—Lola, leche, que no, que no estoy hablando con el pez. Que estaba tarareando...

—Pues mira que tararear con el pez ahí de cuerpo presente. Qué estómago...

—Bueno ¿Me quieres dejar que me ocupe yo o prefieres hacerlo tú?

—No, no, mejor tú...

—Pues en eso estoy...

 

Y así llegaste tú a esta casa. Pero vamos que no eras ni la tercera parte del pez que eres ahora, esto también te lo digo. Total, no queríamos ninguna merluza, con que nadaras y duraras una temporadita nos conformábamos. El caso es que los niños terminaran ya con la matraca esa de que querían un perro. ¡Un pez! les dije cuando te puse delante de ellos, que también empieza por “p”. Y bueno como todavía eran pequeños y no se lo esperaban para nada, pues parece que con la sorpresa les convencí. El del medio que nos ha salido un poco bruto y hambrón, pronto preguntó que cuando te comíamos. Y la pequeña no veas la que armó cuando oyó aquello, que no había forma humana de tranquilizarla y el otro en vez de callarse, poniéndose el hueso del muslo de pollo bajo la nariz como si fuera un caníbal, y venga a saltar alrededor del pez diciendo sandeces, sin sentido, como en los dibujos de los caníbales. Hasta que el mayor no le pegó una colleja bien dada no conseguimos hacernos con la pequeña. La verdad es que tener varios hijos pues a veces te complica más la vida, pero otras, es curioso, pero hasta viene bien, porque entre ellos mismos aprenden a resolver sus problemillas y mejor que nosotros. Supongo que te acordarás ¡ah calla!, es verdad, que dicen que vosotros no tenéis memoria ¿no? Y poco bien que se debe vivir sin memoria, sin que nadie te pueda reprochar que se te ha olvidado algo de la compra, o el aniversario o lo que sea, porque el caso es reprochar...

 

—¿Acabas ya...?

—Noooo

—Pero ¿Cuánto necesitas tú para coger un pez?

—No es tan fácil ¿sabes? Porque los peces resbalan...

—Bendito sea Dios... Pero si llevas ahí por lo menos diez minutos.

—Bueno ¿y? ¿Tenemos prisa?

—Pues sí, la tenemos ¿O no te acuerdas que hoy viene el mayor con el niño?

—Pero si su niño aún no sostiene ni la cabeza...

—Tú ¿Que sabrás? Pero le gusta a la criatura mirar el acuario y al pez dando vueltas... ¿O no estás harto de verlo?

—Uno está harto de tantas cosas...

—¿Queeee?

—Nada, nada, que sí, que ya voy...

 

Al principio los niños se embobaban mirándote. Parece mentira con lo soso que has sido siempre... ¡Vamos! que no es porque seas tú, no te ofendas, es una cuestión de tu especie. Pero lo entretenidos que estaban ahí venga a mirarte. Sobre todo, la niña, que hasta mi mujer ya me decía en voz baja:

 

—Mírala, es que ni pestañea, no se despega de la pecera...

—Pues déjala, para eso lo trajimos ¿no?

—Pues no, para eso no.

Yo no sé si las hembras de tu especie serán como las de la mía, pero desde luego las nuestras siempre tienen que llevar la contraria...

—Ah ¿No? ¿No le trajimos para que le miraran? porque que yo sepa para comérnoslo no era ¿O sí? –ya contesté yo un poquito torcido...

—Cállate, anda, que cómo te oiga ya la tenemos formada. Le trajimos para que le miraran sí, pero no tanto. A veces me da la impresión de que la voy a llamar y se va a dar la vuelta y va a tener los ojos redondos como dos pelotas de baloncesto.

—¡Esta sí que es buena! Pero ¿Tú sabes que existe el baloncesto? Me acabo de enterar...

—Pues no, no sé mucho, la verdad, pero diciéndotelo así me entiendes mejor... Desde luego tú nunca te preocupas de nada.

—No yo no, yo me ocupo luego, que es peor... Que no sufras tanto, Lola, estate tranquila, que a la niña no le pasa nada de nada, que es la novedad, solo la novedad, parece mentira que no les conozcas...

 

Y tú no te acuerdas porque eres pez. Pero así fue. La novedad. Al cabo de un par de meses ¿Quién se ocupaba del pez? Yo. Y nada más que yo. Y, anda, que no he estado tiempo ocupándome de ti... Qué pena que no te acuerdes. A veces a uno le gustaría algo de agradecimiento... Aunque la verdad es que te confieso que no ha sido ningún sacrificio, también te lo digo, es cierto que uno se encariña de ti, que ese deambular que tienes para acá y para allá, tiene su aquel... y hasta relaja. Pero... ¿Qué pasó cuando los hijos se han ido haciendo mayores y han empezado a dar menos trabajo? Pues que mi mujer empezó a estar más ociosa, y mira por donde comenzó a ocuparse más de ti. Al principio no me importó, porque mira si ella se ocupaba, yo podía dedicarme a mis cosas. Pero poco a poco sus atenciones hacia ti se han ido acentuando y acentuando. Y bueno yo pensaba. “Pobre, si total ella es la que menos le ha disfrutado, y ya poco va a poder porque a este pez le deben quedar ya dos telediarios”. Pero tú como no ves la televisión ¡no sabes lo largos que son ahora los telediarios! Que tú debes ser el Matusalem de los peces, tío, porque no hay forma de que pases a mejor vida...

 

—No salgas de la cocina, Lola, que ya paso con él...

—¿Queeee?

—Que no salgas de la cocina que ya paso con el difunto en las manos.

—Vale, vale, qué lástima, pobrecillo...

 

Y entiéndeme, que tampoco es que yo te quiera mal. De verdad que no. Puedes creerme. Pero es que a Lola se le ha ido un poco el norte contigo ¿sabes? Porque estaba yo deseando que los chicos se fueran de casa para que los dos tuviéramos un poquito más de libertad para entrar y salir, y bueno ya sabes... para todo. Y hasta hemos tenido suerte en eso, que otros se eternizan hasta que se les independizan, pero los nuestros no, la verdad, como han querido irse a estudiar fuera. Y entiéndeme uno les echa de menos. Pero ¡vamos! sabiendo que están bien, pues ya está. Bueno el caso es que ahora que nosotros podríamos ser más libres, pues resulta que Lola no te quiere dejar solo. Sí, sí, como te lo digo, que no quiere que volvamos tarde, ni que nos alarguemos mucho, ni que nos entretengamos por ahí más de lo necesario, porque te quedas solo. Imagínate la salida de mi Lola ¡que dice que te quedas solo! Yo, no daba crédito la primera que se lo escuché.

 

—Pero Lola ¿Tú te estás oyendo? Que es un pez... Que menos expresivo que un pez, y más independiente no lo hay...

—Pero no es un pez cualquiera, es NUESTRO pez -me dice, subrayando bien la palabra NUESTRO, recalcándola con su dedo- NUESTRO pez, me oyes, me oyes bien, y nos debemos a él.

-          Sí, sí claro que te oigo, yo y todo el bloque… y desde luego que deben estar haciéndose cruces.

 

Y te juro que cuando me lo dice hasta yo le veo los ojos más redondos. Me puedes creer.

 

Y mi Lola es muy pesada, mucho. Y me llama idiota cien mil veces al día. Pero es mi Lola. Y lo último, anoche, cuando me dice que no podíamos hacerlo en el salón. Pues sí, yo que sé, que me dio ahí el punto y tenía que ser aquí te pillo aquí te mato. ¿Y por qué no? El salón también es nuestro ¿no? Pero ella que no, que estabas tú mirando. Y yo que ¡anda Lolita! no bromees con estas cosas... Y ella que yo no estoy bromeando, que te lo estoy diciendo muy seria, que parece mentira que no me conozcas. Y que no conseguí ¿eh? Sacarla de sus trece. No lo conseguí. Erre que erre, erre que erre, pero nada. Que tú estabas mirando. El pez. Hay que fastidiarse. Y claro con tanta tontería, hasta se me fueron las ganas.

 

Y eso fue la gota que colmó el vaso. Porque hasta ahí podíamos llegar. Por eso ya he tenido que tomar esta decisión, a la desesperada. Y tú sales de aquí hoy, como lo digo yo. Espero que no hayas sufrido mucho con la ración extra de sueño que te he metido entre escamas y escamas, pero ahora ya que estás más espabilado, y te he dado las explicaciones pertinentes, yo te tiro por el retrete, pero ya.

 

—¿Terminaste?

—No, pero ya, ya termino...

—Pero ¿Aún le tienes ahí? ¿Contigo?

—Que sí Lola, que ya, que ya termino...

—Pobrecillo... animalito, pobrecillo mi pez.

 

Si vas a estar muy bien ya verás, porque tú no te acuerdas de cuánto tenías más sitio... Pero poco bien que vas a estar nadando por las tuberías, ¡vamos! nada que ver con una pecera. Te lo digo yo. Metros y metros de agua.

 

—Déjame, déjame verle por última vez...

—Pero Lola ¿Qué haces aquí? Que no, que te vas a llevar un mal rato sin necesidad, sal, que ya termino.

—Que no, si ya estoy mejor, déjame, déjame que me despida... Que han sido muchos años.

—Pero Lola, que no, que va a ser peor, que te va a dar mucha pena.

—Que no, que yo prefiero despedirme, que si no se me va a quedar una cosa aquí dentro para el resto de la vida... Déjame, déjameeee...

—Que no.

—Pero que me dejes.

—Que no.

—Pero bueno si parece que está vivo...

—Que no, mujer, que son ilusiones tuyas, ves lo que querrías ver, porque ahí dentro hay corriente y parece que se mueve...

—Que no, que no, que te lo digo que vive, si le conoceré yo... Déjame, déjame, que le voy a coger con el vaso.

—Pero Lola que está muerto... Muerto y bien muerto.

—Tú sí que estás muerto... ¿Pero no lo ves? ¿No ves que está vivo? ¡Ay madre mía! Si no llego a venir... Que casi te le cargas, y estaba vivo... Pero qué suerte Dios mío, qué suerte. Tú tranquilito, tranquilito que ahora mismo yo te devuelvo a tu pecera, y aquí no ha pasado nada de nada... pero nada de nada. Y esta tarde aquí todos en silencio, cuidándote... Ya verás, ya verás que bien.


                                                                                           @Rocío Díaz Gómez

 

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