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viernes, 11 de enero de 2013

Javier Cercas "Las leyes de la frontera"




Entre los últimos libros que he leído en el 2012 está la última novela de Javier Cercas "Las leyes de la Frontera". Me ha gustado mucho, no he podido dejar de leerla en cuánto tenía un momento, hasta que la terminé.

Me gusta la forma de narrar de este autor, ya lo he comentado en otras ocasiones. Y esta vez he confirmado mi opinión. 

Es una historia que me atrapó desde el primer momento, una historia muy realista, que arranca ambientada en los años 70 y que luego continúa unos treinta años más con la historia de los personajes a lo largo del tiempo. Se desarrolla en la ciudad de Girona. Cuando la leía me recordaba mucho a cómo era mi barrio cuando yo tenía diez u once años, los protagonistas de la novela son mayores que yo, pero yo todavía me acuerdo de unos billares que había frente a mi casa (que yo solo podía atisbar desde fuera porque claro no tenía edad para entrar...), pero que debían ser muy parecidos a los que salen en la novela, oscuros, cutres, con el olor a tabaco bien incrustado en todos los rincones. Creo que está muy bien ambientada la novela porque a mi no me costaba nada imaginar esos ambientes de barrio, de billares, de chavales, de quinquis adolescentes...

Es una historia amarga, dura a veces, pero también casi romántica en otros momentos debido a la relación amorosa entre dos de los personajes.

Aunque lo cierto es que el argumento es la relación entre tres personajes, tres adolescentes de la zona más suburbial de esa Girona de los 70: el Zarco, un quinqui atracador de bancos que tiene su momento de esplendor en los años 70 y primeros 80 y luego termina toxicómano de carcel en carcel; el Gafitas, un estudiante apocado que se acerca al Zarco en su adolescencia y luego, cuarentones ambos, vuelve a reencontrarlo como abogado, y Tere, la joven que está entre uno y otro, muy independiente, guapa y misteriosa siempre.

Los personajes están muy bien perfilados, muy realistas. 

Lo más curioso de este libro es la forma de narrar que ha buscado el autor para contar la historia. Porque está en forma de entrevistas. Cuatro entrevistas. Lo van contando algunos de sus personajes (el Gafitas, el director de la carcel y un policía) cuando les entrevistan para escribir un libro sobre el Zarco, uno de los personajes principales. Luego entonces siempre nos encontramos ante un narrador testigo, aunque éste varíe. Claro como nunca las entrevistas se las hicieron al Zarco o a Tere, sino que de los tres personajes solo habla el Gafitas, pues siempre conocemos su punto de vista. Es una visión subjetiva que se intenta contrastar de alguna forma con las demás entrevistas, para extraer algo más objetivo. Aunque nunca se sabe hasta que punto se consigue. Por eso mismo también Tere, la protagonista femenina, es un personaje muy misterioso hasta el final de la novela, nunca sabemos bien lo que piensa, sino solo que el Gafitas cuenta.

En una novela que intenta reflexionar sobre aquella generación de quinquis que hubo entre los setenta y los ochenta en España, en muchas de sus ciudades. Reflexiona sobre su destino. Aunque también de alguna forma aborda el tema de los medios sociales, de lo que pueden influir o no.También subyace el tema de los mitos, claro. En fin... muchas cosas, habla de muchas cosas.

Me ha gustado mucho.

He encontrado en algunas entrevistas que se le hicieron al autor cuando se publicó la novela el pasado otoño dónde nació la inspiración para que se decidiera a escribir esta historia. Os lo dejo por si os apetece saber más de ella:

“Poco después de la publicación de Anatomía de un instante –continúa– apareció el libro de Carles Monguilod Vint-i-cinc anys i un dia. Monguilod es un abogado a quien yo conocía, y en la obra rememora sus vivencias como abogado de Juan Moreno Cuenca, el Vaquilla, que de joven había pasado una temporada en los albergues, y ya de mayor en la cárcel de Girona. Me impactó mucho”.
La lectura coincidió con su visita a la exposición del CCCB barcelonés Quinquis de los 80. En ella se revisaba la producción cultural que acompañó a esta explosión de delincuencia lumpen, protagonizada a menudo por menores de edad (el Jaro, el Trompetilla, el Fittipaldi, el Mini) que realizaban golpes audaces. A ellos se consagraron las películas de José Antonio de la Loma (Perros callejeros I, II y III), Eloy de la Iglesia o Carlos Saura… “Por primera vez en mi vida encontré en un museo una exposición que hablaba de mí mismo, de mi propia experiencia. Allí vi maquinas del millón, carteles de películas, carátulas de discos de Los Chichos o Los Chunguitos que formaban parte de mi adolescencia. Al final había una sala con grandes retratos en blanco y negro de muchachos de aquella época. Todos estaban muertos. Y me pregunté: ‘¿Cómo es que yo no soy uno de ellos?’. Esta es la verdadera pregunta que está en el origen de mi novela”.


lunes, 2 de mayo de 2011

"Soldados de Salamina" de Javier Cercas

   

 Ya estoy a punto de terminar el libro que me estoy leyendo, y no os he hablado del anterior que me leí:  "Soldados de Salamina" de Javier Cercas.

A mí me gusta como escribe este autor. Me gustan sus artículos y sus libros.

Y aunque he leído críticas tanto positivas como negativas de esta novela, a mí la verdad es que me tuvo muy entretenida y me gustó. Mezcla realidad y ficción en una prosa que, al menos a mí, me atrapó.

El argumento lo podríamos resumir en que el autor se convierte en un periodista que tropieza con una gran historia ocurrida durante el avance fascista por Cataluña. Los antifascistas (porque no todos eran republicanos o demócratas entre las filas que defendieron el noreste peninsular), viendo que se aproximaba el desastre optaron por ajusticiar a muchos presos. Entre ellos estaba Rafael Sánchez Mazas, escritor e ideólogo de la Falange Española (muy cercano a José Antonio Primo de Rivera), que logró escaparse., entre otros.  Durante la búsqueda de los evadidos, un soldado antifascista encuentra al huido, pero no hace ni dice nada, pasa de largo y le permite que siga en su escondite. Este relato de bondad llega a oídos del periodista (Cercas, en realidad) a través de una entrevista con Sánchez Ferlosio, hijo de Sánchez Mazas. El semi-ficticio periodista escribe un artículo sobre aquel episodio y entre las respuestas de lectores que recibe, una de ellas, del historiador aficionado Miguel Aguirre, que le ofrece más datos sobre el relato. A partir de ahí comienza su obsesiva búsqueda de aquel anónimo miliciano que le perdonó la vida.


El tema como veis es la supervivencia de los hombres, de sus actos, de las anécdotas... Es histórico, está ambientado en la Guerra Civil. y en el presente, comienza en el año 1994. Pero sde alguna forma también tiene por tema la piedad, el heroísmo, las derrotas... Esos victoriosos que en el fondo están derrotados, y ese derrotado que de alguna manera es victorioso.

La historia está estructurada en tres partes muy diferenciadas: Los amigos del bosque, Soldados de Salamina y Cita en Stockton.

En cuánto al narrador: está contado en primera persona, lo va narrando el autor en su papel de periodista. Aunque también tiene una parte que a mí me gusta mucho, en tercera persona, cuando se narran los últimos años del escritor Sanchez Mazas.


Y en lo que se refiere a los personajes yo creo que en general están bien perfilados. El que más me gusta es el del anciano del asilo francés. Hay un fragmento muy emotivo en el libro cuando le pide un abrazo... Y desde luego el personaje peor perfilado de la novela, el que a mi juicio debería haber inventado con otros rasgos, es el de la novia Conchi, que yo creo que no está a tono con los demás personajes ni con el general que lleva el relato. 

A mí me gustó la verdad esta novela. Me parece que está bien documentada por parte de Cercas, que hay una importante labor de investigación detrás. Me gusta esa mezcla entre ficción y realidad que sabe cómo llevar. Me gustan mucho esas alusiones a otros escritores: a Bolaño, a Andres Trapiello...
Éste último por ejemplo dice sobre Sanchez Mazas que "ganó la guerra pero perdió la historia de la literatura".






Y en el ventanal aparece un desierto interminable y un soldado solo, llevando la bandera de un país que no es su país, de un país que es todos los países y que sólo existe porque ese levanta su bandera abolida, joven desharrapado, polvoriento y anónimo, infinitivamente minúsculo en aquel mar llameante de arena infinita, caminando hacia delante bajo el sol negro del ventanal, sin saber muy bien hacia dónde va ni con quién va ni por qué va sin importarle mucho siempre que sea hacia delante, hacia delante, hacia delante, siempre hacia delante”.

Javier Cercas

Soldados de Salamina (Tusquets Editores, 2001) es la tercera novela de Javier Cercas, tras ‘El inquilino’ (1989) y ‘El vientre de la ballena’ (1997), y se trata de la obra que le dio fama y lo situó entre los autores españoles más (re)conocidos. Fue descubierta al gran público gracias a un artículo de Vargas Llosa, convirtiéndose en un gran éxito de ventas que ya va por la trigésima edición y recibiendo galardones de la talla del ‘Premio Salambó de Narrativa’.

lunes, 29 de noviembre de 2010

La velocidad de la luz de Javier Cercas



Creo que esta noche me terminaré de leer el libro que estoy leyendo ahora, y resulta que aún no os he hablado del anterior que, iba a decir disfruté pero casi mejor que debo elegir "me arrastró": La velocidad de la luz de Javier Cercas. Dada la intensidad de la historia.

Lo primero que os diría es que yo me lo leí muy rápido, casi de un tirón. Aunque no es una historia ni mucho menos agradable.

El libro comienza así: "Ahora llevo una vida falsa, una vida apócrifa y clandestina e invisible aunque más verdadera que si fuera de verdad, pero yo todavía era yo cuando conocí a Rodney Falk."

El argumento cuenta que un jóven español, que quiere ser escritor, se traslada a una universidad americana para trabajar como profesor. Ahí conoce a Rodney Falk, un colega pero también veterano de la Guerra de Vietnam, con el que hace amistad. Poco después ambos se separan porque Rodney Falk desaparece, se interrumpen sus diálogos, y el jóven regresa a España. Pero volverán a reencontrarse...

Pronto te das cuenta a medida que estás leyendo que no va a ser una historia fácil ni mucho menos amable: "...demasiado jóvenes o demasiado ilusos para saber que significa que una vida se está yendo a la mierda, pensábamos que nuestra vida en Barcelona se estaba yendo a la mierda" (pág 20).

Porque efectivamente los temas que abordan el libro son varios, pero todos igualmente trascendentales y complicados, cuando no cargados de negatividad: La literatura y la vida, el fracaso y el éxito, la amistad, y sobre todo la vulnerabilidad del ser humano, la culpa, los remordimientos, el sufrimiento de quién ha pasado al lado oscuro de la vida y carga de por vida con la muerte de otros.

Sí como podréis imaginar es una historia intensa.

Los personajes protagonistas son el narrador del que no sabemos el nombre en toda la novela, solo sabemos que es español, jóven y que quiere ser escritor; y Rodney Falk, ya os he dicho que es un veterano del Vietnan cargado de misterio, desengañado, atractivo porque su carácter es incierto. Esos son los dos personajes más importantes, a mi modo de ver, de la novela. Pero también está el otro amigo del protagonista, su amigo de Barcelona, Marcos Luna. Y el padre de Rodney Falk. Ya hemos dicho que todos tienen nombre menos el protagonista. Y luego hay una serie de personajes femeninos, mujeres todas ellas cargadas de positividad. Ellas van a ser las personas más equilibradas de la historia, las más sensatas y maduras. La madre de Rodney Falk, y las mujeres de los tres jóvenes, Jenny (la de Rodney), Paula (la del protagonista) y Patricia (la de Marcos Luna).

La novela está dividida en una estructura de cuatro capítulos solamente. No es una novela larga. Y en cada una de estas partes se narra una etapa en la relación de los dos personajes principales.

Tiene una forma circular en general en su forma de contarlo,  pues comienza en el mismo bar "El Yate" en que termina.

Pero además tiene varios círculos interiores marcados por contrastes: Hay una camarera a la que Rodney defiende en un bar de Saigón y hay otra camarera a la que el protagonista no defiende en el cabaret Tabú de Barcelona. Las muertes con las que cargan las conciencias de ambos personajes, las de los inocentes del poblado Man Key y las de Paula y su hijo en la conciencia del protagonista.  

Y por último señalar que me gusta mucho la frase final, contundente, que acaba de cerrar por completo otro círculo enorme que está presente pero invisible toda la novela, cuando la realidad y la ficción se unen:

"Acaba así."

Podría estar analizando esta novela de forma mucho más exhaustiva durante líneas y líneas. Porque sobre todo para los que nos gusta la literatura y sobre todo la creación literaria, esta pequeña novela es un filón. No es que el argumento me haya gustado especialmente debido sobre todo a la carga de retorcimiento, de culpa que arrastran los personajes. Por supuesto si a alguien le apetece leer una historia dulce o sencilla, ésta no sería la novela que tendría que elegir. Pero tengo que reconocer que me ha gustado mucho cómo está contada. Literariamente hay mucho trabajo detrás. Y yo creo que es un fiel reflejo del oficio de escritor de Javier Cercas.


martes, 8 de diciembre de 2009

"Relatos reales" Javier Cercas



Ya he confesado otras veces mi debilidad por este autor.

Javier Cercas es escritor, licenciado en Filología Hispanica y profesor de literatura en la Universidad de Gerona. En otra entrada hablé de la conferencia a la que asistí el mes pasado en la que hablaba con Juan Cruz de su último libro "Anatomía de un instante", dentro del festival Eñe. Pero en esta ocasión me voy a referir a otro de sus libros.


Acabo de terminar el libro "Relatos reales" de Javier Cercas. Este libro reúne un conjunto de crónicas que se habían publicado entre el año 1997 y el año 1999 en la edición catalana del diario El País.

Lo primero que hace el autor es explicar en el prólogo este título "Relatos reales", expresión algo burlona, según el autor, donde quería hacer ya una declaración de sus intenciones con este libro, también claro ejemplo de la figura literaria denominada "oximorón" (que comentaremos en otra entrada) y señala "Todo relato parte de la realidad, pero establece una relación distinta entre lo real y lo inventado: en el relato ficticio domina esto último; en el real, lo primero. ... El relato ficticio anhela emanciparse de la realidad; el real, permanecer cosido a ella".

El libro, entonces, se divide en cuatro partes que aglutinan las distintas crónicas. Estas cuatro partes son: Cosas que pasan, los vivos, los muertos y cosas raras.

A mí me gustan estas crónicas. Hablan de todo, de literatura, de cine, de muchos autores, de los amigos, y sobre todo de la vida cotidiana sin más. Y lo hace con una prosa ágil, distendida, sencilla, vivaz. Muy entretenida.

En tres páginas y poco más te cuenta cada historia real hecha relato y no necesita más. A mí que cuando escribo tiendo a alargarme, ésto me parece una proeza. Además casi todas las crónicas empiezan con frases que en un segundo tienen la virtud de zambullirte en la historia. Por ejemplo os copio aquí el principio de la crónica titulada "Domingueros" de la primera parte.

"Como uno aspira ante todo a ser un hijo ejemplar, el domingo me pongo mi camisa floreada, cojo a mi mujer y a mi hijo, los meto en mi bólido, pongo mi canción favorita de Luis Aguilé (Es una lata el trabajar / todos lo días te tienes que levantar, / y aparte de eso / gracias a Dios... ) y en un periquete me planto en casa de mis padres en Gerona. ..."

Y luego siempre los sabe cerrar perfectamente con una sencilla frase que no deja cabo suelto, pero en cambio sí te deja con una sonrisa.

Para terminar, porque no debo alargarme que si no seguiría y seguiría..., os dejo con un fragmento del titulado "Perder los papeles":

"Todo el mundo tiene sus pesadillas. La de cualquiera que haya hecho la mili consiste en que recibe una carta en la ue se le comunica que, por un error burocrático, se le licenció antes de tiempo y que por lo tanto tiene que regresar al cuartel. La del actor es que se queda en blanco en medio de la representación. La del conferenciante es que, justo en el momento en que se sienta tras la mesa y enfrenta un puñado de ojos expectantes, advierte que ha perdido los papeles de la conferencia. No conozco a nadie a quién licenciaran antes de tiempo en la mili y haya tenido que volver al cuartel; tampoco, a ningún actor que se haya quedado en blanco. En cuánto a los conferenciantes, la cosa cambia.

Hace un par de décadas. En Buenos Aires. Dámaso Alonso se dispone a pronunciar una conferencia sobre Quevedo. Se sienta tras la mesa y saca de su cartera los folios de la conferencia, pero les echa un vistazo y advierte que no contienen el texto sobre Quevedo sino un texto sobre la picaresca. Entonces levanta la vista y, sin un temblor, suelta: "Señoras y señores: hoy no apetece hablar sobre Quevedo hablaré sobre la picaresca".

domingo, 25 de octubre de 2009

Por qué escribo.- Artículo de Javier Cercas del 2007


Por alguna extraña razón muchas veces tengo mala conciencia si no escribo. Sé que es absurdo, que es algo que hago porque quiero. Sin embargo si pasan semanas sin que teclee un relato, dentro de mí una especie de "Pepito Grillo" me lo reprocha.

Muchas veces en la tertulia lo hemos comentado, porque me consta que a alguno de mis compañeros también le ocurre. De ahí a hacernos la pregunta de ¿Por qué escribimos? solo hay un paso.

Esto me ha recordado a un artículo de hace ya más de un par de años de Javier Cercas donde hablaba de por qué él escribía. Reconozco que este autor es uno de mis favoritos. Me siento muchas veces muy identificada con su forma de contar las cosas. Me gusta esa mezcla de humor y cotidianeidad que encuentro en sus escritos.

De hecho ahora que recuerdo su artículo, lo vuelvo a releer y de nuevo me hace sonreír. No consigo que El País Digital me devuelta a la sección del periódico del año 2007 donde venía, es de un suplemento de marzo de ese año. Pero como yo lo tenía copiado, aquí os lo dejo.



"Escribo porque me encanta que me pregunten por qué escribo. Escribo porque me aburro y porque si no escribiera me aburriría muchísimo más. Escribo porque escribir no sirve absolutamente para nada y sin embargo mientras escribo tengo la absoluta seguridad de que sirve absolutamente para todo. Escribo porque absolutamente nada tiene ningún sentido y sin embargo mientras escribo absolutamente todo parece tener un sentido absoluto. Escribo para leer mejor y también para dejar de vez en cuando de leer, porque el mucho leer embota (esto último lo dijo Nietzsche, que escribía pensamientos paseados). Escribo para escribir algún día un libro paseado. Escribo porque a los ocho años leí Pimpinela escarlata y desde entonces no he hecho otra cosa que intentar plagiar esa novela. Escribo porque a los 15 años yo era un salido y un día otro salido que además era un cabrón me dijo que escribiendo se ligaba, y cuando descubrí que me había engañado ya era demasiado tarde para quitarme el vicio. Escribo porque a los 15 años yo tenía una profesora radiante: un día la interrumpí en clase al grito de que estaba buenísima y ella, que estaba explicando a Borges, me expulsó de clase y yo me impuse como penitencia la lectura de las obras completas de Borges, cosa que todavía no he terminado de hacer y que no creo que termine de hacer nunca, porque en realidad es imposible. De más está decir que escribo porque a partir de los 15 años no me ha pasado absolutamente nada que tenga algún interés. Escribo porque me pagan por escribir tonterías. Escribo porque todavía no he encontrado una forma más decente de ganarme la vida. Escribo (me explico) porque no sé hacer nada útil, ni siquiera atarme los cordones de los zapatos: si supiera curar a los enfermos, no escribiría; si supiera rematar en plancha un libre indirecto, créanme, no escribiría. Escribo porque sí y porque me da la gana, y a quien le parezca mal que me lo diga en la calle. Escribo para poder pensar (esto, creo, lo dijo Cabrera Infante). Escribo porque cuando escribo tengo la impresión acusadísima de que soy una persona inteligente y también de que todos los que me rodean son todavía más inteligentes que yo, sólo que ellos no se dan cuenta.
Escribo para que me lea mi madre, que es la única que me leía cuando no me leía nadie y la única que me leerá cuando ya nadie me lea (¡un abrazo, mamá!). Escribo para que me lean dos tipos que están muertos y dos o tres que todavía están vivos. Escribo para que me lea usted (¡sí, usted, el de la tercera fila, no se esconda!). Escribo porque escribo como Dios (esto, Dios me perdone, es mentira). Escribo porque no creo en Dios. Escribo porque en un mundo sin Dios, escribir, como reírse (pero esto lo dijo Kafka), es casi una obligación moral, o quizá metafísica. Escribo para llevar la contraria, pero todavía no he descubierto a quién. Escribo para entender cosas que sé que no hay manera humana de entender, con la esperanza de que ese esfuerzo fracasado por entenderlas sea ya una forma de entenderlas. Escribo porque la vida es una mierda, y los hombres, un hatajo de indeseables y de cobardes, pero cuando escribo salgo a la calle cantando canciones tirolesas y sintiéndome John Wayne y con ganas de abrazarme al primero que pasa y echarme a llorar de tristeza en su cuello. Escribo porque si no escribiera no tendría ni un solo motivo para respetarme, muy pocos para levantarme por la mañana y casi todos para convertirme en un peligrosísimo oligofrénico, de lo que se deduce que el Estado debería subvencionarme para que siguiera escribiendo. (No escribo, por cierto, para que me quieran más: las personas que me quieren me querrían igual si no escribiera, y las personas que no me quieren no me querrían ni aunque dejase de escribir). Escribo para joder a los que no quieren que escriba y para alegrar a los que quieren que siga escribiendo. Escribo porque, entre nosotros, escribir mola (esto, seguro, debió de decirlo alguien, probablemente un chino). Escribo por todas estas cosas y por muchísimas más. En realidad, escribo por casi todo, porque cualquier excusa es buena para escribir. A veces (Dios me perdone) he llegado incluso a escribir para hacerles creer a quienes me leen que no quiero que me pregunten nunca más por qué escribo.
" Javier Cercas (EPS marzo 2007)


martes, 20 de octubre de 2009

Una nueva vida. Artículo de Javier Cercas


Probablemente muchos lo habréis leído, pero por si acaso aquí os dejo el artículo de Javier Cercas del domingo pasado de El País semanal. A mi me ha gustado mucho.


Espero que a vosotros también.



JAVIER CERCAS Palos de ciego
Una nueva vida
JAVIER CERCAS 18/10/2009

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Siempre había oído decir que una separación es una experiencia desgarradora; ahora sé que es verdad: la mía lo ha sido.
“Llevaba más de treinta años conviviendo con ella, desde que mi padre me la compró”



Todo empezó cuando hace unos meses un estudiante me preguntó durante una charla con qué diccionario trabajaba. La pregunta me sorprendió, pero enseguida comprendí que es la pregunta más seria que se le puede hacer a un escritor. “Todo está predicho en el diccionario”, dice Valéry, y así es: un diccionario es un mapa del universo; también es un libro mágico: contiene todos los libros que se han escrito y casi todos los libros que se escribirán. Como cualquier escritor, yo convivo con un harén de diccionarios, pero uno de ellos me ha robado el corazón: es el que tengo siempre a mano, el primero que consulto, el único con el que mantengo una relación íntima; no es un diccionario, sino mi diccionario, el libro que más he leído en mi vida y que me define. La decimonovena edición del diccionario de la Real Academia, le respondí al estudiante. Me emocioné: llevaba más de treinta años conviviendo con ella, desde que mi padre me la compró a mediados de los setenta, habíamos viajado juntos por dos continentes, por varias ciudades, por decenas de casas, y sin embargo era la primera vez que la mencionaba en público. No recuerdo de qué se habló durante el resto de la charla, pero sí que, al terminar, mi amiga la lingüista Avellina Suñer me dijo: Con que la decimonovena, ¿eh? Sí, contesté, exultante. Pues mira la definición que da de la palabra “mahometano”, me retó. Y luego mira la que da de la palabra “cristiano”. Y mira la definición que da de “marxismo”. Y luego, la que da de “dólar”. No me gustó el tonillo entre acusatorio y confidencial con que dijo todo esto, pero lo primero que hice al llegar a casa fue buscar la decimonovena. Allí estaba, en un lugar de honor, con sus hermosas tapas marrones y sus ribetes dorados, tan radiante como en los últimos treinta años. Con alguna aprensión la abrí, busqué la palabra “mahometano”, leí: “”Que profesa la secta de Mahoma”. Orgulloso, pensé que era una definición exactísima; no obstante, para acabar de cerciorarme de que la insinuación de mi amiga era pura maledicencia busqué la palabra cristiano, leí: “Que profesa la fe de Cristo”. Tuve la impresión de que el suelo se abría bajo mis pies. Si lo de los musulmanes es una secta, razoné, perplejo, ¿por qué no lo es lo de los cristianos? Precipitadamente busqué la palabra “marxismo”, leí: “Doctrina de Carlos Marx y sus secuaces”. Dios santo, pensé. No es que Marx acertara en todas sus predicciones, pero cualquiera diría que se trata del mismísimo Charles Manson. Después recapacité, me dije que al fin y al cabo “secuaz” sólo significa “seguidor”, como quien se agarra a un clavo ardiendo busqué la palabra “dólar”, leí: “Moneda de plata de los Estados Unidos, Canadá y Liberia, que vale a la par 5 pesetas y 42 céntimos”. Fue entonces cuando me derrumbé; me sentí traicionado: era como si acabara de descubrir que mi mapa del universo no respondía a la realidad del universo; me sentí perdido: comprendí que, a menos que quisiera arruinar mi vida, debía abandonar para siempre la decimonovena.


Como soy un cobarde, pospuse el trance cuanto pude, pero un día me armé de valor y se lo dije. No hablas en serio, ¿verdad?, preguntó. Hablo en serio, contesté. No puedes hablar en serio, insistió. ¿Qué vas a hacer sin mí? ¿Has dejado de amarme? No es eso, contesté. ¿Entonces qué es?, dijo. ¿Has conocido a otra? Señaló mi harén de diccionarios y dijo: Ya sabes que no me importa que de vez en cuando tengas una aventura, pero… No he conocido a otra, dije. Es María Moliner, ¿verdad?, dijo, furiosa. Esa maldita zorra. ¿Cómo has podido hacerlo? ¿Es que acaso no sabes que es un caos? ¿Es que no has visto cómo define la palabra biquini? Triunfalmente citó: “Traje de baño femenino reducido a dos pequeñas piezas que cubren los senos y la unión de las piernas con el cuerpo”. No es María, me defendí. No es nadie. Entonces, ¿qué es? Nada, balbuceé. Es sólo que… A punto estuve de decirle la verdad –que pronto cumpliría 40 años, que se había hecho vieja, que ya no era el mapa del universo ni era mágica–, pero no se lo dije, porque supe que le partiría el corazón. Dije: Es sólo que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Se echó a llorar; mientras trataba de consolarla le pedí que lo entendiera, que entendiera que yo no podía seguir escribiendo tonterías, le hablé de Mahoma y de Liberia y de los secuaces de Carlos Marx, le dije que en el fondo la culpa no era suya, que la vida es así, que no la he inventado yo, le dije que seguiría queriéndola siempre. Ella pareció resignarse, asintió, señalando mi harén de diccionarios me preguntó si al menos podría quedarse con ellos. No puede ser, le dije. ¿No lo entiendes? Lo nuestro es todo o nada. Volvió a asentir mientras se secaba las lágrimas; luego, mirándome a los ojos, dijo: ¿Puedo pedirte un favor? Claro, dije. Hagámoslo por última vez, Chichi.


Aquella misma tarde la metí en una bolsa y, haciendo oídos sordos a sus sollozos, la abandoné en una librería de viejo. Luego salí a la calle, encendí un cigarrillo y eché a andar en el crepúsculo, roto por dentro, dispuesto a iniciar una nueva vida.