jueves, 7 de abril de 2011

Un relato de Rocío Díaz (publicado)





En marzo, el mes pasado, me han publicado uno de mis relatos en La Granja, en Segovia.

Con motivo del XXVIII Concurso de Cuentos de la Granja, la Asociación Cultural Canónigos ha editado un libro con los relatos premiados y los finalistas. El mío quedó como primer finalista. Os adjunto las fotos de la portada del libro, y de la página del título de mi cuento dentro del libro.

Y aquí os dejo mi relato.


EL LLANTO DE LA LLUVIA

Rocío Díaz Gómez



Comenzó a llover cuando sonó el teléfono. Era de noche. Y me resistí a salir de la cama, a apoyar los pies descalzos en el frío suelo, a descolgar aquel insistente teléfono. Pero aunque quería ignorarlo, no dejaba de sonar. Y me rendí. Sabía que no me iba a gustar lo que alguien tuviera que decirme. A esas horas solo podía tratarse de una mala noticia. “¿Dígame?” “Siento despertarla…” Era una mala noticia.

De niña creía que los días lluviosos los provocaba el llanto de un ser superior que estaba por encima de todos nosotros. Un gigante tan triste que se sentaba a llorar. Uno enorme, con barba larga, con manos grandes y sin embargo suaves, que mientras lloraba, cogía el mundo entre sus dedos, sosteniéndolo con cuidado. Porque el gigante nos quería, pero en su naturaleza todo era enorme, hasta las lágrimas, y no podía permitir, que la fuerza de su llanto nos arrastrara. Buena parte de sus lágrimas mojaban la tierra y nuestro país, mojaban nuestras casas y se deslizaban por los cristales, empapando nuestro ánimo de su tristeza.

Enrique me conoció a mí antes que yo a él. Nadie nos había presentado, nadie le había hablado de mí. Pero mis restos del desayuno hablaban solos. No nos damos cuenta del rastro que vamos dejando hasta que alguien nos los muestra. Yo siempre desayunaba en la misma cafetería, en la misma mesa. Me acercaba el servilletero, me acercaba la aceitera y tomaba pan tostado. Mientras tanto, hojeaba uno de los periódicos de la cafetería. Cuando me iba, y sin darme ni cuenta, dejaba atrás todo cuánto había utilizado, cuanto había abandonado, incluidas algunas migas prófugas.

“¿Esta usted mejor?”, “¿Cómo dice?” Fueron las dos primeras frases que cruzamos Enrique y yo. Aquel desconocido me había abordado nada más terminar mi desayuno y me preguntaba cómo estaba. No tenía mal aspecto, aunque llamó mi atención aquella barba tan poblada y tan oscura que tenía bajo unos ojos muy claros. Era un contraste llamativo. “¿Nos conocemos?” Pregunté yo mientras rebuscaba en mi memoria un nombre o una situación para aquella cara y aquella voz. “No, no intente acordarse de mí, no creo que haya reparado en mi presencia”. Le miré interrogante. “Bueno -continuó él- perdone mi intromisión, es que nos cruzamos cada día, cuando usted se va y yo llego. Hay siempre tanta gente a estas horas que normalmente me siento en la mesa que usted acaba de dejar. Por favor no haga caso del horóscopo, o mejor dicho, sólo haga caso cuando le diga cosas buenas…”. “Pero…” Le interrumpí yo, pero inmediatamente después me callé y sonreí. Era cierto, siempre acababa de hojear el periódico viendo lo que me decía el horóscopo. Ya sabía que no debía creer en él, pero tenía la absurda manía de leerlo, antes de irme al trabajo. Supuse que esa era la hoja por la que se quedaba abierto el periódico cuando me traían las vueltas y me iba…

Había estado varios días sin ir a trabajar, y por tanto sin ir a desayunar a aquella cafetería. Enrique supo que había vuelto por los restos que encontró de mi desayuno. Al día siguiente intentó llegar antes para poder preguntarme cómo estaba. También estaba lloviendo. Su chubasquero chorreaba cerca de mí, mientras de pie me preguntaba por mi salud. Recuerdo como las gotas se deslizaban por su manga hasta caer en el suelo. “Está usted empapado…” acerté a decir cuando recordé por qué me decía lo de los horóscopos “…Quítese ese chubasquero o usted también enfermará…”. “No, no se preocupe, soy fuerte… solo quería saber qué tal estaba...”.

“Buenos días Enrique, saludó el camarero, ¿Que tal estamos? ¡Pero hombre quítate ese abrigo vas a coger una pulmonía... ¿Os conocíais? ¿Te traigo entonces ya lo tuyo...?” Iba con tantas prisas, y dijo todo tan rápido que aquel desconocido y yo nos miramos y casi no tuvimos tiempo de responder cuando ya estaba poniéndole en mi mesa una taza y sirviéndole el café. “Perdone, señorita, yo no quería molestar...” “No por favor, no es molestia, ¿también es su mesa no? Claro siéntese...” respondí yo. Y aún me pregunto por qué respondí así. La verdad es que soy de natural miedosa y tímida, y nunca suelo sentarme ni favorecer que se sienten extraños a mi misma mesa cuando estoy desayunando o comiendo en cualquier cafetería. Por eso hasta yo misma me sorprendí de mi respuesta. Pero supongo que ayudó la familiaridad con la que mi camarero de todos los días le saludó, con alegría, con cariño, como se saluda a alguien muy cercano. También, la educación con la que Enrique se dirigió a mí, su amable atención, hizo que le invitara a sentarse conmigo. Al fin y al cabo parecía ser que mi mesa favorita, era también nuestra mesa. No solo no nos damos cuenta del rastro que dejamos tras nuestro paso, sino que tampoco nos paramos a pensar que el rincón que preferimos, la mesa que más nos gusta, es también la que le gusta a algunas personas más a las que no conocemos.

Aquella mañana Enrique y yo compartimos el desayuno y la conversación. Una larga conversación en la que los temas parecían fluir solos, hilvanarse los unos a los otros con naturalidad haciéndonos sentir a ambos muy a gusto. No nos conocíamos de nada sin embargo era sencillo desayunar juntos, y hasta el mero hecho de pasarnos el aceite o el servilletero parecía obedecer a una especie de ritual mil veces ensayado, en el que apenas hablábamos, pero estábamos atentos a la necesidad del otro, anticipándonos, ofreciendo, acercando... como si hubiéramos desayunado juntos media vida. Como si fuera algo muy familiar.

Después, no sin antes haberme dejado echar una ojeadita a mi horóscopo en el periódico, Enrique me acompañó amablemente dando un paseo hasta mi oficina. “No, no te preocupes –me dijo- me pillas de paso, de verdad... además yo no tengo hora, si entro más tarde, salgo más tarde y ya está...” Porque era tarde, se nos había hecho muy tarde aquella mañana... De tan entretenidos estábamos.

Durante todo aquel día lució un sol espléndido, un día cálido tanto fuera como dentro de mí. Recordaba con una sonrisa a Enrique y no lo quería admitir pero sentía impaciencia, quería que las horas pasaran, quería creer que al día siguiente nos volveríamos a encontrar. Ninguno de los dos había dicho nada sobre eso. Como en la despedida más natural del mundo, como la más habitual, solo nos habíamos dicho: “Hasta mañana, hasta mañana, que pases un buen día...” como quienes están muy seguros de volverse a encontrar.

Pero no hubo ese mañana. Aquella noche comenzaba a llover cuando sonó el teléfono. Yo me resistía a salir de la cama, a apoyar los pies descalzos en el frío suelo, a descolgarlo, a terminar con aquel insistente pitido. Pero aunque quería ignorarlo, no dejaba de sonar. Y me rendí. Sabía que no me iba a gustar lo que alguien tuviera que decirme. A esas horas solo podía tratarse de una mala noticia. “¿Dígame?” “Siento despertarla…”

¿Por qué la vida nos desordena todo de pronto? ¿Por qué nos zarandea y nos pone patas arriba lo que con tanto trabajo nos cuesta conseguir...? ¿Por qué es tan injusta? A mi padre le había vuelto a repetir el ataque que había sufrido dos semanas antes, por el que había faltado a mi trabajo. Ni tan siquiera se lo había comentado a Enrique aquella mañana, cuando me preguntó si estaba mejor dando por hecho que mi ausencia se había debido a una gripe, pero yo no quise dar más detalles... No quería oscurecer aquel agradable desayuno con cosas tristes... Además, mi padre ya se había estabilizado y quería creer que solo sería cuestión de días su recuperación. Sin embargo aquella noche su frágil salud se agravó.

Metí algunas cosas en una pequeña maleta y muy temprano salí de viaje. No me dio tiempo ni a pasar por la cafetería de siempre a desayunar. Después llamaría a mi oficina, pero pensé que a Enrique no lo vería, que se sorprendería de mi ausencia, que qué pensaría... Pero qué estoy diciendo... solo hemos hablado un día, tampoco me extrañará tanto... concluí. Y solo la preocupación por el estado de mi padre llenó mi mente.

De niña pensaba que todos teníamos que obrar bien para que el gigante no se pusiera demasiado triste. Y cuando veía por televisión que algún maremoto había asolado algún lugar lejano del planeta pensaba para mí: ¿Qué habrán hecho para que el gigante se haya puesto tan triste…? ¿Qué habíamos hecho nosotros?

Estuve casi dos meses fuera. Casi dos meses entrado y saliendo del hospital donde estaba mi padre. Fueron dos meses infinitos en los que mi vida se paró, se detuvo, y los días eran todos iguales, una franja triste y larga, muy triste y muy larga, en la que apenas hacía otra cosa que cuidarle, que acompañarle, que estar a su lado.

Pero, aunque parecía que no iba a llegar nunca ese día, poco a poco fue saliendo adelante, poquito a poco, una vez más habíamos remontado y llegó el día en que le dieron el alta.

Pude volver a casa. Venía cansada, muy cansada, pero sólo entré en ella para dejar la maleta. Era un día gris, lluvioso y aunque no tenía que ir esa mañana a trabajar, tampoco tenía nada en la nevera qué comer. Así que decidí acercarme hasta la cafetería de todos los días para desayunar. Quería sumergirme despacio, despacio, en mi vida anterior. Quería sentirme en algún lugar agradable, conocido, quería ir recuperando poco a poco mi rutina, mi vida. Quería también no hacer nada, solo sentirme atendida. Durante unos instantes justo antes de entrar no pude evitar acordarme de Enrique, y me pregunté que habría sido de él. Miré el reloj, era demasiado tarde, de seguir desayunando allí ya no estaría... Qué tontería... De todos modos ya no se acordará de mí, pensé y empujé la puerta.

En cuánto el camarero me vio, salió de detrás de la barra para saludarme. Es cierto que estaba más delgada, pero me agradó mucho ver que se tomaba tantas molestias conmigo. “No, no he estado enferma, el que lo ha estado ha sido mi padre, han sido dos meses malos...” contesté yo. Me agradó también que no me hiciera más preguntas, no tenía ganas de empezar a dar explicaciones, inmediatamente empezó a prepararme el desayuno de siempre. “¿Te vas sentando en tu mesa? En dos minutos te lo tengo...” me dijo mientras me acercaba uno de los periódicos. Le sonreí, estaba en todo.

Era muy agradable sentir que la vida parecía volver a la normalidad. Sentir que te han echado de menos, que se acuerdan de ti. Me acerqué la aceitera, el servilletero. Y esperé hojeando el periódico...

Desayuné con tranquilidad, el café estaba delicioso, en su punto... Y el pan tostado calentito y crujiente parecía ir dándome fuerzas a cada mordisco que le daba. Me tomé mi tiempo, con tranquilidad, saboreándolo, y mientras le pedía al camarero que me cobrara, casi sin darme cuenta empecé a pasar las páginas del periódico buscando la de los horóscopos.

El ruido de las gotas en el cristal llamó mi atención. Comenzaba a llover... Mi ánimo se ensombreció mientras contemplaba como las gotas iban deslizándose por los cristales, como cada vez parecía haber más, cómo se iba empapando todo... y pensé que leer el horóscopo era una tontería. Y sin llegar a encontrarlo cerré el periódico. El camarero me trajo la cuenta y fue entonces cuando me dijo: “Ah, se me olvida, espera un momento que tengo algo para ti...” “¿Para mí?” “Sí, perdona un momentito, casi se me olvidaba... ahora mismo te lo traigo...”. No habrían pasado ni cinco minutos cuando estaba de vuelta con una carpeta de gomas, gordita, por la que asomaban papeles... “Perdona si está algo manoseada, eso ha sido culpa mía, se ha pasado tantos días bajo la barra que no he podido evitar que alguna vez se salpicara...” “¿Pero esto qué es?” pregunté yo sorprendida... “Pues no lo sé, pero a mí me tiene dicho Enrique: “el día que vuelva no se te olvide dársela...”

“¿¡Enrique!?” me dije, y no pude evitar que algo dentro de mí despertara, y diera un brinco de pura alegría... “¿Pero qué es?” Quise preguntarle otra vez al camarero, pero ya se había ido... Con dedos inquietos, con un agradable cosquilleo en la tripa, uno muy agradable, fui abriendo las solapas de la carpeta, y antes de darme cuenta un montón de recortes se descubrió ante mis ojos... ¡Pero bueno! Y poco a poco la sorpresa se rindió ante la sonrisa que se iba estirando y estirando en mi cara... ¡Pero Enrique...!

Allí estaban. Desde el primer día que había faltado a la cafetería, Enrique había ido recortando los horóscopos de todos los periódicos... de todos ellos. Día tras día... Mientras iba repasando el montón pensé en preguntarle al camarero cuándo había visto a Enrique, cuando fue la última vez que le había dicho que no se olvidara de darme la carpeta... Pero con un inmenso alivió caí en la cuenta de que no necesitaba hacerlo... No me lo podía creer... Porque allí estaba también el del día en que estábamos... Dejando a un lado la carpeta, busqué rápidamente en el periódico la hoja que había pensado en buscar antes... Fui pasando las hojas deprisa, muy deprisa, hasta que la encontré. Allí estaba, con el hueco exacto en el papel, el hueco exacto que habían ocupado los horóscopos... Cogí el recorte y lo superpuse encima. Sí, ese era. Lo tenía que haber recortado esa misma mañana, antes de que yo llegara... Y no quería hacerlo, no quería hacerme ilusiones, pero empezaba a hacérmelas... Era tan reconfortante descubrir que Enrique había estado día tras día pensando en mí... Porque era una insignificancia, un detalle tonto, pero a la vez era una forma tan sutil, tan discreta, tan sencilla y a la vez tan dulce de decirme: “Oye, que sigo aquí...” Y entonces pensé que al día siguiente quizás Enrique también estuviera. Como había estado durante esos dos meses. Esperándome.

Miré por los cristales... Seguía lloviendo... lloviendo y lloviendo... ¿Ves...? -le dije a la niña que dormía dentro de mí- el gigante no permitirá que nos arrastre el llanto...



4 comentarios:

  1. Bueno muy bonito, no me extraña que quedaras finalista, el relato engancha hasta el final.
    Es una historia que nos puede pasar a todas, ademas muy bien estructurada, con los diálogos dentro del relato, como manda la escritura moderna, ademas con un final abierto, me ha gustado mucho, enhorabuena Rocio, besos de Mari

    ResponderEliminar
  2. Muchísimas gracias María José. Me alegro de que te haya gustado. Gracias por tu comentario. Un beso, Rocío

    ResponderEliminar
  3. Precioso relato. Podías haber evitado reiteraciones de la presencia de la lluvia, por ejemplo, que desvían la atención del relato.

    Echo en falta: Un poco más de misterio al comienzo del relato para captar la atención. Un poco más de seguridad en la ilusión al final del relato.

    Precioso relato.

    ResponderEliminar
  4. Pues quizás sí. Quizás debería haber cargado más el principio y el final. En cualquier caso muchas gracias por los comentarios, son constructivos. Un saludo, Rocío

    ResponderEliminar

Tus comentarios me enriquecen, anímate y déjame uno