Fue necesario que C. viera un cartel de Jazz. Necesario que C. preguntara a J. por el concierto del viernes.
Fue necesario que J. dijera en el grupo de guasap de clase que conocía a la cantante, que era buena.
Necesario que yo terminara con asuntos médicos a buena hora, que diera tiempo luego a merendar, totalmente necesario, y que de vuelta pasáramos por la misma puerta. Necesario que fueran las siete menos diez.
¿Entramos? ¿Habrá sitio? ¿Estará bien?
Fue providencial que dos asientos en la fila 2 estuvieran libres.
Era verdad que Marina Ferrer era buena, y que el trío de músicos que la acompañaba: el de la guitarra, el del contrabajo y el batería, que me perdonen pero no me quedé con su nombre, también.
Es verdad que tuvimos una suerte inmensa, que nos templó el alma, los disfrutamos mucho y no se dolió el bolsillo porque era absolutamente gratis.
A veces solo hay que dejarse llevar. Y la vida te cuida.
Y todo eso ocurrió en el Centro Cultural Carril del Conde, el de barrio. Un lujo.
