miércoles, 4 de noviembre de 2009

El libro de las adivinanzas de Bimbo. Relato de Rocío Díaz




Hace tiempo que no os dejo un relato.

He pensado que en este mes de noviembre, con esos colores marrones y verdes tan suaves a nuestro alrededor, con ese olor a castañas asadas en el aire, ese calor casero que uno echa de menos cuando está en la calle pisando las hojas, invitan a estar cerca de una estufa comiendo rosquillas y escuchando una historia cotidiana, doméstica, y algo nostálgica.

El relato “El libro de las adivinanzas de Bimbo” fue premiado con el segundo premio en el 3º Concurso Literario María Moliner que convoca el Centro de Estudios de la Mujer de Las Rozas, en el año 2005.

Os dejo con él. Espero que os guste.








EL LIBRO DE LAS ADIVINANZAS DE BIMBO


Todo lo que sabemos del amor
es que el amor es todo lo que hay.
Emily Dickinson (1830-1886)
Poetisa Estadounidense



La abuela Chelo a menudo decía que “las equivocaciones nacen de pensar cuando hay que sentir y de sentir cuando hay que pensar”. Y estaba en lo cierto.

Decidí mi profesión el día que un olor me devolvió otro, el día que acurrucado tras el olor a pegamento, el de mis diez años me atacó a traición. Ya no recuerdo dónde estaba ni con quién, solo recuerdo percibirlo en el ambiente, reconocerlo, inspirar con todas mis ganas, apurarlo y emborracharme con ese olor a pegamento que después de tanto tiempo volvía. Solo una gota bastó para que se colara dentro de mí poniendo patas arriba mi vida, sacando del último cajón de mi memoria todos los pantalones cortos de entonces, todas las canciones, todas las voces. Sacando a mi abuela. Mi abuela sabia.



Mientras Uri Géller doblaba aquellas cucharillas en el programa de José María Iñigo, a mi hermano Fernando le gustaba una chica de clase. La chica del pupitre de delante, que parecía mayor que él y mayor que todo aquel aula entero de bachillerato. Por las noches soñaba que se desnudaba solo para él, entre sueños creía ver su cabeza, su coleta, su cuello, su espalda, pero el resto, el resto del cuerpo que veía era el de Maria José Cantudo que había protagonizado el primer desnudo integral de la época y cuyas fotos ligerita de ropa habían corrido por debajo de los pupitres de toda España tan deprisa como si quemaran entre las manos. Tenía que ser el de la Cantudo porque de la chica que le tenía el alma estrujada, lo que mejor conocía, lo único que conocía y conocería nunca, era su espalda. La de poemas que pudo mi hermano escribir a los lunares de su cuello, a sus omóplatos, al nacimiento de su pelo, a las etiquetas de su ropa... incapaz de ponerse frente a ella para nada más que morirse de la vergüenza, de tan pequeño se sentía a su lado.

Uri Géller doblaba aquellas cucharillas en el programa de Iñigo, cuyo bigote ya hacía semanas que a mi hermano Fernando le traía por la calle de la amargura. Él que cada día se contaba y recontaba los escasos pelillos que iban naciendo sobre su labio superior no podía acabar de entender cómo y porqué la vida marcaba esas diferencias entre las personas. Pero mientras a Fernan le reconcomía por dentro el mostacho del famoso presentador, a mi hermano Carlos se le dilataban los ojos viendo aquello tan impresionante de las cucharillas, tanto que desde aquel día y durante una temporada no hubo manera de que mi madre encontrara alguna al ir a poner la mesa. Sacar el mantel y oír la voz materna chillando “Carlos, demonio de crío, trae acá las cucharillas...” era todo uno.


Mis abuelos habían venido del pueblo a pasar unos días porque tenían que hacerles unas pruebas en el hospital. Para dejarles una habitación libre y que tuvieran algo más de intimidad, nos habían amontonado a todos en la otra habitación, acoplando nuestras noches entre las literas y un par de colchones tirados en el suelo. A los pequeños nos hacía más ilusión la novedad, eso de tumbarnos ahí todos juntos era muy emocionante, como si estuviéramos de acampada, a los mayores con más exámenes que estudiar, con ese afán de independencia y privacidad con que te viste la adolescencia ya no les hacía tanta.

Mi hermana Carmencita que quería ser María Magdalena, que quería llorar pegadita a Camilo Sesto en Jesucristo Superestar, suspiraba por una entrada para el teatro Alcalá Palace que nunca llegó a tener; mientras tanto se encerraba en el único cuarto de baño para tararear a voz en grito las canciones del musical. Mi hermana Merche que en los últimos días había discutido tantas veces con ella por si estaba mejor Camilo Sesto que Braulio, aporreaba la puerta para que saliera, no más enfadada porque estuviera dentro, que por que “Sobran las palabras” hubiera quedado en décimo sexto lugar en Eurovisión, dándole oportunidad a Carmencita para que se metiera con ella por lo bajini y con muy mala idea cantando aún más alto Getsemaní: “Quiero saber, quiero saber Señor, quiero saber, quiero saber Señor, por qué he de moriiiiir...”. Porque ella lo sabía, que era por eso, y solo por eso. Lo peor pensaban ambas, era encima tener que compartir uno de los colchones...

Ajenos a las peleas entre las chicas, ajenos al desamor de Fernan, ajenos a la impotencia de Carlos frente a la rigidez de la cubertería, mi hermano gemelo y yo teníamos nuestro propio drama. Habíamos hecho una apuesta con los amigos del cole que consistía en que el primero que terminara una colección que estábamos haciendo se llevaría la bola loca que tenía uno de ellos. Nuestro amigo Fede, el de la panadería, hijo de la ley del mínimo esfuerzo y amante de la vida contemplativa, prefería un álbum con todos los cromos ya puestos que ir juntándolos y pegándolos, que ir dando saltos por la vida con la bola loca esa. Demasiado cansado para él. “Bola loca, cantaban en el anuncio, el juego loco, loco del verano”. Faltaba demasiado para que vinieran los Reyes Magos y era una forma limpia y honrada, como decía mi padre, de conseguir el juego para los dos...

Lo malo era que después de habernos hecho con todos los cromos, después de haber cambiado los que nos sobraban hasta conseguir justo, justo los que necesitábamos, que ni Sppedy González lo hubiera conseguido tan rápido, se nos había terminado el pegamento. No podíamos tener tan mala suerte... no podíamos. “¡No importa, el remedio pegamento Imedio!” decía la radio... y a nosotros que se nos había acabado justo, justo en el cromo número 216. A 10 cromos para acabar la colección y se nos acaba el Imedio banda azul. Por más que lo habíamos escurrido, por más que lo habíamos aplastado y doblado bien estrechito, estrechito para estrujar hasta la ultima gota transparente, del tubito no salía más que el olor.

Y el libro de las adivinanzas de Bimbo a falta de 10 cromos, diez. A nuestro alrededor una casa llena de gente que no podía entender nuestro gran problema. Una madre preocupada por la cena para diez personas, un padre y un abuelo enfrascados en el “Hombre y la tierra”, que ninguno de los dos se lo perdía por nada del mundo. Unas hermanas con su guerra particular, un hermano mayor escribiendo poemas a una espalda y un segundo luchando por que aquellas cucharillas se doblaran de una santa vez, acumulando los destrozos por los rincones. Todos, todos ellos tan llenos de sus problemas que no podían estar a nuestra desgracia. “Imedio no es solo un pegamento, es pegamento y medio” decía otro de los anuncios y nosotros destrozados a 10 cromos, diez, del final. Bimbollos, Bonys, tigretones, la de bollos de Bimbo que nos habíamos podido comer, un millón de todos ellos en busca de los cromos dichosos para que ahora a ultime hora se nos adelantara otro de la panda y nos arrebatara prácticamente de las manos la bola loca.

Mi abuela fue la única que notó nuestra pesadumbre, la única. Acercándose con una mirinda de naranja entre las manos nos dijo bajito que si queríamos un poco, mientras se hacía un hueco a nuestro lado. Mirando a ambos lados por si nos veía nuestra madre que no nos dejaba beber refrescos a esas horas porque nos quitaban el hambre, le dimos dos traguitos muy rápidos el uno después del otro a su vaso. Y eso, como bien sabía nuestra abuela, nos soltó la lengua. Dimos pelos y señales a la abuela de la bola loca, el álbum de las adivinanzas, todos los bollos de Bimbo y Fede. Parecía mentira que la mirinda a pesar de tener un color tan parecido al “mejoral infantil” supiera tan bien, que actuaba como el suero de la verdad de las películas, pero ahí frente a nosotros seguía el álbum con sus diez cuadritos vacíos, y el montoncito de los diez cromos, diez a su lado. “¡No importa, el remedio pegamento Imedio!”. La abuela entendió perfectamente nuestra aflicción, y nos regaló una cara de circunstancias que nosotros no hubiéramos dibujado mejor. Movió la cabeza lentamente calibrando la situación y nos echó otro traguito de mirinda a escondidas, mientras pensaba en las posibles soluciones a nuestro gran problema. Se recolocó en la espalda el cojín de ganchillo que encontró más a mano, y antes de terminar de colocárselo nos miró por encima de sus gafas de ver y nos dijo sonriendo con complicidad: “¡Creo mocitos que ya lo tengo!”.

- Pero madre usté estese tranquila en el comedor que yo me apaño...

Sorteando a mi madre como pudo, entre echarle una mano con la ensalada y otra con el postre la abuela nos preparó la receta mágica. Nosotros desde el umbral la veíamos trastear, la mirábamos entre el respeto que nos habían enseñado a tenerle y el escepticismo, entre el cariño que la teníamos y el agobio que nos reconcomía. En pocos minutos salió de allí removiendo un líquido blanquecino. Aquel engrudo de harina y agua no olía tan bien como el pegamento Imedio banda azul, pero cumplió su función a las mil maravillas. Un milagro, aquello si que era un milagro y no la tontería esa del Uri Géller, decíamos mi gemelo y yo mientras cromo a cromo íbamos rellenando los diez cuadritos vacíos del libro de las adivinanzas de Bimbo.


La abuela Chelo murió meses después, y allí estuvimos todos, los seis nietos con nuestros padres. Cada uno guardaba en su interior un momento en que su presencia había aliviado nuestros problemas, cada uno de nosotros guardaba un trocito de su sabiduría a la justa medida de nuestros males, sabiduría que ella había adivinado cómo y cuándo prestarnos.

Cada uno de nosotros, como en un ritual familiar, rellenó un papelito dándole las gracias que echamos sobre ella. No sé muy bien porque escribieron esas palabras los demás, eso no lo contaron. Pero sus papelitos rezaban: “Iñigo” y “Uri Géller”, “Camilo Sesto” y “Braulio”. Mi hermano gemelo y yo repartimos en dos trocitos del mismo papel nuestras gracias, en uno escribimos “pegamento” y en el otro “Imedio”.



Decidí mi profesión el día que un olor me devolvió otro, el día que acurrucado tras el olor a pegamento, el de mis diez años me atacó a traición.

Muchas veces he pensado si en aquel momento me dejé llevar por un arrebato sentimental más que por una verdadera vocación, en todos los malos momentos que me ha dado esta profesión dedicada a la geriatría, en los momentos más tristes, en los dolorosos de las enfermedades degenerativas, pienso si no sería cierto eso de que las equivocaciones nacen de los momentos en que en vez de pensar, sentimos.

Pero sea o no cierto, el olor del pegamento me devuelve el de mis diez años, me devuelve un sentimiento de gratitud tan absoluto, tan entrañable hacia la abuela Chelo que no se puede encerrar en las cinco letras de la palabra “Imedio”.

©Rocío Díaz Gómez

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