lunes, 11 de febrero de 2019

Pueblo fantasma de Abades, en Arico


Arico



El viento nos llevó sobrevolando un pueblecito pesquero tinerfeño hasta el faro de Abona con tal ímpetu que solo conseguimos parar abrazándonos a él. Qué sensación tan liviana. Sentir el cuerpo en perpendicular al suelo y patalear el aire dejándose mecer por el viento.


Pero las manos se resbalaban por la piel lisa del faro, los faros no están acostumbrados a los abrazos.


Y el viento, compadeciéndose de ese faro que funcionaba desde el año 1902, tras prometernos que nos dejaría volver, en volandas nos elevó de nuevo hasta dejarnos en pleno centro de un pueblo fantasma.
Pero... ¿Y éste lugar sale en los mapas?

Porque allí estaba, en medio de la nada, polvoriento, silencioso y zarandeado por todas las corrientes de aire del mundo.

Y aunque a la entrada había un cartel anunciando que era propiedad privada, como otros que llegaron antes, nos subimos la capucha, nos apretamos el pañuelo al cuello y decididos a luchar contra ese viento pertinaz, nos animamos a pasearlo. 

El cascarón de una vieja Iglesia  e hileras de casas medio derruidas languidecían bajo el sol. Se habían construido durante la Guerra Civil con vocación de leprosería, pero nunca llegaron a serlo. Esas calles, esas casas, con el tiempo formarían parte de una base de entrenamiento militar que también después se abandonaron.

Y aunque dicen que los terrenos se vendieron a un italiano, allí siguen la Iglesia altiva, las casas pintadas por los grafiteros, las calles polvorientas y el silencio del abandono solo interrumpido por curiosos como nosotros y ese viento feroz que no cesa.

Así descubrimos Abades, en Arico, al sur de Tenerife.








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