lunes, 5 de septiembre de 2011

De los viajes, de compañeros de viaje, de los amigos, de la vida...




¿Cómo hubiera sido mi vida sin las palabras o sin los viajes? No acierto a imaginármela de otro modo que no sea empapada de ellos. Ambas cosas te hacen despegar los pies de lo cotidiano, de la realidad que atenúa los colores de la vida. Ambas cosas, las palabras y los viajes, te traen otros olores, otros ruidos, otros tonos, otros edificios, otras personas, que de no haber viajado, no hubiera podido disfrutar.


Si me permitís os voy a contar mi vida. No, apenas un pedazo muy pequeño, pero que ocupó gran parte del fin de semana. Estuve de boda. Nunca me han gustado especialmente las bodas. Pero afortunadamente no todas son iguales. Las dos que he tenido este año han tenido la virtud de ser diferentes, muy diferentes y me han gustado mucho.


Pero yo os quería hablar hoy de la última, de la de antesdeayer. Y os quería hablar de ella por lo que tuvo de crisol de vidas. Se casaban unos amigos que conocí en el viaje del año pasado: Siria-Jordania. Fue invitado todo el grupo que nos conocimos en ese viaje. Allí coincidimos de nuevo, una pareja, que ella es de Santander y él de Menorca, pero viven en Madrid,  dos amigas que son de Zaragoza, una amiga y yo de Madrid, y por supuesto los novios, ella de Madrid y él de León. Hasta ahí ya había diferencia ¿verdad? Pues además, en esta boda, compartimos mesa con dos chicas de León, y con otra pareja, ella que vive en Basilea y él que vive en Gijón. La diferencia se multiplicaba. Qué vidas tan distintas. Cuánto para  hacer trueque, para compartir y disfrutar. Qué bien lo pasamos. Qué personas más sociables y más agradables.


Coincidía que este fin de semana también con otros amigos celebrábamos el décimo aniversario del viaje que hicimos a Turquía. Sí, allí estábamos cuando el nefasto 11S en Nueva York. Todos recordamos aquel momento en que entrábamos en el hotel de aquella ciudad turca y en la televisión se veían las imágenes del avión chocando contra una de las torres… Creíamos que era una película. Tan irreal es a veces la cruda realidad.


Pues bien el domingo en el aniversario nos reunimos gran parte del grupo que nos conocimos aquel día: de nuevo dos mañas, dos madrileños, un gallego y una vallisoletana. Y después en el café se nos unieron una melillense gaditana y otro madrileño. Todos muy viajeros. Cuánta variedad, cuántas personas interesantes y buenas, cuánta riqueza.


¿Cómo no pensarlo?

Cuando viajamos además de llevar con nosotros nuestras pertenencias, nuestra ropa, nuestro carácter, llevamos nuestro lenguaje. Como una pertenencia más. Llevamos nuestra nostalgia o nuestra morriña. Llevamos nuestra forma de explicarnos acabando las frases en “pues”, en “ico”, o envolviéndolas en tantas ambigüedades que quizás el otro no sepa ni lo que has dicho: “¿Y qué tal ese restaurante?” “Casi regular”. Llevamos sobre todo la música con que hablamos. La banda sonora que acompaña nuestras palabras.


El mundo es muy grande. Hay vida mucho más allá de nuestra casa, de nuestro barrio, de nuestra ciudad, de nuestros amigos y de nuestra familia. Hay vida esperándote en todas partes para salpicarte de otras realidades y empaparte de una riqueza que no tiene nada que ver con la nómina, una riqueza que te hace más flexible, más sabio, que ensancha las fronteras de una insignificante alma del norte de Madrid, de España, de Europa, del primer mundo, del mundo entero… Mi alma.

¿A quién tiene uno que darle las gracias por esto?

3 comentarios:

  1. ¿Sabes una cosa, Rocío? Me levantas el ánimo. Hablas con una honestidad que emociona. ¿A quién crees tú que debería agradecérselo?

    Un beso, preciosa.

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  2. Muchas gracias Iñaki. Gracias.

    Un beso,
    Rocío

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  3. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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