jueves, 10 de mayo de 2018

Relato "Guardiana de sus recuerdos" de Rocío Díaz





Guardiana de sus Recuerdos
Rocío Díaz Gómez


Una anciana acercaba despacio un humeante plato a la mesa, intentando no derramarlo. Al mismo tiempo su hijo llegaba corriendo a la cocina, tras oír que le llamaban para comer:
—¡Venga hijo! ¿Dónde estabas? ¿Otra vez enviciado con tus dibujos?
—¿Con los dibujos? No, que va mama, estaba, estaba…  No sé.
—No importa hijo, ya estás aquí, se enfría la comida y la sopa fría no sabe a nada.

Mientras se sentaba, la anciana con sus artríticos dedos revolvió su pelo con una caricia antigua. Con inmensa ternura peinó las suaves canas que clareaban el escaso pelo de su hijo.

—Mamá… ¿Podré salir luego al jardín?
—¿Al jardín, hijo? Mejor ves una película ¿no? o lees tus libros.
—No mamá, ya no llueve, mejor al jardín ¿Puedo…? ¡anda! Seguro que me vienen a buscar… Solo un ratito…
—Bueeeno mi vida, pero sin pasar de la verja, ya sabes que luego si sales a la calle te pierdes…
—Sí mamá… vale, hasta la verja.

Y mientras él acercaba la cuchara a su boca, la madre rozó con delicadeza la frente de su hijo, siguiendo cuidadosamente las arrugas que sus 65 años, dos meses y trece días habían ido arando sobre su piel. Caminos profundos pero cortos como la memoria de su niño. Aquel niño a quién una remota operación, que pretendía curarle la epilepsia, le amputó la memoria para siempre. Desde aquel triste día su presente resbala como pez de entre las manos. Y los recientes recuerdos naufragan en aquellas aguas transparentes a las que quedó reducida su memoria.

Su niño canoso permanece en 1953. Su reloj se paró. Y aún tiene 10 años aunque vista pantalón largo. 10 años, aunque por su piel hayan resbalado las lluvias de casi 66 inviernos. Por eso espera cada tarde que sus amigos lleguen con sus bocadillos a buscarle. Lleguen para salir a jugar al balón. Pero no llegan nunca. A esas horas andan ya preparando la merienda de sus primeros nietos. La anciana nunca pensó que podría cuidarle durante tanto tiempo. Ya ni se acuerda desde cuándo cuenta, tanto su edad como la de su hijo, en años, meses y días, a sabiendas de que cada hora trae el regalo de velar por él. Aún así hace tiempo que reservó plaza en una residencia de ancianos. Y cada primero de mes, sin falta, llama por si ha cambiado el personal para explicarles la situación: “Perdóneme que sea tan pesada, pero él no es como los demás, él no es más que un niño de 65 años, dos meses y trece días sí, pero un niño…”

– Antonio hijo… No juegues con el tomate… Si ya terminaste, venga, sal un rato al jardín…
– ¿Al jardín…?- Sí, mi vida, ¿no querías ir…?”
-¿Yo…? -contesta él- No lo recuerdo…
– Claro mi niño, pero para eso estoy yo, para eso está tu madre, para recordártelo…




Cómo ya os he contado, estuve en otra aventura literaria en Zaragoza, éste es mi relato que obtuvo el premio único de Microrrelato en la categoría adulta en el II Certamen Literario de la Asociación cultural y teatral Actúa el pasado 5 de mayo de 2018.

Espero que os haya gustado.

2 comentarios:

  1. Sensible, tierno y, como es habitual con esos pequeños toques poéticos.
    Enhorabuena

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  2. Muchísimas gracias, me alegro de que lo pienses y me lo trasmitas!! Gracias.

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