Hay días que no son de palabras,
son días de colores y silencio.
Los otros murales de Belfast.
Julio 2026
Un blog para letraheridos. Un blog de literatura y de Madrid, de exposiciones y lugares especiales, de librerias, libros y letras. Un blog donde sentarse a leer mientras te tomas un café.
Hay días que no son de palabras,
son días de colores y silencio.
Los otros murales de Belfast.
Julio 2026
Mi amigo del alma me envía una foto sin palabras.
Mi amigo de letras me manda un precioso mural.
Y la yema de tu dedo escribe sobre mi piel:
Solo quiero saber si estás bien.
Todas las fichas del puzzle encajan
en los días perfectos.
Si no fueras un pez
brillante y escurridizo,
las yemas de mis dedos
te acariciarían.
Embelesada,
esta boca mía,
sedienta mi mirada
y tan, tan cerca tú.
Fuiste brisa, viento, eres alas.
Y yo solo un grito,
uno quedo,
un hilo de grito
que voy tragándome,
enrollándolo despacio
de fuera adentro.
Y tan, tan lejos tú,
pero tan mío.
Murales de Huelva.
En enero volvimos a escaparnos a las Canarias. El lugar ideal para una escapada en ese mes. Ya conocemos todas las islas y las grandes dos veces. Así que fue la tercera vez que visitamos Tenerife y que comience otra vez la ronda.
Siempre hay lugares y rincones que no conoces y que te sorprenden muy gratamente.
Eso sin contar que a veces te apetece repetir en otros: la crepería de El Médano, la cafetería de La Orotava, el barraquito de aquí, de allá y todos los lugares remotos donde hay un faro como dueño y señor de un envidiable horizonte.
Hoy le damos un empujoncito a la colección de murales. ¿Qué os parece? Buen plan para un domingo sin lluvia. Por fin.
Desde que te fuiste no solo arde mi teléfono esperando que llames, arde Madrid entero.
Salgo muy de mañana para que mi piel se enfríe unos grados, camino deprisa, que el molinillo de mis brazos y piernas moviéndose en torno a mí enfríe a mi sombra, a mis huellas, a tu lejano recuerdo.
Agosto es rojo oscuro en todos los mapas.
Abro de par en par las ventanas de casa, dejo que se cuele un viento que hierve. No importa.
Quizá el enorme remolino me estampe contra el primer mural que mire al norte.
Un mural tan recién pintado, como un amor que comienza.
Un mural que me deje vivir dentro de él hasta el otoño. Que me preste una vida de mentiras tibias.
Rezo a la Virgen de la Cueva para que vuelvas
empapado de lluvia.
Rezo a la lluvia
para que no tenga clemencia.
Agosto entero arde,
y no llamas.
Todos los murales son de Madrid, unos regalados como el primero que me lo mandó mi amiga Marián, y el resto fotografiados por mí.
Como si las nubes hubieran olvidado una pegatina blanca sobre la roca negra, así apareció ante nuestros ojos Sabinosa, en la isla de El Hierro.
Aquel pueblecito tan solitario y limpio. Tan coloreado de murales y memoriales. Tan salpicado de recuerdos en sus paredes: a la primera maestra, a su zapatero, a tantos. Tan ordenado. Tan vacío.
Se me quedaron dentro las ganas de pasearlo despacio. De admirar sus rincones, de confundirme con sus vecinos, de intentar descubrir la vida que escondía y no se mostraba ante nuestros ojos.
Era la hora de la cena en Sabinosa.
Quizá por eso nadie salió a recibirnos.