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lunes, 20 de julio de 2026

"Despedida y cierre para un entrañable cadáver" Relato de Rocío Díaz Gómez

 



Y este es otro de mis relatos, otro tono y otro premio. 

Como leeréis no tienen nada, pero nada que ver, el de la entrada anterior que el de hoy, pero los disfruté mucho cuando los escribí. Mi amigo Alberto dirá que si os dejo dos relatos vais a comparar. Bueno, son para momentos distintos del día.

Se titula: "Despedida y cierre para un entrañable cadáver" y obtuvo el 1º Premio en el Certamen XXX Certamen Literario Villa de Ermua. Junio 2024.

Espero que os guste. 


Despedida y cierre 

para un entrañable cadáver


   Nunca antes me había deshecho de un cadáver. Pero tenía que hacerlo, y ya.  Corrí a la habitación, a despertar a mi mujer.

—Lola, Lola, levántate, deprisa, levántate…

—¿Qué pasa? ¿Estás malo?

—No, no, qué va. Venga, vamos, levántate…

—Me estás asustando ¿Qué pasa?

—Nada, calla, ven.

 

 Allí seguía el muerto. Dónde yo lo había dejado. Lola nada más verlo se echó las manos a la boca ahogando una exclamación.

—Pero ¿Qué ha pasado? -cuchicheó.

—Ha palmado ¿no lo ves?

—¿No lo voy a ver? Pobrecillo... Pero ¿Por qué?

—No le he preguntado…

—No seas idiota.

—¿Y cómo lo voy a saber entonces? Lo único que sé es que me he levantado, he entrado en el comedor como cada mañana, me he acercado a saludarle, y ahí le he encontrado. Ahí. Tieso. Cómo le ves, vamos.

—Pobrecillo…

—No me digas que vas a llorar. Tanto pobrecillo, pobrecillo, si estabas siempre quejándote…

—Ya… pero, hombre, tampoco quería que se muriera.

—Ley de vida.

—Insensible...

—¡Pero bueno! Cualquiera diría… No te entiendo. Te pasabas la vida echando pestes de él, que te daba mucho trabajo, que menuda carga, que a este paso iba a durar más que nosotros... Y ahora te pones así.

—Pero eso son cosas que se dicen, no que se piensan.

—¿Y todas esas veces que me dices “piensa antes de hablar”?

—Pero ¿Qué tiene que ver eso ahora?

—Pues que me acabas de decir que tú también hablas y no piensas.

—Mira que eres idiota, con la que tenemos encima y que tonterías dices...

—Lola, van dos veces que me llamas idiota y no hace ni cinco minutos que te has levantado.

—Si es que parece mentira... Tenemos aquí a este pobre, ahí mismo, muerto. Que no sabemos ni lo que habrá sufrido el pobre. No me digas... Aún podía haber vivido unos cuántos años más, porque bueno era mayor, sí. Pero cómo para morirse... Pues no.

—Venga mujer, venga, no te lo tomes así... Anda, ven, ven a la cocina, te pongo un vaso leche calentito y tú tranquila que yo me ocupo...

 

Nadie se imagina lo duro que es ser un pez. Sobre todo, si no naciste en cautiverio. Ves la luz y te acostumbras a hacer largos y más largos allí donde vives. Te acostumbras a que el mar o los ríos son inacabables. Sin embargo, un mal día te pescan y acabas encerrado entre unas paredes de cristal, intentando que te cundan dos litros de agua. ¿Verdad pez? Sí ya lo sé yo, ya lo sé que es duro. Pero entiéndelo, es bueno que los chavales tengan una mascota, se responsabilicen, aprendan a cuidarla...Y puestos a elegir entre un perro al que hay que andar sacando tres veces al día, no fastidies, con la rasca que hace en invierno... Ahí con el perrito a ver si se decide o no se decide a hacer los deberes. Vamos como que no, que yo ya soy muy mayor y muy hombre como para esas mariconeces... Esto, entre tú y yo, pez. ¿Un gato? Pues mira bien mirado el gato es independiente, no está ahí todo el día saltando a tu alrededor, además no hay que sacarle. Todo ventajas. Pero... Lola tenía miedo de que el gato arañara a los chavales. Ya ves, como si el perro no les pudiera morder. Eso dije yo. Y me salta con que además luego huele toda la casa a gato. Y ahí claro le contesté, que yo no me callo: “Pues ¡anda! que no huele mal ni nada un perro mojado.”. Porque de toda la vida en casa de mis padres ha habido gato, y oye ya me estaba hiriendo... Pero nada que no nos poníamos de acuerdo de si perro o gato, días y días que si uno u otro. Total, que coincidimos en “pez”.

 

—¿Dices algo?

—Nooo

—Parecía que estabas hablando.

—Sí, hombre, con el pez...

—O sea que no le podías ver cuando estaba vivo y ahora vas y conversas con él. No me digas que no es para llamarte idiota...

—Lola, leche, que no, que no estoy hablando con el pez. Que estaba tarareando...

—Pues mira que tararear con el pez ahí de cuerpo presente. Qué estómago...

—Bueno ¿Me quieres dejar que me ocupe yo o prefieres hacerlo tú?

—No, no, mejor tú...

—Pues en eso estoy...

 

Y así llegaste tú a esta casa. Pero vamos que no eras ni la tercera parte del pez que eres ahora, esto también te lo digo. Total, no queríamos ninguna merluza, con que nadaras y duraras una temporadita nos conformábamos. El caso es que los niños terminaran ya con la matraca esa de que querían un perro. ¡Un pez! les dije cuando te puse delante de ellos, que también empieza por “p”. Y bueno como todavía eran pequeños y no se lo esperaban para nada, pues parece que con la sorpresa les convencí. El del medio que nos ha salido un poco bruto y hambrón, pronto preguntó que cuando te comíamos. Y la pequeña no veas la que armó cuando oyó aquello, que no había forma humana de tranquilizarla y el otro en vez de callarse, poniéndose el hueso del muslo de pollo bajo la nariz como si fuera un caníbal, y venga a saltar alrededor del pez diciendo sandeces, sin sentido, como en los dibujos de los caníbales. Hasta que el mayor no le pegó una colleja bien dada no conseguimos hacernos con la pequeña. La verdad es que tener varios hijos pues a veces te complica más la vida, pero otras, es curioso, pero hasta viene bien, porque entre ellos mismos aprenden a resolver sus problemillas y mejor que nosotros. Supongo que te acordarás ¡ah calla!, es verdad, que dicen que vosotros no tenéis memoria ¿no? Y poco bien que se debe vivir sin memoria, sin que nadie te pueda reprochar que se te ha olvidado algo de la compra, o el aniversario o lo que sea, porque el caso es reprochar...

 

—¿Acabas ya...?

—Noooo

—Pero ¿Cuánto necesitas tú para coger un pez?

—No es tan fácil ¿sabes? Porque los peces resbalan...

—Bendito sea Dios... Pero si llevas ahí por lo menos diez minutos.

—Bueno ¿y? ¿Tenemos prisa?

—Pues sí, la tenemos ¿O no te acuerdas que hoy viene el mayor con el niño?

—Pero si su niño aún no sostiene ni la cabeza...

—Tú ¿Que sabrás? Pero le gusta a la criatura mirar el acuario y al pez dando vueltas... ¿O no estás harto de verlo?

—Uno está harto de tantas cosas...

—¿Queeee?

—Nada, nada, que sí, que ya voy...

 

Al principio los niños se embobaban mirándote. Parece mentira con lo soso que has sido siempre... ¡Vamos! que no es porque seas tú, no te ofendas, es una cuestión de tu especie. Pero lo entretenidos que estaban ahí venga a mirarte. Sobre todo, la niña, que hasta mi mujer ya me decía en voz baja:

 

—Mírala, es que ni pestañea, no se despega de la pecera...

—Pues déjala, para eso lo trajimos ¿no?

—Pues no, para eso no.

Yo no sé si las hembras de tu especie serán como las de la mía, pero desde luego las nuestras siempre tienen que llevar la contraria...

—Ah ¿No? ¿No le trajimos para que le miraran? porque que yo sepa para comérnoslo no era ¿O sí? –ya contesté yo un poquito torcido...

—Cállate, anda, que cómo te oiga ya la tenemos formada. Le trajimos para que le miraran sí, pero no tanto. A veces me da la impresión de que la voy a llamar y se va a dar la vuelta y va a tener los ojos redondos como dos pelotas de baloncesto.

—¡Esta sí que es buena! Pero ¿Tú sabes que existe el baloncesto? Me acabo de enterar...

—Pues no, no sé mucho, la verdad, pero diciéndotelo así me entiendes mejor... Desde luego tú nunca te preocupas de nada.

—No yo no, yo me ocupo luego, que es peor... Que no sufras tanto, Lola, estate tranquila, que a la niña no le pasa nada de nada, que es la novedad, solo la novedad, parece mentira que no les conozcas...

 

Y tú no te acuerdas porque eres pez. Pero así fue. La novedad. Al cabo de un par de meses ¿Quién se ocupaba del pez? Yo. Y nada más que yo. Y, anda, que no he estado tiempo ocupándome de ti... Qué pena que no te acuerdes. A veces a uno le gustaría algo de agradecimiento... Aunque la verdad es que te confieso que no ha sido ningún sacrificio, también te lo digo, es cierto que uno se encariña de ti, que ese deambular que tienes para acá y para allá, tiene su aquel... y hasta relaja. Pero... ¿Qué pasó cuando los hijos se han ido haciendo mayores y han empezado a dar menos trabajo? Pues que mi mujer empezó a estar más ociosa, y mira por donde comenzó a ocuparse más de ti. Al principio no me importó, porque mira si ella se ocupaba, yo podía dedicarme a mis cosas. Pero poco a poco sus atenciones hacia ti se han ido acentuando y acentuando. Y bueno yo pensaba. “Pobre, si total ella es la que menos le ha disfrutado, y ya poco va a poder porque a este pez le deben quedar ya dos telediarios”. Pero tú como no ves la televisión ¡no sabes lo largos que son ahora los telediarios! Que tú debes ser el Matusalem de los peces, tío, porque no hay forma de que pases a mejor vida...

 

—No salgas de la cocina, Lola, que ya paso con él...

—¿Queeee?

—Que no salgas de la cocina que ya paso con el difunto en las manos.

—Vale, vale, qué lástima, pobrecillo...

 

Y entiéndeme, que tampoco es que yo te quiera mal. De verdad que no. Puedes creerme. Pero es que a Lola se le ha ido un poco el norte contigo ¿sabes? Porque estaba yo deseando que los chicos se fueran de casa para que los dos tuviéramos un poquito más de libertad para entrar y salir, y bueno ya sabes... para todo. Y hasta hemos tenido suerte en eso, que otros se eternizan hasta que se les independizan, pero los nuestros no, la verdad, como han querido irse a estudiar fuera. Y entiéndeme uno les echa de menos. Pero ¡vamos! sabiendo que están bien, pues ya está. Bueno el caso es que ahora que nosotros podríamos ser más libres, pues resulta que Lola no te quiere dejar solo. Sí, sí, como te lo digo, que no quiere que volvamos tarde, ni que nos alarguemos mucho, ni que nos entretengamos por ahí más de lo necesario, porque te quedas solo. Imagínate la salida de mi Lola ¡que dice que te quedas solo! Yo, no daba crédito la primera que se lo escuché.

 

—Pero Lola ¿Tú te estás oyendo? Que es un pez... Que menos expresivo que un pez, y más independiente no lo hay...

—Pero no es un pez cualquiera, es NUESTRO pez -me dice, subrayando bien la palabra NUESTRO, recalcándola con su dedo- NUESTRO pez, me oyes, me oyes bien, y nos debemos a él.

-          Sí, sí claro que te oigo, yo y todo el bloque… y desde luego que deben estar haciéndose cruces.

 

Y te juro que cuando me lo dice hasta yo le veo los ojos más redondos. Me puedes creer.

 

Y mi Lola es muy pesada, mucho. Y me llama idiota cien mil veces al día. Pero es mi Lola. Y lo último, anoche, cuando me dice que no podíamos hacerlo en el salón. Pues sí, yo que sé, que me dio ahí el punto y tenía que ser aquí te pillo aquí te mato. ¿Y por qué no? El salón también es nuestro ¿no? Pero ella que no, que estabas tú mirando. Y yo que ¡anda Lolita! no bromees con estas cosas... Y ella que yo no estoy bromeando, que te lo estoy diciendo muy seria, que parece mentira que no me conozcas. Y que no conseguí ¿eh? Sacarla de sus trece. No lo conseguí. Erre que erre, erre que erre, pero nada. Que tú estabas mirando. El pez. Hay que fastidiarse. Y claro con tanta tontería, hasta se me fueron las ganas.

 

Y eso fue la gota que colmó el vaso. Porque hasta ahí podíamos llegar. Por eso ya he tenido que tomar esta decisión, a la desesperada. Y tú sales de aquí hoy, como lo digo yo. Espero que no hayas sufrido mucho con la ración extra de sueño que te he metido entre escamas y escamas, pero ahora ya que estás más espabilado, y te he dado las explicaciones pertinentes, yo te tiro por el retrete, pero ya.

 

—¿Terminaste?

—No, pero ya, ya termino...

—Pero ¿Aún le tienes ahí? ¿Contigo?

—Que sí Lola, que ya, que ya termino...

—Pobrecillo... animalito, pobrecillo mi pez.

 

Si vas a estar muy bien ya verás, porque tú no te acuerdas de cuánto tenías más sitio... Pero poco bien que vas a estar nadando por las tuberías, ¡vamos! nada que ver con una pecera. Te lo digo yo. Metros y metros de agua.

 

—Déjame, déjame verle por última vez...

—Pero Lola ¿Qué haces aquí? Que no, que te vas a llevar un mal rato sin necesidad, sal, que ya termino.

—Que no, si ya estoy mejor, déjame, déjame que me despida... Que han sido muchos años.

—Pero Lola, que no, que va a ser peor, que te va a dar mucha pena.

—Que no, que yo prefiero despedirme, que si no se me va a quedar una cosa aquí dentro para el resto de la vida... Déjame, déjameeee...

—Que no.

—Pero que me dejes.

—Que no.

—Pero bueno si parece que está vivo...

—Que no, mujer, que son ilusiones tuyas, ves lo que querrías ver, porque ahí dentro hay corriente y parece que se mueve...

—Que no, que no, que te lo digo que vive, si le conoceré yo... Déjame, déjame, que le voy a coger con el vaso.

—Pero Lola que está muerto... Muerto y bien muerto.

—Tú sí que estás muerto... ¿Pero no lo ves? ¿No ves que está vivo? ¡Ay madre mía! Si no llego a venir... Que casi te le cargas, y estaba vivo... Pero qué suerte Dios mío, qué suerte. Tú tranquilito, tranquilito que ahora mismo yo te devuelvo a tu pecera, y aquí no ha pasado nada de nada... pero nada de nada. Y esta tarde aquí todos en silencio, cuidándote... Ya verás, ya verás que bien.


                                                                                   @Rocío Díaz Gómez

 

viernes, 17 de julio de 2026

"Mamá era una sirena" Relato de Rocío Díaz Gómez

 



¿Os apetece leer uno de mis relatos?

Pues os dejo con "Mamá era una sirena" que fue premiado con el 1º Premio en el Certamen de Relato Corto Luis Sancho 2024 organizado por el Ayuntamiento de Villaviciosa de Odón en colaboración con la Asociación Cultural Acua de Villaviciosa de Odón en octubre 2024.

Le tengo mucho cariño.

Ojalá os guste. 


Mamá era una sirena

 Rocío Díaz

 

         Mamá era una sirena.

Nos dimos cuenta el día que papá no llegó a tiempo de rescatarla.

 

Acostumbrados a su melena mojada, a que se duchara más de dos y tres veces diarias, a su piel ligeramente húmeda y sus querencias acuáticas, no nos llamaba la atención que, en días lluviosos, mamá abriera el balcón de par en par, y se sentara en la barandilla con las piernas colgando. Balanceándolas despreocupadamente, disfrutaba viendo cómo las gotas iban empapándoselas despacio.

Nos acostumbramos también a que comenzara a cantar, muy quedo, mientras se mecía bajo la lluvia. Cada vez más mojada, cada vez más feliz.

Aún me pregunto si brillaba más su mirada o la piel de sus piernas estampada de gotas balanceándose al ritmo de aquella música acariciante.

 

—Vuestra madre es más traviesa que todos vosotros juntos -decía entonces mi padre corriendo a rescatarla del balcón- Cuando en un rato tenga fiebre y se queje no la vamos a hacer caso. ¿Verdad? -Apostillaba, buscando tanto nuestra distracción, como nuestra sonrisa cómplice.

Y al acercarse, desde detrás la besaba con infinito cuidado en el cuello. Y con ese lenguaje en voz baja, que compartían y solo entendían ellos, la convencía para que bajara de la barandilla y se metiera en casa, mientras la vestía con una enorme toalla, a modo de larga falda de felpa.

La princesa más elegante de todas las aguas era mi madre enrollada en esa enorme toalla que, al caminar, arrastraba con elegancia, mientras mi padre la llevaba casi en volandas hasta la ducha donde terminaban todos sus episodios acuáticos.

 

Si creces viendo esa húmeda coreografía que bailaban mis padres, salpicada de complicidad y cariño, no te extraña. Quizá muy pequeños, cuando se imitan todas las conductas, alguno de nosotros pretendimos encaramarnos al balcón. Pero aquella barandilla siempre estuvo demasiado alta y oportunamente muy llena de floridos y pesados tiestos.

 

 

Mamá era una sirena.

Y un día que ya nunca olvidaremos papá no llegó a tiempo de rescatarla.

 

Era una tarde especialmente gris y la lluvia comenzó a caer mansa. Papá no estaba. En unas horas el cielo se deshacía en un mar de agua que iba cubriendo las aceras y las fachadas, las barandillas y a las madres que cantan sobre ellas despreocupadamente.

 A medida que las piernas de mamá iban empapándose, se recubrían de una pelusilla plateada y áspera, que, al seguir mojándose, se convertía en una capa de escamas, tupida y fría, que cuánto más la inmovilizaba, más la contagiaba de una felicidad que mojaba a mamá de fuera adentro, alejándola de nosotros y nuestra seca realidad.

No sé cuánto tardamos en advertir en la lejanía su canto cada vez más alto y nítido, melodioso y dulce.

Y aunque corrimos a su cuarto, ya era tarde.

Una fuerte y preciosa cola plateada cuajada de escamas había sustituido por completo a sus piernas y por más que tiramos de ella hacia dentro de casa no logramos hacerlo. Quizá fuera porque pesaba mucho más, o porque ella no ayudaba demasiado, quizá porque no sabíamos del lenguaje íntimo y cómplice de mis padres, o porque la lluvia al fin había ganado y conseguía a quién tanto había pretendido.

Pero nuestras fuerzas se agotaron sin conseguir entrar a mamá. Entonces ella, tirándonos un beso, se deslizó por la fachada, y resbalando, alcanzó con suavidad la acera, y siguió deslizándose sobre los charcos calle abajo hasta perderse en la lejanía, delante de su canto.

 

—Iba feliz, papa.

Dijimos para consolarle.

—Ojalá hubieras visto lo feliz que iba.

Y él asentía, una vez y otra, mientras las lágrimas no le permitían contestarnos.

 

Desde entonces, los días grises los pasamos cerca del faro, a orillas del mar. Entre las olas siempre vuelve mamá. Sonríe al vernos más altos, sin algún diente de leche, sanos. Nos tira un beso, dos, tres, y de pronto ya solo vemos su cola plateada zambulléndose tras ella. En esos días grises también nosotros volvemos más contentos a casa, sabiéndola en el agua, feliz, sabiéndola sana y más sirena todavía.


@Rocío Díaz Gómez





viernes, 12 de marzo de 2021

"450.000 fotografías" Relato de Rocío Díaz.

 


 

#HistoriasdePioneras.

 

450.000 fotografías

 

Se llamaba Katia y a los 14 años descubrió que nada le habría hecho más feliz que sentir circulando por sus venas, en vez de sangre, ríos de lava. Aunque lo cierto era, que de algún modo, ya la recorrían. Solo así podía explicarse esa fascinación que desde niña sentía por esos montes que nos conectaban con el centro de la tierra. Esa mujer menuda llegaría a adorar las montañas de fuego. Y en justa correspondencia el dios de los volcanes la reclamó para sí.

Katía había nacido en la Alsacia francesa, en su infancia conoció los volcanes por los vídeos y los libros. Pero tanto la hipnotizaron que en cuánto tuvo uso de razón pidió que la llevaran a visitarlos. A los 7 años conoció el Etna, el Strómboli, el Vulcano. Los sentía poderosos.

En la Universidad de Estrasburgo donde estudió física y geoquímica, tuvo la inmensa suerte de coincidir con otra persona con idéntica pasión. ¿Quién podría decir si no, que le gustaría morir en un volcán? Solo alguien que a continuación lamentase que la probabilidad de poder hacerlo era bastante baja. Pero qué equivocado estaba. ¿En qué momento la pasión se convierte en enfermedad? Katia siempre supo que no encontraría a otro como él. Eran las únicas dos piezas del mismo puzle. El suyo fue un amor que duraría hasta que, un cuarto de siglo después, ambos corrieran en busca de la peor erupción que habían visto en su vida.

Pero hasta que llegó ese día unieron sus vidas para dedicarla al estudio de los volcanes. No hay demasiados vulcanólogos en el mundo, y entre ellos apenas unos cincuenta se dedican a los volcanes activos. Los Krafft destacaron entre éstos últimos, haciéndose muy famosos por estar siempre al pie del volcán más peligroso.

Su primer viaje juntos, a modo de luna de lava, fue al Strómboli. No tenían mucho dinero, y su equipo no era el apropiado. Años después se reirían juntos viendo en las fotos y grabaciones como su ropa iba desintegrándose por los gases, a medida que iba transcurriendo el viaje. Qué desastre.

Viaje a viaje, fueron aprendiendo. Y mientras lo hacían, iban desaprendiendo a tener miedo. Fueron pioneros en hacer reportajes de volcanes en erupción. Ella fotografiaba, él filmaba. Ambos se necesitaban, se complementaban, se extasiaban con la cruel belleza de la lava. Y gracias a sus reportajes, a la información que ellos proporcionaban desde el lugar, se pudieron evacuar zonas en peligro salvándose muchas vidas.

Pero ¿En qué momento la pasión se convierte en enfermedad? Cada vez querían sentir erupciones más tremendas, cada vez contemplarlas desde más cerca, a menudo rozando los 30 centímetros de distancia. A la mínima señal de humo saliendo de cualquier volcán del mundo, cogían lo necesario y eran los primeros en aparecer. Valientes e intrépidos, en un año recorrieron el mundo 8 veces, saltando de volcán en volcán.

Hubo veces que solo se hablaba del Sr. Kraff, cuando se daban a conocer los hallazgos importantes para la ciencia, a los que habían contribuido ambos. Algunos medios no nombraban a Katia, aunque siempre estaba a su lado. De hecho, fue ella quien creó el cromógrafo, un pequeño analizador de gases portátil, y quién se especializó en los volcanes de nubes ardientes.

Pero fueron ambos los que realizaron conferencias, publicaron libros, participaron en programas de televisión y entrevistas. Él sumó unas 300 horas de filmación y Katia unas 450.000 fotografías. En la mayoría de ellas se los puede ver siempre al borde del abismo, la lava casi a sus pies, recortándose su silueta sobre el fondo rojo y gris de un volcán en erupción. Ambos vestidos con sus trajes especiales, plateados o de aventura, ambos con el mismo gorro rojo, e idéntica y enorme sonrisa, trotando apenas a unos pasos. Y como fuegos artificiales el material piroclástico cayendo en cascada tras ellos. 450.000 fotografías trasmiten su felicidad.

Katia fue una pionera de la vulcanología activa, los dos lo fueron, mientras sucumbían a su mayor pasión.

 

Hasta que la mañana del 3 de junio de 1991 los encontró muy cerca de El volcán Unzen en Japón. Llevaba dormido casi 200 años y cuando despertó quiso mostrar al mundo todo el sueño acumulado. Quiénes llevaban más de veinte recorriéndolo y presenciando erupción tras erupción, no hicieron caso de su alarde. Quizá porque habían perdido el miedo, quizá porque ya nos les importaba morir. Y quisieron acercarse más, pensando que era seguro quedarse en la meseta que eligieron. De pronto el Unzen quiso demostrarles su error y escupió una densa e inmensa nube de gases, rocas y cenizas de 800 grados centígrados que se abrió paso en cuestión de segundos, envolvió y arrasó todo lo que encontró y avanzó segura en la dirección en la que estaban.

¿En qué momento la pasión se convierte en enfermedad? Quizá su marido, al final, consiguió cumplir uno de sus sueños: Navegar de algún modo sobre un río de lava. Lo que no podemos dudar es que a su lado, con la cámara colgando del cuello y una enorme sonrisa, iba Katia de su brazo. 

 

 Rocío Díaz Gómez

 

jueves, 21 de enero de 2021

"Don Andrés y mis redacciones" - Relato de Rocío Díaz

 

Esta foto está tomada de internet

 #MiMejorMaestro 

 

 

Don Andrés y mis redacciones

 

Querido don Andrés,

Hoy me acordé de usted. De pronto le he visto, a pesar de mi incipiente presbicia, con una nitidez increíble. He vuelto a ver su pelo liso, bien peinado a raya por delante, pero revuelto por detrás. He vuelto a ver sus gafas grandes de pasta y de miope, su anodina chaqueta a cuadros, y su semblante, no se me ofenda, más anodino aún.

No le veo desde hace ¿Cuánto? ¿Cuarenta años? Fíjese, que yo creo que sí, que los cuarenta desde luego. Cuarenta y seguramente cuarenta y uno, que total a estas alturas de la vida, no voy a andar racaneando con los años. Sería absurdo. Sobre todo cuando aquí los tengo, debajo de los ojos y sobre la espalda. Cuarenta, qué barbaridad. Y ni le volví a ver más, ni he vuelto a saber de usted. Y aunque cierto es que nuestro colegio lo cerraron, no lo es menos que yo estaba muy ocupada viviendo mi adolescencia, mi juventud, mi vida adulta, para andar pensando en usted, que ni fue mi profesor más atractivo, ni el más dicharachero. ¿Verdad don Andrés? A estas alturas si no racaneamos con los años, tampoco vamos a hacerlo con las verdades.

Sin embargo hoy, qué cambalache de ideas habré yo revuelto en el trastero de mi memoria, para que de pronto aparecieran su traje y sus gafas, apareciera su pelo y su semblante tristón, y yo me viera de nuevo ante usted en aquella clase de la EGB, después de tantos años y tantos escritos. Así de absurda, complicada y maravillosa es esta vida.

Esta vida de ¿escritora? Más bien de aficionada a la escritura, porque don Andrés para mí los escritores siguen siendo los que viven de sus escritos. Y yo, afortunadamente, no como de lo que gano escribiendo.

Porque le confieso que me importa tanto escribir, tanto, que si tuviera que vivir de esto, en tardes como la de hoy, que no he conseguido escribir ni media página, no podría merendar. Y discúlpeme pero eso son palabras mayores, que yo la merienda no la perdono. Tardes como la de hoy, que se me han pasado mis buenas dos horas, y tres, que entre usted y yo ya no hay medias verdades, delante del ordenador sin hilvanar ni media historia, ni un cuarto de párrafo, ni tan siquiera una mágica y primera frase. Esa primera de la que tirarme, como de un trampolín, para empezar a dar brazadas en un relato. Tardes como la de hoy, qué tristeza don Andrés, qué tristeza, en las que verme como si aún tuviera doce años, y usted me hubiera mandado de deberes una redacción que no supiera ni por donde encaminarla.

Y ha sido pensar eso, y pensar en usted. Y sin darme cuenta he comenzado a escribir. Bendito don Andrés. He comenzado a escribir, a escribirle esta carta que nunca podré enviarle. Cuarenta, qué barbaridad, quizá usted ya ni viva.

Pero yo seguía, erre que erre, tejiendo frases ¿sabe? Una frase y otra frase y otra después porque yo le contaría tantas cosas de cómo me ha ido… De cómo me ha ido con las palabras, con los relatos, con las historias. En fin, con sus redacciones, ya sabe a lo que me refiero.

Porque usted siempre ha estado ahí, desde los comienzos, cuando nos ponía de deberes una redacción con un tema. La primavera, las vacaciones, la navidad. Y yo siempre las comenzaba todas igual: “La Primavera ¿qué es la primavera?” Y después por fin encontraba el hilo de Ariadna por algún lado y comenzaba a tejer. Porque redactar, narrar, inventar, no era como aprenderse de memoria las Preposiciones: «A, ante, bajo, cabe, con, contra, de, desde, en, entre, hacia, hasta, para, por, según, sin, so, sobre y tras». Aún recuerdo la retahíla. Aquello era otra cosa, por eso tenía que recurrir a mi pregunta de rigor: “La Primavera ¿qué es la primavera?” y dejarme llevar. Que ya podía usted haberme dicho, don Andrés, que cambiara de vez en cuando ese comienzo, qué niña tan cansina era yo, ahora lo sé, con la dichosa preguntita.

Pero usted no, usted me escuchaba callado, caminando por el pasillo entre los pupitres, o sentado en su mesa. Me escuchaba serio, atento, hasta que yo terminaba. Después decía: “Muy bien”. Eso me decía, nada más. Sin decir mi nombre de nuevo, sin una sonrisa. Bajaba la cabeza, y apuntaba en su cuaderno, mientras yo me sentaba otra vez. Después en mis notas siempre me daba un ocho, quizá un ocho y medio, hasta alcanzar el nueve de fin de curso.

Vaya pareja que estábamos hechos, usted y yo. Yo deseando que le agradaran mis redacciones y usted escatimándome las palabras hasta la calificación final.

Y aun así, hoy ha vuelto a estar ante mí, ha aparecido detrás de una esquina de mi memoria. Con su traje chaqueta manchado de tiza y su pelo despeinado por detrás, que se notaba que había salido pitando de casa por llegar a tiempo al cole, como yo, como todos. No sé los años que tendría, seguramente era mucho más joven de lo que yo, a mis doce años, creía.

Y me he dado cuenta, don Andrés, de algo. Le echo de menos. Echo de menos sus deberes, esa pauta que me ayudaba a comenzar a escribir. Echo de menos su mirada atenta y sus oídos dispuestos que no se perdían ni una de mis frases. Echo de menos sus ochos que me empujaban a querer mejorar y llegar hasta el nueve a final de curso.

Cuarenta años, don Andrés, cuarenta, qué barbaridad, y todavía le veo delante de mí, cuando comienzo a escribir. Le saludo, le sonrío y ya solo tengo que pensar:

La primavera ¿Qué es la primavera?

 

Rocío Díaz Gómez.- Enero 2021

 

 

- La imagen de esta entrada está tomada de internet: https://yofuiaegb.com/