Mi amigo del alma me envía una foto sin palabras.
Mi amigo de letras me manda un precioso mural.
Y la yema de tu dedo escribe sobre mi piel:
Solo quiero saber si estás bien.
Todas las fichas del puzzle encajan
en los días perfectos.
Un blog para letraheridos. Un blog de literatura y de Madrid, de exposiciones y lugares especiales, de librerias, libros y letras. Un blog donde sentarse a leer mientras te tomas un café.
Mi amigo del alma me envía una foto sin palabras.
Mi amigo de letras me manda un precioso mural.
Y la yema de tu dedo escribe sobre mi piel:
Solo quiero saber si estás bien.
Todas las fichas del puzzle encajan
en los días perfectos.
Si alguna vez no sabes que regalarme,
ofréceme una isla.
Una con casas menudas y blancas
como dientes de leche,
una con la piel negra
y dura de la lava de los tiempos,
una que protegen faros tanto de verdad
como de mentiras.
Ofréceme esa isla
donde las veletas enloquecen de amor a sus vientos.
Donde la espuma y los peces
brincan entre las mareas verdes y azules.
Una isla de molinos y volcanes.
De Manrique y Saramago.
La de los museos en castillos, bitácoras y exposiciones.
Si alguna vez no sabes que regalarme,
acuérdate de esa isla que te cuento,
la del café leche-leche,
la que se deja pasear de pueblo en pueblo,
la que a mis pies no se le acaba,
ni a mis ojos, ni a mis ganas.
Y olvídame allí una vez, dos, tres veces
permíteme que aún siga descubriéndola,
que se derroten mis días sobre ella,
que Lanzarote no se me acaba.
Siempre queda un faro por descubrir, un libro por leer,
un beso por darte.
Siempre.
No queda más remedio que volver.
Volver al mar, a las islas, a sus faros.
Volver a mi biblioteca, a mis libros pendientes,
a las letras.
Volver a ti.
Siempre queda un viaje
a cuánto nos apasiona.
Siempre, las ganas
de tanto.
Ojalá cada mes tropezara con un faro.
Uno que aportara luz entre las sombras y las dudas. Uno que, además de ser guía, fuera refugio.
Ojalá que mi faro y el tuyo tontearan con sus luces. Que se reconocieran en la misma orilla y acompasaran la secuencia regular de sus destellos hasta hacerlas mellizas y extraordinarias.
¿Te acuerdas de aquel tiempo y sus luces?
Del verano del 25 traje un montoncito de faros para esos meses en los que no tropezaré con ninguno. Meses de tardes cortas y ausencias largas. Horas que pierdo y me pierdo.
Juego a colocar mis faros de dos en dos por casa, para que intimen y se iluminen de historias de algas y naufragios.
Del verano del 25 traje un tesoro de faros, un haz de luces para mi envés.
Una ofrenda a la nostalgia.

Yo soy de los que crecieron escuchando como se acercaba el anticiclón de las Azores. No había demasiadas opciones en la televisión y, aunque tú no prestaras atención, de fondo sonaba una voz contando el tiempo que se te colaba dentro.
Vete tú a saber dónde estarían Las Azores. Un lugar muy lejano en medio de un océano. Un destino casi tan mítico con la muralla China o las pirámides de Egipto.
Qué mal se me dio siempre la asignatura de geografía. Pero de algo sí estabas segura: de allí siempre llegaba el anticiclón.
Lo bueno de crecer, algo bueno tenía que tener, es que vas colocando chinchetas en el mapa mundi de tu interior. Querrías llegar hasta todos aquellos lugares que tu mente infantil sintió tan remotos como mágicos.
Lo bueno de crecer es darte cuenta de que la geografía no es tan difícil si posas los pies en el mapa. Si lo caminas hasta arrugarlo. Hasta que, como decía aquella preciosa canción, "ya no queden islas para naufragar".
Ah y no siempre hace un tiempo seco y soleado en Las Azores.
Quizá lo del mítico anticiclón también era un poco mentira.
Todos somos islas.
Y faros.
Y luz.
No descansaré hasta encontrar aquella,
cuyos golfos y cabos, encajen perfectamente en
mis aristas y paisajes.
Solo habré de seguir la luz del faro
de cualquier isla.
Y seguir intentándolo.
Faro de Orchilla. Detrás de los volcanes. Donde una vez estuvo el Meridiano.
El Hierro. Junio 2025.
Donde una vez estuve yo.
Comienza febrero y quizá sea por su "f" inicial, por su horizonte sin una sola fiesta, con otra "f", o por esta necesidad que tengo de festejar, también por "f", la simple y necesaria rutina.
Comienza febrero y necesito un Faro, con esa "f" mayúscula, para que me ilumine, me ayude a disfrutar, indispensable "f" la del gozoso vocablo, disfrutar, decía, la derrota de los días.
"Derrota", qué palabra tan bella cuando nos detenemos en el significado que la Real Academia nos muestra:
Camino, vereda o senda de tierra.
O mucho más bello aún: Rumbo o dirección que llevan en su navegación las embarcaciones o aeronaves.
Por eso acudo al último faro que descubrí, que atrapé para mi colección, que me traje a Madrid: El faro de La Gomera. El hijo único de la Isla de las mil curvas.
Sé que los faros de las islas vecinas le habían ido con el cuento de que iría en su busca una loca de los faros que, de vez en cuando, se escapa de Madrid para atraparlos. Y lo sé porque sentí que me esperaba. Solitario, silencioso, posando en su lugar privilegiado.
Necesito que mi último faro alumbre la derrota de los días de este febrero que comienza.
Que no me deje perder el rumbo, que me indique la dirección y me devuelva el corto febrero lleno de palabras, de cariño, de vida.
Hay un faro esperándome en algún lugar.
Me guarda un pedazo inmenso de mar
y un sol a la medida del hueco de mis manos.
¿Cómo sabré que eres tú?
La pregunta viva, traviesa, terca,
salió de mis labios sin permiso.
Hay un faro en algún lugar
que me prometió tiempo y serenidad.
Yo le creí, juro que lo hice, pero quizá solo fuera
terca necesidad.
Quiero mi mar y mi sol.
¿Cómo sabré...?
Mis labios nunca recibieron contestación
y yo tampoco.
Faro del Cabo Caccia (Cerdeña)
Cuevas de Neptuno/Grotta di Neptuno
En otra de mis vidas viví en una isla.
Era una isla a mi medida, con un sol amarillo y enorme que no quemaba, una playa de arena blanca donde daba largas caminatas porque ni se me hundían los pies ni los granos se me escondían zalameros entre los dedos. Una playa doméstica, con un ligero viento que bailaba sobre la piel del agua y una silla siempre abierta que esperaba paciente en la orilla que yo me sentara en ella a leer.
Y a la vuelta de la esquina de ese viento y esa playa, mi isla tenía el faro, ese mismo faro que busco incansable de isla en isla.
No me acuerdo cómo es, ni en qué vida lo habité.
Pero no paséis cuidado, que cuando esté ante él, algo dentro de mí me detendrá.
Ese día el mundo amanecerá ordenado, oliendo bien.
Y, al fin, podré sentarme para siempre a hojear todos los álbumes de todos los viajes que inventé buscándolo.
Pues, sin duda alguna, sabré que he llegado.
#Faros de Gran Canaria. Junio 2024