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sábado, 6 de junio de 2020

Confinamiento.Madrid. Finales de la Fase 1. Gloria Fuertes.



Tus pies quieren andar, quieren movimiento, sentir que tú y el asfalto estáis vivos cuando lo pisas. 

Madrid es enorme pero se puede caminar. 
Sin más brújula que la intuición y el sol en la cara. 
Sin más destino que las calles menos transitadas. 
Vas alejándote de casa, del barrio, para seguir descubriendo tu ciudad.

Hay que salir cada vez más temprano para no hacerlo a deshoras. 
Bendita fase 2 que nos dejará caminar a cualquier hora. 

Madrid de vez en cuando se viste de gala y te muestra una de esas casas que te gusta encontrar. 
Esta vez ha sido la de Gloria Fuertes. 
Otra para la colección. 


Está en la calle Alberto Alcocer, esquina con el Paseo de la Habana. 
Sabes que esta casa se la compró después de haber vuelto de su experiencia como profesora en EEUU. Ella que no tenía ni el bachillerato, que tenía un curriculum "anémico" se pudo ir becada a una universidad a dar clase, con la ayuda de su amor de entonces. Pero ella lo valía, lo valía de sobra, y durante dos años los alumnos la celebraron como la mejor profesora que habían tenido. 
Ella fue feliz y sus alumnos lo fueron más.

Qué pena no haber podido disfrutar de sus clases, tenían que ser tan grandes como Gloria.

Te recuerdas a ti misma de niña delante del televisor. A tu lado sentados tus hermanos en el suelo, en todas las manos el bocadillo de la merienda. En la pantalla están echando "Un globo, dos globos, tres globos". 
Te encantaba. 
Ese recuerdo en casa de pequeña, con tus hermanos, tus padres, todos cerca, es uno de los tesoros que guardas en la memoria. 

Vuelve el recuerdo, viene envuelto en aquella musiquilla.

"Un globo, dos globos, tres globos, la tierra es un globo que se me escapó". 
Ya estaba ahí Gloria Fuertes, en tu vida, y tú sin saberlo.

Aunque ahora de mayor, te inclinas por sus poemas para adultos. 
Esos poemas aparentemente sencillos, pero profundos. 
Esos poemas cercanos, que te llegan como pocos.


YA VES QUÉ TONTERÍA

Ya ves qué tontería,
me gusta escribir tu nombre,
llenar papeles con tu nombre,
llenar el aire con tu nombre,
decir a los niños tu nombre,
escribir a mi padre muerto
y contarle que te llamas así.
Me creo que siempre que lo digo me oyes.
Me creo que da buena suerte.

Voy por las calles tan contenta
y no llevo encima nada más que tu nombre.


autógrafo


#Madrid
#Casas de Escritores
#Gloria Fuertes

lunes, 11 de mayo de 2020

Octava semana de confinamiento. ¿Día 58? Y sigue.




Octava semana de confinamiento, dia 58?

A veces no te crees que lleves cerca de dos meses metida en casa. Viendo a tus personas queridas a través de las pantallas del ordenador o del móvil. Escuchándoles en los audios o por teléfono. Leyéndoles. Dos meses ya, aunque haya cosas que no cambian y sigues dudando en si habrás escrito algún leísmo o loísmo en lo que acabas de redactar. Siempre pecaste de todos los "ismos" del mundo, ni una pandemia habría de cambiar esos defectos tan tuyos.

A veces no te crees que, solo hayan pasado ocho semanas, desde que un virus maldito, diminuto y redondo nos hizo sentir inmensamente vulnerables, arrasó con lo que pudo y volvió nuestro mundo del revés. Ocho semanas, desde que tuvimos que aprender que la palabra pandemia es mucho más universal, más destructiva, que esa insignificante palabra que aparecía en los diccionarios entre "pandear" y "pándemico". La percepción del tiempo es tan curiosa... te dices. 58 días son muchos para no salir de casa, pero pocos para habernos enseñado tanto. 

"Pandemia" era de esas palabras que huelen a diccionario y pasado, pero se ha vuelto una palabra gastada por el uso. Nos la pasamos de boca en boca siempre acompañada de otras como "confinamiento", cepa, curva, gel, mascarilla, fase, "nueva normalidad"... Palabras nuevas y palabras viejas reconvertidas a la fuerza, actualizadas y manoseadas  hasta el agotamiento. Palabras y siglas que nunca habíamos visto como la COVID-19, con ese femenino porque es "la" enfermedad. Una puñetera palabra inglesa que nos tuvimos que traer para usarla hasta desgastarla. Siglas nuevas y otras que sí conocíamos, siglas viejas, pero que no habíamos verbalizado tanto nunca como OMS y EPIs.

Octava semana de confinamiento y hemos aprendido a hablar otro lenguaje. 

Octava semana, y también hemos aprendido a cambiar nuestras costumbres, a pasear cuando nos dicen y a trabajar, muchos días más que antes, pero en casa. Hemos aprendido también a saber de las ventajas e inconvenientes de hacerlo, tantas horas, tantos días seguidos. 

Y mientras lo hacíamos, has aprendido también cómo es tu hogar los días laborables. Por dónde llega el sol iluminando y calentando las habitaciones y por donde se aleja. Qué ruidos hay a media mañana en tu calle, robándote el silencio de tu comedor. A qué hora llega el cartero y cómo es. A qué hora llega la señora de la limpieza y cuán agradable es aspirar ese olor a limpio que corretea tras ella por el portal y la escalera y se cuela por debajo de la puerta de casa.

Has sentido el gusto de ver crecer las plantas día a día, ver apuntar los tallos, salir las flores. Siempre recordarás esos minutos de libertad saliendo a tu patio, dejando que el sol acariciara tu cara entre correo y correo laboral.

Octava semana de confinamiento. ¿De verdad, es el dia 58?
Y sigue. 
Venceremos a este virus. Lo venceremos.
Mientras tú, que tanto te gusta la calle, que tanto añoras viajar, tanto tomar café en las cafeterias mojando una buena conversación entre risas, te aferras a los pequeños objetivos diarios, a los pequeños descubrimientos a tu alrededor, a los pequeños placeres del día a día en casa, comer siempre a tu hora y comer casero, trabajar con el sol entrando a raudales por la ventana, encontrando la inspiración en lo más minúsculo, viviendo sin salir corriendo a nada, y sin que suba la tensión.

Has aprendido a vivir en casa.
Venceremos a este virus. Lo venceremos.




domingo, 3 de mayo de 2020

Tu ejemplo




Tus buenos días todos los días del año.

Tu sonrisa cuando yo entraba en casa:
luminosa.

Tu mirada cuando yo cosía.
Tu silencio.
Tu forma de hablarme con los ojos.
Tu humor.
Tu fuerza de voluntad.
Tu ejemplo.
Tu miedo a la electricidad,
a los ladrones,
a que volviera sola a casa,
esa forma tuya perfecta de quererme.

Tú forma de escuchar mis dudas.
Tu decisión, que valía para las dos.
Tu miedo a que yo te cogiera
en brazos.
Tu bizcocho y tu ensalada de pimientos,
tus croquetas de huevo y atún,
y esas rosquillas tuyas que nunca sabré hacer
tan ricas, pero aún huelen en mi memoria.

Tu forma de mover la cabeza arriba y abajo, arriba y abajo,
sin hablar,
cuando sabías que algo no tenía solución.

Tu fuerza
Tus cuarenta kilos.
Tu voz.

Tu estar
Tu ser.

Tus buenas noches cada día del año,
cada año de mi vida,
mi vida entera.



Tú, y
esta abusurda tristeza de
no poder llevarte tus flores.

@Rocío Díaz Gómez

viernes, 24 de abril de 2020

Día "yanisécual" de confinamiento. GRACIAS




A veces vuelves a ser la que tú eras, y vuelves a leer tus relatos a quién quiera escucharlos.

Por un momento casi, porque del todo es imposible, te olvidas de que estamos confinados, y te metes dentro de una de tus historias y le pones voz, voz en alto, para que todos escuchen a esos personajes. 

Y es raro, porque estás en casa, estás delante de tu ordenador, con tus cosas cerca, pero al mismo tiempo parece ser que tienes a un tropel de gente a tu lado, encaramados a la pantalla del ordenador, o en el borde de la mesa, con sus piernas colgando en el aire mientras te escuchan.

Y es más raro porque al mismo tiempo tienes a tus compañeros de tertulia ahí al lado, casi como si volvierais a estar reunidos en torno a la mesa grande, esa de madera, que compartís en los bajos del bar donde os juntais a compartir literatura.

Raro porque está ahí Javier Díaz, nuestro coordinador, diciéndo como siempre a quién le toca leer.

Raro. Raro. Porque sigues en tu casa. En tu ordenador.


Y comienza un revuelo, un revuelto de personas que parecen llamar con los nudillos a tu móvil. Un revuelo de guasap que comienza a llegar después de haber leído en voz alta otra de tus historias, llegan y llegan y siguen llegando de muchas partes, tantos que ni el móvil te dice cuántos te faltan por leer.

Porque estaban escuchándote.

En Madrid, y fuera de Madrid.

En su casa.


Gracias Instagram por dejarnos compartir aún las voces, las canciones, los poemas, los relatos, la amistad, todo eso que pesa tanto pero es intangible, eso que no nos puede, ni nos va a quitar el confinamiento.

Gracias Javier por coordinarnos.

Gracias, muchísimas gracias a todos los que nos escuchasteis ayer, a mis compañeros de tertulia y a mí. 

Millones de gracias.

martes, 14 de abril de 2020

Día X de confinamiento. Madrid y sus Murales y sus calles y...


A veces vuelvo a ser la que yo era y paseo por Madrid. 

Todavía es esa ciudad que huele al perfume de quién te adelantó deprisa y ya no ves más que su espalda, huele a los churros que acaban de servir en la barra de la cafetería y al café de puchero que está haciendo la del bajo de aquel bloque antiguo y se escapa volando por entre los botones de su bata. 

Madrid todavía huele a metro abarrotado, a coche que frena, a pises de perros. 
Todavía huele a prisa, a semáforo, a vida.

Madrid todavía huele y suena, 
suena a sirena, a afilador, a colegio, a frenazo, máquina tragaperras y gente que toca en el metro. Suena a vida.

Vuelvo a pararme a hacer fotos de los murales con los que tropiezo. Me encanta el de la calle de Fuencarral, ese de la chica que acarrea sus libros y sus plantas por el mundo. 

Una vez, no hace tanto, yo también tuve una casita de madera para pájaros colgada en mi patio. Y no una vez, sino muchas, he ido por la vida acarreando libros y plantas con esa mirada nostálgica de quién no se acaba de ir y ya está echando de menos lo que deja atras.


A veces vuelvo a ser la que yo era y paseo por Madrid.
 
Y descubro placas de escritores que no tenía en mi colección y aprendo un poquito más de la vida de los que tanto admiro por lo que dejaron escrito. 
Y todavía camino, solo camino, intentando encontrar calles por las que aún no anduve nunca. 

Pero sobre todo, a veces, vuelvo a ser la que yo era y sigo atrapando atardeceres naranjas. 

Si no conoces Madrid, solo por ver cómo se oscurece deberías venir. 
Madrid se deshilacha al ponerse el sol. Hebras naranjas, rosadas, moradas van entretejiéndose unas con otras por detrás de la Almudena y el Palacio Real, por detrás de las cuatro torres, por detrás de todos sus perfiles, hasta cubrir su cielo. 
Madrid se deshace desde arriba y nos va arropando despacio.

Y nos arropa a todos, a los que trabajamos de día y a los que lo hacen de noche. A los que tenemos casa y a los que duermen entre cartones. A los que procuramos vivir, y a los que solo sobreviven. A todos.


Tengo tantas ganas de volver a pasear por Madrid.
Pero tantas.






#Confinamiento
#Madrid

sábado, 4 de abril de 2020

"Vailima" de Aute. La literatura hecha canción.



Hoy se nos ha ido Luis Eduardo Aute.

La de veces que habré pasado apuntes, o limpiado o habré hecho mil cosas, sobre todo en mi adolescencia, con la voz de Aute de fondo.

Tenía yo entonces muchas cintas de casette grabadas suyas y un vinilo, el de "Fuga".
Tenía, muchas canciones favoritas que ponía una detrás de otra, tarareándolas de principio a fín.
Y tenía también un concierto en una cinta de video, ya no sé si beta o vhs, donde salía mi Aute con una camisa blanca cantando "Dos o tres segundos de ternura" que debí ver millones de veces.

Tengo la voz de Aute trenzada conmigo en la memoria.

En fin...
 

He pensado que, como pequeño homenaje, volvería a dejaros una entrada de este blog de diciembre de 2014. En ella inaugurábamos una sección que llamamos "Literatura y Música", donde nos íbamos a detener en las canciones que encierran literatura.

Entonces quise empezar con la canción "Vailima" de Aute.
Y así empezaría siempre.



Vamos a empezar con "Vailima" de Luis Eduardo Aute, qué preciosa canción:






Os dejo con la letra de la canción de Aute:

También pudiera ser
que huyéramos hacia el azul
con rumbo a un atolón
perdido en los mares del sur,
y allí te construiría
con corales y bambú
una cabaña bajo
un silencioso alud
de blanca luz.
Veríamos junto a las olas
a Daniel Defoe
bebiendo con John Silver
un barril de viejo ron,
a Robert Louis Stevenson
con una leve tos
jugándose a Maureen O'hara
al dominó
con Robinson.
Y el tesoro de la isla
yace bajo algunas rimas
en la cumbre prohibida
de Vaea, en Vailima.
Baroja y Joseph Conrad
raptarían a Melville
para ponerlo a salvo
de la airada Moby Dick;
con Shanti Andía bailaría
un tamouré Lord Jim,
cantado por Jacques Brel
desde su Plat Pays
en Tahití.
Del brazo irían Garfio
y Don Ramón del Valle-Inclán,
colgados de una nube
del Mar de Nunca jamás,
y el feo Bradomín,
católico y sentimental,
daría sus dos brazos
por poder volar
con Peter Pan.
Y el tesoro de la isla...
En la familia Robinson
habría un niño más,
el Pequeño Salvaje
que soñara Marryat;
perdido entre una flor
y una vahiné de Paul Gauguin,
Jonathan Wyss escribiría
con champán:
Felicidad.
En la taberna de Colón
sería carnaval,
Salgari se disfrazaría
de Cápitan Grant,
de carabela, Verne,
de Jack London, Sandokán,
de Yvonne de Carlo, tú,
yo, de lobo de Mar,
o de Simbad.
Y el tesoro de la isla...

Luis Eduardo Aute
Vailima 


#Aute
#Vailima

miércoles, 1 de abril de 2020

Juan José Luna.- "El Luna"



Se nos ha muerto "El Luna" me ha dicho, con ojos tristes, la adolescente que me devuelve a mis tiempos de instituto.

Cuando se enteró ayer, último día de este marzo cruel que apenas ha terminado, sintió un pellizco en el corazón.
Otro.

"El Luna..." ¿Te acuerdas? me dijo zarandeándome desde mi interior. Que se ha muerto...

Por fuera, y a la vista de los adolescentes de ahora, verás una "una señora", pero por dentro me acuerdo de aquellos años míos como si hubieran ocurrido ayer, he dicho harta ya de sus recriminaciones a mi yo adolescente. Me acuerdo de todo, le he repetido, sin emitir una sola palabra.

Porque si te dió clase alguien así, ¿sabes? he seguido diciéndole, no le olvidas ni queriendo.

"El Luna" cómo decíamos entonces, era distinto, peculiar, especial.

¿Te acuerdas de aquel día que nos hizo a todas enseñarle las manos porque se horrorizó de las uñas pintadas de negro de una compañera de la primera fila? ¿Y te acuerdas de aquel día que le dijo a Jaime "Señor Leroy deje usted de saltar por encima de las mesas"? ¿Y te acuerdas de...?

Mil y una anécdotas llegan en tropel envueltas en una sonrisa. Eran los tiempos de FAMA, y de las risas.  Los tiempos de la adolescencia y el Instituto, los del parque y los amigos. Los tiempos de la pasión más absoluta en los sentimientos y las vivencias. Todo era tan trascendental como si se fuera a terminarse el mundo al minuto siguiente.

"El Luna" era un caballero de mediana edad, nos parecía entonces, aunque vete tú a saber cuántos años tendría, que se preocupaba por la estética de nuestras uñas, además de por nuestros conocimientos de Arte. Sus clases eran mágicas. Sabía muchísimo pero lo explicaba, lo transmitía, aún mejor. Aunque ¡cuidado con él! era ocurrente y expresivo, su humor era irónico y afilado, sus modales exquisitos, pero sabía imponer respeto como ninguno. 

Ni una mosca se escuchaba cuando él explicaba. Y cuando te contaba sus viajes, lograba encandilarte hasta el punto de verte allí a dónde hubieras viajado con él; eran tan coloreadas, tan precisas sus descripciones, que lograba que desearas conocer inmediatamente aquel lugar.

¿Y te acuerdas del último éxamen? Cómo olvidar el último examen de Arte de aquel COU, el último curso divertido de mi vida. 

Cuando ya estábamos todos sentados cada uno en su mesa, distanciados y preparados para comenzar el éxamen  comenzó a nombrarnos solo a algunos. Entre ellos yo. ¡¿Pero ahora porqué nos nombra?! grité en mi interior, reconcomida de nervios, sintiéndome parte de algo que no entendía, mientras me decía que con tanta historia a mí se me iban a olvidar la mitad de las cosas, con la de materia que entraba en el examen y que había tenido que memorizar y memorizar.

Pero "al Luna" le gustaban las sorpresas, le gustaba azuzarnos con las palabras, dejarnos boquiabiertos y expectantes. "Pues bien señores, dijo despacio y entre silencios, todos estas personas que he nombrado pueden levantarse e irse, están aprobados". "¿Cómo? ¿Sin hacer el éxamen?" "Si se quieren quedar por si suben nota... pueden hacerlo. Pero claro, también podrían suspender...".

Nos faltó tiempo para levantamos todos inmediatamente y salir de aquella clase, aún perplejos, aún atacaditos de nervios, pero allí no se quedó ni uno de los nombrados. Todos nos quedamos con la media que nos salía de las dos primeras evaluaciones.

Qué tío "El Luna".



Se nos ha muerto "El Luna" me ha dicho, con ojos tristes, la adolescente, que aún palpita dentro de mí y me devuelve a mis tiempos de instituto.

"El Luna", uno de los mejores profesores que he tenido en la vida. Mi profe de Historia del Arte en COU en el INB Conde de Orgaz.

Un lujo de profesor y apenas lo sabíamos.

Un lujo.



Muere el historiador de arte Juan José Luna a los 74 años

Fue conservador del Museo del Prado y un gran conocedor de la influencia artística francesa en España

Juan José Luna durante una conferencia en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.
Juan José Luna durante una conferencia en la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.
Juan José Luna, ex conservador del Museo del Prado, falleció este fin de semana a los 74 años. Entró a trabajar en la institución en 1980 -aunque colaboraba desde 1969, con 23 años- y fue Jefe de pintura francesa, inglesa y alemana de 1986 a 2002, y de las pinturas del siglo XVIII, desde 2003 hasta su jubilación. Su especialidad fue la influencia del arte francés en España, sobre todo en el siglo XVIII, a pesar de la falta de interés popular por este momento histórico y de lo mucho que se lamentaba por ello. De hecho, los primeros estudios que se publicaron en España sobre las colecciones de pintura francesa se los debemos a sus investigaciones.

https://elpais.com/cultura/2020-03-30/muere-el-historiador-de-arte-juan-jose-luna-a-los-74-anos.html



Adiós a Juan José Luna, una vida de pasión por la historia del arte

El director adjunto de Conservación e Investigación del Prado evoca la figura de quien fuera jefe de Departamento de Pintura del siglo XVIII del museo Actualizado:


A mediados de los años 80 del siglo pasado Juan José Luna (1946-2020) era conservador de Pintura Francesa, Inglesa y Alemana del Museo del Prado, antes de ascender en 2003 a jefe de Departamento de Pintura del siglo XVIII. En esa época yo era becario del Instituto Diego Velázquez, del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. En cierta ocasión me sorprendió con una llamada telefónica en la que me ofrecía la que fue mi primera conferencia en el Prado. Al advertir mi sorpresa, me propuso sin dudar: “Panini” y, tras una breve conversación, colgó el teléfono.
 
 

Este abril no será el mes más cruel





Abril es el mes más cruel: engendra
lilas de la tierra muerta, mezcla
recuerdos y anhelos, despierta
inertes raíces con lluvias primaverales.

La tierra baldía de T.S. Eliot



En este año 2020 el mes más cruel no será abril, sino el terrible marzo que acabamos de pasar. Ese ha sido.

Este abril, como seguía el poema, será el que nos mantendrá cálidos nutriendo nuestras pequeñas e importantes vidas.

Va a ser así.

Ya veréis.


El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendo
la tierra con nieve olvidadiza, nutriendo
una pequeña vida con tubérculos secos.
...
La tierra baldía de T.S. Eliot.




martes, 24 de marzo de 2020

De la infodemia, el cuarentenar, y otras nuevas palabrotas hasta Delibes y Asterix



Era un 24 de marzo y acababais de aplaudir. 
Porque todos los días a las 8 de la tarde aplaudíais, quién os lo hubiera dicho un mes antes, quince días antes. Cuánto aplaudirías aquella primavera.

Era un 24 de marzo y los síntomas eran evidentes, te dolía la cabeza y te parecía que solo escuchabas la misma información y el mismo tema, a todas horas, en la radio y la televisión, todos los días, en el guasap y el twitter, siempre, siempre.

No había duda, tenías suerte y solo habías enfermado de "infodemia". Una palabra nueva, para designar un mal nuevo, la sobreabundancia de información sobre un mismo tema.

Eran los tiempos del "estado de alarma", tres palabras minúsculas para designar algo grande, algo que nunca habías vivido, algo que esperabas no volver a vivir. Eran tiempos de los ERTE, no de los ERTES decían los académicos, mejor los ERTE sin s final. Eran también tiempos de "cuarentenar", poner en cuarentena a tu persona. Porque eran los tiempos de un bicho, un virus, el coronavirus, y una enfermedad la COVID-19, con artículo femenino, con mayúsculas, con 19 y sobre todo muy mala leche.

Tiempos feos, pero también nuevos, que habían traido verbos y palabras nuevas, que ya decidiría la Real Academia si nos los quedábamos o no.

Para ponerte a resguardo de la "infodemia", tú que ya estabas cuarentenada, quisiste resguardarte bajo el paraguas de la literatura.

 "Rogad a Dios en caridad por el alma de D. Mario Díez Collado, que descansó en el Señor, confortado con los Auxilios Espirituales, el 24 de marzo de 1966, a los 49 años de edad. R.I.P."

 Así comienzaba aquel libro que en su día leíste y que luego disfrutaste en el teatro "Cinco horas con Mario" de Miguel Delibes. Qué bueno Delibes, y qué buena Lola Herrera representando a Carmen Sotillos, la esposa de Mario, el muerto. "El famoso Mario" murió un 24 de marzo. 

Te lo había recordado un libro que también te parecía muy curioso: "Los libros y los días" de Anna Folqué. Una entrada literaria para cada día.   

Era un 24 de marzo y también, en ese 24 de marzo, había fallecido el dibujante de Asterix y Obelix, Albert Uderzo. No lo había matado el coronavirus, decían que había sido el corazón que no aguantó más, tenía ya 92 años. 
El genial dibujante era daltónico. ¿No era increible? 

¿Quién no había leído alguna vez Asterix? Decían que Uderzo prefería a Obelix en vez de a Asterix. Tú nunca podrías decidirte por ninguno. Pero lo más increible de todo, era que en el año 2017, en uno de sus álbumes, un personaje se llamaba, ay infeliz que te querías evadir, se llamaba ¡coronavirus!.

Era 24 de marzo de 2020.

Y ningún paraguas, ni siquiera el de la literatura, podía resguardarte de la "infodemia".


#infodemia
#cuarentenar
#estadodealarma
#ERTE
#COVID-19
#coronavirus
#Asterix
#Delibes

sábado, 21 de marzo de 2020

Madrid de 2020, 21 de marzo. Día de la Poesía. Eduardo Galeano

Ilustración de Cin Wololo




Ahora que todos los días son raros. 

Ahora que dicen que es primavera pero en Madrid el día es gris y llueve despacito. 

Ahora que este marzo es tan triste y en el metro vamos, cuando no nos queda más remedio que ir, a tres metros uno de otro, con mascarillas algunos, con guantes casi todos, mientras la megafonía dice que nos extendamos por los ándenes, alejándonos al máximo los unos de los otros.  

Ahora que todas las tardes salimos a las ventanas a aplaudir a los que nos cuidan, a los que nos curan.

Ahora que parece mentira que en Madrid estemos muriendo tantos, incluso en los pasillos, porque no llegan los respiradores para todos. 

Ahora que dicen que es el día de la Poesía y del Síndrome de Down, y de los bosques y de no se cuántas más cosas, cosas grandes por las que luchar, pero no debemos salir de nuestras casas. No debemos.

Ahora que ya no nos dejan abrazarnos,

                                                              quizá sea el mejor día para compartir una historia preciosa de un libro titulado "El Libro de los Abrazos" donde habla de gente pequeña pero grande, gente que no es más, ni menos, que un mar de fueguitos.



Un Mar de Fueguitos

Un hombre del pueblo de Negua, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso – reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

 

Eduardo Galeano

El Libro de los Abrazos 


#EduardoGaleano

jueves, 19 de marzo de 2020

19 de marzo. Día del Padre




Una línea azul


La línea que separa la niñez del resto de mi vida es de color azul.

Del mismo tono de las prendas que nunca colorearán mi armario, esas que nunca colgarán de mis hombros destiñendo mi paso, ese azul de glaciar que emborronó mi principio y aborrezco.

Tenía ocho años y la certeza absoluta de que mi vida nunca cambiaría. Si acaso se salpicaría de saltos breves y alegres, remolinos en la corriente placida de aquellos días, probarse mil vestidos de comunión y asistir emocionada desde el otro lado de la pantalla al tortazo que después de cientos de capítulos al fin le daba Laura Ingalls a Nely Olesson. 

Cuando en el colegio las monjas comenzaron a preguntarme, comprendí que algo no iba bien, pero me acostumbre a disfrazar el escalofrío con que me encogía la pregunta con una sonrisa fugaz, dejando escapar un “bien, bien” educado y veloz que no diera lugar a más. Se me iban colando sin yo querer, se iban haciendo hueco en mi vida cambios que amenazaron nuestros días, que mi padre dejara de trabajar, que creciera la montaña de medicinas sobre la mesilla, que se sucedieran las visitas de compañeros y amigos. No quería enterarme, no quería saber por nada del mundo el final de esa película que no presentía feliz. 

Hasta que llegó el día que un inmenso vacío congeló el rumbo de mi brújula infantil, aquel noviembre se volvieron borrosas las coordenadas de nuestra vida y el azul de un montón de telegramas que nos envió la muerte fue entrelazándose en un cajón de la cómoda de mi madre, trazando una gruesa línea de separación.  

La línea que separa la niñez del resto de mi vida es azul, azul telegrama, azul glaciar.



@Rocío Díaz Gómez 




#Microrrelatos
#DíadelPadre
 

domingo, 15 de marzo de 2020

Pandemia, epidemia, virus, pachucho



No me gusta la palabra "Pandemia", aunque sea antigua y tenga pedigrí. 
No me gusta aunque venga del griego, con ese adjetivo "pan" que tienen tantas palabras nuestras y que vienen del adjetivo pan "totalidad". Añadido a ese "demos" que significa "pueblo". No me gusta porque entonces "pandemia" es esa horrible enfermedad que afecta a todo ("pan") el pueblo ("demos"). Que afecta a toda la población.




pandemia
Del gr. πανδημία pandēmía 'reunión del pueblo'.
1. f. Med. Enfermedad epidémica que se extiende a muchos países o que ataca a casi todos los individuos de una localidad o región.


Tampoco me gusta la palabra "epidemia" que también tiene solera y nos llegó del griego. Que no es tan grave como la "pandemia" pero que "no te la pierdas de vista" porque tiene su importancia. 
No me gusta la palabra "epidemia" porque viene de "epi" que en griego significa "sobre" y "demos" que significa pueblo. Luego la epidemia alude a "estancia en una población", "estancia o presencia en una población". Luego de ahí sería la enfermedad presente, que está, que afecta a un pueblo. No a todos como la pandemia, pero sí a mucha población. 




epidemia
Del lat. mediev. epidemia, y este del gr. ἐπιδημία epidēmía; propiamente 'estancia en una población'.
1. f. Enfermedad que se propaga durante algún tiempo por un país, acometiendo simultáneamente a gran número de personas.
2. f. Mal o daño que se expande de forma intensa e indiscriminada.



No, no y no. No me gusta la palabra pandemia, ni tampoco epidemia. Pero menos aún me gusta la palabra "virus", que ya no viene del griego sino del latín donde significaba ya ni más ni menos que veneno, ponzoña.




virus
Del lat. virus 'veneno', 'ponzoña'.
1. m. Organismo de estructura muy sencilla, compuesto de proteínas y ácidos nucleicos, y capaz de reproducirse solo en el seno de células vivas específicas, utilizando su metabolismo.
2. m. Inform. Programa introducido subrepticiamente en la memoria de una computadora que, al activarse, afecta a su funcionamiento destruyendo total o parcialmente la información almacenada.


A mí la que me gusta es la palabra "pachucho", "pachuchillo", que ni la Rae sabe de donde viene pero que todos entendemos que no es grave. Me gusta la palabra "pachucho" porque suena coloquial, suena cercano, suena a casa. 




pachucho, cha
1. adj. Pasado de puro maduro.
2. adj. coloq. Flojo, alicaído, desmadejado.



Hablar de "epidemia" nos hace inspirar más fuerte guardando el aire, nos sobrecoge. Pero decir "pandemia" nos encoge hasta el infinito el corazón. Nos viene grande, nos puede, nos pierde. 

Yo quiero escuchar que éste, aquel o el de más allá "está un poco pachuchillo". Porque ese adjetivo adelgaza la enfermedad, la encoge, la domestica. Está pachucho, solo está un poco alicaido, como esa fruta pasada de madura que no tiene buen aspecto pero tampoco está tan mal. Esa fruta pasada no le va a resultar atractiva ni a Blancanieves cuando se la ofrezca la Bruja. Ni a Blancanieves, ni a nadie; con lo pachucho nos atrevemos, con lo pachucho podemos.

Pero con la epidemia y la pandemia tenemos que quedarnos en casa. ¿Sabes? Tenemos que quedarnos. 

No sé si me expliqué bien.

Que viene el lobo.


#pandemia
#epidemia
#virus
#pachucho








viernes, 28 de febrero de 2020

Dos días




No pienses más, tenemos dos días. Dos maravillosos días.

Yo te demostraré que en solo dos eternos días

sabremos hacer malabarismos 
con todo lo que ya tenemos.


No se necesita más. 
Créeme. 

Vamos. 
Ven. 
Dame tu mano

Te lo demostraré.






martes, 7 de enero de 2020

7 de enero de 2020. Adios a la Navidad



Adios a la Navidad, adios a las luces y a los regalos.

Guardar el Belén, es guardar la ilusión.

José ya está frotándose las manos, pensando que de hoy no pasa para que se vea otra vez en su caja con su María, mientras el crío explota las bolitas del papel.

Y los demás en vez de hacer colas para comprar lo que venía en las cartas, ¿las haremos por las rebajas?

En fin...

Hay que espabilarse y volver a la rutina. La rutina ordena y hasta tranquiliza.

Pues ¡venga! que hay que hacer muchas cosas importantes este año. 

¡Ánimo!

Y a por ellas.






#Navidad
#Rutina

martes, 24 de diciembre de 2019

Feliz Navidad. "María" Relato de Rocío Díaz Gómez



Amigos del blog:

Feliz Navidad 2019

No se me ocurre felicitación más apropiada que regalaros esta carta de amor que me han premiado este año 2019 con el primer premio en el Certamen de Cartas de Amor de Covibar, en Rivas Vaciamadrid.

Deseo que disfruteis mucho de estos días navideños y que toda la paz del mundo esté dentro y fuera de vosotros.

Gracias por estar aquí.




María

Rocío Díaz

Querida María:


Te confieso que nunca soy más feliz que mediado el mes de enero, cuando ya definitivamente se dan por concluidos estos días de ajetreo y empacho, y nos quedamos solitos otra vez los de casa, los de la familia.  

Dirás que a medida que pasan los años me estoy volviendo más cascarrabias, y no te lo voy a discutir. Dirás también que me estoy volviendo más insociable, y mira si estaré contento, tacha que te tacha días en el recién estrenado calendario, que tampoco te lo voy a discutir. Porque seguramente tendrás razón, como la tienes siempre. Ya sabes que yo nunca fui tan bueno como lo eres y has sido tú. Bendita tú, bendita mía.

Yo estoy hecho de otra pasta, bien lo sabes. Y por más que pasen los años, nunca voy a entender este despliegue de luces de colores brillantes, ni recargadas guirnaldas. Pobres ojos nuestros, que sería de ellos de ser ciertos, las pupilas dilatadas y llorosos estarían con tanta luz, ahora roja, ahora verde, ahora parpadea, ahora no, a las que estamos tan desacostumbrados. 

Y por más que nieve sobre nosotros una navidad tras otra tampoco veo el sentido a colgar de los abetos, quiera Dios que sean artificiales y no naturales, tanta bola y tanto adornito engalanado de purpurina. Pobres árboles. Como ya no soporto, de veras que no soporto, el soniquete de los villancicos. Que vale, que sí, que al menos éstos tienen casi tantos años como nosotros, aunque sabes tan bien como yo, que en su origen no eran canciones de Navidad, sino que los eclesiásticos del momento aprovecharon los ritmos pegadizos de las canciones rurales de entonces, así como que fueran archiconocidas por todos, para divulgar con ellas su evangelio. Entiéndeme, que no me parece mal María, si fue para que la gente olvidara por unos días sus rencillas y cantaran codo a codo y en fraternidad. Pero es que son tan machaconas las melodías de los villancicos, pero tan machaconas, que me ponen un dolor de cabeza que parece que voy a estallar, acostumbrados como estamos a nuestros días silenciosos.

Ay María, si no fuera porque tú sigues a mi lado, yo de verdad que hay días de estas fechas que aprovecharía que Dios está contento y le tenemos cerca, para pedirle el milagro de hacerme desaparecer. Este tiempo me agota, que ya tengo una pila de años aunque por esas cosas de la Biblia la barba no se me ponga canosa jamás. Además son demasiadas horas a la intemperie, y estoy todo el santo día entelerido porque de noche apagan la calefacción y aquí nos dejan a los tres, aquí quedamos a punto de convertirnos en carámbanos, muy navideños sí, pero carámbanos al fin y al cabo. Son demasiadas horas también seguidas de pie derecho, por mucho que tenga el cayado para apoyarme. Se me duerme una pierna, y luego la otra, y con tanto querer despertarlas sin perder pie, un día voy a terminar cayéndome de bruces, rompiéndome en mil pedazos. Y mira si me rompo yo María, pues tal día hizo un año y ten por seguro que no tardarían en encontrarme repuesto, pero pensar que en la caída pudiera dañaros a ti o al crío, eso nunca me lo perdonaría, jamás de los jamases. 

Porque yo María si soy alguien es porque sigues a mi lado. Bien lo sé. Y el hombre más feliz que habita en esta tierra soy de tenerte y saberte cerca. Sueño con el momento, cada vez más cercano, en que nos devuelvan a la añorada penumbra de nuestra apretada caja. Allí juntitos los tres, cobijados otro año entero, arropados bajo el plástico de bolas con las que el crío se entretiene tanto mientras nosotros estamos a nuestras conversaciones, a nuestras cosas, las religiosas y las otras. 

Yo María si soy alguien es porque tú existes, con tu dulzura y tu bondad. Y déjame que te lo susurre en voz baja una vez más. Nunca le agradeceré lo bastante a Dios que te enviara conmigo, un carpintero cualquiera. Pero sobre todo nunca te agradeceré a ti que te quedaras conmigo, pobre mortal,  por los siglos de los siglos.

Bendita tú, Bendita María,
Tu José.





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#Cartas de amor