miércoles, 27 de febrero de 2013

"Para que me cuente" un relato de Rocío Díaz




Hoy os voy a dejar con uno de mis relatos.

Fue premiado con el Primer premio del V Certamen de Poesía y Relato Corto de la Fundación de la Mujer del Ayuntamiento de Cádiz. En el año 2007.
 
Espero que os guste. Va por todos los maestros que he tenido y espero seguir teniendo.

   Para que me cuente


  

Uno recuerda con aprecio a sus maestros brillantes,
pero con gratitud a aquellos que tocaron nuestros sentimientos.
Karl Gustav Jung


 




1.

A Doña Lidia comenzaron a lloverle relatos.

Una mañana abrió el buzón y encontró entre las cartas un sobre más abultado que los demás, un sobre con sus señas casi dibujadas de tan cuidadosamente habían sido escritas. No conocía la caligrafía, ni conocía el remite. No conocía de quién ni de donde llegaba aquel sobre. Extrañada lo abrió con cuidado, y aún más extrañada descubrió lo que guardaba en su interior. Tres o cuatro páginas manuscritas que comenzó a leer con curiosidad, que siguió leyendo con interés, que terminó con un suspiro. Tres o cuatro páginas de las que no levantó la vista hasta que no encontró el fin. Porque así lo llevaba claramente escrito. Porque era un relato. ¡Bendito destino! Un relato... Una historia mágica. Un regalo.

Uno de papel que terminaba con la dedicatoria:
“Para usted Doña Lidia, para que me cuente”

No sabía por qué, pero aquel sobre existía. Y había llegado a su buzón, y tenía su nombre, y tenía sus señas. Era para ella, de eso estaba bien segura. ¿Quién lo enviaría? Y mientras hilvanaba preguntas y más preguntas, mientras descosía respuestas que se torcían, todo el día lo llevó guardadito en el bolsillo. De vez en cuando lo releía y se lo volvía a guardar, a salvo y seguro. Y cuando ya casi de tanto leerlo se lo aprendió, solamente lo tocaba por encima de la tela, y lo acariciaba lento, lento, sabiéndolo allí, sabiéndolo cerca.

Pasaron dos o tres días, y una mañana al abrir el buzón de nuevo otro sobre la sorprendió. El mismo contenido abultado y la misma caligrafía manuscrita. Las mismas señas y la misma dedicatoria. Y entre ellas otro relato, otra historia, otro regalo. El mejor.

Y tampoco casi lo creyó. Y ya eran dos los cuentos que guardaban su bolsillo. Y ya eran dos los que de tanto leer acabó aprendiendo. Dos los que acariciaba por encima de la tela.

A Doña Lidia siguieron llegándole relatos. Cada poco, uno nuevo le daba los buenos días desde su buzón. Y le alegraba la mañana, y le alegraba tanto el alma que casi podía sentirla bailar de puro contento entre aquellas frases. Y el montoncito iba creciendo tanto como su corazón se encogía.

Porque nadie necesitaba ese puñado de relatos como Doña Lidia.

Nadie.




2.

A Doña Lidia se le habían ido encogiendo las letras.

Y sin apenas darse cuenta, como globos parecían habérsele ido volando, tan alto, tanto, que por más que estiraba la imaginación no conseguía alcanzarlos.

Y sin letras no había frases, sin frases no había párrafos, sin párrafos no había historias. Y Doña Lidia había escrito muchas historias, miles y miles, millones de ellas. Y escribiendo había cumplido sueños que nunca soñó cumplir. Y escribiendo había conjurado demonios, había escapado de la existencia vulgar, había idealizado un matrimonio rutinario, había sublimado una agotadora profesión de maestra, que ahora y a menudo sentía desierta y monótona.

Porque escribiendo Doña Lidia había conseguido reinventarse el mundo. Había conseguido sentirse casi feliz.

Nadie necesitaba de ese puñado de relatos como Doña Lidia que empapelaba ese vacío de millones de papelitos. Ideas, comienzos, finales,  personajes y lugares sobre los que escribir. En mitad de una clase, entre el primer y el segundo plato, en plena ducha, había tenido tantas veces que detener lo que estaba haciendo solo para escribir. En un vano afán de capturarlas. Que no se escaparan, no, que algún día servirían. Millones de papelitos que año tras año había ido reuniendo y atesorando con la esperanza de que un día ayudaran a echar a andar de nuevo. Pero ese día no había llegado nunca y habían quedado olvidados en cajas y más cajas en un desván.

Doña Lidia ni tan siquiera sabía porque las letras le habían ido abandonando. Hubo quién dijo que quizás se cansaron de sentirse utilizadas, o que quizás un miedo malvado a la falta de originalidad las paralizó en un lugar remoto de la imaginación. Hubo quién afirmó que todo caudal de agua termina por agotarse, o quién sugirió que quizás la falta de riego terminó por secarlas. Hubo quién, investido de pomposos títulos, le puso nombre de enfermedad; o quién, neciamente, le aconsejó dedicar sus seniles esfuerzos a completar cualquier nueva y rara colección.

Qué mas daba. Un millón de nombres o ninguno. Un millón de intentos o ninguno en poner etiquetas. Qué más daba. El caso es que Doña Lidia dejó de contar.


Y así pasaron tiempos y más tiempos, hasta que a su buzón comenzaron a llegar relatos. Y con una gota, y con dos, y luego tres, termina por llover. Y los bolsillos de Doña Lidia desbordaban historias que iba aprendiendo, y esos regalos de papel arropaban el vacío que habían dejado en ella sus propias letras.






3.

A Doña Lidia le habían sobrado historias.

“¡A ver caballeros! ¿Quién quiere empezar hoy?” Y Juan García, 1º de bachiller del 75, levantaba rápidamente el dedo, moviendo sin parar el culo en el asiento, nerviosito, deseando hablar, loco por empezar. “Señor García deje usted el baile de San Vito que no va a empezar hoy, que eso ya sé que se le da como hongos, no, no estese bien atento que le tocará la ultima frase...” Y así doña Lidia se aseguraba que Juan García, prestara atención durante toda la clase, una hazaña para él mayor que cualquiera de las del Cid Campeador.

“Rodrigo Pérez,  a ver caballero, una frase con “musarañas”, que nos va a dar usted el principio del relato...” Y Rodrigo Pérez, 1º de bachiller del 76, tenía que bajar a todas prisas de su mundo para comenzar la historia... Esa historia que uno a uno, pupitre a pupitre irían inventando...

“¡Germán Sánchez! ¿Cómo es nuestro protagonista? denos a sus compañeros y a mí 5 cualidades”, “¡Cincoooo!, protestaba Germán Sánchez, 1º de bachiller del 77, abriendo los ojos de par en par y elevando el tono de voz como si le hubieran pedido que recitara todos los misterios del Rosario... “Pues tiene usted razón, Germán, todita la razón, contestaba doña Lidia espabilando hasta a las arañas que trabajaban en los altísimos rincones de aquella clase, cinco van a ser pocas, denos mejor diez”. Y Germán Sánchez parsimoniosamente, sin gana ninguna comenzaba la retahíla: “Fumador, holgazán, despistado...” “¡Pero bueno, un momento, un momento, gritaba doña Lidia, ¿Qué hemos aprendido en todo este tiempo...? A ver Felipe Gómez, aproveche ese arte que le ha dado Dios para hacer payasadas, y vaya poniendo los gestos a las características que le vaya diciendo Germán”. Y Felipe Gómez, el gracioso de la clase, iba haciendo mímica y ahora tenía un cigarrillo en la mano, ahora bostezaba, ahora tropezaba...

Y la clase entera estallaba en sonoras carcajadas mientras poquito a poco y sin darse ni cuenta iban aprendiendo a revolver en el trastero de la imaginación. Entre bromas y medio jugando, iban poniendo orden en sus propias historias, vistiendo y desvistiendo al personaje de gestos, iban trayéndole y llevándole por la vida que ellos mismos le estaban inventando.

Y doña Lidia curso tras curso, corría de un pupitre a otro, de una esquina a otra de la vieja clase, señalando, nombrando, espabilando, riendo, aplaudiendo, soñando entre ellos, con ellos, para ellos.

Que sin apenas darse cuenta aprendían a contar.



4.

A doña  Lidia comenzaron a lloverle fotos.

Una mañana abrió el buzón y encontró entre las cartas un sobre idéntico a los que ya tantas veces había recibido. Un sobre con sus señas casi dibujadas de tan cuidadosamente habían sido escritas. Y aunque no era tan abultado como los demás, de éste tampoco conocía la caligrafía, ni conocía el remite. No conocía de quién ni de donde llegaba aquel sobre. Extrañada lo abrió con cuidado, y aún más extrañada descubrió lo que guardaba en su interior. Tres o cuatro fotos color sepia, que comenzó a mirar con curiosidad, que siguió observando con interés, que dejó de ver entre lágrimas. Tres o cuatro de las que no podía levantar la vista, porque le pesaban en los ojos, en la memoria, en el alma.

Porque eran las ideas, los comienzos, los finales, los personajes y los lugares que tantas veces ella había soñado atrapar en papelitos, como quién atrapa raras mariposas y desea clavarlas con alfileres en la memoria. Porque allí estaban, en aquellas fotos. Porque allí estaban las caras imberbes aún, de sus primeras promociones de alumnos. Un puñado de chavales sentados en dos filas sonriendo a la cámara, al lado de una Doña Lidia joven, que les acompaña de pie, les acompañaba. Una Doña Lidia que les enseñó a bucear entre las ideas y a escoger el mejor comienzo. Les enseñó a elegir los finales más inesperados y a crear los personajes más especiales. Les enseñó a inventarse un mundo propio huyendo de lugares comunes.

Allí estaban. Juan García, que había salido movido, si es que no paraba quieto ni un momento, ¡ay el del baile de San Vito!. Rodrigo Pérez, mirando para otro lado, como siempre, pensando en las musarañas... Germán Sánchez, agachado, medio tumbado encima del compañero, demonio de crío, que nació cansado, tuvo su madre el parto de la burra porque no le daba la gana de nacer y siguió luego igual de holgazán... Felipe Gómez, ¡cómo no! haciendo monerías, poniéndole orejas al de delante...

Hasta doña Lidia llegaron sus gestos, sus bromas, su particular forma de crecer. 1975, 1976, 1977... Allí estaban todos. Todos aquellos a los que había enseñado a contar.

Fue dando vuelta a las viejas fotos y descubrió que detrás y a la altura de cada uno de ellos, estaban sus nombres, los que recordaba y los que ya había olvidado, y bajo esos nombres, los títulos de los relatos que había estado recibiendo.

Allí estaban. Los mismos que habían acudido a la fiesta de su jubilación, allí estaban... ¡Ay que bandidos...! Medio calvos ya y todavía a sus espaldas habían conspirado para seguir haciendo travesuras juntos... todos juntos, uno a uno... uno detrás de otro...  ¡Benditas travesuras...!

Y supo que ya nunca volvería a sentir vacíos sus bolsillos. Y dos lágrimas quisieron salir de aquellos ojos con cataratas. Supo que los relatos no dejarían de llegar a su buzón, como gotas, una detrás de otra. Y otras dos lágrimas las siguieron. Porque esas eran las primeras, pero habían sido muchas, muchas las promociones que vio crecer. Y ya no podía parar tantas lágrimas. Porque hay deudas impagables. Deudas de gratitud absoluta.

“Para usted Doña Lidia. Para que me cuente”.


“Demonio de críos...”




©Rocío Díaz Gómez

lunes, 25 de febrero de 2013

"Telaraña" una columna de Manuel Vicent en El País



Mi hermano pequeño, que es "mu grande", el otro día me leía esta columna de Manuel Vicent.

Os la copio porque me gustó mucho. Pero mucho.

"El hombre sin cobertura..."

Telaraña

Se trata de un ser que, adonde quiera que vaya, nunca tiene cobertura y permanece a salvo de cualquier basura mediática

 
 
He aquí la versión actual del hombre nuevo, aquel que, de una u otra forma, ha sido siempre el sueño de todas las revoluciones. 
 
Se trata de un ser que, adonde quiera que vaya, nunca tiene cobertura y por tanto permanece incontaminado, a salvo de cualquier basura mediática. Después de un esfuerzo heroico ha logrado eludir el humillante destino de llegar a este mundo con la única misión de ser un hombre-antena, un repetidor humano solo apto para recibir y trasmitir llamadas, mensajes, correos electrónicos. Este hombre nuevo se niega de raíz a contribuir a la contaminación del espacio con una cháchara idiota, como un insecto más en la telaraña. 
 
Las personas privilegiadas, como esta, son todavía escasas, ya que en ellas se realiza el mito platónico de la invisibilidad, un don de los dioses. Ya no hay playas desiertas ni existen parajes preservados. Todo el planeta ha sido conquistado y sometido a la red social. Es inútil buscar un lugar inaccesible donde refugiarse. La jodida telaraña lo envuelve todo, desde la gélida estratosfera hasta el íntimo sudor del petate y a través de la almohada penetra en el subconsciente desguarnecido de los humanos. 
 
Pero el individuo sin cobertura no tiene necesidad de huir, puesto que él es su propio refugio. El mito del hombre invisible, ese sortilegio que llenaba la imaginación de nuestra niñez, que te confería el poder de atravesar las paredes, de estar a la vez en todas y en ninguna parte, equivale a esa invisibilidad platónica que ostenta hoy el hombre sin cobertura. 
 
Se acerca el día en que lo más snob será que digan de ti: no ha llegado todavía, ya se ha marchado, no se le espera, no lo llames, nunca contesta, está y no está, no existe, esa es su naturaleza. ¿Qué ha hecho este individuo preclaro para merecer el privilegio de estar envuelto en una atmósfera intangible y ser absolutamente real?. Su móvil vibraba cada minuto reclamando más papilla. Ese aparato se había convertido en un testigo de sus miserias, en un delator al servicio de sus enemigos. 
 
 De pronto un día se sintió perseguido y acorralado en la red por una multitud de seguidores y amigos que trataban de devorarlo. 
 
Cortó por lo sano, arrojó el móvil a un pozo y comenzó a vivir por dentro como un hombre nuevo, no como un insecto capturado.
 
 
 

viernes, 22 de febrero de 2013

Edward Gorey un ilustrador hoy en el doodle de google





Me ha gustado mucho el doodle de hoy de google. Ya sabéis que "doodle" es una palabra inglesa que significa garabato. Google de vez en cuando para celebrar acontecimientos o aniversarios transforma su logo y lo hace más creativo versionándolo en función de lo que quiere celebrar.

De vez en cuando me gusta dedicar alguna que otra entrada a la labor de los ilustradores de libros.



En esta ocasión Google celebra el 88º aniversario del nacimiento de Edward Gorey, un dibujante bastante curioso e inquietante del siglo XX. Es reconocido por sus libros ilustrados de un tono macabro pero con cierto sentido del humor.

Nació en en Chicago el 22 de febrero de 1925. Fue a varias escuelas primarias locales entre 1944 y 1946, estuvo en el ejército en Dugway Proving Ground, en Utah y, más tarde, en Harvard, (de 1946 a 1950), donde estudió francés y compartió habitación con el futuro poeta Frank O'Hara.

Desde 1953 hasta 1960, Edward Gorey, vivió en Nueva York y trabajó para el Departamento de Arte de Doubleday Anchor, ilustrando portadas de libros, como por ejemplo: 'Drácula' de Bram Stoker, 'La guerra de los mundos' de H. G. Wells o el 'Libro de los gatos habilidosos del viejo Possum' de T. S. Eliot.

La influencia de Edward Gorey puede encontrarse en algunos artistas contemporáneos como Tim Burton, innegable deudor de la obra del estadounidense.


Os dejo con algunas de sus ilustraciones:


 







jueves, 21 de febrero de 2013

Artículo "Un cuarto propio lleno de fantasmas"




Hoy os quería dejar con un artículo. En otras ocasiones hemos dedicado alguna que otra entrada del blog a las casas de los escritores. Hoy vamos a dedicar este espacio a los cuartos donde trabajan. Ese es el tema de este artículo que os copio, que a mi me resultó interesante.

A ver que os parece.

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/escritorios-de-los-escritores_0_862713747.html

Un cuarto propio lleno de fantasmas

¿Por qué nos fascinan los escritorios de los poetas y narradores? Es como si en esos refugios privados, donde se escribieron los grandes libros, se escondiera un secreto para develar. El efecto que nos produce conocerlos puede ser motivador o paralizante.

POR Andrés Hax


El 24 de diciembre de 1910 Franz Kafka escribió en su cuaderno: “He examinado mi escritorio con más atención y he visto que nada bueno se puede hacer sobre él. Hay tanto desparramado, un desorden sin proporción y sin la compatibilidad de las cosas desorganizadas que hace que, de otra forma, el desorden sea tolerable. Que reina el desorden no más sobre su tapete verde no más, lo mismo pasa en las orquestas de los viejos teatros. Pero que bollos de viejos periódicos, catálogos, postales, cartas, todos se asomen por debajo de los cajones, en forma de escalera, este estado indigno de las cosas, arruina todo...” Y sigue un larguísimo párrafo de descripción del escritorio, como si Kafka fuera un viajero relatando el paisaje hostil de una tierra desconocida.

El escritorio del escritor es un lugar arquetípico, como el ring de boxeo, el diván de un psicoanalista, la cabina de un avión de combate, la mesa de cirugía de un doctor o la celda de un monje. Es un poco romántica esta descripción, lo admitimos, pero qué le vamos a hacer. Escribir es una ocupación romántica. Si el escritor es de verdad, si –como Kafka– está buscando algo así como la liberación del alma o, por lo menos, la transubstanciación de la experiencia a algo más duradero (algo con las características de la eternidad), el escritorio es el lugar donde esa transubstanciación se elabora. Puede ser un lugar de serenidad y de triunfo, de superación y de goce; pero también puede ser un lugar de derrota, de humillaciones y de catástrofes que –uno siempre piensa– podrían haber sido evitables. 

Para los que piensan que estamos exagerando, consideren algunos casos. Philip Roth, el año pasado, decidió dejar de escribir de una vez por todas. Sobre la pantalla de su computadora pegó un post-it con la frase “la lucha con la escritura ha terminado”. Lo mira todas las mañanas con un alivio gigante. David Foster Wallace, derrumbado espiritualmente porque no logra terminar una novela (había dicho que era como intentar armar una casa de paneles de madera con un fuerte viento) se suicida. Se ahorca en el garaje donde estaba su escritorio. Primero puso en orden los infinitos papeles de esa novela inconclusa. Jonathan Franzen escribió su primera gran novela, Las correcciones , en un cuarto cerrado, con tapones en los oídos, y con el puerto de red de su computadora sellado con pegamento. Hemingway escribía parado, como un boxeador. La carrera de Stephen King dio un giro cuando su esposa, harta de sus adicciones, vació los contenidos del cesto de basura debajo de su escritorio sobre el mismo: una pila gigantesca de latas de cerveza. Debajo del último escritorio de Herman Melville (sobre el cual escribió su último gran cuento, Billy Budd ) se encontró un papelito que decía: “Sé fiel a los sueños de tu juventud”. Proust escribía de noche en su cama, en un cuarto con las paredes encorchadas para crear un capullo de silencio. 

Sin embargo, los escritorios no tienen que ser necesariamente lugares privados. Sartre y Cortazar escribían en cafés. El Marqués de Sade, Cervantes y Jean Genet, en celdas de una prisión. Balzac, en su juventud, escribía desde la prisión de la pobreza. Dijo una vez: “Amaba mi prisión, porque la había elegido yo mismo.” Faulkner se despertaba de noche y escribía sobre las paredes de su dormitorio. 

Podríamos seguir y seguir. 

¿Puede ayudar en la comprensión de una obra conocer el escritorio donde fue escrita? Para algunos lectores, es necesario meditar sobre las dificultades de la creación literaria. Acercarse lo más posible a su autor querido conociendo cómo fue que escribió su libro. No sólo cómo organizó su material y cómo se organizaban sus días de trabajo sino ver, aunque sea en una foto o a través de una descripción (como la del diario de Kafka) el lugar de trabajo. El escritorio. Conocer el escritorio de un escritor, ver la habitación donde él o ella escriben, es algo parecido a conocer la cara de ese escritor. No nos explica la obra de una manera directa pero sí de una forma oblicua. Uno no puede desasociar la obra de Beckett con su austera cara con esos ojos azules de gaviota. Cuando uno relee los cuentos de Borges, inevitablemente tiene en mente su cara, con esa particular mirada de falsa humildad, o de sabiduría (según cómo te caiga Borges). 

Lo mismo pasa con los escritorios. Si has visitado Arrowhead , la casa de Herman Melville, y te has parado en su escritorio, con tu mano sobre su escritorio, mirando por la misma ventana que él miraba mientras escribía Moby Dick , nunca vas a poder volver a esa novela sin imaginarte a Melville encorvado sobre ese escritorio escribiéndola. Lo mismo con los poemas de Neruda y sus casas en Santiago, Valparaíso e Isla Negra. O la torre de William Butler Yeats en Irlanda. Hay un libro maravilloso sobre la pequeña cabina de Heidegger en la Selva Negra y cómo ese lugar influyó en su escritura. ( Heidegger’s Hut , Adam Sharr. MIT Press, 2006).

T. S. Eliot escribió en La canción de amor de Alfred Prufrock : “Tendría que haber sido un par de garras rotas / corriendo sobre los pisos de mares silenciosos.” Si el escritor, en su silenciosa producción, es una criatura fantástica, algo así como el cangrejo o langosta de Eliot, su escritorio es su caparazón.


¿Donde escribe usted?
En algún momento del siglo XX la figura pública del autor se hizo más compleja. Aparte de su obra misma, empezaron a cobrar importancia cosas externas a los libros mismos. Ciertas preguntas, específicas al proceso de escribir, se convirtieron en habituales: ¿Dónde escribes? ¿A qué hora? ¿En cuadernos o hojas sueltas? ¿En una máquina de escribir o con pluma? 

El principal culpable de esta tendencia es la revista The París Review , que desde los años cincuenta ha publicado excepcionales entrevistas con los grandes autores del mundo. Además de la foto del autor, publican una reproducción de una hoja de un manuscrito. Algo fundamental en estas entrevistas son las interrogaciones sobre “el taller” del escritor. Hoy, ser entrevistado por el Paris Review da un sello de prestigio quizá comparable con ganar un Pulitzer. Y todos los periodistas culturales que entrevistamos autores estamos, conscientemente o inconscientemente, imitando el modelo de esta revista legendaria.
¿Es legítimo este interés sobre los detalles físicos y externos de la praxis de los creadores de literatura? ¿Se entiende mejor la obra conociendo cómo se hizo, materialmente? ¿O es mero cholulismo, comparable con las notas de ¡Hola! que muestran las casas de veraneo de nobles menores de Europa?
Hay muchos autores que huyen de este tipo de preguntas, pero la verdad es que a la mayoría les encanta. No solo eso, ellos mismismos fomentan esta mística del escritorio del escritor.

En el 2008 y el 2009 The Guardian publicó una serie de notas llamada Writers’ Rooms . Aún está online. Allí, el fotógrafo Eamonn McCabe hizo retratos de los cuartos de escritores (sin los escritores presentes) y los autores mismos contribuyeron con un breve texto presentando sus aposentos. A diferencia de Kafka, el tono es fresco y orgulloso. Como el de un agente inmobiliario mostrando una joya de departamento. Figuran, entre otros, Eric Hobsbawm, Martin Amis, John Banville, Hanif Kureishi, Seamus Heaney, Jonathan Safran Foer, Richard Sennett y J. G. Ballard. Póstumamente están los de Charles Darwin, Virginia Woolf, Rudyard Kipling, Charlotte Bronte. En total son 116 sujetos. 

Sobre su trabajo fotográfico, McCabe dijo: “Siempre me ha gustado fotografiar a gente solitaria. Cuando era más joven fotografiaba a boxeadores. Ahora que estoy más viejo me gusta retratar a escritores, poetas y artistas. Una cosa que tienen en común, es que trabajan solos”. Pero sobre los retratos en sí, McCabe dijo: “Por más que no esté el escritor en el cuarto, aún es un retrato. Sus cuartos los reflejan...” Una crítica que se le hizo a McCabe es que todos sus retratados son gente acomodada de clase media. O sea, escritores comercialmente exitosos. Y aquí yace un problema muy importante en todo este lío. Es muy lindo, y no totalmente mentiroso, hablar de boxeadores y monjes y pilotos de guerra al buscar un corolario para el escritor en su cuarto. Pero también hay un fenómeno burgués de consumo y –más peligroso aun– de autoengaño. ¿Cuántos aspirantes a escritores ven estas fotos y se proyectan a sí mismos en esos cuartos, como si fueran ellos los escritores? Si es así, el fenómeno de la fascinación con los cuartos y los escritorios de los escritores tiene algo vacío y hasta pornográfico. Es como el fenómeno de las Moleskine. ¡Escribir en el mismo cuaderno que usaba Pablo Picasso, Ernest Hemingway o Bruce Chatwin!
Uno no tiene que ser escritor para ser parte de la literatura. Es suficiente con ser lector. Sin embargo, hay legiones de jóvenes (y viejos también) que alimentan una falsa vocación de escritura. Cuando esta ya no se puede realizar, la conclusión puede ser aniquilante. Un autoexilio de la literatura por razón de envidia y amargura. En este estado frágil y vulnerable de deseo sin intento, de fantasía sin trabajo, ver los escritorios de los escritores puede ser contraproducente. 

La literatura es extremadamente simple y compleja a la vez. Es muy fácil leer una gran novela, pero casi imposible escribirla. Ver los escritorios de los escritores (al fin, tan parecidos a los nuestros, dentro de todo) alimenta la idea que está a nuestro alcance, también, ser escritores. Esto puede ser un gran incentivo o la semilla de una gran mentira. 

En la novela Crossing to Saftey, de Wallace Stegner, asistimos a la larga vida de cuatro personajes, uno de los cuales quiso ser escritor y anduvo toda su vida más o menos en eso. En la última escena, la hija de este personaje entra al escritorio de su padre junto al mejor amigo de él. Es un lugar perfecto. El problema es que nunca escribió nada. Su hija dice: “Prepararse ha sido el trabajo de su vida. Prepara y después ordena”. ¡Que no te pase lo mismo!

lunes, 18 de febrero de 2013

"Amargo despertar" de José Mª Herranz. Presentación en la Casa Castilla La Mancha





Mañana martes 19 de febrero, a las 19:30, se presenta en la Casa de Castilla La Mancha, de Madrid, el disco de poesía sinfónica "Amargo despertar", de José María Herranz, en el marco de la tertulia literaria "Eduardo Alonso" dirigida por Manuel Cortijo y Juan Pedro Carrasco. 

Jose María Herranz es poeta, miembro del Círculo de Bellas Artes de Madrid, del Ateneo de Madrid y de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles y además, director de la editorial “Poeta de Cabra (2) Ediciones”.

Además de este CD "Amargo despertar”, ha publicado los libros: “Donde no habite el olvido”, Legados ediciones, 2011 (antología poética de 41 voces españolas seleccionadas por José María Herranz). “Las razones del lobo” y “Sofismas”, Poeta de Cabra Ediciones, 2009. “Oráculo de la amistad”, Ediciones Vitruvio, 2004.“Hijos de la miseria", Taller de poesía VOX, 1980.

De la poesía de José María Herranz se ha dicho que es una poesía mística, barroca, dionisíaca....

"Amargo despertar" que se presenta mañana, es un trabajo poético-musical conjunto con el compositor Andreu Jacob y cuenta con la colaboración de los poetas Luis Antonio de Villena y María Esperanza Párraga Granados. 

Presentará el acto el poeta Javier Díaz Gil, coordinador de la tertulia "Rascamán"  de Madrid. 

El poeta recitará los poemas del disco sobre las bases musicales.
 
PRESENTACIÓN "AMARGO DESPERTAR"
LUGAR: CASA DE CASTILLA LA MANCHA, C/ PAZ, 4 (MADRID), SALÓN DE ACTOS
METRO SOL
FECHA: 19 DE FEBRERO DE 2013,  19:30 HR.

domingo, 17 de febrero de 2013

Presencia de ánimo




Hoy vamos a hablar de una expresión, de la que he hablado con un amigo ultimamente por lo curiosa que nos resulta. Una expresión que, aunque es de toda la vida, tampoco yo creo que se utilice mucho. Me estoy refiriendo a la expresión: Presencia de ánimo.

¿Nunca habéis escuchado eso de...? Fulanito tiene mucha presencia de ánimo...

Viene en el diccionario de la Real Academia, cuando buscamos la palabra "presencia".

Presencia de ánimo, conservar el ánimo ante cualquier situación.

presencia.
(Del lat. praesentĭa).
1. f. Asistencia personal, o estado de la persona que se halla delante de otra u otras o en el mismo sitio que ellas.
2. f. Asistencia o estado de una cosa que se halla delante de otra u otras o en el mismo sitio que ellas.
3. f. Talle, figura y disposición del cuerpo.
4. f. Representación, pompa, fausto.
5. f. Memoria de una imagen o idea, o representación de ella.
~ de ánimo.
1. f. Serenidad o tranquilidad que conserva el ánimo, tanto en los sucesos adversos como en los prósperos.


Presencia viene del latín "praesentia": cualidad de estar adelante.
Ánimo viene del término latino "ánimus", el carácter, el coraje, el valor... 

 Es curiosa la expresión ¿verdad? Rastreando por internet he encontrado que hay una frase célebre donde la nombran e incluso hay un cuento de Oscar Wilde que se titula así. Copio a continuación ambos. También hay algún que otro libro incluso con ese título.

Pero a vosotros que os parece ¿Se utiliza a menudo? Yo creo que no mucho. Pero está bien, es elegante, es una expresión con clase. 

Ya, ya lo sé, hemos oído mucho más, también con la palabra "presencia", la de "... en presencia de mi abogado". Ay la tele, la tele...



Presencia de ánimo y valor en la adversidad valen para conquistar el éxito más que un ejército.
John Dryden



Presencia de ánimo

Mi joven amigo el actor interpretaba el papel principal de una obra extremadamente popular. Durante meses no había quedado una sola localidad libre en el teatro, y en el momento mismo de la representación las colas para la platea y la galería se extendían varias millas; de hecho, llegaban hasta Hammersmith (aunque debo agregar que la obra se representaba en Hammersmith).
Una noche, durante la representación, en el terriblemente tenso momento en que la pobre florista rechaza con desdén las detestables propuestas del malvado marqués, una enorme nube de humo se extendió por los costados del escenario, que fue sitiado por grandes lenguas de fuego.
Aunque el telón descendió de inmediato, el público estaba aterrorizado y se precipitó hacia la salida. Se desató un pánico horroroso: los hombres comenzaron a gritar y a empujar, las mujeres daban alaridos y se tiraban de las ropas. Había el grave riesgo de que varios espectadores murieran pisoteados y, de hecho, algunas faldas se ensuciaron y varias camisas de vestir quedaron arrugadas.
En el clímax del estruendo apareció por la puerta de la orquesta mi joven amigo el actor -que en la obra ama y es amado por la florista-, contempló la situación de un vistazo y trepó al escenario. Allí parado, ante el telón de hierro, erguido, con la mirada destellante y el brazo levantado, ordenó que se hiciera el silencio con una voz que resonó en todo el teatro, como una trompeta. El público conocía bien esa voz y se sintió reconfortado: el pánico remitió de inmediato.
Les dijo entonces que el fuego ya no era peligroso, que ahora estaba bajo control. Sin embargo, explicó, el miedo de todos constituía un peligro muy real y, dado que sus vidas dependían de que mantuvieran la calma, era necesario que regresaran de inmediato a sus asientos.
Todos hicieron lo que se les dijo, sintiéndose muy avergonzados. Y cuando las salidas quedaron despejadas y todos los asientos fueron ocupados de nuevo, el actor dio un ligero salto sobre las candilejas, alcanzó la platea y se esfumó por la primera puerta a su alcance. Entonces el humo saturó el auditorio, las llamas irrumpieron a cada lado y ninguna otra alma salió con vida del lugar.
Es así como podemos apreciar la utilidad de la presencia de ánimo.

Oscar Wilde

jueves, 14 de febrero de 2013

Un carta de amor para el día de San Valentín



No es que yo sea devota de "San Valentín" ni nada por el estilo. Cualquier día es bueno para demostrar los sentimientos o para hacer un regalo a quién uno quiere. Pero sí que es verdad que aprovechando la circunstancia me parece un buen día para dejaros con uno de mis relatos. Y qué mejor para este día que una carta de amor.

El año pasado os dejé con otra carta, os copio el vínculo por si os apetece leerla o releerla.


Pero hoy quiero colgaros otra muy diferente en el tono de la narración. Para que podáis tener dos visiones muy diferentes sobre cómo se puede abordar la escritura de una carta de amor. Cartas de amor que en el fondo son relatos en forma epistolar.

Bueno, pues lo dicho, aquí tenéis un par de cartas de amor para un día como hoy, una en el vínculo de arriba y otra aquí abajo.

Espero que os gusten. Ambas fueron premiadas en Certámenes de Cartas de Amor, la del año pasado (la del vínculo) fue premiada en Roquetas de Mar, y ésta de aquí debajo en Rivas Vaciamadrid.





Como críos chicos...

Quesinotehagocasoquesinotehagocasoquesinotehagocaso... Todo el santo día con la misma cantinela colgando de los labios... Atronadas me tienes las orejas... ¿Qué no te hago caso mujer? Pues el mismo caso de siempre ¿no? Pero mira que estás temosa... cada día repitiéndome trescientas veces lo del que notehagocaso... Como críos chicos... Y por más que yo intento pillarte en un renuncio y sacarte otro tema todo nos lleva a lo mismo... Erre que erre. Sesenta años casi, los que llevamos juntos, que se dice pronto, y requetebién que hemos estao para que ahora andes penando todo el santo día con esa monserga... Nos ha tocao sufrir lo nuestro, y juntos. Nadie se puede figurar la de cosas feas que ha querido el demonio que nos pasaran... y juntos. Años muy puñeteros, pero siempre juntos, lo sabes, siempre juntos. Juntos y juntos. Te he cuidao la vida entera todo lo que he podío todo, todo lo que he sabío, la verdá, y yo no creía haberlo hecho tan mal... ¡Pa chasco...! ¿Qué sabemos los hombres de cuidar a nadie...? Porque bien malita te tuve el tiempo que te duró la preñez, no una, sino siete veces me parece que fueron, aunque se te malograron algunos... pobres... Sí, lo pasaste mal, mal, mal, y no te me quejabas ni una mijina siquiera y yo... bien sabe Dios que te cuidaba... ¿O no? Conseguiste, porque tozuda eres un rato, mantener a cuatro dentro, y cuatro que tuviste... aguantaste el tirón... porque eso de la hora corta tú nunca has sabido lo que era... aguantabas hasta que te ponían al niño en brazos y después ya... parecía que no tenías ni fuerzas para hablar... pero has tenido salero para eso y para todo lo que se te ha metío entre ceja y ceja... Para todo. Menuda has sido tú siempre. Iba para largo hasta que superabas lo de la cuarentena, has sido siempre tan recogidita de carnes, que te me quedabas en muy poquita cosa... tanto, que luego le costaba arrancar de nuevo a la vida pero ¡vaya si espabilabas! ¡vaya...! y yo pendiente de ti, cuidándote lo que sabía, lo que podía también... Qué mal lo pasamos... qué mal... pero tiramos p´alante... y tan felices siempre... juntos. Siempre juntos.



Y ya sé lo que pensarás cuando me leas. Que yo nunca he sido muy besucón a la hora de arrimarnos, bueno ni a la de arrimarnos ni a la de separarnos... Pues no, no lo he sido, pero yo pensaba que tú me querías tal cual soy... y que sabías también que a mi manera yo te tengo una ley que nunca tuve a nadie... Pero al cabo de sesenta años resulta que no es bastante... Mira tú por dónde. Y no debe serlo, porque ahí te tengo, penando, cientos y cientos de veces con la musiquita, repitiéndome lo de Quesinotehagocasoquesinotehagocasoquesinotehagocaso, cientos y cientos con lo mismo... y qué tostón mujer... que tostón. Y es que además yo te veo rápido las intenciones, no te voy a engañar, y ya te temo, cuando te acurrucas y te me pones ñoña... porque te veo que empiezas a darle a la cabeza y a la cabeza, que se te va a hacer agua de tanto darle... y sé de fijo que vas a acabar con lo de siempre: quesinotehagocasoquesinotehagocasoquesino... ¡Pero mira que son raras las mujeres...! porque ¡Ahora! ¡A la vejez viruelas! Que nunca he tenido queja de ti, ni tú de mí, que yo sepa... y ¿Ahora? Que estamos más tranquilos, más descansaos, con más tiempo, más solos... ¿Ahora quesinotehagocasoquesinotehagocasoquesinotehagocaso...? Que yo se lo he contao a los de la partida, y tampoco lo entienden, mujer, tampoco, como yo... Si es que ¿quién va a entender esto...?


Pero esta noche pasada te he sentío, aunque tú no lo sepas, te he sentío darte mil vueltas en la cama y levantarte, y Dios no lo quiera, pero hasta me ha parecío sentirte que llorabas y todo... Y eso no mujer, eso no, que a mí se me parte el alma de escucharte, y total por la tontuna esa del quesinotehagocasoquesinotehagocaso... ¿Dónde se vió? Por eso me he decidío a escribirte esta carta. Esta carta de tontos, ya ves, porque ¿qué necesidad tenemos nosotros de esto...? Toda la vida juntos y requetebién. Dime tú a mí... con cartitas a estas alturas... Que cómo se enteren en la partida se van a reír pero bien a gusto de nosotros, se van a reír sobre todo de mí... Pero es que yo ya no sé qué hacer contigo, mujer. Ya no sé. No sé cómo quieres que te haga caso, porque yo no sé hacer las cosas de otra manera de cómo las hago... No sé... Pero que me llores... que me llores no, eso no. Que me llores con esos ojos verdes tuyos de siempre, mismamente los de ahora, verte triste esa misma cara también de siempre, solo que ahora un poquito más arrugá, arrugaíta solo por aquí, por el derredor de los ojos... solo por ahí y con unas arrugas chiquititas de reírte, porque tú toda la vida has llevado la risa colgando de los labios, toda la vida... y no esa letanía que me llevas ahora... No señor, no, que yo escribo esta carta de tontos y lo que sea necesario, pero que tú no me llores, mujer, no me llores que a mí me rompes el alma de escucharte... ¿Qué no te hago caso? Pero mujer si yo sin ti no soy nada, nada de nada, un terreno baldío, un cero a la izquierda, eso soy yo. Que yo no me sé explicar, que lo de hablar, y más lo de escribir, siempre se me dió muy requetemal, pero si ahora es febrero y se estila esto de las cartas, pues allá va esta carta para ti, para ti mujer, que te la mereces más que nadie en el mundo... mucho más que nadie.

©Rocío Díaz Gómez


Si os apetece seguir leyendo alguna más de mis cartas de amor, podeis hacerlo pinchando en el link que lleva a esa pestaña en mi blog, donde cada febrero desde que abri el blog he colgado alguna:

http://rociodiazgomez.blogspot.com.es/search/label/Cartas%20de%20amor%20escritas%20por%20Roc%C3%ADo%20D%C3%ADaz

 


martes, 12 de febrero de 2013

Palabras trampa: "Pelandrusca", "adolecer", "pilistra"...



Estaba yo regando mis tiestos cuando pasó aquella pelandrusca estirada del quinto sin saludar. “Hace falta ser mal educada…” dije bien alto. “Mira quién habló de mala educación…” contestó ella sin volverse apenas “una persona que adolece de cultura, vamos que a grosso modo…”. “¿Qué yo estoy gruesa” le dije sin que terminara la frase. "Ni estoy gruesa ni me adormece ná, y eso que llevo levantá desde las seis cuidando de mis pilistras y mis geranios y aquí tan pichi…" "Ya me parecía a mí que olía por aquí a abono de las plantas, vamos, quién dice abono, dice a estiercol..." "¿Que huelo yo a estiercol? ¿Yo? Eso usté... que mucha colonia, mucha colonia pero ni dentrifríco que seguro usa..." "Dentífrico señora, dentífrico, si cuando digo yo que adolece de cultura..."

¿Seguimos atendiendo a la conversación de estas dos señoras o nos centramos en algunas palabras que han dicho? 

Pues eso, otro día seguimos con su conversación, pero hoy vamos a los errores gramaticales tan comunes que han dicho. Porque hay algunas palabras o expresiones trampa, en las que caemos casi todos.



¿"Pelandrusca"? ¿Quién no ha escuchado o dicho alguna vez esta expresión?

Pues está mal dicho. Y ya, ya sé que muchos lo hemos oído o dicho así. Pero es incorrecto. En realidad le sobra una "r". Se dice "pelandusca" de pelar.

pelandusca.
(De pelar).
1. f. coloq. prostituta.

Viene en efecto de pelar su cuero cabelludo. Porque era uno de los correcitvos que se les aplicaba a las mujeres con un ruin estilo de vida: raparles la cabellera. Al fin y al cabo, la melena era un símbolo de la sexualidad femenina, fuente que incitaba a la indebida tentación. Cuando las personas veían a una de estas señoras por la calle la increpaban gritándole aquello de “pelandusca, pelandusca (de pelada)”, igual que si dijeran algo menos eufemístico que ramera.


La mayoría pensamos que adolecer es carecer. ¿Pero de verdad significa carecer? Vamos a ver en el diccionario que nos dice:

adolecer.
(Del ant. dolecer).

1. tr. ant. Causar dolencia o enfermedad.
2. intr. Caer enfermo o padecer alguna enfermedad habitual.
3. intr. Tener o padecer algún defecto. Adolecer DE claustrofobia.
4. prnl. compadecerse (‖ sentir lástima).


La Fundeu recomienda, pues, evitar siempre este empleo de adolecer con el sentido de 'no tener' algo y emplearlo solo cuando quiera decirse 'padecer un mal' o 'tener un defecto'. Porque muchas veces lo utilizamos con significado de carecer, y justo estamos diciendo lo contrario. En nuestro ejemplo la autora piensa que está diciendo que la vecina "carece de cultura" cuando está diciendo que "padece cultura"...



Pilistra, o esas plantas interiores de hojas verdes que hay en tantos portales. ¿Quién no ha escuchado decir "pilistra" o lo ha dicho? Pues me temo que como tal no viene en el diccionario. Si lo escribimos, de hecho, el diccionario nos remite a la palabra "Pilastra". Que no, que no, pensamos, que no es eso, que es la planta... Ay,ay,ay... Que no, que nos pongamos cómo nos pongamos, tal cual, así "pilistra" como toda la vida lo ha dicho mi madre, y las vecinas de mi madre, y todas las mujeres de mi barrio, no está. Y no está porque en realidad se dice "aspidistra". De verdad. Os lo juro.

aspidistra.
(Del lat. cient. aspidistra, formado a partir del gr. ἀσπίς 'escudo').

1. f. Planta de la familia de las Liliáceas, acaule, con hojas persistentes, grandes, de tres a cuatro decímetros de longitud y ocho a diez centímetros de ancho, verdinegras, pecioladas y de nervios bien señalados. Es originaria de China.


Y esa expresión latina que dice la vecina "fina" de nuestra historia "A grosso modo". ¿Cuántas veces no la habréis escuchado? Muchas. Peeero... se dice sin la "a". Porque está en ablativo, con lo cual la preposición "a" ya está implícita, no hay que escribirla.

grosso modo. Loc. lat. que significa ‘aproximadamente o a grandes rasgos’: «El costo de la vida aquí corresponde, grosso modo, al de México» (Tibón Aventuras [Méx. 1986]). Es incorrecto anteponer la preposición a: *a grosso modo.

Diccionario panhispánico de dudas ©2005

Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Y por último vamos a repasar la palabra "Dentífrico" que no "Dentrífico"

La etimología de esta palabra es un compuesto del latín dens, dentis (diente) y la raíz del verbo fricare que significa fortar y restregar. De esa raíz verbal, proceden fricción y friccionar, así como la voz patrimonial "fregar".


Pero... y a todo ésto ¿No decíamos que "El que tiene boca se equivoca"? Vaaaaaaale, de los refranes hablamos otro día.

¡Qué bien! ¡Cuántas cosas hemos repasado hoy!



Ilustración: Jeol Salinas




domingo, 10 de febrero de 2013

"Cafetito mañanero, nos saca del agujero..."



"Cafetito mañanero, nos saca del agujero. Almorzar bien es costumbre del obrero y oficinista con esmero..."

Leed, leed...

Ya sabéis de mi afición, o mi manía, o mi vicio, o mi queséyo con los letreros de la calle. ¿Cómo no os iba a traer las fotos de hoy?

No necesita publicidad porque os puedo decir que cada vez que voy a tomar café está hasta arriba de gente, pero no me digais que no es curiosa su "poesía urbana". De verso blanco, nada. Rimada, como toda la vida.

Sí, es un restaurante, ahí tenéis cómo se llama, y está en la calle Castelló, y además de servirnos amablemente todos los días unos desayunos bien ricos, ya véis... ¡hasta se anuncian en verso!.

La poesía está en el aire...

Se merecían esta entrada. ¿A que sí?




viernes, 8 de febrero de 2013

"Cocotología" y don Miguel de Unamuno



Yo quería hablaros de la palabra "cocotología".

¿Habíais oído hablar de ella?

Bueno imagino que algunos de vosotros sí.

Es una palabra que me hace gracia. Se la debemos al escritor Unamuno, que fue quién llamó así a la papiroflexia.

Buscamos en el diccionario de la Real Academia, ambos términos. Cómo podéis ver "cocotología" remite a "papiroflexia":

cocotología.

1. f. papiroflexia.

papiroflexia.
(De papiro, papel, y el lat. flexus, part. pas. de flectĕre).
1. f. Arte y habilidad de dar a un trozo de papel, doblándolo convenientemente, la forma de determinados seres u objetos.
Real Academia Española © Todos los derechos reservados


Parece ser que no era raro ver a Miguel de Unamuno plegando cuartillas y haciendo figuritas de papel. Era una de sus aficiones favoritas.

Dicen que la afición le venía desde niño.

Fue durante el cerco de Bilbao de la guerra carlista, en 1874, cuando, a los diez años y en compañía de su primo Telesforo Aranzadi, comenzó a componerlas.

Durante algún tiempo no podían salir y las ventanas de la casa se protegían de los proyectiles con colchones. Influyó, también, su salud algo frágil y su carácter retraído para que a menudo prefiriera quedarse en casa dibujando y recortando papel en lugar de acudir a la calle a corretear con los muchachos de su edad. Entre los dos primos confeccionan más de doscientas pajaritas a las que hacen desfilar como si se tratara de un ejército. Posteriormente, ya nunca dejó de practicar el arte papirofléxico y, de esta forma, llegó a adquirir una gran maestría

Tal destreza alcanzó que inventó un modelo de pajarita con el que lo pintó Gutiérrez Solana en un conocido retrato. Incluso escribió una obrita sobre esta ciencia que tituló Apuntes para un tratado de cocotología. Porque el arte de construir pajaritas de papel se conoce también con ese curioso nombre, cocotología, una palabra que viene del francés cocotte -gallina, ave, pajarita-, en lenguaje infantil y coloquial.

En la página de la Asociación Española de Papiroflexia he encontrado este retrato de Unamuno que os copio tal cual porque me ha gustado mucho cómo lo contaban:


"D. Miguel de Unamuno es, en muchos aspectos, un plegador español paradigmático. Le encanta la papiroflexia, pero sabe que es un entretenimiento, todo lo importante que se quiera, pero un entretenimiento, y D. Miguel sabe tomárselo a broma. Cuando da nombre a su afición hace derivar el nombre de una palabra francesa "cocote" y saca Cocotología, y escribe una especie de "tratado" muy a lo erudito sobre la Cocotología, esto es sin duda una broma, el español mas acérrimo afrancesando lo más español de la infancia, la pajarita. A primera vista solo se entiende por el ánimo lúdico del escritor, que sí, se emociona jugando y plegando tanto con sus hijos como con otros niños y esta íntimamente satisfecho de sus creaciones y en sus cartas se ve el legitimo orgullo que le producen, pero una vez mas el divertimento se escapa y denomina "Cocotta Unamuniensis" a una de sus creaciones en una carta abierta a una revista, en la que además se despacha a gusto con teorías "científicas" sobre las distintas clases de pajaritas.

La papiroflexia es consustancial a D. Miguel de Unamuno, forma parte de su personalidad, como se demuestra en los retratos que Zuloaga y Solana hicieron de él, en los que junto a los libros aparece una o varias papirolas, es la niñez, el lado divertido de un catedrático de Griego, de un Rector de Salamanca antimonárquico que es cesado de su puesto por la República por defender el alzamiento y por Franco por criticar el alzamiento y que huye de su destierro en Fuerteventura para evitar que le llegue una amnistía, como se ve, una personalidad de lo más conflictiva..."



"Y la pajarita es, a no dudarlo, la forma arquitectónica, digámoslo así, que el papel pide y exige, la forma que del papel surge naturalmente, la perfección de la figura en papel, el perfecto ser papiráceo"

Apuntes para un Tratado de Cocotología.

Libro Amor y Pedagogía, 156. M. DE UNAMUNO



Fuentes:

jueves, 7 de febrero de 2013

"Lugares donde leí" de Arturo Pérez Reverte




Anoche en el twitter leí este artículo de Arturo Pérez Reverte titulado "Lugares donde leí". Y me gustó. Bueno, tampoco es una sorpresa que normalmente me gusta lo que leo de Arturo Pérez Reverte, sobre todo sus artículos.

Os extraigo casi las últimas frases: "Soy lo que viví, naturalmente. Pero también lo que leí, y dónde lo leí."

Aquí os lo dejo para que podáis disfrutarlo vosotros también.


Ordeno mi biblioteca. Y abriendo libros al azar encuentro huellas olvidadas, recuerdos de momentos y lugares donde fueron leídos por última vez. Escribí alguna vez que atribuyo a los libros un carácter particular; una vida propia que espero sobreviva a la mía y continúe en otras manos, enriqueciendo y consolando a quienes los posean en el futuro. Si no ocurre así, y mi biblioteca, como tantas otras cosas que he visto desaparecer, está condenada a las ratas, el agua, el fuego y la destrucción, tampoco pasa nada: nadie podrá arrebatarme lo ya leído. En cualquier caso, debido a mi certeza de que toda posesión es temporal, y también por la melancolía que me suscita encontrar en libros que llegan a mis manos huellas de vidas anteriores, procuro que los míos estén desprovistos de detalles que puedan identificarme en el futuro. No quiero que nadie compadezca los restos de mi naufragio en un tenderete de rastro o en una librería de viejo. Así que, en cada revisión para ordenarlos o limpiarlos, aprovecho para borrar la huella que a veces, por descuido, dejé en ellos.

Esta vez también ocurre: tarjetas de embarque de líneas aéreas, postales con notas al dorso, acreditaciones de prensa. Casi todo fue utilizado a modo de señal de lectura: medio teletipo con una crónica de 1976 sobre el Líbano -Beirut, de nuestro enviado especial A.P.-R.-, un recibo de taxi de Buenos Aires con fecha de 1982, una factura de restaurante de Damasco... De la mayor parte olvidé su oportunidad y sentido. Otros me permiten recordar muy bien el momento en que los puse ahí: la lectura de ese libro, el lugar, las circunstancias. También encuentro otra clase de huellas: marcas antiguas deliberadas o involuntarias, subrayados, notas que a veces nada tienen que ver con la materia del libro -esas hojas blancas de respeto al principio y al final, tan útiles cuando no había papel a mano-, huellas de suciedad, quemaduras o ceniza de cigarrillos, manchas de lluvia o agua salada, café, aceite de latas de sardinas, tierra rojiza de África, mosquitos aplastados, restos de arena de una playa o un desierto. Incluso posibles dramas olvidados. Hasta en la página de título de uno de ellos -Memorias de La Rochefoucauld-, impresa con deliberada nitidez, hay una huella dactilar de color pardo, que supongo será mía. Una huella de sangre de la que nada recuerdo; ni siquiera si es propia o ajena.

Y es que un libro no es sólo un libro. Es también, entre otras cosas, los lugares donde lo leíste, el consuelo que te dio en cada momento, la diversión, la compañía. Hojeándolos mientras ordeno los estantes, compruebo que muchos de esos lugares y momentos los olvidé; pero otros siguen claros en mi cabeza: salpicaduras de agua de mar en varios volúmenes de la serie náutica de Patrick OBrian, incluida una que emborrona levemente la tinta de la dedicatoria autógrafa del autor; el tomo II de las obras completas de Thomas Mann, que durante veintiún años viajó en mi mochila y fue leído tanto junto a mesillas de noche de hoteles de lujo como a la luz de una vela o una linterna en lugares olvidados de la mano de Dios; las Vidas paralelas de Plutarco en un solo volumen que conserva entre sus páginas tierra y suciedad de hace treinta y cinco años, en Eritrea; la edición compacta y viajera de Moby Dick, de la que una vez alcé los ojos para ver, resoplando muy cerca, ballenas azules al sur del cabo de Hornos; El amante sin domicilio fijo, que leí sentado en la punta de la Aduana de Venecia, cuando allí aún no iba nadie, antes de que fastidiaran el lugar con la estúpida escultura del niño y la rana; la Eneida que cada noche me consolaba, a modo de analgésico, en una habitación sin cristales del hotel Holiday Inn de Sarajevo; el Quijote anotado a lápiz que me acompañó cuando recorría La Mancha por pueblos y ventas, pisando la huella de sus personajes; el Lord Jim que fue mi única compañía durante un ataque de malaria que estuvo a punto de despacharme al otro barrio, mientras temblaba tirado como un perro en un hotelucho infecto de Nairobi; el Stendhal de La Pleiade que estaba en mi mochila cuando entré con los guerrilleros en el búnker de Somoza, en Managua; la biografía de Hemingway y Scott Fitzgerald leída en el hotel Hornet Dorset Primavera de Puerto Rico, ante una playa sobre la que planeaban los pelícanos mientras las mujeres más hermosas del mundo se recortaban saliendo del agua en el contraluz rojizo del atardecer... Sitios amueblados por la biblioteca que ahora me rodea; libros que, con sus marcas y cicatrices propias, tallaron las mías. Soy lo que viví, naturalmente. Pero también lo que leí, y dónde lo leí. Sin esa geografía de páginas vinculadas a lugares y recuerdos, nada de cuanto veo al mirar atrás tendría sentido.

http://www.finanzas.com/xl-semanal/firmas/arturo-perez-reverte/20130210/lugares-donde-4717.html


Foto de André Kertész, tomada de elmundo.es


martes, 5 de febrero de 2013

"Habitaciones cerradas" de Care Santos



En las horas siguientes, que eran ya las del día de Navidad de 1932, ocurrieron tres cosas terribles: ardieron los grandes almacenes El Siglo, murió en la cama la señora María del Roser Golorons y Amadeo Lax pasó por primera vez parte de la noche en la habitación de Laia, la hija de la cocinera, de doce años. (Pag. 33)

"Habitaciones cerradas" de Care Santos es el último libro que me he leído. Y la verdad es que me ha gustado, me ha tenido bastante entretenida.

La historia está escrita jugando con dos tiempos. Por una parte se desarrolla en Barcelona, en los años que median entre el siglo XIX y el siglo XX. Y por otra parte está el momento actual, concretamente el año 2010. Es la historia de una familia burguesa. Por una parte está la historia del matrimonio de María del Roser Golorons con Rodolfo Lax, que viven junto a sus criados, en un palacete del actual Paseo de Gracia, y tienen tres hijos: Amadeo que con el tiempo se convertirá en un pintor famoso, Juan y Violeta. Y por otra parte, en el momento actual, Violeta, nieta de Amadeo Lax, encargada de proteger y dar a conocer la obra de su abuelo descubre por casualidad un secreto que hace que su percepción sobre su abuelo vaya cambiando.

Durante quinientas páginas iremos conociendo en profundidad a esta familia, y a cuántos les rodean. Vamos creciendo con los hijos del matrimonio Lax. Es por tanto lo que se suele llamar "una saga". Pero ya os he comentado que la narración no es líneal, sino que vamos a ir saltando en el tiempo setenta años adelante y atrás. Lo cual la hace mucho más entretenida.

Por otra parte tiene de curioso que la escritora ha utilizado distintos narradores: desde la narración convencional en tercera persona a cartas, correos electrónicos en primera persona, notas sobre arte y noticias de periódicos. Y cada uno de esos textos va modificándose en su estructura, cambia el tipo de letra, el tamaño, y por supuesto la forma del texto. Con lo cual ya veis que también el narrador va cambiando. Eso otorga a la escritura mucha riqueza formal y hace la lectura mucho más amena.

La prosa además, es sencilla pero cuidada y se van dosificando los materiales de la narración y la forma de distribuirlos de tal forma que nunca te pierdes. Lo cual por otra parte denota lo trabajado de la labor de la escritora.

Va cambiando el tiempo, cambia el narrador, los personajes, todo ello hace que la narración resulte muy fluida.

Los personajes yo creo que están bien caracterizados, bastante bien, diría yo. Los quieres o los coges manía, cómo debe ser. Por otra parte la autora ha utilizado personajes ficticios, alternándolos con personajes reales como el Rey Alfonso XIII o un personaje muy peculiar de la Barcelona de aquellos años de principios del siglo XX Francesc Canals Ambrós, que parece que sí existió y que es venerado y visitado en el cementerio. No es una novela histórica, pero sí es cierto que esos personajes existieron. Al final del libro la autora cuenta quiénes sí que existieron y quiénes no.

También por otra parte en la narración salen hechos que sí ocurrieron de verdad como la Semana Trágica de Barcelona y el incendio de los grandes almacenes El Siglo, la llegada de los primeros teléfonos o automóviles, los teatros de variedades, la electricidad, que hacen muy creíble la historia. Está muy logrado el ambiente, el entorno, gracias a esas pinceladas verídicas. Se refleja muy bien el mundo burgués barcelonés en contraposición con los trabajadores de las fábricas textiles.

En fin, que a mí me ha gustado bastante. Me ha tenido atrapada esta historia. Es una historia familiar que me ha resultado entretenida. Quizás haya quién opine que parece un folletín. Bueno, yo he leído otras novelas, a mi modo de ver, mucho más folletinescas (entendiendo por folletín la segunda acepción que viene en el diccionario de la Rae de éste término). Ésta me resulta creíble. Es una ficción creíble. Y creo que la escritora se ha documentado y se nota.

Lo dicho. A mí me ha gustado.
Editorial: Planeta
Páginas: 537
ISBN: 9788408098768




folletín.(De folleto).

1. m. Escrito, insertado a veces en la parte inferior de las planas de los periódicos, que trata de materias ajenas a la actualidad; como ensayos, novelas, etc.
2. m. Tipo de relato propio de las novelas por entregas, emocionante y poco verosímil.

3. m. Pieza teatral o cinematográfica de características similares a las del folletín novelesco.

4. m. Situación insólita propia de una obra folletinesca.