martes, 15 de enero de 2013

"La vida desnuda" Rosa Montero





NOMENCLATURAS

(...) Y así andamos, haciendo el más colosal de los ridículos. Referirse a la pareja como mi compañero o mi compañera no funciona: tiene un regusto a vieja militancia, a pretencioso. Qué decir de la tontuna de mi novio, de la excesiva intrepidez de mi amante, del insustancial mi rollo. Utilizar mi chico o mi chica es de una panfilez rayana en el guateque. Condenados como estamos a la perplejidad semántica, en nuestra desesperación echamos mano de los recursos más disparatados y triviales: el mío, el tuyo, el que te dije, ella, él, el interfecto... O, en el colmo de la ineptitud, usamos larguísimas frases del tipo de el tío éste con el que estoy enrollada o la mujer con la que estoy viviendo, lo cual es un verdadero desperdicio de tiempo y energías.

Nombrar es una manera de poseer. Al nombrar el mundo nos hacemos dueños de él y lo ordenamos en la medida de lo posible, que es poco. Es decir, que lo tenemos fatal. Si no sabemos nombrar al otro es que tampoco sabemos estar. Padecemos una vaguedad sustancial y sustantiva: desconocemos el contenido que pretendemos del otro y hemos olvidado por dónde pasa la frontera de nuestros propios límites. O sea, un lío. Pero no hay que desesperarse. La Real Academia ha tardado toda su existencia en admitir una palabra como coño, que es tan sencillita y descriptiva. Bien podemos nosotros emplear nuestra vida en algo tan delicado como inventar una nomenclatura sentimental y nuevas costumbres afectivas.

Pág 128
La vida desnuda
Rosa Montero

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