martes, 29 de septiembre de 2009

29 de septiembre. Mi cumpleaños. Uno más.


Hoy, 29 de septiembre, es mi cumpleaños.

Apenas quedan minutos para que éste día termine.

Cumplo un año más.

A veces eso da vértigo.

Pero llega tu cumpleaños y te sientes muy acompañada, muy apreciada.

Te miras en fotos donde tu cara era más redonda, tus ojos más inocentes, tu interior intacto, claro. Pero aún así, descubres que sigues ahí, detrás.

Entonces lo celebras, soplas las velas, te miras despacio otra vez y solo dices
:

Crezco.


Qué bien.


Y para acabarlo aún mejor: me regalo, os regalo un pedacito de Eduardo Galeano, de "El libro de los abrazos". Un lujo.



LLORAR

Fue en la selva, en la amazonia ecuatoriana. Los indio shuar estaban llorando a una abuela moribunda. Lloraban sentados, a la orilla de su agonía.

Un testigo, venido de otros mundos, preguntó:


- ¿Por qué lloran delante de ella, si todavía está viva?


Y contestaron los que lloraban:


- Para que sepa que la queremos mucho.

viernes, 25 de septiembre de 2009

Verbos caprichosos. Artículo


Esta mañana, durante el desayuno, ha surgido a raíz de lo que hablábamos en la conversación, lo curiosa que es la evolución del significado de algunas palabras. Comentábamos al respecto cómo ha cambiado el significado del adjetivo “perdida” tan utilizado actualmente para denominar las llamadas perdidas. Hace algunos años una “perdida” era otra cosa ¿verdad?

Por eso he pensado que como ya ha empezado el cole no estaría mal volver a repasar algo sobre lengua.

En este caso quería dejaros con un artículo sobre verbos. Está extraído de esa página que a mí me gusta tanto, la de la Fundeu. Se titula “La lengua viva: verbos caprichosos”. A mí me parece muy interesante y ameno, espero que a vosotros también. Aquí os lo dejo.




LA LENGUA VIVA: VERBOS CAPRICHOSOS
12/03/2009


La astronáutica nos ha traído un nuevo verbo: alunizar (= posarse sobre la superficie de la Luna). Pero ¿qué pasa entonces con las naves que aterrizan en Marte? ¿«Amartizan»? ¿Y aterrizar en Mercurio, Venus, etc.?


Aprendemos los verbos cuando niños y hemos llegado a creer que ya está todo dicho. Nada de eso. Hay todavía muchas dudas por resolver y, además, surgen nuevos verbos que no sabemos bien qué significan o cómo se conjugan, por ejemplo el verbo nominar, que en el Diccionario oficial es 1) dar nombre a algo o a alguien, 2) designar a alguien para un cargo o cometido, 3) proponer a alguien para un premio. Pero ahora muchas veces es también «proponer a alguien para una elección» y, más novedoso todavía, «incluir el sueldo o nómina en una cuenta corriente». No está en los diccionarios, pero estará.


Algunos refitoleros dicen «inadvertida» para indicar que alguna persona o cosa no ha sido percibida, pero ha calado ya el galicismo «desapercibida» para esa misma función.


Soportar es tanto «sostener» como «sufrir» o «tolerar». Pero ahora lo del soporte magnético nos inunda, de tal modo que «soportar» es también «registrar información», normalmente bajo alguna forma electrónica o informática. Tampoco está en los diccionarios, pero sí en la vida.


Está dicho que «cesar» es intransitivo, equivalente a «dimitir». Pero, como nadie dimite realmente en España el verbo «cesar» va agotando su función y se transforma en una versión elegante de «destituir» a un cargo. Lo más chusco es cuando el amenazado con la inminente destitución dice que «ha puesto su cargo a disposición» del que lo nombró. No hace falta decirlo, superada la esclavitud, nadie está obligado a atarse de por vida a un cargo.


Polémica es la forma de conjugar algunos verbos como «adecuar, evacuar o consensuar». La norma tradicional era conjugarlos como «averiguar», esto es, habría que decir «adecua, evacua o consensua». Pero en la realidad se impone muchas veces la forma malsonante de «adecúa, evacúa y consensúa». Me cuesta aceptar ese asalto, pero la lengua es cosa viva.


Pase lo de «jugar un papel importante», aunque sería mejor decir «representar un papel importante», pues se trata de una metáfora del teatro. Pero lo que resulta inadmisible es «jugar papel importante». Por cierto, el «protagonista» es el que juega un papel importante en algún suceso o representación. Parece un poco excesivo que la lluvia sea la protagonista del día. Resulta aún más ridículo decir algo así como «protagonista somos todos» o «el pueblo es el protagonista». En griego el «protagonistés» es el combatiente de la primera línea (es decir, una fuerza de choque, que diríamos hoy) o el actor principal de una obra.Me gusta mucho el verbo «descambiar» (= devolver una compra a cambio del dinero que costó o de otro producto equivalente). Es algo distinto a «cambiar» (= dejar una cosa para tomar otra).


La astronáutica nos ha traído un nuevo verbo: alunizar (= posarse sobre la superficie de la Luna). Pero ¿qué pasa entonces con las naves que aterrizan en Marte? ¿«Amartizan»? ¿Y aterrizar en Mercurio, Venus, etc.? Esa línea de nuevos verbos parece absurda. Mejor será dejar lo de «aterrizan» para posarse sobre cualquier planeta. Lo de «alunizar» queda, como un divertido neologismo, para robar en una tienda después de romper violentamente la luna del escaparate.


La jerga económica nos ha regalado algunos verbos muy divertidos, como descontar (= suponer, conocer de antemano) o dejar (= perder punto en el juego de la Bolsa). Tampoco esos sentidos están en los diccionarios, ni siquiera los de uso, pero no tardarán en ser admitidos.



Autor
Amando de Miguel

Libertad Digital, España

Martes, 10 de marzo del 2009

viernes, 18 de septiembre de 2009

"Sé que me quieren porque me cuentan cuentos" Relato de Rocío Díaz


Ayer llovía en Madrid.

Debería haberme acostumbrado a la lluvia después de tantos días bajo sus gotas en Costa Rica, pero me temo que no ha sido así. La lluvia encoge mi ánimo.

Aún así, tuve suerte. Al final pasé la tarde leyendo cuentos a mis sobrinas. Sus pequeños oídos, aún nuevos, son incansables a los cuentos. Y reconozco que eso me encanta.

Esto me ha recordado un pequeño relato que escribí hace ya tiempo y que me publicaron en el diario de León en junio del año pasado.

Se titula “Sé que me quieren porque me cuentan cuentos” y espero que os guste porque dice algo así:



“Sé que me quieren porque me cuentan cuentos”Mi Sole y yo hoy nos hemos sentado a inventar un cuento.

Estábamos las dos solas en casa. Silenciosas, aburridas, las dos mirando por la ventana. Llovía, llovía como si todas las nubes del mundo se hubieran puesto de acuerdo para deshacerse a la vez en una lluvia tormentosa y enfadada que se desplomaba en chaparrón sobre nuestro ánimo, empapuchándole como a papel mojado. Por eso le sugerí a mi Sole lo del cuento. Ella, al escucharme, me miró con los ojos brillantes pero enseguida ofreció una excusa para ni intentarlo: “Pero si yo no sé inventar cuentos...” dijo acabando fulminantemente con mi sugerencia.

Pero yo conozco a mi Sole, y sé que no es fácil sorprenderla, ni entretenerla, ni convencerla para que abandone su actitud taciturna y su talante solitario. Por eso necesito disfrazarme con un entusiasmo que yo misma siento muy lejano, pero que sé que para sobrevivir a aquella tarde las dos necesitábamos como al agua que no dejaba de caer y caer y caer...

“Venga, le dije, algo se nos ocurrirá...” “No, mejor nos quedamos aquí viendo llover...” A mi Sole no le gusta esforzarse, ni colaborar, ni implicarse en nada que no sea la mera contemplación y sus perifrásticas circunstancias. “Yo no sé inventar cuentos...” decía una y otra vez excusándose sin dejar de mirar la lluvia. Así que tuve que tirar de ella para separarla de la ventana, tuve que arrastrarla hasta la salita y desplegar ante ella tantas alternativas como una cola de pavo real.

“Ya, ya lo sé..., dije con paciencia mientras la empujaba a sentarse a mi lado, por eso... Podríamos hacer una guija e invitar a los hermanos Grinn... ¿Qué te parece?” “No, no -dijo mi Sole- que sus personajes eran malos, muy malos ¿O no te acuerdas de Barba azul o la madre de Blancanieves...?” “Bueno –contesté armándome de paciencia- pues hacemos una guija e invitamos a Andersen... En sus cuentos había buenos y menos buenos, nunca malos...” “No, no -dijo entonces mi Sole- Andersen era poco original, solo se inspiraba en relatos populares...” “Bueno -contraataqué yo- pues entonces invitaremos a Perrault...” “No, no -dijo también mi Sole- Perrault era demasiado moralin, como los Grinn...” y sin esperar respuesta se levantó y otra vez se fue a mirar como llovía. Porque seguía lloviendo, lloviendo con una lluvia cabezona, indiferente a mis esfuerzos, una lluvia ingrata que casi parecía reírse de mis frustrados intentos por arrastrar a mi Sole lejos de ella...

“Vale... –me rendí yo- nada de guijas... pero entonces nosotras mismas nos inventaremos a nuestros personajes...” “Que cosas tienes... ¿Pero es que no ves que ya están todos inventados?” me contestó ella sin mirarme justo antes de que sonara un trueno que puso el mejor punto final a su interrogación retórica y amenazó con aplastar por completo mi fingido entusiasmo. ¿Ya están todos inventados? Y sin hablar me acerqué otra vez a su lado y muy cerquita de ella yo también me quedé contemplando la lluvia... ¿Todos inventados? Parecía que la tormenta se iba alejando, aún sonaban truenos, aún algún que otro rayo parecía iluminar el cielo gris, pero lo hacían cada vez de forma más tenue, cada vez los truenos parecían escucharse más en la lejanía... Pero la lluvia, como si quisiera demostrar que estaba allí, no dejaba de caer, constante, copiosa, infatigable, aplastante, odiosa.

“Pues... si ya están todos inventados, inventaremos otros... o mejor los reinventaremos...” dije yo con terquedad ante esa lluvia odiosa, fingiendo renovados ánimos, plantándole cara a esa enemiga húmeda que se estaba llevando a mi Sole a su terreno pantanoso y melancólico. “Pero ¿Qué dices?...” contestó ella. “Lo que oyes -atajé yo-”. Y tirando de nuevo de ella me la volví a llevar conmigo hasta la salita, la volví a obligarse a que se sentara a mi lado y obligué a su atención a que se solidarizara con mi disfrazado buen humor.

Y decidí seguir marcándome faroles, al fin y al cabo, me dije, eso es inventar cuentos. Y aprovechándome de que mi Sole estaba desprevenida empecé a atacar: “Que te parecería..: ¿Un hada madrina sacándose un sobresueldo como majorette? ¿Una bella durmiente con insomnio...?¿Una maquina de la verdad llamada Pinocho? ¿Una princesa embarazada...? Mi Sole, no sé si apabullada o sorprendida por el bombardeo, apenas tenía tiempo de protestar... ¿Una blancanieves angoleña? ¿Una sirenita reivindicando un plus por humedad? ¿Un príncipe rosa...?...

De vez en cuando mi Sole amenazaba con levantarse para ir a mirar otra vez la lluvia que se empeña en seguir cayendo, insistente, pertinaz, incansable, tranquila y constante. Pero desde mi sillón yo seguía diciéndole: “Un soldado de plomo haciendo la prestación social, un patito feo con gripe aviar, el lobo de los cerditos aquejado de poca capacidad pulmonar, una cenicienta con el síndrome de Diógenes...

Y al final, hasta parecía que mi Sole me prestaba atención, parecía que por momentos olvidaba la lluvia. Jugamos al escondite con los personajes de siempre, al rescate con los que nos inventamos, al balón prisionero con los argumentos... Hasta que perdí de vista a mi Sole. “¿Sole? Sole que al escondite ya hemos jugado...”

Al principio me inquieté, pensé que de nuevo estaría mirando a esa lluvia ladina y sigilosa que espiaba nuestros cuentos. Pero cuando llegué a la ventana, allí no estaba. No estaban ni mi soledad ni la lluvia. Había dejado de llover y no me había dado ni cuenta. Solo quedaban titiritando algunas gotas colgando de las barandillas, balanceándose temblonas, a punto de caer, derrotadas ante un sol que comenzaba a reflejarse, a sacar brillos, a hacer muecas a un pavimento empapado.

Mi Sole, mi soledad se había ido... Y yo, quizás, y a pesar de ella y de la lluvia, hasta fui capaz de inventar un cuento, uno que no empezó nunca pero que puse a tender en estos folios.

©Rocío Díaz Gómez

miércoles, 16 de septiembre de 2009

La creación de los personajes: Lisbeth Salander




Estoy leyendo en este momento el tercer libro de la trilogía de Milleniun “La reina en el Palacio de las Corrientes de Aire”. No me leí el primero de ellos porque vi la película. Y la verdad es que me pareció tan entretenida y con un personaje tan rico en matices como era Lisbeth Salander que me apetecía mucho saber más sobre ella y la historia. Así que este verano me he leído en una semana el segundo libro: “La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina” y ahora estoy enfrascada en el tercero, deseando tener un ratito para volver a él. Lo confieso los estoy devorando.

Sobre esta trilogía hay un acérrimo enfrentamiento entre los partidarios y los no partidarios. Claros ejemplos de ellos han sido las palabras de Donna León o de Vargas Llosa al respecto. No puede negarse que parece contagioso lo de leerse a Larssom o lo de criticarle ya sea a favor o en contra. Pero es indudable también que sus tres libros han conseguido cifras espectaculares de ventas. No sé cual es el secreto de esa pasión que ha levantado, quién lo supiera. Pero sí que creo que nadie puede negar que el autor ha sabido como crear empatía con el lector, porque ¿quién solo por contagio o porque se lo han recomendado se va a leer tres libros de casi mil páginas?

En cualquier caso, sea por lo que sea, a mí las dos últimas me parecen muy entretenidas. Y creo sinceramente que de haberme leído la primera, me lo hubiera parecido aún más.

De cualquier modo esta entrada en el blog es para hablar de sus personajes. Porque creo que eso es lo mejor de esta trilogía. Lo que más me gusta. Bien sé, lo difícil que es crear un personaje que tenga verosimilitud, que tenga proximidad. En los libros de Larsson hay muchos, muy diferentes, pero bien definidos. Y dentro de ellos, como ya he dicho, tengo debilidad por uno de sus protagonistas, el personaje de Lisbeth Salander. Personaje que según el propio autor surgió ante la pregunta: ¿Cómo sería Pippi Calzaslargas si hubiera crecido en la sociedad actual?
Lisbeth es rara, nunca habla de sí misma, es conflictiva, compleja, antisocial, traumatizada, pero al mismo tiempo tiene un ideal de justicia social impecable, es defensora acérrima del desprotegido y posee unas cualidades intelectuales asombrosas. Para alguien como yo a quién le gusta escribir e inventar personajes, el de Lisbeth me parece muy atractivo, tanto por su físico como por sus cualidades internas. Es un personaje lleno de matices, una caja de sorpresas.

Como dice Vargas Llosa el 6 de septiembre en EL PAÍS : “…Qué sería de la pobre Suecia sin Lisbeth Salander, esa hacker querida y entrañable … Menos mal que está allí esa muchacha pequeñita y esquelética, horadada de colguijos, tatuada con dragones, de pelos puercoespín, cuya arma letal no es una espada ni un revólver sino un ordenador con el que puede convertirse en Dios -bueno, en Diosa-, ser omnisciente, ubicua, violentar todas las intimidades para llegar a la verdad, y enfrentarse, con esa desdeñosa indiferencia de su carita indócil con la que oculta al mundo la infinita ternura, limpieza moral y voluntad justiciera que la habita, a los asesinos, pervertidos, traficantes y canallas que pululan a su alrededor…”

Lo reconozco me gusta mucho este personaje. Y no creo que sea solo porque crecí al mismo tiempo que Pippi Calzaslargas, esa amiga rara con quién me encontraba cada tarde de domingo en ese patio enorme en blanco y negro que era la primera cadena de tve. No, no es solo por eso. Pero ya me gustaría a mí haber crecido tan rica en matices como ella. Eso es la magia de la literatura, de la escritura, que te permite inventar personajes tan maravillosos, tan completos, que difícilmente existirían en la realidad.

©Rocío Díaz Gómez

2222 visitas ¡Que bonito!



Entro en mi blog para poner una nueva entrada y me llevo la buena sorpresa de ver que he tenido 2.222 visitas. Que número más bonito ¿no?


Gracias, muchas gracias a todos.


Aquí seguimos. Claro que sí.


Rocío Díaz


Madrid, 16 de septiembre de 2009


viernes, 11 de septiembre de 2009

De vuelta. Costa Rica.


















Entre un “Pura vida” y un “Mucho gusto” palpita Costa Rica.

Los ticos, como se llama a los costarricenses, por su afición a terminar las palabras con esos diminutivos, suelen saludar con un “Pura vida”. Y cuando ya has estado allí comprendes ese saludo.

La VIDA, con mayúsculas, salpica cada instante de aquella tierra. La VIDA estalla por los aires y se desliza por el tobogán natural de sus frondosas y verdes plantas, la VIDA empuja sus raíces gruesas hasta sacarlas de la tierra, se posa en todos esos seres que la habitan, que crecen, se mueven, reptan y vuelan libres a tu alrededor. Cocodrilos, monos, pájaros, mariposas, arañas, mapaches, lechuzas. Sus ojos están siempre sobre ti, atentos a cada paso que das. Latiendo a tu lado. Conviviendo contigo en natural armonía.

La VIDA allí, también te moja y te seca para “despuecito” volverte a mojar. Hay un decir, como lo llaman ellos, que habla de su revoltoso clima: “Si no te gusta el tiempo, espera un momento”. Porque así cambia, de rato en rato, tan pronto te achicharra ese sol que cae a plomo sobre ti, como te empapa hasta los huesos ese diluvio que traen unas nubes traviesas y rápidas que de pronto han cubierto lo que era un azulísimo cielo. Quizás tengas suerte, quizás solo sea “un pelo de gato” fino y constante lo que vaya humedeciendo tu paso que se ha hecho tranquilo a fuerza de acomodarse al suyo. Y mientras sientes como tu impermeable, tu mochila, tu pelo, cada centímetro de tu piel chorrea ya sin remedio te quejas con el tono desdichado del no que está acostumbrado a mojarse, en un lamento de “Puuuuura vida”…

Tiene Costa Rica la piel del platanito. La de esos platanitos que ellos comen pero no cocinan. Para cocinarlos están los más grandes, los que a nosotros nos dan en los hoteles. Tiene Costa Rica su pequeño tamaño, su dulce sabor a jugo de fruta madura. Tiene Costa Rica el semblante de sus mil colores, el de la orquídea, el de la riquísima piña, el de la guayaba, el de los bananos, el café, la canela y la sandia. Tiene Costa Rica el olor de la tierra húmeda, la resistencia y firmeza de su base volcánica. Tiene la generosidad de dejarte volar en canopy por las copas de sus árboles, ofreciendo a tus admirados ojos su grandeza. Tiene la humildad de dejarte casi bucear entre sus profundidades, entre sus peces de colores y sus corales escondidos.

Tiene al fin Costa Rica, “unos ticos” de paso lento, pero de talante servicial y agradable. Guarda unos costarricenses que hablan tanto como “un encontrado que estuvo desaparecido”, que comen tanto “arroz con siempre” como si nunca lo hubieran comido a pesar de haberlo desayunado, almorzado y cenado el día anterior y el anterior y el anterior. Tiene Costa Rica unos costarricenses que uno difícilmente podrá olvidar.

Sí. Entre un “Pura vida” y un “Mucho gusto” palpita la Costa más Rica.

Gracias, piensas casi con tristeza cuando el avión despega separándote de ella. “Mucho gusto” susurra ella. Con esa forma tan suya y peculiar de contestar “de nada”. Gracias. Repites, despacio y sobrecogido. “Mucho gusto” susurra otra vez ella, con su voz profunda de tierra rica y amable, alejándose poco a poco de tu vida. “Mucho gusto”.



© Rocío Díaz Gómez
Septiembre de 2009